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La mujer que enfrentó a Gustavo Petro en la plaza — por la TRANSICIÓN ENERGÉTICA

En la política a veces las mejores intenciones pavimentan el camino al infierno. Esta es la historia de como el sueño más brillante del presidente Gustavo Petro, un paraíso de energía verde para Colombia, se convirtió en una pesadilla de oscuridad y podredumbre para la gente que menos tenía, y de cómo una abuela de 60 años que lo perdió todo, se levantó de entre las cenizas de ese sueño para enfrentar al hombre más poderoso del país.

 Pero nadie, ni siquiera el propio presidente, estaba preparado para la tormenta que esa mujer estaba a punto de desatar. Bienvenidos a un nuevo relato. Ponte en su lugar por un momento. Si el líder de tu nación, en nombre del progreso te hubiera arrebatado 40 años de trabajo, ¿tendrías el coraje de enfrentarlo con la única arma que te queda? La verdad, quédate con nosotros.

 Y mientras tanto, dinos desde qué país eres testigo de esta confrontación. Elena Vargas, a sus 60 años era una mujer forjada por el sol y el viento de la Guajira. No era una política ni una activista. Era la dueña de El Refugio, una pequeña fábrica de hielo y tienda de abarrotes en las afueras de Rio Acha. En el calor implacable del desierto, el hielo no es un lujo, es vida.

 Es lo que permite a los pescadores guayú conservar su pesca, a los niños beber agua fría, a las familias preservar la poca comida que tienen. La fábrica de Elena, con el zumbido constante de sus congeladores, era el corazón palpitante de su comunidad. Un corazón que había construido durante 40 años con su esposo antes de que él falleciera.

Mientras haya hielo, hay esperanza en el desierto”, solía decir él. Cada bloque de hielo era un tributo a esa memoria compartida. Elena había escuchado con esperanza las promesas del presidente Gustavo Petro sobre la transición energética justa, un futuro de energía limpia, impulsado por el sol y el viento inagotables de su propia tierra.

 veía los enormes ventiladores blancos de los parques eólicos que empezaban a salpicar el horizonte. Y aunque sentía una punzada de nostalgia por el paisaje virgen, creía en la promesa de un futuro mejor para sus nietos. El gobierno prometía que la Guajira, la tierra olvidada, se convertiría en la Arabia Saudita de las energías limpias. Pero a principios de agosto de 2025, el futuro prometido se convirtió en una pesadilla.

Una noche la luz se fue. El zumbido familiar de la vida moderna fue reemplazado por un silencio súbito y opresivo. Amaneció y la electricidad no volvió. El silencio de los congeladores de Elena era ahora un grito ensordecedor. Y luego llegó el sonido más desgarrador para ella. El goteo incesante del agua.

 Su vida, su trabajo, el legado de su esposo se estaba derritiendo en el suelo de cemento. Las horas se convirtieron en días. El apagón no era en un barrio, era en toda la región. La guajira entera estaba a oscuras. Elena vio como cientos de kilos de pescado de sus vecinos se pudrían. Vio como la carne y el pollo de su tienda se echaban a perder.

 un olor agrio llenando el aire caliente. Tuvo que regalar lo poco que quedaba, viendo en los ojos de sus vecinos la misma desesperación que sentía ella. Cada bloque de hielo que se convertía en un charco de agua era como una lástima por sus 40 años de esfuerzo. Al cuarto día llegó la noticia, no a través de un comunicado oficial, sino a través de rumores y radios de pilas.

 No era una falla técnica, era un colapso estructural. El gobierno, en su afán por acelerar la transición energética, había ordenado la clausura programada de una de las unidades de la vieja central termoeléctrica, Termoguajira. El plan era que los nuevos parques eólicos suplieran esa energía, pero no estaban listos.

 El gobierno había apagado el interruptor del pasado sin haberse asegurado de que el interruptor del futuro funcionara. Y en el medio, la Guajira había caído en un abismo de oscuridad. La promesa de un paraíso verde los había condenado a un infierno de calor y desesperación. Elena, de pie frente a sus congeladores silenciosos y vacíos, sintió una rabia fría que no había sentido en su vida.

 No era la rabia contra un accidente, era la rabia contra una decisión, una decisión tomada por hombres en oficinas con aire acondicionado en Bogotá, que nunca habían tenido que ver cómo el trabajo de su vida se derretía en el suelo. Una semana sin electricidad en la Guajira, es una eternidad. El calor se convirtió en un enemigo físico, opresivo.

 La vida en Rioacha y en las rancherías se descompuso. El hospital principal funcionaba con un generador de emergencia que fallaba constantemente, poniendo en riesgo la vida de los pacientes en incubadoras y cuidados intensivos. Una vecina de Elena corrió a su tienda llorando. La insulina de su hijo diabético se estaba calentando.

 Elena no pudo hacer nada más que ofrecerle los últimos restos de su hielo derretido. Las pequeñas tiendas como la suya quebraron en cuestión de días. Los pescadores no podían salir a faenar porque no tenían donde conservar el pescado. El agua potable que dependía de bombas eléctricas comenzó a escasear. La Guajira, la tierra de la luz prometida, era ahora la tierra de la sed, la podredumbre y la oscuridad.

La respuesta del gobierno central era lenta y llena de un lenguaje técnico que sonaba a insulto. Hablaban de desafíos técnicos imprevistos y problemas de acoplamiento a la red. Para Elena y su comunidad, esas palabras eran una bofetada. No era un problema técnico, era una catástrofe humana. Después de regalar la última botella de agua que le quedaba en su tienda, Elena se sentó en la oscuridad de su local vacío y tomó una decisión.

 Había llorado durante días. Había sentido como el miedo la paralizaba, pero ahora, mirando una vieja foto de su esposo colgada en la pared, sintió una oleada de su fuerza. El amor por su comunidad y la furia ante la injusticia eran más fuertes. Ahora era el momento de luchar. No era una líder política. Era una abuela de 60 años que solo quería que la dejaran trabajar en paz.

 Pero la inacción y la soberbia del poder la transformaron. Comenzó a hablar con sus vecinos, con los pescadores, con las otras tenderas. En sus ojos encontró el reflejo de su propia rabia, de su misma desesperación. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras nos tratan como un experimento fallido. Les dijo en una reunión improvisada a la luz de las velas.

 Con una energía que no sabía que tenía, comenzó a organizar a su comunidad. La oportunidad llegó de la forma más irónica posible. Se anunció que en dos días el presidente Gustavo Petro visitaría Rioacha para un evento de gobierno con el pueblo, precisamente para hablar de los avances y beneficios de la transición energética justa.

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