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JESÚS Arellano: de LEYENDA a PRÓFUGO… El SECRETO más sucio de su sangre y la VERGÜENZA nacional

JESÚS Arellano: de LEYENDA a PRÓFUGO… El SECRETO más sucio de su sangre y la VERGÜENZA nacional

Del Olimpo al abismo, tres mundiales, más de 400 partidos con la camiseta de los rayados, tres campeonatos de Liga MX, el balón dorado de la Copa de Oro de la CONCACAF como mejor jugador del torneo, la medalla al mérito cívico de Nuevo León, la máxima presea que otorga el estado, recibida de manos del propio gobernador, un ídolo, un referente, una leyenda, prófugo de la justicia, acusado por su propia sobrina del delito más repugnante.

 posible, dos veces detenido, dos veces fugitivo, con una orden de aprensión activa, sin rastro, sin paradero conocido, más de 4 años desaparecido del mundo. Escucha esto. El hombre que toda una afición consideró el mejor jugador neoleonés en la historia del fútbol mexicano, el tipo humilde de barrio que llegó a jugar en tres copas del mundo.

 En el ídolo al que el gobierno de Nuevo León le puso una medalla en el pecho en una ceremonia solemne en el teatro de la ciudad, ese hombre hoy no puede caminar a la luz del día sin arriesgarse a que lo capturen. Y todo empezó en la madrugada de un día de enero de 2017 en una casa de la colonia Cumbres de Monterrey, cuando una joven de 16 años vivió algo que la obligó a ir a una procuraduría a contar lo que le habían hecho.

 Lo que nadie te contó es que el escudo de héroe nacional que el cabrito construyó durante casi 20 años de carrera se usó exactamente para lo contrario de lo que debería servir, para escapar, para retrasar, para evitar rendir cuentas, para que una jovencita de 16 años tuviera que pelear durante años prácticamente sola.

 Eso contra el nombre más querido del fútbol regiomontano y la inercia de un sistema que en un principio miró más salido lo que a la víctima. Su nombre completo es José de Jesús Arellano Alcoser. Y lo que le pasó y lo que hizo con la acusación en su contra cambió para siempre la manera en que México entiende el precio real de construir ídolos deportivos sin cuestionar nada.

 En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que muy poca gente tiene del todo claras sobre este caso. Primera, como un niño de barrio que comenzó dando patadas en los terrenos de tierra de Nuevo León se convirtió en el extremo derecho más temido del fútbol mexicano durante casi dos décadas, acumulando títulos, reconocimientos y una imagen pública de hombre ejemplar que tardaría muchos años en resquebrajarse por completo.

 Segunda, eh, ¿qué pasó exactamente el 13 de enero de 2017 cuando su sobrina y su cuñado entraron a la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León a poner una denuncia que haría temblar al mundo deportivo mexicano y como Arellano eligió responder a esa acusación de la manera más cobarde que existe. Tercera, el tortuoso camino judicial que siguió este caso durante años con una jueza que desestimó las pruebas y las herramientas legales correctas, un tribunal federal que la contradijo y ordenó rehacer el proceso y una víctima que se negó a

quedarse callada sin importar cuántas veces el sistema le fallara. Cuarta. ¿Dónde está hoy José de Jesús Arellano al coser? ¿Por qué sus redes sociales llevan años completamente abandonadas? ¿Y qué significa que un tricampeón de la Liga MX con el balón dorado de la Concacaf en su palmarés tenga una orden de aprensión vigente y paradero desconocido para las autoridades? Te voy a avisar cuando llegue cada una.

 Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante de esta historia. Entender cómo funciona el mecanismo por el que en México ciertos nombres son tan grandes que la primera reacción del sistema es protegerlos antes que escuchara a quien los acusa. Y como una muchacha de 16 años tuvo que batallar durante años para que eso cambiara.

 Pero antes de llegar a todo eso, necesita saber de dónde venía este tipo y qué construyó. Porque sin entender la altura desde la que cayó, sin comprender cuánto valía lo que representaba para su ciudad y para todo el fútbol mexicano, hecho, no puedes entender la magnitud total de lo que estás a punto de escuchar. Todo empezó en Monterrey, Nuevo León, la ciudad del trabajo duro, del orgullo regional, del esfuerzo como identidad colectiva transmitida de generación en generación.

Una ciudad donde los rayados no son simplemente un equipo de fútbol, son una forma de pertenecer a algo más grande que uno mismo. de crecer jugando con la camiseta rayada no es una afición de fin de semana, es una herencia que pasa de padre a hijo con la misma solemnidad con que se transmiten las tradiciones más arraigadas de la cultura regiomontana, donde un muchacho que sale de las canchas de tierra del barrio para llegar al estadio tecnológico para ponerse la camiseta de la selección nacional y caminar hacia el campo de una copa del

mundo, no es simplemente un caso excepcional de suerte. Doe es la confirmación de que Monterrey puede producir esa clase de grandeza, que el talento que se forja en la dureza del barrio puede llegar tan lejos como cualquier talento creado en mejores condiciones. Jesús Arellano nació el 8 de mayo de 1973 en esa ciudad.

 No en una familia de privilegios económicos, no con conexiones que le abrieran puertas ni con dinero para pagar academias especializadas. Nació en el barrio con el fútbol como la herramienta más concreta disponible para escapar de una vida sin muchas opciones hacia arriba. La ciudad le dio la identidad, la cancha le dio la dirección y algo en él desde muy chico era diferente a los otros niños que jugaban en los mismos terrenos.

 empezó a darle patadas a un balón a los 5 años de edad, como miles y miles de niños en México que sueñan con lo mismo. Pero algo en su caso no era igual a los demás, la velocidad en primer lugar, esa velocidad explosiva que en los años 90 hacía que los defensores del fútbol mexicano lo tacharan como prioridad absoluta en sus instrucciones previas a los partidos, porque todos sabían que si le daban un metro de ventaja, ya no lo alcanzaban con tiempo suficiente para detenerlo.

 la capacidad para encarar a un rival en un duelo de uno contra uno, mirarlo a los ojos, fintar en una dirección y salir disparado en la otra, dejándolo plantado en el suelo con un cambio de ritmo y dirección que muy pocos jugadores en la historia del fútbol mexicano han ejecutado con esa claridad y efectividad y esa verticalidad de extremo puro, ese instinto primario de ir siempre hacia delante, sin dudar, eh, de buscar la línea de fondo como si fuera lo único que existiera en el campo, de cruzar ar el balón al área en el momento exacto,

que hoy es genuinamente una especie en extinción en el fútbol mexicano moderno, que ha optado por los mediapuntas versátiles y los delanteros que abren espacios y que en la época de su carrera hacía que los técnicos nacionales e internacionales lo pusieran en sus listas como referencia ineludible. Grábate esto porque importa para entender cómo empezó todo.

 A los 14 años, en 1986, el joven cabrito recibió una oferta concreta de los Pumas de la UNAM para incorporarse a su cantera juvenil en Ciudad de México, 14 años de edad. Todavía no era adulto. Todavía estaba en la secundaria y un club de la primera división de México ya quería tenerlo en su sistema de formación. Lo rechazó.

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