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JOB (2025) | LA FE QUE RESISTIÓ EL SILENCIO de DIOS

JOB (2025) | LA FE QUE RESISTIÓ EL SILENCIO de DIOS

¿Sabías que existe un hombre en la Biblia que fue considerado  perfecto y aún así lo perdió todo? No fue castigado por su maldad ni juzgado por sus errores.  Fue probado precisamente por su rectitud y su historia. No solo desafía la lógica humana, sino que revela una de las verdades más profundas sobre la fe, el dolor y el carácter de Dios.

 ¿Puede una fe genuina sobrevivir al dolor más insoportable? ¿Puede un corazón rendido seguir adorando incluso  cuando lo único que queda son cenizas en una tierra lejana? Hace miles de años  vivió un hombre llamado Job. Un hombre íntegro, recto, temeroso de Dios y apartado del mal.

 No  era solo alguien bueno a los ojos del pueblo. Era irreprochable ante los ojos de Dios. Tenía una familia grande y unida,  siete hijos y tres hijas. tenía tierras ganados siervos, una vida próspera, bendecida,  establecida por la mano misma del creador. Se decía que no había hombre más importante  en todo el oriente, pero lo que lo hacía realmente especial no eran sus riquezas, era su corazón reverente, su disciplina diaria, su deseo constante de mantener a su familia espiritualmente limpia. Después

de cada banquete familiar,  Job se levantaba temprano y ofrecía sacrificios por cada uno de sus hijos. Tal vez hayan pecado en sus corazones. Pensaba tal vez  hayan maldecido a Dios sin saberlo. Y así, día tras día, Job intercedía, oraba, adoraba, vivía en paz, apartado del mal.

 Pero entonces, en  lo invisible algo se movió. Un día en las alturas celestiales, mientras los hijos de Dios se presentaban ante el trono del Altísimo, también se presentó el acusador Satanás.  No cuestionó las riquezas de Job, cuestionó sus motivos. ¿Acaso Job te honra sin razón? ¿No será que lo haces solo porque lo has bendecido? Y  así comenzó uno de los relatos más enigmáticos y conmovedores de toda  la escritura.

 Una historia que no se entiende solo con los ojos, sino con el alma. El desafío fue lanzado en el cielo y autorizado  por Dios Satanás. No podía tocar la vida de Job, pero sí todo lo que poseía.  Y en un solo día la existencia próspera de Job se desplomó como una casa de barro bajo  una tormenta feroz.

 Las noticias llegaron una tras otra como acuchilladas en el alma. Señor Job, los sabeos atacaron  mientras tus bueyes araban y tus asnas pastaban. Mataron a tus  siervos. Solo yo escapé para darte la noticia. Cayó fuego del cielo, consumió tus ovejas  y a los pastores solo yo escapé para contártelo.

 Los caldeos se llevaron tus camellos y asesinaron a filo de espada a los criados. Solo yo escapé tus hijos e  hijas estaban comiendo en casa del hermano mayor. Un gran viento del desierto golpeó la casa, se derrumbó.  Todos han muerto solo. Yo escapé todo lo que amaba. Todo lo que tenía desapareció. Y entonces Job se  levantó, rasgó su manto, se rapó la cabeza en señal de luto y luego en un acto que desafía la lógica humana, se postró en tierra y adoró a Dios.

 Sí adoró,  no gritó, no blasfemó, no exigió explicaciones. Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré. Allá Jehová Dios y Jehová quitó. Sea el nombre de Jehová bendito. ¿Quién puede pronunciar  esas palabras en el día de su mayor tragedia? ¿Quién puede perderlo  todo y aún así mantenerse de rodillas? No por derrota, sino por reverencia.

 Job no pecó,  no culpó a Dios, pero el cielo aún no había terminado su obra, porque lo que estaba  en juego no era solo la vida de un hombre, era la prueba suprema de si la fe  puede existir sin recompensa, de si el amor a Dios es verdadero, cuando ya no queda nada que ganar.

 Pasó el tiempo, pero no la prueba  una vez más. Los hijos de Dios se presentaron ante Jehová y una vez más  el acusador vino con ellos. ¿De dónde vienes? Preguntó Dios de rodear la tierra y observarla. Y el Señor, como quien conoce la fuerza de su siervo, respondió, “Has considerado a mi siervo Job, a pesar de todo, aún mantiene su integridad.

 No hay otro como él, perfecto,  recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Pero Satanás no se dio por vencido. Piel por piel,  todo lo que el hombre tiene lo dará por salvar su vida. Toca ahora su carne y sus huesos y verás si no te maldicen tu misma cara. Y el Señor, en un acto  misterioso y profundo, permitió que la prueba continuara.

 He aquí está en tus manos, pero respeta su vida. Entonces el adversario  descendió con furia y le hirió con llagas malignas, desde la planta del pie hasta la coronilla Job. Ahora cubierto de úlceras, se sentó  en medio de las cenizas. Su cuerpo, antes fuerte y bendecido, se convirtió en un campo de dolor y en su miseria tomó  un pedazo de vasija rota para rascarse, intentando encontrar alivio en lo imposible.

 Fue entonces cuando la voz que más debería haberle  consolado se volvió contra él. Aún conservas tu integridad, maldice a  Dios y muérete. Era su esposa. La mujer que caminó con él en la prosperidad, ahora no entendía  su fe en medio de la ruina. Pero Job, débil en carne, seguía firme en espíritu.

 Hablas como una mujer insensata,  recibiremos de Dios solo el bien y no también el mal. Y a pesar del sufrimiento desgarrador, Job  no pecó con sus labios, no lo entendía, no veía, no sentía consuelo, pero aún creía porque la fe verdadera no necesita explicaciones, solo necesita permanecer las noticias sobre el sufrimiento de Job se esparcieron rápidamente y tres de sus amigos más antiguos, Elifas, Bildad  y Sofar, vinieron desde tierras lejanas para verlo.

 Su intención era sincera consolarlo, acompañarlo en su dolor, pero cuando lo vieron a la distancia no lo reconocieron.  Aquel hombre próspero, vigoroso, lleno de vida y respeto, ahora estaba desfigurado y reconocible, destruido por la enfermedad y la tristeza, rasgando sus mantos en señal de duelo. Echaron polvo  sobre sus cabezas y se sentaron con él en el suelo durante 7 días y siete noches.

  Permanecieron allí sin decir palabra. sin ofrecer consuelo, sin intentar explicar  solo el silencio, porque veían que su dolor era demasiado grande,  un silencio que más que incomodidad era respeto, era reverencia ante el abismo del sufrimiento humano. Y entonces,  después de esa semana interminable, Job habló, no maldijo a Dios, maldijo el día de su nacimiento.

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