JULIO “la momia” GOMEZ cumplio 31 AÑOS y como VIVE es MUY TRISTE
fue campeón del mundo sub-17. Metió uno de los goles más impresionantes, una chilena heroica con la cabeza vendada que hizo estallar a todo un país. Ganó el Balón de Oro del Torneo y lo llamaron la próxima joya del tri, pero hoy con apenas 31 años su realidad está a luz de la gloria. Lo que alguna vez fue el futuro del fútbol mexicano terminó en un camino que nadie pudo imaginar.

Este es el triste presente de Julio La Momia Gómez y lo que estás por ver te va a dejar impactado. Julio Enrique Gómez González nació el 13 de agosto de 1994 en Tampico, Tamaulipas, en una zona donde la vida no regala nada y donde el trabajo y la calle moldean el carácter desde chico. No venía de cuna dorada ni de apellidos famosos.
Su historia no arrancó con academias europeas ni visores internacionales, sino con canchas de tierra, balones desinflados y sueños que parecían demasiado grandes para el entorno donde crecían. Julio fue un niño como tantos otros, con una pasión desmedida por el fútbol y con esa chispa de talento que apenas lo veías tocar la pelota te hacía voltear la cabeza.
Empezó jugando en las calles, en canchas improvisadas, donde el pasto era un lujo y los goles se celebraban como si fueran en un mundial. Ahí forjó su amor por el juego. Con el tiempo, su habilidad llamó la atención de visores y entrenadores y terminó en las fuerzas básicas de Pachuca, uno de los clubes que mejor trabaja con jóvenes en México.
No fue fácil. No tenía el físico más potente ni la disciplina táctica más rígida, pero tenía algo que nadie le podía enseñar. Olfato de gol, intuición y una personalidad que se agrandaba cuando más se necesitaba. y fue en 2011 cuando su vida cambió para siempre. Ese año México organizaba el Mundial Sub-17. Julio, con apenas 16 años fue convocado a una selección repleta de promesas.
Fierro, espericueta, briseño, bueno. Pero desde el inicio quedó claro que la momia tenía algo especial. No era el más técnico ni el más veloz, pero era el que aparecía cuando más dolía. El Tri fue creciendo partido a partido y Julio se volvía cada vez más importante. Sus goles, su entrega, su carácter, no le importaban los rivales ni el peso de la camiseta.
Estaba en casa y jugaba como si llevara años en la élite. Pero el momento que marcó su historia y la del fútbol mexicano llegó el 7 de julio de 2011, semifinal contra Alemania. Rival durísimo, partido cerrado, físico de esos que se definen por detalles. Minuto 89, el marcador empatado 2 a 2 y Julio, con la cabeza vendada por un corte que lo había obligado a salir sangrando minutos antes, volvió al campo.
No podía ni cabecear sin dolor, pero se quedó porque sabía que algo más tenía que hacer y lo hizo. En un corner, tras una serie de rebotes, la pelota quedó flotando en el área. Julio se acomodó como pudo, giró el cuerpo en el aire y sacó una chilena perfecta. Golazo, histórico, dramático. El estadio Torreón se vino abajo. México pasaba a la final y la momia se convertía en leyenda.
Ese gol no solo fue una obra de arte, fue un símbolo de coraje, de entrega, de hambre. Un chico herido, sangrando, que decide quedarse y mete un gol de antología para mandar a su país a una final mundial. ¿Cuántas veces se ve algo así? En la final, México venció a Uruguay y levantó la Copa del Mundo, segunda vez que el tri lo conseguía en esa categoría.
Julio levantó el trofeo con la cara hinchada, el vendaje todavía en la cabeza y los ojos llenos de emoción. fue elegido Balón de Oro del Torneo, el mejor jugador del campeonato por encima de todos, campeón, figura, héroe. Ese momento era el pico. Todo parecía alineado para que su carrera fuera la historia perfecta. El chico humilde que llega a la cima del mundo y se convierte en estrella en el nuevo ídolo del tri, en el delantero que México necesitaba.
Lo firmaron los tuzos como joya de su cantera y los medios lo llenaron de elogios. Lo entrevistaban, lo seguían, lo proyectaban. El futuro era suyo, tenía talento, tenía nombre, tenía fama, pero nadie imaginaba que ese sería también el principio del fin. El principio del fin. Lo que nunca nadie supo fue que mientras todo México celebraba a su nuevo héroe juvenil, el club que debía impulsarlo fue el primero en cortarle las alas.
Pachuca fue quien lo terminó apagando antes de encenderlo. Julio regresó del Mundial Sub17 como campeón y figura. Había sido el alma de ese equipo y el autor de un gol imposible que ya era parte de la historia grande del fútbol mexicano. Todos esperaban que ese título lo catapultara a la élite, pero apenas puso un pie de regreso en Pachuca se encontró con otra realidad.
Tenía 16 años y cobraba 5,000 pesos al mes. Después del mundial, la directiva le ofreció un contrato por 4 años más a cambio de solo 10,000 pesos mensuales. Julio lo rechazó. Quería algo justo, algo que reflejara lo que había logrado, pero se lo negaron alegando que era un jugador formativo y que ya habían gastado mucho en él.
Ahí empezó todo a derrumbarse. Tuve una discusión con Marco Garcés y Andrés Fasi. Me los puse en contra. Desde ese momento todo cambió. Me mandaron a préstamo porque necesitaba ganar más para ayudar a mi familia y con eso me eché la soga al cuello. Marco Garcés siempre me trató mal. Fui víctima del Pacto de Caballeros, como muchos de mi generación.
El club no solo lo dejó sin respaldo económico, lo fue empujando hacia los márgenes. Lo cedieron a préstamo a otros equipos con la excusa de que necesitaba fogueo, pero en realidad lo estaban alejando. Lo querían fuera del radar. El jugador más valioso del mundial juvenil, desplazado como si fuera un estorbo.
El sueño que debía despegar después del mundial se fue opacando, no por lesiones, no por indisciplina, sino por un sistema que le dio la espalda cuando más necesitaba un abrazo. Julio no pedía lujos, pedía justicia. Pero en el fútbol mexicano de aquel entonces eso era demasiado y eso fue el principio del fin.
Pero ni él ni nadie imaginaba lo que vendría después. Punto de quiebre. Después de su discusión con la directiva de Pachuca, la momia Gómez empezó a recorrer un camino cada vez más oscuro. No fue un escándalo que lo sacó del mapa, ni una lesión aparatosa. Fue un desgaste silencioso empujado por un sistema que lo castigó por querer lo justo.
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El mismo año que volvió del mundial, Pachuca lo hizo debutar en primera división. Tenía solo 16 años. Era un debut simbólico, un premio, pero también una trampa, porque después de ese debut nunca más lo consolidaron. Ni un plan a largo plazo, ni un proceso claro, solo minutos sueltos y después la puerta de salida.
En total, Julio jugó solo 16 partidos en Liga MX a lo largo de su carrera y la mayoría de esos fueron en sus primeros pasos con la camiseta de Pachuca, pero no logró anotar ni un solo gol en la máxima categoría del fútbol mexicano. Cero goles en Liga MX. Para un delantero esa estadística pesa, pero hay que decirlo, tampoco tuvo oportunidades reales de mostrarse.
De ahí empezó el desfile de préstamos. Primero pasó a Chivas, una institución que también venía con sus propios problemas internos y deportivos. Ahí Julio no pudo destacar. Jugó poco y sin trascendencia. Después vino Correcaminos en el ascenso MX. Era su chance para sumar minutos. retomar confianza, demostrar que todavía tenía algo que ofrecer y sí, ahí al menos encontró algo de actividad.
Jugó 24 partidos en total y marcó tres goles. Nada espectacular, pero algo era algo. Después vino una seguidilla de equipos menores, alejados de los reflectores y sin la estructura que alguna vez lo rodeó. Cafetaleros de Tapachula, Chiapas FC, Coras de Tepic, Cruz Azul Hidalgo, Zacatepec, Loros de Colima, Real San José.
En Tapachula volvió a tener algo de regularidad. Jugó 13 partidos, aunque solo marcó un gol. En Zacatepec, su último paso profesional relevante, alcanzó a disputar nueve partidos y convirtió dos goles. Y con eso su etapa como profesional prácticamente terminó. Los números no mienten. En total, Julio jugó unos 50 partidos y solo logró anotar seis goles.
Un número durísimo para alguien que a los 16 años había sido nombrado el mejor jugador del mundo en su categoría. Pero hay que entender el contexto. Cada nuevo equipo era un parche. No había proyecto, no había respaldo. Lo llamaban, jugaba unos meses, lo soltaban una y otra vez, sin estabilidad, sin confianza, sin rumbo. Y entre tanto movimiento, el cuerpo también empezó a resentirse.
Las lesiones menores se acumulaban. La forma física ya no era la de antes y lo más grave, la cabeza ya no era la misma. Cuando el fútbol te rechaza sin darte chance de defenderte, es difícil no romperse por dentro. Para muchos, estos años fueron una etapa gris de su carrera. Para Julio fueron una especie de purgatorio, un eterno intentar y no lograr, una lucha constante contra un sistema que ya no lo quería.
Y así de a poco, el nombre que un día hizo temblar a Alemania con una chilena se iba desvaneciendo de las planillas oficiales. Y aunque seguía poniéndose los botines cada fin de semana, lo que venía ya no era fútbol profesional, era solo un intento desesperado de no dejar que el sueño muriera por completo. La dura caída.
El último suspiro de Julio Lamia Gómez como futbolista profesional se dio en 2018. A sus años, lo que debía ser el inicio de su mejor etapa fue en realidad el final. Su último partido oficial lo jugó con Zacatepec, un equipo del ascenso MX que lo había recibido con la esperanza de darle minutos, pero que terminó siendo solo otro capítulo fugaz en su carrera.
disputó apenas nueve partidos y marcó dos goles, números decentes, pero que no fueron suficientes para sostenerlo. Después de eso, el silencio. No hubo renovación, no hubo ofertas, nadie preguntó por él. Pasaron meses y luego años sin que se supiera de algún nuevo destino. Pero en 2020, cuando todo parecía enterrado, apareció una última oportunidad.
La Liga de balonpié mexicano, un proyecto alternativo fuera del sistema tradicional que prometía ser una nueva ventana para jugadores marginados o en busca de redención. Julio se sumó con ilusión al Club Real San José. quería una revancha, un regreso, pero esa ilusión duró poco. La LBM fue un caos absoluto. Malos manejos, problemas financieros, equipos desapareciendo, sueldos sin pagos.
Lo que debía ser un nuevo comienzo se convirtió en otra decepción. Y para alguien que venía golpeado por años de frustración, ese golpe fue definitivo. El proyecto se derrumbó y con él la última posibilidad de volver al fútbol profesional. Desde 2022, Julio ya no aparece registrado en ningún club, no figura en nóminas, no hay noticias de pruebas ni pretemporadas.
Oficialmente, su carrera profesional está cerrada, sin comunicado, sin retiro oficial, sin despedida. Pero como si todo esto fuera poco para un joven catalogado de estrella juvenil, esperá a conocer lo que hoy vive fuera de las canchas, porque su presente es todavía más crudo, su triste presente. El fútbol le dio todo y también se lo quitó. Julio.
La momia Gómez fue un fenómeno juvenil, un ídolo en formación, el chico de la chilena mágica que hizo vibrar a todo un país. Pero hoy, más de una década después, su realidad está a años luz de aquella gloria. En 2022, una foto suya se viralizó en redes. No era un recuerdo de aquel mundial sub-17 ni una imagen con alguna camiseta profesional.

Era algo totalmente distinto. Julio con sobrepeso, un chaleco reflectante de obrero parado frente a unas oficinas en Houston, Texas, y una sola palabra escrita como pie de foto, laborando. Esa imagen fue como un golpe en el estómago para quienes aún lo recordaban como promesa. No solo por el cambio físico, sino por todo lo que transmitía.
No había pose, no había filtro, solo un tipo común. de pie lejos de las canchas, intentando salir adelante. Un campeón del mundo juvenil trabajando como obrero en otro país en silencio. Desde entonces, sus redes sociales comenzaron a mostrar otro tipo de publicaciones: herramientas de trabajo, paisajes urbanos, ropa de faena, imágenes de una nueva vida, sin escudos, sin balones firmados.
Ya no quedaban rastros del futbolista profesional, solo el hombre. Nunca hizo una declaración oficial sobre su retiro. Nunca dijo, “Hasta acá llegué.” Pero los hechos hablan por sí solos. Desde 2022 no figura en ningún equipo profesional. Ya no aparece en registros, ni en planillas, ni en convocatorias. Su nombre, aquel que gritó medio país en 2011, quedó guardado en el archivo de los que pudieron ser.
Sin embargo, hay algo que el fútbol no le pudo quitar, la necesidad de seguir jugando, aunque sea por amor propio. Hoy, cada fin de semana, Julio se pone los botines y juega partidos de talacha en Houston y alrededores. Son ligas amateurs donde los sueldos son simbólicos y los aplausos escasos. canchas con gradas de metal, líneas mal marcadas y balones que ya pasaron por demasiados pies.
Ahí, entre camionetas estacionadas al costado del campo y el aroma de tacos de birria en bolsas plásticas, Julio vuelve a hacer la momia por unos minutos. Algunos lo reconocen, otros solo lo ven como ese zurdo bueno que siempre juega parado, pero la pone donde quiere. En esos partidos no hay prensa, no hay reflectores, no hay futuro tampoco, solo hay presente, un presente que aunque duro, él decidió vivir con dignidad.
A veces sube clips a sus redes, una asistencia, un caño, un remate al ángulo. La zurda sigue intacta, el cuerpo ya no, pero en cada toque se nota que algo le arde por dentro, que la pasión sigue ahí, aunque ya no le pague las cuentas. Y es en esos momentos donde se ve todo lo que perdió, pero también todo lo que aún le queda. La historia de Julio.
La momia Gómez no termina con una ovación ni con un retiro entre aplausos. Termina en silencio, en una cancha polvorienta de Texas o en una jornada de trabajo bajo el sol. Y duele porque no fue un caso de falta de talento. Julio tenía lo que pocos: coraje, personalidad, goles inolvidables y el amor de un país entero a los 16 años.
Pero en vez de sostenerlo, lo soltaron. En vez de proyectarlo, lo replegaron. Lo mandaron al fondo cuando estaba para volar. Y entre decisiones dirigenciales, contratos indignos, préstamos sin rumbo y un sistema que aplasta en vez de acompañar, se fue apagando, no por elección, sino por abandono. Hoy vive con dignidad, hace lo que puede, juega donde lo dejan, trabaja donde lo necesitan y aunque no se queja, aunque no busca excusas, su historia deja un mensaje incómodo para el fútbol mexicano.
Y ahora te pregunto a ti, ¿fólagaron cuando había que darle una oportunidad de brillar? Podemos decir que la vida de un futbolista de élite está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es ser perseverante y tener metas claras, tal como es el caso de Carlos Vela, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para llegar a la cima.
Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí. No te la puedes perder. En la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada muy entretenida.