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LA ECHARON DEL RANCHO CON UN CABALLO ENFERMO… AÑOS DESPUÉS, NADIE LA RECONOCIÓ

LA ECHARON DEL RANCHO CON UN CABALLO ENFERMO… AÑOS DESPUÉS, NADIE LA RECONOCIÓ

La echaron del rancho. “Llévate ese animal moribundo y no vuelvas jamás.” Se rió el patrón frente a su invitado. Apostó su nombre a que antes de la primavera ella volvería arrastrándose a pedirle trabajo. No sabía con quién estaba apostando. “Que se vaya y que se lleve a esa bestia inútil”, ordenó Rufino al Barrán, alzando la voz para que el invitado lo oyera.

 El portón del rancho estaba abierto. El sol caía sobre las colinas. Marlena no se movió. tenía un cabresto en la mano. Del otro lado de la cuerda, un caballo vallo apenas se sostenía. Costillas marcadas, cabeza baja, respiración corta. “El animal está enfermo, señor Albarrán”, insistió ella, “pero todavía respira. Yo puedo curarlo.

Solo necesito tiempo. Curarlo.” Rufino soltó una carcajada y miró a su invitado, un hombre de ciudad de traje impecable. ¿Oyó eso? La que limpia mis establos ahora es veterinaria. El invitado sonrió divertido. Rufino se creció. Tenía público y un negocio importante que cerrar esa misma tarde. En este rancho solo hay animales de raza, dijo hinchando el pecho.

 No bestias que dan lástima, ni gente que confunde su lugar. Hubo risas entre los peones. Algunos bajaron la vista incómodos. Otros rieron fuerte buscando la aprobación del patrón. Marlena no se defendió, no gritó. solo apretó un poco más la cuerda y miró al caballo enfermo, que la miraba a ella como quien mira lo único que le queda en el mundo.

 “Le propongo algo para que mi invitado se divierta”, siguió Rufino, encantado. “Llévate esa bestia. Sálvala tú sola si tan capaz eres.” Y ha puesto mi nombre frente a todos, a que antes de la primavera vuelves arrastrándote a pedirme trabajo. “Tú y esa bestia, derrotados los dos, ¿lo jura delante de testigos?”, preguntó Marlena, bajo y firme. Lo juro, repitió él riendo.

 Pero los dos sabemos cómo termina esto. Tú rogando en este portón, yo decidiendo si te abro. Marlena no respondió, apretó el cabresto en su mano. Aquel nudo trenzado de un modo particular, la única herencia que le quedaba. Nadie en ese patio sabía lo que ese nudo significaba, ni de quién había aprendido a hacerlo.

 Eso lo cambiaría todo. Marlena llevaba años trabajando en el rancho Albarrán. Limpiaba establos, cargaba agua, dormía en un cuarto detrás del granero. Nadie le había preguntado nunca su apellido. Para todos era Marlena, la del establo, una sombra con manos útiles. Rufino había heredado el rancho y lo había hecho crecer.

 Cercas blancas, caballos de exhibición, un granero que olía a eno limpio. “En mi tierra las cosas se hacen como yo digo”, repetía a quien quisiera oírlo. “El que no sirve se va. El caballo enfermo era lucero. Lo habían comprado barato y nunca prosperó. Una herida vieja en la pata, fiebre que iba y venía. El capataz Damián lo despreciaba.

 Ese animal arruina la imagen del rancho y tú, mujer, deja de defenderlo. No estorbes cuando hablen los hombres. Damián era la sombra de Rufino. Le susurraba al oído qué comprar, a quién echar, en qué negocio meterse. Esa tarde el negocio que cerraban con el hombre de ciudad había sido idea suya. Esa mañana Marlena se había atrevido a hablar por lucero.

 Tres humillaciones le cayeron encima en un minuto por estar ahí cuando llegaba el invitado, por atreverse a opinar siendo quién era, por no quedarse invisible como se esperaba de ella. La cocinera de la casa, que servía café a las visitas, susurró a otra. Pobre, cree que es alguien que no se le suba a la cabeza.

El invitado de ciudad la miró de arriba a abajo, divertido. Querida, deje la medicina a quien estudió. Usted dedíquese a lo suyo. Marlena sintió las miradas. La del patrón, dura. La del invitado, burlona. La de los peones, esquiva. Y la peor de todas, la de los suyos. Marlena lo escuchó todo. El desprecio de los de arriba y el de los de su mismo lado.

 El más doloroso de los dos. Solo un hombre no se ríó. Telmo, el caballerizo viejo, llevaba toda una vida en el rancho. Conocía cada animal por su nombre. La muchacha tiene buena mano dijo Telmo despacio. Yo la he visto. Calma a los potros que nadie puede tocar. Rufino lo cortó en seco delante del invitado.

 Telmo, si quieres seguir cobrando, cierra la boca. Aquí mando yo. El viejo bajó la mirada. Había pagado por defenderla. Marlena lo notó y no lo olvidó. Esa fue la mañana de la apuesta, la promesa arrogante, jurada por su nombre, con testigos. Lo que Rufino no sabía era que acababa de firmar su propia caída y no solo por la apuesta.

Esa misma tarde, Rufino cerró el negocio con el hombre de ciudad. Damián lo había convencido durante meses, comprar un lote de caballos finos traídos de muy lejos para venderlos al doble en la temporada. Es la jugada de su vida, patrón, le había dicho el capataz. frotándose las manos. Hipoteque la tierra si hace falta.

 Esos animales valen oro. Rufino firmó papeles que no entendía del todo. Apostó el rancho entero a un sueño que otro le había vendido. Pero esa historia, la de su ruina, todavía no había empezado a contarse. Faltaban los inviernos para eso. Esa noche Marlena salió del rancho a pie, una mano en el cabresto, la otra, cerrada, como quien protege algo invisible.

Lucero caminaba lento. Cada paso le costaba, pero la seguía. Confiaba en ella, aunque el mundo no lo hiciera. Caminaron hasta una cabaña al borde del valle. Allí la esperaba su hermana con una niña pequeña en brazos. Inés, te echaron, dijo la hermana. No era pregunta. Otra vez sola Marlena, con un caballo que se muere.

 No se va a morir, respondió ella firme. Y yo no estoy sola. Te tengo a ti y tengo lo que la abuela me enseñó. La niña Inés la miró con ojos enormes. Marlena le acarició la mejilla. Tú vas a aprender todo esto un día, pequeña. Encendió un farol, se sentó junto al lucero, pasó las manos por la pata herida despacio escuchando con la palma.

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