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Lo que José Mujica le dijo a Rafael Correa y conmovió a Ecuador en la hora

Lo que José Mujica le dijo a Rafael Correa y conmovió a Ecuador en la hora

En un mundo donde los políticos viven en mansiones y se alejan del pueblo, José Mujica sorprendió al mundo con su humildad radical. Cuando visitó Ecuador, nadie esperaba que sus palabras sobre la vida sencilla y el tiempo para vivir conmoverían a toda una nación. Si esta es tu primera vez en nuestro canal, te invitamos a suscribirte para más historias que inspiran y nos encantaría saber desde qué país nos estás viendo.

Lo que Mujica compartió con Rafael Correa durante aquellos tres días no solo transformó la visión de los ecuatorianos sobre el verdadero significado de la riqueza, sino que plantó semillas de reflexión que siguen floreciendo hasta hoy. Acompáñame y descubre la historia completa. El sol de la tarde caía sobre Montevideo, tiñiendo el horizonte de tonos dorados y rojizos que se reflejaban en las aguas del río de la plata.

 En la chakra de Rincón del Cerro, José Pepe Mujica, con sus manos callosas y su rostro surcado por arrugas que contaban historias de lucha y resistencia, regaba cuidadosamente sus cultivos. A sus 85 años, el expresidente uruguayo mantenía la misma rutina sencilla que lo había caracterizado durante toda su vida. despertar temprano, trabajar la tierra, compartir un mate con su esposa Lucía y reflexionar sobre la vida mientras cuidaba de su jardín y sus tres perros fieles.

 Aquella tarde de mayo, mientras el viento fresco mecía suavemente las hojas de los eucaliptos que rodeaban su modesta casa, el teléfono sonó con insistencia. Era una llamada que cambiaría el rumbo de las próximas semanas. Al otro lado de la línea, una voz familiar lo saludaba con entusiasmo. Pepe, ¿cómo estás, querido amigo? La voz pertenecía a Rafael Correa, expresidente de Ecuador. Rafael, tanto tiempo.

 Acá estoy peleando con las acelgas que no quieren crecer como deberían, contestó Mujica con su característica sencillez y humor. Pepe, te llamo porque estamos organizando un foro sobre economía social y desarrollo sostenible en Quito. Necesitamos tu voz, tu experiencia. El pueblo ecuatoriano quiere escucharte y yo personalmente quiero conversar contigo sobre los desafíos que enfrentan nuestros países.

 Hubo un breve silencio mientras Mujica acariciaba a Manuela, su perra de tres patas, que lo miraba con devoción. Sus ojos se perdieron en el horizonte, contemplando la propuesta. ¿Sabes que no me gustan mucho los viajes largos a esta altura de mi vida, Rafael, pero también sé que hay cosas que uno tiene que hacer porque son necesarias, no porque sean cómodas? Solo serán tres días, Pepe, puedes quedarte en mi casa.

Nada de hoteles de lujo ni protocolos innecesarios. Solo tú compartiendo tu sabiduría con gente que realmente necesita escuchar que otro mundo es posible. La conversación se extendió por casi una hora. Hablaron de política, de la situación en Latinoamérica, de sus preocupaciones compartidas sobre la desigualdad creciente y el futuro del planeta.

 Finalmente, Mujica aceptó la invitación. “Iré, pero con una condición”, dijo Mujica con firmeza. Quiero visitar comunidades rurales, hablar con campesinos, conocer sus realidades. No quiero quedarme solo en los salones con aire acondicionado. Rafael sonríó al otro lado de la línea. Era exactamente lo que esperaba de Pepe. Dos semanas después, el avión que transportaba a José Mujica aterrizaba en el aeropuerto Mariscal Sucre de Quito.

 A diferencia de lo que ocurría con otros exmandatarios, no había una comitiva oficial esperándolo, sino un pequeño grupo de personas encabezado por Rafael Correa y algunos miembros de organizaciones sociales ecuatorianas. Mujica descendió del avión vistiendo su habitual atuendo. Una camisa sencilla, pantalones cómodos y zapatos gastados.

No llevaba traje ni corbata, pues siempre había considerado que la verdadera elegancia estaba en la autenticidad, no en la apariencia. Pepe exclamó Correa abrazándolo calurosamente. Qué alegría tenerte aquí. La alegría es mía, Rafael, respondió Mujica, visiblemente cansado por el viaje, pero con una sonrisa sincera.

 Aunque estos huesos ya no están para tantas aventuras, una joven indígena de la comunidad Quichua se acercó a Mujica y le ofreció un collar de semillas naturales. “Ta Mujica, bienvenido a nuestra Pachamama”, dijo la joven con respeto. “Este collar representa la sabiduría que fluye de la tierra a los ancianos y de los ancianos a los jóvenes.

 Mujica recibió el regalo con humildad, inclinando ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento. Gracias, hija. La sabiduría no está en un solo lugar ni en una sola persona. Está en el diálogo, en escucharnos unos a otros. El pequeño grupo se dirigió hacia la salida del aeropuerto, donde los esperaba un modesto vehículo. Durante el trayecto hacia la casa de Correa, ubicada en las afueras de Quito, Mujica observaba atentamente el paisaje urbano que se desplegaba ante sus ojos.

La ciudad, enclavada entre montañas imponentes, mostraba un contraste entre la modernidad de sus edificios y la pobreza visible en sus periferias. ¿Sabes, Rafael? Siempre me impresiona como nuestras ciudades latinoamericanas son un reflejo de nuestras contradicciones, tan ricas en recursos, en cultura, en humanidad y sin embargo tan desiguales.

 Correa asintió, conociendo bien la capacidad de Mujica para convertir una simple observación en una profunda reflexión social. Es precisamente de eso de lo que queremos que hables, Pepe, de cómo construir sociedades más justas sin sacrificar el desarrollo. El verdadero desarrollo no se mide en edificios ni en PIB, contestó Mujica mirando por la ventanilla.

 Se mide en la felicidad de la gente común, en su tiempo libre, en sus posibilidades de amar y ser amados. Al llegar a la casa de Correa, una modesta pero acogedora vivienda rodeada de árboles nativos los esperaba la familia del expresidente ecuatoriano. A pesar del cansancio, Mujica compartió la cena con ellos, interesándose genuinamente por cada miembro de la familia, especialmente por los niños, a quienes siempre consideró los verdaderos jueces del futuro.

 Mañana comenzará el foro”, le explicó Correa mientras compartían un té de hierbas locales. “Pero he organizado algo especial antes. Visitaremos la comunidad de Santa Clara a una hora de aquí.” Son campesinos que han desarrollado un sistema de agricultura comunitaria inspirados en parte por tus ideas sobre la sobriedad y el respeto a la tierra.

 Los ojos cansados de Mujica brillaron con interés. Eso sí que vale la pena. Los discursos se los lleva el viento, pero lo que la gente construye con sus manos y su corazón, eso permanece. Esa noche, mientras descansaba en la habitación que le habían preparado, Mujica sacó un pequeño cuaderno gastado y comenzó a escribir algunas notas.

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