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La Verdad de Hugo Sánchez y Mejía Barón en Bulgaria 1994

La Verdad de Hugo Sánchez y Mejía Barón en Bulgaria 1994

El estadio retumbaba con un solo nombre. 71,000 almas gritaban al unísono en el Giants Stadium de Nueva Jersey. El calor de julio aplastaba el césped, pero el verdadero fuego estaba en las gradas. Hugo, Hugo, Hugo. Era el 5 de julio de 1994, México contra Bulgaria. Octavos de final de la Copa del Mundo.

 El marcador llevaba clavado en primero de enero desde hacía más de una hora. Y ahora, en pleno tiempo extra, la selección azteca jugaba con 10 hombres. Luis García había visto la roja y en la banca, con el pans de calentamiento ya empapado de sudor, Hugo Sánchez esperaba. Llevaba más de 100 minutos calentando, corriendo por la línea de cal, estirando, mirando el campo con esos ojos que habían visto tantas glorias en el Bernabéu.

 Pero aquí, en suelo estadounidense era un fantasma. El pentapichichi, el hombre que había conquistado España, el delantero que hacía temblar a los mejores defensas de Europa y no podía entrar. Miguel Mejía Varón, el técnico, caminaba por el área técnica con las manos en la cintura. Calculaba,  pensaba.

 El partido se le escapaba como arena entre los dedos. Entonces lo llamó. Hugo, ven. Hugo se acercó. Las cámaras de televisión captaron el momento. Millones de mexicanos contenían el aliento frente a sus pantallas. Por fin, por fin iba a entrar la leyenda. Mejía varón habló primero. Quiero que entres por Benjamín Galindo. En el medio campo, Hugo sintió que el mundo se detenía. Mediocampista.

 Él, el máximo goleador en la historia del fútbol mexicano jugando de mediocampista. Miguel, ahí no me gustaría. Ya sé que te gustaría  jugar adelante, Hugo, pero estamos con 10. Si te pongo arriba, vamos a dar facilidades en media cancha. Podemos sufrir. Hugo lo miró fijamente. 35 años de vida, 20 años de carrera, cinco pichichis consecutivos.

 Y  ahora le pedían que corriera hacia atrás, que defendiera, que hiciera un trabajo que jamás había hecho en su vida.  Miguel, yo creo que deberías arriesgar ponerme allá adelante. El técnico negó con la cabeza. No puedo,  Hugo. No así. Entonces me voy a ver ridículo. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas,  pero eran verdad.

 Hugo Sánchez no sabía jugar de otra manera. No sabía ser mediocre. No sabía conformarse con un rol menor. No voy a rendir como sé que puedo rendir como delantero. Nunca he jugado esa posición. Si entro ahí, voy a perjudicar al equipo. Mejía varón lo miró largamente. Los asistentes se acercaron, susurraron algo al oído del técnico.

 Hugo no le apetece hacer el ridículo en esa posición porque nunca la ha jugado. El técnico asintió lentamente. Okay, Hugo,  sigue calentando. Pero ambos sabían que ya no había nada que calentar. Hugo volvió a la línea, siguió trotando, siguió estirando, pero por dentro algo se había roto. Las gradas seguían coreando su nombre. Hugo, Hugo, Hugo.

 Y él no podía hacer nada. El partido terminó primero de enero, 120 minutos de batalla y todo se iba a decidir en penales. Hugo se sentó en la banca. Carlos Hermosillo a su lado.  Ninguno de los dos había pisado el campo. Por lo menos me hubiera metido 3 minutos, pensó Hugo. Solo para los penales, solo para tener una oportunidad.

 Pero Mejía varón había tomado su decisión y ahora México pagaba el precio. Alberto García Aspe, el hombre de hierro del medio campo, se paró frente al balón. Primer cobrador mexicano, el mejor tirador del equipo. Tomó impulso, disparó, el balón voló por encima del travesaño. Hugo cerró los ojos. Bulgaria cobró. Crasimir Balakov. Jorge Campos se lanzó a su derecha.

Atajada. México respiró.  Todavía había esperanza. Marcelino Bernal caminó hacia el punto penal. El hombre que había empatado contra Italia con un golazo. El veterano de 32 años. disparó. El portero Milov lo detuvo. Hugo sintió que el estómago se le hundía. Boncho Henchev anotó para Bulgaria.

 01 un Jorge Rodríguez fue el tercer cobrador mexicano. El lateral derecho. Un defensa cobrando un penal decisivo. Disparó. Milovó a adivinar el lado. 0 1 Tres penales mexicanos. Tres fallos. Daniel Borimirov no perdonó.  02. Claudio Suárez, el único que mantuvo la calma, anotó el primer penal mexicano. Primero de febrero, pero ya era demasiado tarde.

 Jordan Lechkov, el hombre que días después eliminaría a Alemania con un cabezazo histórico, puso el balón en el punto, disparó. Gol! One th México quedaba eliminado. Hugo Sánchez se quedó inmóvil en la banca. A su alrededor, sus compañeros caían de rodillas, algunos lloraban. García Aspe se derrumbó en brazos de un periodista incapaz de contener las lágrimas.

 Pero Hugo no lloró. No podía porque ni siquiera había tenido la oportunidad de fallar. Esa noche el silencio del vestuario era más pesado que cualquier derrota. Hugo Sánchez se sentó en una esquina solo. La camiseta verde de México todavía limpia, sin una gota de sudor del partido. El número nueve intacto, como si nunca hubiera existido.

 A su alrededor, sus compañeros se desvestían en cámara lenta. Nadie hablaba. El único sonido era el goteo de las duchas y algún soyoso ahogado. Alberto García Aspe había llorado en los brazos de un periodista frente a las cámaras.  El hombre de hierro del medio campo, destrozado. Marcelino Bernal miraba al vacío. Jorge Rodríguez tenía la cabeza entre las manos.

 Tres  penales fallados, tres oportunidades perdidas y Hugo, el máximo goleador en la historia del fútbol mexicano, no había podido tirar ninguno porque nunca pisó el campo. Miguel Mejía Varón entró al vestuario, caminó entre los jugadores sin decir  nada. Sus ojos se cruzaron con los de Hugo por un instante.

 Un instante que duró una eternidad. No hubo palabras, no hubo explicaciones,  solo ese silencio que decía más que cualquier discurso. Hugo se levantó, tomó su bolso y salió afuera. La prensa lo esperaba como  buitres. Hugo, ¿por qué no entraste? ¿Qué te dijo Mejía varón? ¿Estás enojado con el técnico? Hugo caminó sin responder.

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