Posted in

LA ABANDONARON EN EL CAMINO CON UNA SOLA MALETA… Y ESE RANCHO CAMBIÓ SU DESTINO

LA ABANDONARON EN EL CAMINO CON UNA SOLA MALETA… Y ESE RANCHO CAMBIÓ SU DESTINO

Esa tierra está muerta y tú también lo estás.” Se rió el hombre frente a la joven dejada en el camino. No sabía que en aquella maleta vieja viajaba lo único capaz de salvarlo todo. El polvo aún flotaba donde la carreta había desaparecido. Marisol se quedó quieta en medio del camino de tierra. Una maleta de cuero gastado colgaba de su mano.

 No tenía nada más. Busca trabajo en algún rancho”, le habían dicho. Después ni un adiós, solo el crujido de las ruedas y el silencio. El sol caía sobre las colinas secas, cercas torcidas, pasto del color del hambre. Marisol respiró hondo y empezó a caminar. No lloró. Su abuelo le había enseñado otra cosa.

 “Las lágrimas riegan, pero no siembran.” Solía decir don Aurelio. Así que caminó. Al final del camino apareció una casa de rancho, tejas caídas, paredes peladas por el viento, un portón de madera vencido. Un hombre la vio llegar desde el corredor, brazos cruzados, mirada dura. Detrás de él todo parecía rendido. ¿Y esto qué es?, dijo él sin saludar.

 El camino ahora me trae mujeres con maletas. Marisol no bajó la cabeza. Busco trabajo. Sé del campo, sé de la tierra. El hombre soltó una carcajada seca. ¿Sabes de la tierra? Repitió. Mira a tu alrededor, muchacha. Aquí ni la tierra sabe de la tierra. Se llamaba Bernardo Quiroga. El rancho era suyo o lo que quedaba de él.

 Los pozos sin agua, el ganado flaco, la deuda creciendo como la maleza. Puedo darte comida y un rincón en el granero, dijo Bernardo. Barrer, cargar, lavar, nada más. Y solo porque hoy tengo paciencia. Marisol asintió. Apretó el asa de la maleta. Dentro viajaba algo que aquel hombre jamás imaginaría. Algo que valía más que todo el rancho.

 Pero lo que nadie sabía, pensó ella mirando los campos muertos, es que esta tierra todavía tiene voz y ella sabía escucharla. El granero olía a polvo y años años. Marisol acomodó la maleta en un rincón sobre una tabla lejos del suelo húmedo. La cuidaba como quien cuida un hijo. Esa noche apenas durmió escuchaba el viento.

 Escuchaba la tos del ganado en el corral. Escuchaba la tierra y la tierra sonaba enferma. Al amanecer ya estaba de pie. Un hombre mayor cruzaba el patio con un balde casi vacío. Caminaba despacio, encorvado, pero con los ojos despiertos. Eres la nueva dijo él. No era una pregunta. Me llamo Tobías. Llevo en este rancho más años de los que puedo contar.

 Le ofreció la mano. Marisol la estrechó. Fue el primer gesto amable que recibía en mucho tiempo. Cuidado con el patrón, murmuró Tobías. Bernardo no siempre fue así. La sequía le secó la tierra y también algo por dentro. Marisol miró hacia la casa y antes, antes había agua, pasto hasta la rodilla, había risas. Tobías suspiró.

 El viejo Casimiro, su padre, mandaba aquí con mano de hierro y se llevó secretos a la tumba. El capataz llegó gritando. Se llamaba Leandro. Tenía la voz de quien disfruta mandar. La del camino. La llamó sin usar su nombre. El corral está lleno de estiercol. Es lo tuyo, no vienes de la tierra. Los otros peones rieron.

Marisol tomó la pala sin responder. Trabajó hasta que le ardieron las manos. A mediodía, Leandro revisó el corral. Mal hecho, escupió. No sabes ni limpiar. ¿De qué campo dices que vienes? No había hecho nada mal. Marisol lo sabía, pero aprendió temprano que ciertos hombres humillan por deporte.

 Los días en el rancho eran largos y parecidos. Marisol barría el corredor, cargaba leña, lavaba en una batea de piedra fría, comía sola casi siempre. Los peones la miraban de lejos. La del camino no tenía silla en ninguna mesa, pero ella no se quejaba. El trabajo le cansaba el cuerpo y le calmaba la mente.

 Y de noche el granero la esperaba con su secreto. Tobías era el único que le hablaba sin filo. A veces le dejaba una fruta sobre la tabla. A veces solo un buenos días, pequeñas cosas que pesaban mucho. Esa tarde pasó cerca del corredor. Bernardo conversaba con Tobías y ni la miró. Para él ella no estaba. Era parte del polvo. “Hay una muchacha durmiendo en mi granero”, dijo Bernardo como si ella no pudiera oírlo.

 “Que dure lo que dure, las del camino nunca se quedan.” Marisol siguió de largo. Por dentro algo le ardía. No, en un lugar vago. Le ardía en la garganta, justo donde se guardan las palabras que no se dicen. Esa noche abrió la maleta, apartó la poca ropa y allí, envuelto en un paño, apareció un cuaderno de cuero.

 Las tapas estaban gastadas por 1000 manos, las páginas llenas de letra apretada y de dibujos, mapas de algo que no se ve. Era de don Aurelio, su abuelo, el hombre que la había criado cuando el mundo la dejó sin nadie. La gente cree que la tierra es lo que se pisa, le decía él, pero la tierra es lo que duerme debajo.

 Don Aurelio había sido buscador de agua. Leía el suelo, como otros leen un libro. Sabía dónde dormían los manantiales escondidos. Patrones y ascendados lo buscaban. Él prefería enseñar a los humildes y a una sola persona le entregó todo lo que sabía. A su nieta. La tierra y las personas se parecen. Le decía. Ninguna está muerta, solo olvidada.

 Marisol no recordaba otra casa que la del abuelo. Sus padres se habían ido cuando ella aún era muy pequeña. Don Aurelio la recogió sin dudar. La crió con paciencia de tierra. La casa era humilde. Tenía un techo firme y una mesa siempre puesta. “Aquí nadie sobra”, decía el abuelo. El que llega con hambre llega como familia.

De niña, Marisol lo seguía a todas partes. Cargaba su cantimplora, sostenía sus cuerdas, aprendía mirando, antes de aprender preguntando. Don Aurelio nunca le habló como a una niña tonta. Le explicaba el mundo como a una igual. La Tierra enseña a quien quiere aprender, decía. Y tú siempre quieres.

Read More