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LE DEJARON UNA CASA EN RUINAS… PERO ALLÍ DESCUBRIÓ EL SECRETO DE SU MADRE

LE DEJARON UNA CASA EN RUINAS… PERO ALLÍ DESCUBRIÓ EL SECRETO DE SU MADRE

En el papel solo le dejaron ruinas, pero ella convirtió ese lugar en vida. La oficina del notario olía a papel viejo y a cera de madera. Aurelia estaba sentada en la última silla, la más cercana a la puerta, con las manos quietas sobre la falda negra que se había puesto para el entierro de su madre tres días antes.

 No tenía otra ropa oscura. La falda todavía guardaba un poco del polvo del cementerio y ella no lo había sacudido. Adelante, en las sillas buenas, estaba el resto de la familia, el tío Anselmo en el centro, con el saco que usaba solo para los velorios y las misas importantes. A su lado, la tía Yolanda, derecha como una vara, con el bolso sobre las rodillas, igual que un escudo.

Más allá, la tía Amparo, la hermana menor de su madre, que se secaba los ojos con un pañuelo, aunque ya no estaba llorando. Y Marisol, la prima, mirando el piso, incómoda de estar ahí. Nadie se había sentado cerca de Aurelia. Nunca se sentaban cerca. El notario carraspeó y empezó a leer.

 Aurelia no entendió la mitad de las palabras. Inmueble urbano, fracción indivisa, predio rústico. Eran palabras que se usaban para repartir cosas entre gente que tenía cosas. Ella solo escuchó los nombres. A Anselmo le tocaba la casa grande del pueblo y la parte buena de la tierra, la del río, la que daba pasto todo el año.

 A Amparo, una porción del local donde la familia tenía la ferretería. A Yolanda por su marido, le tocaba lo que le tocaba a su marido. Y eso era casi todo. Cuando el notario llegó al final, bajó un poco la voz, como quien ya sabe que lo que viene no pesa. Y a la señorita Aurelia, hija de la finada Genove, le corresponde el predio del monte.

 Con la casa que se encuentra edificada en él. Hubo un silencio corto. Después la tía Yolanda dejó salir el aire por la nariz despacio y ese sonido fue peor que cualquier risa. Aurelia lo conocía. Lo había escuchado toda la vida cada vez que ella o su madre entraban en una habitación. El monte, repitió Yolanda saboreando la palabra.

 Bueno, cada una recibe lo que sembró, ¿no? El tío Anselmo no dijo nada. Giró el anillo de matrimonio en el dedo una vez, dos veces. y miró el reloj de la pared como si tuviera mucha prisa por estar en otro lado. Aurelia se quedó mirándolo, esperando que él la mirara, aunque fuera un segundo. Era su tío, era el hermano mayor de su madre.

 Pero Anselmo mantuvo los ojos en el reloj y Aurelia entendió, igual que había entendido tantas otras cosas en su vida, sin que nadie se las explicara. A su madre, muerta, le habían dado la última silla y a ella le habían dejado las ruinas. Lo que nadie en esa oficina sabía era que aquellas ruinas no eran un castigo.

Eran el único lugar del mundo que Genenobeva había elegido para esconder una verdad capaz de derrumbar la mentira que esa familia había sostenido en pie durante 22 años. El predio del monte quedaba a 2 horas del pueblo. Primero en el camión de la sierra y después caminando por una vereda de piedra suelta. Aurelia hizo el viaje sola.

 4 días después de la lectura del testamento, con todo lo que tenía metido en dos bolsas, no era mucho. La ropa, una foto de su madre joven, una olla, el pañuelo descolorido que su madre se ataba a la cabeza para trabajar. La pieza que Aurelia alquilaba en el pueblo se la había pedido la dueña, una muchacha sola, sin madre y sin trabajo fijo. No era buena inquilina.

 Aurelia no discutió, nunca discutía. Había aprendido temprano que discutir era para la gente que tenía a alguien atrás, respaldándola. Y ella no tenía a nadie. El monte era el único lugar del mundo que era suyo. Llegó al mediodía con el sol ya cansado detrás de unas nubes gordas y grises. Se detuvo en el último recodo de la vereda y miró.

 La casa estaba peor de lo que recordaba. Era de adobe, de barro y paja, y una de las paredes se había abierto en una grieta larga que iba del techo al suelo. Las tejas estaban corridas, algunas rotas. La puerta colgaba de una sola bisagra. Al lado, un galpón de madera se inclinaba como un viejo que ya no aguanta el peso de sus propios huesos.

Alrededor de todo se extendía la tierra, dura, pedregosa, color de ceniza, con matorrales secos y ramas muertas. tiradas por todas partes. No había nada vivo, salvo unas pocas hierbas amarillas aferradas entre las piedras. Aurelia había venido a esa casa apenas tres o cuatro veces en su vida, siempre de niña, siempre con su madre.

 De aquellas pocas visitas guardaba una imagen suelta. Su madre entrando, derecho a la pared del fondo, apoyando la palma abierta contra el barro y quedándose así, quieta mucho rato, como quien escucha algo. Una vez Aurelia, chiquita, había querido tocar ese mismo rincón. Su madre le había apartado la mano sin enojo, pero sin dudar.

 Este rincón es mío, Aurelia. No lo toques nunca. La niña no preguntó por qué. Con su madre había cosas que simplemente eran así. Aurelia dejó las bolsas en el suelo y se sentó sobre una piedra. No lloró. Llorar era otra cosa que había aprendido a no hacer delante de nadie. Y aunque ahí no había nadie, la costumbre era ya parte de ella.

 Solo miró la casa rota y la tierra muerta y pensó sin amargura, casi con cansancio. Así que esto es lo que valgo. Esa noche durmió en el suelo sobre una manta con la puerta atrancada con una piedra. El viento entraba por la grieta de la pared y silvaba bajito toda la noche, como si la casa quisiera decir algo y todavía no encontrara con quién.

El viejo apareció al tercer día. Aurelia estaba afuera intentando enderezar la puerta cuando lo vio subir por la vereda con un perro flaco atrás. Era un hombre muy mayor, encorbado, con un sombrero de paja deilachado y un bastón que era apenas una rama gruesa. Así que la hija de Genobeba dijo sin saludar, deteniéndose a unos pasos.

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