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Guderian INVADIO Moscú Con 600,000 SS — Stalin DESATÓ Katyusha: SEPULTÓ Todo el Ejército en 72h

Guderian INVADIO Moscú Con 600,000 SS — Stalin DESATÓ Katyusha: SEPULTÓ Todo el Ejército en 72h

Junio de 1941. El aire huele a pólvora y muerte. He Gooduderian, el maestro de la guerra relámpago, contempla estepas infinitas que se extienden ante sus ojos. 600,000 hombres de las Buffen SS y la Vermacht aguardan su orden. Moscú está a menos de 300 km. El furer ha prometido que la capital soviética caerá antes del invierno. Guderian aprieta los puños.

sabe que esta batalla definirá el destino de Europa. Stalin recibe los informes en el Kremlin. Sus manos tiemblan mientras lee los números. 600,000 soldados alemanes avanzan como una marea imparable. Las divisiones Pancer de Gooderian han aplastado todo a su paso. Minsk, Smolensk, Viasma, ciudades enteras borradas del mapa en cuestión de días.

 Pero Stalin tiene un as bajo la manga, un arma tan devastadora que los alemanes ni siquiera saben que existe. Los Katiusa, los órganos de Stalin, cohetes capaces de convertir kilómetros cuadrados en paisajes lunares en cuestión de minutos. El 28 de septiembre de 1941, Guderian lanza la operación Tifón. El nombre es profético.

 Como un tifón, las fuerzas alemanas se precipitan hacia Moscú con una violencia que hace temblar la Tierra. Los tanques Pancer 4 y Tiger avanzan en formaciones perfectas. La aviación alemana oscurece el cielo. Los estucas descienden en picado. Sus sirenas ulantes sembrando el terror entre las tropas soviéticas. En las primeras 24 horas, las fuerzas de Guderian avanzan 80 km.

 Nada los detiene. Los soldados soviéticos luchan con desesperación. Saben que detrás de ellos está Moscú. Detrás de ellos están sus familias, sus hijos, sus esposas. No pueden retroceder. No hay lugar a dónde ir. En los bosques cercanos a Viasma, 50,000 soldados del Ejército Rojo quedan atrapados en una bolsa.

 Los alemanes los rodean como lobos. Durante tr días los soviéticos resisten, comen corteza de árbol, beben agua de los charcos, disparan hasta que se les acaban las balas y cuando ya no tienen munición, cargan con bayonetas contra los tanques alemanes. Es un suicidio, pero es un suicidio con honor. Guderian observa el campo de batalla desde su puesto de mando móvil.

 Ve las columnas de humo negro elevarse hacia el cielo gris. Ve los cadáveres apilados como leña. Ve la victoria. En su diario escribe, “Moscú caerá en dos semanas. Nada puede detenernos ahora.” Pero Guderian no sabe que Stalin ha dado una orden. Una orden que cambiará el curso de la guerra. Una orden que convertirá la victoria alemana en la mayor pesadilla de la historia militar.

 En las afueras de Moscú, escondidos en búnkers subterráneos, esperan los Kusha. Son camiones modificados con rieles de lanzamiento. Cada camión puede disparar 16 cohetes de 132 mm en 10 segundos. Hay cientos de estos camiones, miles de cohetes. Cuando los Kausha disparan al unísono, el sonido es como el aullido de 1000 demonios.

 Los alemanes los llaman los órganos de Stalin, porque el silvido de los cohetes suena como un órgano de iglesia tocado por el mismo El 3 de octubre, Guderián está a 200 km de Moscú. Sus hombres están exhaustos, pero eufóricos. Pueden oler la victoria. Esa noche acampanle entre dos colinas boscosas. Es una posición estratégica perfecta, ¿o eso creen? A las 3 de la madrugada, el cielo se ilumina.

 Cientos de estelas de fuego cruzan la oscuridad. Los soldados alemanes despiertan confundidos. Algunos piensan que son meteoritos, otros creen que es un bombardeo aéreo. Pero no hay aviones, solo esos cohetes silvantes que caen del cielo como la ira de Dios. El primer impacto destruye un depósito de municiones.

 La explosión es tan violenta que vaporiza a 200 hombres instantáneamente. El segundo impacto cae sobre un convoy de camiones cargados de combustible. El valle se convierte en un infierno de fuego y metralla. Los soldados alemanes corren en todas direcciones. No hay donde esconderse. Los cohetes Katiushan no discriminan.

 destruyen tanques, camiones, cañones, hombres, todo. Un teniente de la CSS llamado Klaus Bergman describe esa noche en sus memorias: “Creí que había llegado el fin del mundo. Los cohetes caían como lluvia. El ruido era ensordecedor. Vi a mi mejor amigo cortado por la mitad por un fragmento de metralla. Vi a hombres corriendo con sus cuerpos en llamas.

 Vi a soldados que habían perdido la razón disparando al cielo vacío. En 30 minutos nuestro batallón dejó de existir. Kuderian recibe el informe al amanecer. Dos divisiones pancer destruidas. 8000 hombres muertos. 15,000 heridos, cientos de tanques y vehículos convertidos en chatarra humeante.

 Y lo peor de todo, no saben de dónde vino el ataque. No vieron aviones, no hubo artillería convencional, fue como si el cielo mismo hubiera decidido aniquilarlos. Gooderian entiende que algo ha cambiado, que los soviéticos tienen un arma nueva, un arma terrible. Stalin sonríe en el Kremlin. Los informes son mejores de lo que esperaba.

 Los Kausha han funcionado a la perfección. Ordena que se preparen más baterías, que se fabrique más cohetes, que se entrenen más operadores. La contraofensiva ha comenzado y será brutal. Durante los siguientes días, Guderian intenta reorganizar sus fuerzas, pero cada vez que concentra tropas, los Katiusha atacan. Es una pesadilla táctica.

 Los alemanes no pueden agruparse, no pueden formar líneas defensivas. Cada concentración de fuerzas se convierte en un blanco perfecto para los cohetes soviéticos. La moral alemana se desploma. Los soldados empiezan a llamar a los Katiusha la muerte que silva. Desarrollan neurosis. Se niegan a dormir en grupos. Algunos desertores son encontrados en los bosques temblando con la mirada perdida, murmurando sobre demonios que caen del cielo.

El 10 de octubre, Guderian recibe órdenes directas de Hitler. Debe tomar Moscú a cualquier costo. No importan las bajas, no importa el clima, no importan los katiusha. Moscú debe caer. Guderián obedece. lanza un ataque masivo. 200,000 hombres avanzan en una línea de 50 km de ancho.

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