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Hitler DESPRECIABA A Los ‘DÉBILES Soviéticos’ — Stalingrado MASACRÓ 800,000 Soldados Alemanes TOTAL

Hitler DESPRECIABA A Los ‘DÉBILES Soviéticos’ — Stalingrado MASACRÓ 800,000 Soldados Alemanes TOTAL

En el verano de 1942, Adolf Hitler miraba hacia el este con una arrogancia que definiría el destino de millones. Sus ojos brillaban con la convicción de que los soldados soviéticos eran inferiores, débiles, incapaces de resistir el poder de la Bermacht alemana. Los rusos son subhumanos”, declaraba en sus reuniones privadas convencido de que bastaría con empujar la puerta para que todo el edificio podrido se desplomara.

 Pero lo que Hitler no comprendía era que estaba a punto de desatar la batalla más sangrienta de la historia humana, una que se tragaría vivos a más de 800,000 soldados alemanes y marcaría el principio del fin del tercer raich, la ciudad que llevaría el nombre de Stalin, se convertiría en el cementerio de las ambiciones nazis.

 Cada calle, cada edificio, cada metro de escombros sería testigo de una brutalidad inimaginable. Los soldados alemanes, que habían conquistado Europa con facilidad despiadada, descubrirían que los débiles soviéticos estaban dispuestos a morir hasta el último hombre antes que entregar su ciudad. El plan de Hitler parecía perfecto en el papel.

 La operación azul había sido diseñada para capturar los campos petrolíferos del Cáucaso y controlar el río Volga, cortando las líneas de suministro soviéticas. Stalingrado era solo un objetivo secundario, una ciudad industrial que debía caer rápidamente para asegurar el flanco norte. En dos semanas estaremos celebrando en las ruinas de Stalingrado”, proclamó el general Friedrich Paulus, comandante del sexto ejército alemán.

 Sus palabras resonarían como una maldición durante los siguientes 6 meses de infierno. El 23 de agosto de 1942, cuando los primeros estucas alemanes rugieron sobre Stalingrado, nadie imaginaba que estaban presenciando el comienzo del Apocalipsis. Las bombas incendiarias convirtieron la ciudad en un mar de llamas que se extendía por kilómetros.

 El humo negro se alzaba como una columna gigantesca que podía verse desde cientos de kilómetros de distancia. Los civiles corrían desesperados entre los edificios en llamas, buscando refugio en sótanos y túneles que pronto se convertirían en sus tumbas. Basili Chikov, el general soviético designado para defender la ciudad, recibió órdenes directas de Stalin.

 No hay tierra más allá del Volga. Era una sentencia de muerte que él mismo transmitiría a cada soldado bajo su mando. La consigna era simple y terrible, morir antes que retroceder un solo paso. Los soldados soviéticos sabían que detrás de ellos solo había el río helado y la muerte. Delante los esperaban las ametralladoras alemanas.

Era una trampa mortal de la que pocos escaparían vivos. Los primeros combates urbanos revelaron inmediatamente que esta batalla sería diferente a todo lo que habían experimentado los alemanes. Las tácticas de guerra relámpago que habían funcionado en Polonia, Francia y los primeros meses de la campaña rusa se volvían inútiles entre las ruinas de Stalingrado.

 Cada edificio destruido se convertía en una fortaleza. Cada montón de escombros en una posición defensiva mortal. Los tanques alemanes, que habían dominado los campos abiertos de Europa, quedaban atrapados entre los restos de fábricas y edificios de apartamentos. Los francotiradores soviéticos se convirtieron en ángeles de la muerte que acechaban desde cada ventana destruida, cada agujero en las paredes, cada rincón oscuro.

 Basilif, el más famoso de todos, cazaba a oficiales alemanes con precisión quirúrgica. Cada disparo suyo era una pequeña victoria en una guerra donde las victorias se medían en metros, no en kilómetros. Los soldados alemanes desarrollaron una paranoia enfermiza. Sabían que cada vez que asomaban la cabeza podría ser la última.

 El estrés psicológico comenzó a quebrar incluso a los veteranos más curtidos. La fábrica de tractores de Stalingrado se convirtió en el símbolo de esta resistencia desesperada. Durante semanas, los obreros soviéticos continuaron produciendo tanques T34, mientras las bombas alemanas caían sobre sus cabezas.

 Los tanques salían directamente de las líneas de ensamblaje hacia el campo de batalla, a veces sin pintura, con los obreros que los habían construido montándose en ellos. para ir a morir en combate. Era una imagen que desafiaba toda lógica militar, una fábrica que producía su propia resistencia hasta el último momento. Los alemanes descubrieron que conquistar un edificio no significaba controlarlo.

 Los soviéticos habían creado una red subterránea de túneles, sótanos conectados y pasadizos secretos que les permitía reaparecer en edificios que los alemanes creían haber limpiado. Un soldado alemán podía desayunar en el segundo piso de un edificio, almorzar en el tercero y encontrarse con soldados soviéticos atacando desde el primer piso por la tarde.

 Era una pesadilla tridimensional donde la muerte podía venir desde cualquier dirección. Las ratas se convirtieron en un problema tan grave como las balas enemigas. Los cadáveres se acumulaban por miles en los sótanos y túneles, creando un festín macabro para los roedores que crecían hasta alcanzar el tamaño de gatos. Los soldados debían disputar sus escasos alimentos con estos animales enloquecidos por la carroña.

 Muchos soldados alemanes escribían en sus diarios que las ratas parecían más agresivas que los propios rusos, atacando a los heridos y devorando cualquier resto de comida. El invierno ruso llegó como el aliado más poderoso de los soviéticos. Las temperaturas descendieron hasta los 30 de Grisundo, pero los alemanes no habían traído ropa de invierno porque Hitler había insistido en que la campaña terminaría antes del otoño.

 Los soldados alemanes comenzaron a amputarse los dedos de los pies congelados con bayonetas para evitar la gangrena. Los tanques alemanes no arrancaban por las mañanas, mientras que los T34 soviéticos diseñados para el clima ruso seguían funcionando perfectamente. Los suministros alemanes se convirtieron en un problema desesperante.

 Ging había prometido personalmente a Hitler que la luf buffe podría abastecer al sexto ejército por aire, pero la realidad era muy diferente. Los aviones de transporte alemanes enfrentaban el fuego antiaéreo soviético, las tormentas de nieve y la escasez de combustible. De las 700 toneladas diarias que necesitaba el sexto ejército, raramente llegaban más de 100.

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