¿Te acuerdas de lo que te conté hace un momento? De esas serenatas frías en clavería cuando tenía apenas 15 años y de las costumbres que se le fueron pegando para aguantar las noches. Pues esas costumbres, esas que parecían inocentes en ese muchacho de la colonia, no se fueron nunca. Lo acompañaron a los festivales, a las giras, a los hoteles de lujo, a los camerinos y fueron creciendo con él.
En los 80s, cuando ya era el príncipe de la canción, José José estaba enfrentando una enfermedad que él mismo, años después tendría el valor de llamar por su nombre, alcoholismo, una enfermedad silenciosa que te va comiendo por dentro mientras tú estás sonriendo en los escenarios. Él mismo lo explicó con sus propias palabras en una entrevista que te pone la piel chinita cuando la escuchas.
Cuando me di cuenta de que no podía parar, me dio mucho miedo. Dije, “Dios mío, ahora sí que me metí en el gran problema de mi vida. No puedo controlar esto. Llévame, por favor. Llévame, por favor.” E esas fueron sus palabras. Y esa enfermedad empezó a cobrar factura primero en la garganta. Esa garganta privilegiada, esa que alcanzaba tonos que nadie más alcanzaba en América Latina, empezó a fallarle.
Primero un poquito, después más. Después ya no había manera de esconderlo en los conciertos, pero hay algo todavía más fuerte, algo que él mismo confesó muchos años después y que te rompe el alma cuando lo oyes. Hubo una noche en la que José José sintió que ya no podía más. Había perdido la voz otra vez.
se sentía derrotado. Solo pensó en ese momento de oscuridad profunda que todo estaba perdido, que ya no había para dónde seguir. Él mismo lo contó. Años después, con esa voz cascada que le quedaba, dijo sin rodeos, que tocó fondo, que tuvo pensamientos muy oscuros, que solo Dios, esas fueron sus palabras, solo Dios lo salvó esa noche.
Hubo una vez en que yo me metí la pistola al paladar y no funcionó así, sinvergüenza, como quien cuenta lo que vivió para que otros aprendan. Es horrible verse sentirse repudiado por la sociedad. Y fíjate qué duro. A los 45 años, José José se dio cuenta de algo que lo quebró por dentro. Estaba repitiendo exactamente el mismo camino que había recorrido su papá.
Un instructor en una clínica de rehabilitación se lo dijo de frente. ¿Te diste cuenta de que estás en el mismo punto en el que estuvo tu papá? La historia se estaba repitiendo y él lo sabía. Y mientras todo esto pasaba con su salud, otra cosa se estaba derrumbando al mismo tiempo, el dinero. Porque José José era un genio cantando, pero administrando, y esto también lo admitió él, no tenía ni la menor idea.
Gente que se aprovechó, contadores que no hicieron bien su trabajo, gastos absurdos, préstamos a amigos que nunca se regresaron, impuestos acumulados, hospitales, su divorcio de Anel en los 90s le costó una mansión, autos y una pensión mensual fuerte. Después vino la enfermedad de Menier que le paralizaba parte de la cara.
La parálisis de Bell, el enfema pulmonar, cada diagnóstico, un golpe más a las cuentas médicas. Y aquí viene una de esas cosas que te rompen el corazón. Cuando José José ya no tenía para pagar al mejor especialista en Boston, ¿sabes quién le pagó el hotel? La comida y la consulta. Marco Antonio Solís. Otro cantante, un colega.
Porque el príncipe de la canción, el hombre que había vendido 200 millones de discos, ya no tenía con qué. Y en marzo de 2017, cuando todos pensábamos que ya lo había pasado todo, llegó la noticia final. Un tumor en el páncreas. José José lo anunció él mismo con esa voz que ya casi no le salía delante de las cámaras, con dignidad, con ese optimismo extraño que siempre lo acompañó hasta el último día.
Pero lo que nadie sabía en ese momento, ni él, ni sus hijos, ni sus fans, es que los siguientes 2 años y medio de su vida iban a ser los más difíciles de toda su historia. Porque cuando José José se subió a ese avión rumbo a Miami para tratarse, no volvió a ver a dos de sus tres hijos nunca más. Y ahí es donde la historia se pone verdaderamente fuerte.
Cuando José José aterrizó en Miami, a principios de 2018 iba buscando algo muy sencillo, salvarse. El cáncer ya estaba avanzando, la voz ya era un hilito, el cuerpo ya no aguantaba mucho más. Su hija Sarita, la más chica, la que tuvo con la cubana Sara Salazar, lo recibió en Estados Unidos y se hizo cargo de él.
Y ahí, en la Florida, empezó a vivir los últimos meses de su vida, lejos de México, lejos de Clavería, lejos del Palacio de Bellas Artes, donde algún día lo despedirían. Y esto es lo más duro, lejos de José Joel y de Mary Soull, sus dos hijos mayores, los que tuvo con Anel, porque desde que cruzó la frontera, el contacto con ellos se cortó.
No fue de un día para otro, fue poquito a poco. Una llamada que no se regresó, un mensaje que quedó en visto, una visita que nunca se pudo agendar, hasta que un día ya no hubo más llamadas, ni mensajes, ni visitas. Y cuando murió el 28 de septiembre de 2019, José Joel y Marisol se enteraron casi como cualquiera de nosotros por las noticias.
Imagínate no más ser hijo del príncipe de la canción, haber crecido a su lado y enterarte de que tu papá murió por la televisión. De ahí en adelante, cuando los dos hermanos viajaron a Miami a reclamar el cuerpo de su padre y a preguntar qué había pasado con todo lo que él había construido, empezaron a descubrir cosas, cosas que no cuadraban, cosas que no encontraban.
Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante, porque todos en México estábamos esperando que apareciera un inventario enorme. ¿Te acuerdas? Mansiones, autos, casas de descanso, cuentas millonarias. Lo lógico, lo que cualquier persona pensaría de un artista de ese tamaño. Pero cuando empezaron a abrirse los papeles, lo que apareció sorprendió hasta a los propios abogados.

La casa donde José José pasó sus últimos meses, la que todos creíamos que sería una mansión de lujo en Kiiscane o Coral Gables, resultó ser una casa modesta en Homestad, un pueblo al sur de Miami, una casa como la de cualquier mexicano que se fue al norte y le echó ganas durante 20 años, avaluada, según los documentos que salieron en la prensa, en unos $400,000, poco más de 6 millones de pesos.
6 millones de pesos. Esa era la casa del hombre que vendió 200 millones de discos y después apareció una empresa registrada en Florida. Se llamaba José José In. Una empresita que manejaba los derechos de su nombre, de su imagen, algunos royalties, pequeña, administrativa, nada del otro mundo. ¿Y sabes qué más apareció? Nada más.
No había mansión en las lomas, no aparecía una casa en Cuernavaca, no había departamento en Polanco, no salió ninguna flota de autos de lujo, ninguna cuenta millonaria en paraísos fiscales, nada de lo que todos nos imaginábamos cuando pensábamos en los luxos de José José. Fíjate qué cosa tan dura, las regalías de sus canciones, esas que a lo largo de los años debieron haber generado millones y millones de dólares.
Las fuentes más serias, como la propia sociedad de autores y compositores de México, lo dijeron con todas sus letras. Eran cuantiosas, pero no millonarias. No al nivel que uno se imagina, porque José José la mayoría de las veces fue intérprete, no compositor, y el que compone es el que se queda con la tajada grande del pastel. compuso el mismo apenas siete u ocho canciones en toda su vida de más de 250 que grabó.
Entonces, ¿dónde estaba la fortuna? Y aquí viene la parte que pocos te van a contar, porque uno de los ex managers más cercanos a José José, un señor llamado Willy Bicedo, soltó en una entrevista al periódico El País una frase que cayó como bomba en todo el mundo del espectáculo. Alguien pagó para llevárselo a Miami y sacarle el último centavo. Así, tal cual.

Sin miedo, sin anestesia. Esa frase abrió la puerta a una sospecha que todavía hoy en 2026 sigue sin aclararse del todo. ¿Qué pasó con el dinero que José José fue generando en sus últimos años? ¿A dónde fueron las regalías? ¿Quién manejó la José José Inca? Mientras él estaba enfermo? ¿Por qué la empresa de la Sony que le pagaba los royalties empezó a tener como contacto principal a Sara Salazar? Y todavía hay más, porque cuando se empezó a hablar del famoso contrato de la serie biográfica El príncipe de la canción, esa que salió en
Telemundo y después en Netflix, circuló un dato que a muchos les voló la cabeza. Se habló de que José José habría cobrado alrededor de 1,5 millones dó por autorizar su vida para televisión. Más de 25 millones de pesos. ¿Y dónde está ese dinero hoy? ¿En qué cuenta? ¿A nombre de quién? Nadie ha podido responder eso con papeles en la mano.
La verdad dolorosa es esta. José José no terminó como un magnate, terminó como un señor modesto, con una casa en Homestead, algunos derechos musicales, una empresa pequeña y una familia destruida peleándose por los pedazos. Los luxos que él abandonó tras su muerte no eran mansiones ni Ferraris, eran algo mucho más íntimo, algo que todavía no te he contado.
Pero antes de llegar ahí, tienes que saber lo que pasó cuando esa familia destrozada se sentó por primera vez a escuchar la lectura del testamento, porque ese día estalló la guerra. El 5 de abril de 2021, casi 2 años después de la muerte de José José, la familia se sentó por fin para escuchar la lectura del testamento en México. Imagínate la escena.
Los hermanos, los abogados, los papeles sobre la mesa, todos esperando saber de una vez por todas que había dejado escrito el príncipe de la canción. Y lo que salió de ese sobre nadie lo esperaba. El testamento estaba fechado en 1987. 1987. 32 años antes de que José José muriera. Un documento hecho cuando todavía estaba casado con Anel Noreña, cuando José Joel era un niño, cuando Marisol era una bebé y cuando Sarita, la hija que tendría con la cubana Sara Salazar, ni siquiera había nacido. Faltaban casi 8
años para que llegara al mundo. ¿Y qué decía ese testamento? Decía con todas sus letras que la heredera universal de José José era Anel Noreña, así no más, la exesposa, la mamá de los dos hijos mayores, la mujer de la que se había divorciado más de 20 años antes. Fíjate el desmadre que se armó, porque del otro lado, en la Florida, Sara Salazar y Sarita ya habían empezado a mover sus propios papeles.
Pocos meses después de la lectura del testamento mexicano, acudieron a un tribunal en Miami para pedir que Sara fuera nombrada administradora de los bienes de José José en Estados Unidos. La casa de Homstead, los royalties que llegaban de la Sony, la famosa José José Ins. Y ahí pasó algo todavía más delicado, algo que a José Joel le cayó como un balde de agua tolada.
Porque en los papeles que Sara Salazar presentó ante la Corte americana, según denunció el propio José Joel en entrevistas, solo aparecía Sarita como hija de José José. José Joel y Marisol, los dos hijos mayores, los de Anel, no estaban incluidos como si no existieran, como si nunca hubieran sido los niños que salían en la televisión con su papá cuando Raúl Velasco le hacía homenajes en siempre en domingo.
José Joel salió a los medios a denunciarlo públicamente con lágrimas, con rabia. dijo en televisión que había un escondite, que se había usado mal el nombre de su padre, que había cosas que no cuadraban. Del otro lado, Sarita respondió con otra versión. Ella dijo que no era escondite, que era respeto al luto, que su papá había pedido ser cremado y que sus cenizas se dividieran.
La mitad para México, la mitad para Miami, porque así lo había querido él, que todo lo que se estaban haciendo era por voluntad del papá. Dos versiones, dos hijos, dos países y en medio de todo la figura del papá convertida literalmente en dos montoncitos de cenizas repartidos en un avión.
Y aquí viene uno de los momentos más duros de toda esta historia, porque para llevar la parte mexicana de las cenizas se tuvo que mandar un avión del ejército mexicano hasta la Florida. Así de grande era el asunto. El gobierno federal tuvo que intervenir porque ya se había vuelto, en palabras del periódico El País una cuestión de estado.
Cuando las cenizas por fin llegaron a México, pasaron por el Palacio de Bellas Artes, miles de personas formadas para despedirlo. Fueron también a la Basílica de Guadalupe, donde más de 10,000 personas se reunieron para decirle adiós al príncipe. Y al final la mitad de sus restos fueron sepultados en el panteón francés de San Joaquín, junto a los restos de su mamá, doña Margarita.
La otra mitad se quedó en Miami. Ni siquiera en la muerte pudieron ponerse de acuerdo. Y aquí viene el dato que, créeme, todavía te va a pegar más fuerte. Hoy en 2026, casi 7 años después de la muerte de José José, esta guerra no se ha terminado. La empresa José José In sigue registrada y operando en la Florida.
Sigue presentando reportes anuales, sigue cobrando por el uso del nombre y de la imagen del cantante y José Joel el año pasado todavía seguía dando entrevistas diciendo que la batalla legal por el control de las regalías y del uso del nombre de su papá continúa. Se ha hablado de cifras fuertes.
En 2023, por ejemplo, circuló en la prensa mexicana que Anel Noreña habría cobrado entre 12 y 20 millones de pesos de regalías pagadas por Sony. ¿Cierto? Nadie lo ha confirmado con contratos en la mano, pero ahí están las versiones circulando. José Joel habla de una cosa, Sarita habla de otra. Anel guarda silencio las más de las veces.
Y mientras tanto, la obra del papá, las canciones, los discos, los derechos sigue generando dinero. Cada vez que tú pones gavabilán o paloma en Spotify, alguien está cobrando. ¿Quién? Depende de a quién le preguntes. La familia sigue peleada. Los hermanos siguen distantes y la única voz que podría poner orden en todo este desmadre es precisamente la voz que se apagó aquella madrugada de septiembre de 2019.
Pero fíjate, compadre, en medio de toda esta guerra por la casa, por el dinero, por las regalías, por las cenizas, hay algo que se quedó intacto, algo que nadie le puede quitar a José José, algo que es en realidad el verdadero lujo que dejó abandonado tras su muerte. Y eso, eso es lo que te quiero contar ahora. Mira, después de haber recorrido toda esta historia, desde aquel niño de clavería cantando serenatas en las noches frías hasta la guerra por las cenizas en dos países al mismo tiempo, hay algo que tenemos que reconocer. José José no dejó mansiones,
no dejó flotas de autos, no dejó cuentas millonarias en paraísos fiscales, dejó otra cosa y es mucho más grande. Dejó una voz que sigue sonando en las cocinas mexicanas, como siempre sonó. En los carros cuando alguien encuentra por casualidad lo dudo en la radio. En las bodas cuando ya se fueron los novios y quedan los tíos tomándose la última y pidiendo gavilán o paloma.
En los funerales, cuando alguien dice, “Ponle el triste, que esa le gustaba mucho al difunto”, dejó una obra que sigue viva. En 2024, 5 años después de muerto, salió una canción inédita suya llamada Ya no pienso en ti. 5 años después, imagínate, la voz seguía produciendo música nueva desde el más allá.
Dejó una estatua en clavería donde empezó todo. Dejó una estrella en Hollywood. Dejó una serie en Netflix que todavía se ve en todo el continente. Dejó homenajes en los Latinamy. Dejó canciones que fueron grabadas después por Cristian Castro, por Luis Miguel, por Marco Antonio Solís, ese mismo Marco Antonio que le pagó los hospitales cuando ya no tenía con qué.
Y sobre todo, sobre todo dejó algo que él mismo pidió dejar. Cuando le preguntaron años antes de morir cómo le gustaría que lo recordaran, el príncipe contestó con una sencillez que hoy te parte el alma como un amigo íntimo, como alguien que le cantó al amor, como un compañero de vida. Y lo logró, compadre. Vaya que lo logró, porque la verdad es esta.
Y fíjate bien, los luxos materiales se acaban, las mansiones se venden, los autos se oxidan, las cuentas bancarias se gastan, los testamentos se pelean en los juzgados durante 7 años, 10 años, los que hagan falta, pero una canción bien cantada, una canción bien cantada se queda para siempre. Y José José dejó como 250.
Ese fue el verdadero lujo que abandonó tras su muerte. No en Miami, no en Cuernavaca, no en Las Lomas. las dejó en nosotros, en la memoria de toda una generación que creció escuchándolo y que hoy cuando lo pone todavía se acuerda de dónde estaba, con quién y qué sentía la primera vez que escuchó esa voz. Esa es la herencia real y esa es así.
No se la van a poder pelear nunca. Ahora cuéntame tú, compadre, ¿cuál es la canción de José José que más te marcó en la vida? Fue Lo dudo cuando te rompieron el corazón por primera vez. ¿Fue amar y querer cuando te enamoraste en serio? ¿Fue el triste cuando perdiste a alguien importante? ¿Fue Gabilán o Paloma en una fiesta de aquellas que ya no se hacen? Déjamelo escrito en los comentarios.
Me encanta leerlos a todos uno por uno. Y si te gustó este viaje por la vida del príncipe de la canción, regálame un like, suscríbete al canal y activa la campanita porque la próxima semana vamos a contarte la historia de otro grande del entretenimiento mexicano que también terminó su vida de una manera que nadie esperaba. Nos vemos en el siguiente.
Aquí en Famix seguimos contando las historias que de verdad importan.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.