Generales Federales se burlaban de Zapata, hasta ser HUMILLADOS por su táctica guerrillera
El general Juvencio Robles llegó a Morelos en febrero de 1912 con la certeza absoluta del oficial que ha recibido una misión simple y que tiene los recursos para ejecutarla. Su misión era eliminar a Emiliano Zapata. Robles era un veterano de las campañas contra los jaquis de Sonora. había pacificado comunidades indígenas con los métodos que el ejército federal aplicaba cuando la pacificación requería algo más que persuasión.
Concentración de la población civil en puntos controlables, destrucción de los pueblos que apoyaban a los rebeldes, deportación de los que resistían hacia los valles del Yucatán, donde la fiebre amarilla y el trabajo forzado hacían lo que los rifles no habían terminado de hacer.
era el tipo de general que el Ministerio de Guerra enviaba cuando los métodos normales no habían producido el resultado que la misión requería. Antes de salir de la Ciudad de México, Robles escribió a sus superiores con la confianza del que ha leído los informes de inteligencia y que ha calculado la operación con los instrumentos que su formación le proporcionaba.
Zapata era un cabecilla campesino sin formación militar. Sus hombres eran labradores con machetes y con rifles oxidados. Morelos era un estado pequeño, atravesado de carreteras, con una geografía que no ofrecía la profundidad estratégica que las guerrillas necesitan para sobrevivir. La campaña sería cuestión de meses, probablemente de semanas.
Robles estuvo en Morelos 18 meses. Cuando lo relevaron del mando en agosto de 1913, Zapata controlaba más territorio que cuando Robles había llegado. Los pueblos que Robles había quemado habían producido más zapatistas de los que había eliminado. Y el ejército federal había aprendido a costa de columnas destruidas y de emboscadas que los partes de guerra describían con la imprecisión de los documentos que ocultan la magnitud de la derrota.
Que la guerra que Zapata peleaba en Morelos era una guerra para la que los manuales del colegio militar no tenían respuesta. Esta es la historia de cómo los generales que se burlaron de Zapata fueron humillados por la táctica guerrillera más sofisticada que el México del siglo XX produjo. De cómo un campesino sin formación académica desarrolló en las Barrancas de Morelos los principios que los teóricos militares tardarían décadas en sistematizar.
y y de por qué la sierra de Morelos se tragó a seis generales federales en 4 años sin que ninguno de ellos terminara de entender con qué estaban peleando. Para entender la táctica guerrillera de Zapata, hay que entender primero el terreno donde la desarrolló. Porque en la guerra de Morelos el terreno no era el escenario de las operaciones, era el instrumento principal.
Morelos es geográficamente engañoso para el que lo mira en el mapa. Es el estado más pequeño de México después del Distrito Federal. Tiene una superficie de 4800 km², un rectángulo que cabe 20 veces en el estado de Chihuahua. Sus carreteras principales conectan las ciudades de Cuernavaca, Tecuautla y Jojutla con la capital del país, por rutas que el porfiriato había construido y mantenido para que el azúcar de las haciendas llegara al mercado.
En el mapa, Morelos parece un estado que cualquier ejército con suficiente infantería y con el control de esas carreteras podría controlar en semanas. Lo que el mapa no muestra son las barrancas. Morelos es un estado cortado verticalmente por decenas de barrancas que bajan desde el eje volcánico hasta las tierras bajas del sur, con la brusquedad geológica de los terrenos que la erosión ha trabajado durante millones de años.
Algunas de esas barrancas tienen 50 m de profundidad, otras tienen 100. Sus paredes son de piedra volcánica que el calor y la humedad del clima subtropical de Morelos han cubierto de vegetación densa. Tepeuajes, uisches, cazahuates, ni la maleza que crece donde el agua y el calor se encuentran y que en las paredes de las barrancas forma una pantalla que desde el borde superior hace invisible el fondo.
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Un hombre que conoce esas barrancas desde niño puede moverse por ellas a la velocidad que la experiencia da al que no necesita pensar qué paso dar. Un soldado federal que llega a Morelos desde el Bajío o desde Veracruz y que ve por primera vez el borde de una barranca de 80 m con vegetación hasta el fondo, mira hacia abajo y calcula el tiempo que necesitaría para bajar y para subir y para llegar al otro lado.
Y ese tiempo es el tiempo que hace imposible la persecución de alguien que ya está en el fondo y que sabe exactamente por dónde va a salir del otro lado. Zapata creció en Anenecuilco, en el corazón de Morelos. Era jinete desde antes de los 10 años. Is conocía cada barranca de su estado, no en el sentido abstracto del que ha caminado por ellas una vez, sino en el sentido físico del que ha dormido en ellas.
ha comido en ellas. Ha pasado temporadas enteras en ellas cuando las circunstancias lo requerían. Conocía los puntos donde una barranca se podía cruzar a caballo y los puntos donde no. Conocía los manantiales en el fondo que hacían posible acampar durante días sin que el humo del fuego fuera visible desde el borde.
Conocía los sonidos del monte que corresponden a la presencia de una columna de infantería antes de que esa columna sea visible. Era el tipo de conocimiento que ningún mapa puede contener y que ninguna escuela militar puede enseñar porque requiere años de vida en el terreno. Cuando Zapata comenzó a organizar la resistencia en 1910 esa primera resistencia fue exactamente lo que los informes de los rurales del porfiriato describían como el problema que nadie sabía cómo resolver.
Los rebeldes atacaban y desaparecían. Atacaban los convoyes en los caminos y se metían en las barrancas antes de que la escolta pudiera organizar la persecución. Atacaban los puestos militares de noche y estaban a 10 km de distancia antes de que los soldados terminaran de entender qué había ocurrido.
Atacaban los trenes que transportaban la caña de azúcar a las refinerías y los atacaban siempre en el punto donde la barranca más cercana estaba a menos de 200 m de la vía. Los rurales que mandaban los informes describían la situación con la frustración del que intenta cazar algo que sabe exactamente cómo evitar ser casado.
Los rebeldes no peleaban donde los rurales querían que pelearan, peleaban donde los rurales no podían seguirlos. Madero negoció la paz con Zapata a finales de 1911 después del triunfo sobre Díaz con la promesa del plan de Ayala. La tierra para los que la trabajaban, la devolución de las parcelas que las haciendas habían absorbido, la reforma agraria que era la demanda que había producido la revolución en Morelos.
Madero no cumplió esa promesa con la velocidad que Zapata exigía. Zapata no esperó. En noviembre de 1911 proclamó el plan de Ayala y volvió al monte. Fue entonces cuando el ejército federal llegó con la seriedad de los que tienen que resolver un problema que los rurales no habían podido resolver. Fue entonces cuando los generales que se burlarían de Zapata comenzaron a aprender lo que las barrancas de Morelos enseñaban.
El primer error que el ejército federal cometió consistentemente en Morelos fue el mismo error que el ejército federal cometió frente a los Dorados de Villa y que el ejército de Huerta cometió frente a Obregón en Celaya. Creer que la superioridad numérica y tecnológica producía automáticamente la victoria. Los generales que llegaron a Morelos llegaron con más soldados que los que Zapata tenía, con mejor armamento, con el respaldo logístico que las líneas de ferrocarril que conectaban Cuernavaca con la capital hacían posible.
En términos de los parámetros que los manuales del Colegio Militar usaban para evaluar la capacidad de combate de las fuerzas enfrentadas, el Ejército Federal tenía ventaja en todos, excepto en el que importaba. La guerra que Zapata peleaba no era la guerra de los manuales del colegio militar, no era la guerra de las posiciones y de los flanqueos y de la artillería que ablanda las defensas antes del asalto de la infantería.
Era la guerra del hombre que elige cuándo pelea, dónde pelea y durante cuánto tiempo pelea, y que cuando ha peleado, lo suficiente se va antes de que el adversario pueda establecer el tipo de combate sostenido donde la superioridad de recursos decide el resultado. Era la guerra de las condiciones propias antes que la guerra de las condiciones impuestas.
Esa distinción parece simple, formulada así. En el campo era la distinción que ningún general federal que llegó a Morelos terminó de comprender en el tiempo que estuvo ahí, que era exactamente el tiempo que Zapata le concedía antes de que el siguiente general llegara con las mismas certezas y con la misma incapacidad de operar en el terreno que el anterior.

Pues el general Robles intentó la solución que había funcionado en Sonora contra los Yquis. cortara la guerrilla de la población que la sostenía. Si los campesinos de Morelos daban refugio a los zapatistas, información a los zapatistas, comida a los zapatistas, la respuesta era eliminar la capacidad de los campesinos de dar esas cosas, quemar los pueblos que apoyaban a Zapata, concentrar la población en puntos controlados donde los movimientos podían ser vigilados.
deportar a los que resistían hacia regiones lejanas donde no pudieran seguir siendo el sistema de soporte que la guerrilla necesitaba. Era una lógica que tenía precedentes históricos. Era también en Morelos en 1912 una lógica que producía exactamente el resultado contrario al que buscaba. Los campesinos de Morelos que Robles quemó deportó y concentró no dejaron de apoyar a Zapata.
se convirtieron en zapatistas, no porque tuvieran una teoría revolucionaria que aplicar, ni porque entendieran el plan de Ayala en sus dimensiones jurídicas, sino porque el ejército federal había quemado su casa y había deportado a su familia. Y en las barrancas de Morelos, el hombre que hace eso a tu familia tiene un nombre que no es el de Zapata.
Cada pueblo que Robles quemó era un pueblo que producía combatientes zapatistas con la eficiencia de la máquina de reclutamiento que Robles estaba construyendo sin saberlo. Secada deportación era una familia que llegaba a los estados del norte con el resentimiento específico de los desplazados y que con el tiempo volvía o mandaba a sus hijos a volver con la disposición que el resentimiento específico de los desplazados produce.
Robles lo vio. Sus informes al Ministerio de Guerra de ese periodo son documentos extraordinarios, por lo que revelan sobre la incomodidad del hombre que ejecuta una política y que comienza a ver que la política produce consecuencias que la política no contemplaba. Los reportes del primer mes son reportes de un oficial convencido que ejecuta una misión con métodos probados.
Los reportes del sexto mes empiezan a tener la calidad de las reflexiones de un hombre que está calculando si los métodos que aplica producen los resultados que la misión requiere. Los reportes del 12undo mes son los reportes de un hombre que sabe que no está ganando, pero que no tiene otros métodos disponibles.
No los tenía porque el sistema que lo había formado no tenía otros métodos para ese tipo de guerra. El colegio militar enseñaba la guerra convencional con sus parámetros convencionales. No enseñaba la guerra de Morelos, porque la guerra de Morelos era el tipo de guerra que los ejércitos convencionales clasificaban como banditismo antes que como guerra.
Y el banditismo se eliminaba con represión suficiente, no con estrategia. Lo que Robles no podía ver, porque ver eso habría requerido un tipo de análisis que su formación no le daba. era que lo que enfrentaba no era banditismo, era una forma de combate tan sofisticada a su manera como la táctica napoleónica que había estudiado, céspero sofisticada en una dirección completamente diferente, no hacia la maniobra de grandes fuerzas en campo abierto, sino hacia la movilidad perfecta de fuerzas pequeñas en terreno conocido.
El principio central de la táctica zapatista era el principio que todos los teóricos de la guerra irregular han articulado de maneras distintas en distintos siglos, pero que ninguno ha podido mejorar fundamentalmente. Nunca pelear en las condiciones del adversario, siempre pelear en las propias. Las condiciones del adversario en Morelos eran las carreteras, los llanos entre haciendas, los cruces de caminos donde la artillería tenía campo de fuego, los espacios abiertos donde la superioridad numérica podía desplegarse
en formación y donde el fuego de volumen era más determinante que el conocimiento del terreno. Las condiciones propias de Zapata eran las barrancas, los montes, los pueblos donde cada milpa era una cobertura y cada casa era una posición defensiva. Los caminos de herradura que no aparecían en ningún mapa del Ejército Federal, pero que los zapatistas habían usado toda su vida.
Cada vez que el ejército federal intentaba obligar a los zapatistas a pelear en sus condiciones, los zapatistas desaparecían en las condiciones propias y reaparecían en otro punto donde las condiciones del Ejército Federal volvían a ser desventajosas. Ese ciclo se repitió durante 4 años con la consistencia de los principios que funcionan, no porque los que los aplican los hayan articulado conscientemente, sino porque corresponden exactamente a la realidad del terreno y de las fuerzas disponibles.
El general Francisco Leiva, Omemplazó a Robles en agosto de 1913. Llegó con los mismos análisis y con métodos ligeramente diferentes. Donde Robles había quemado, Leiva intentó comprar. Ofreció amnistías a los jefes zapatistas de segundo rango con la esperanza de que la deserción desde adentro deshiciera la cohesión que la represión desde afuera no había podido romper. Algunos aceptaron.
La mayoría no. Los que aceptaron descubrieron que la amnistía del gobierno federal en 1913 era una amnistía que duraba lo que duraba la conveniencia política del gobierno que la ofrecía. Los que la habían rechazado siguieron en el monte con Zapata. Leiva duró 4 meses. El general Aureliano Blanquet llegó después con la reputación del hombre que había participado en la decena trágica y que había firmado el arresto de Madero.
Yo era un oficial que no tenía escrúpulos sobre los métodos que aplicaba y que los aplicaba con la consistencia del que no necesita justificar sus acciones a nadie que le importe. Sus operaciones en Morelos fueron documentadas por los corresponsales extranjeros que cubrían la Revolución Mexicana y que describían las columnas federales que pasaban por los pueblos de Morelos con la neutralidad imposible de los periodistas que tienen que narrar lo que ven.
Los zapatistas atacaban las columnas de Blanquet. Las atacaban en los puntos que habían atacado siempre, los puntos donde la barranca estaba cerca y donde la columna no podía desplegar su formación sin comprimir a los soldados en el tramo de camino donde el terreno no daba espacio para otra cosa. La columna respondía con fuego.
Los zapatistas se retiraban hacia la barranca. La columna organizaba la persecución. Los zapatistas llegaban al fondo de la barranca antes de que la persecución comenzara y tomaban las rutas que la columna no podía seguir. Blanquette escribió al ministerio de guerra con la frustración que sus colegas anteriores habían documentado de maneras similares, que el enemigo no peleaba, que atacaba y huía, que usar el término combate para describir lo que ocurría era darle más dignidad de la que merecía.
La frustración de Blanquette era también la descripción involuntaria de por qué perdía. El enemigo que no pelea en los términos que tú defines el combate y que ataca cuando las condiciones le favorecen y desaparece cuando no le favorecen, no está evitando el combate. Está peleando una guerra diferente a la que tú sabes librar.
Y la guerra diferente que no sabes librar es exactamente la guerra que te gana. La batalla de Chinameca de diciembre de 1912, que no debe confundirse con la traición de 1919, fue uno de los episodios donde la táctica zapatista demostró con más claridad lo que podía producir cuando las condiciones se combinaban correctamente.
Una columna federal de 300 hombres bajo el mando del coronel cartón había entrado en la zona de Chinameca en persecución de un grupo zapatista que se había replegado después de atacar una hacienda en el norte del estado. La persecución siguió el patrón que los zapatistas habían establecido. El grupo pequeño que huye marca el camino.
La columna que persigue sigue ese camino y en el punto que los zapatistas han elegido la columna encuentra que no está persiguiendo, sino que ha sido llevada. La la columna de cartón fue llevada a un cañón donde las paredes del terreno concentraban el fuego desde posiciones elevadas que los 300 soldados no podían tomar sin exposición completa.
El cañón no era una emboscada improvisada, era una posición que los zapatistas habían preparado con el tipo de preparación que requiere conocer el terreno con suficiente precisión para calcular los ángulos de tiro, las distancias de retiro, los puntos donde la columna no podría reorganizarse sin salir al descubierto.
La columna sufrió 80 bajas en una tarde. El coronel cartón sobrevivió con heridas. El informe que redactó en el hospital militar de Cuautla después es uno de los documentos más honestos que un oficial federal produjo sobre la guerra de Morelos. Describe con precisión la geometría de la posición donde fue emboscado, que es la velocidad con que los zapatistas se retiraron después del ataque, la imposibilidad de organizar una persecución efectiva en el terreno que los zapatistas habían elegido y la conclusión que el informe formulaba con
la claridad de quien ya no tiene nada que ganar ocultando lo que piensa, que el enemigo conocía el terreno con una ventaja que no podía compensarse. con ningún aumento de los efectivos militares disponibles. Era la descripción que ningún general federal quería que llegara al Ministerio de Guerra, porque implicaba que el problema no era de escala, sino de naturaleza, que más soldados en Morelos no producirían el resultado que la misión requería si más soldados en Morelos seguían siendo soldados que no conocían
el terreno donde operaban. El Ministerio de Guerra no cambió la estrategia, envió más soldados, los resultados se repitieron. El general Pablo González llegó en 1914 con el mandato de Carranza de resolver el problema zapatista que había sobrevivido a Madero, a Huerta y a los generales que sus predecesores habían enviado.
González era diferente en un aspecto que sus biógrafos han señalado con la ironía que corresponde. Era consciente de que no podía ganar militarmente a Zapata en el terreno de Morelos. Esa conciencia no lo hizo más eficiente, lo hizo más cruel. González adoptó la estrategia que los historiadores han llamado la estrategia de la tierra quemada en su versión más sistemática.
Si el terreno producía la ventaja de Zapata, el terreno tenía que ser destruido. Si la población civil era el sistema de soporte que hacía posible la guerrilla, la población civil tenía que ser eliminada como sistema de soporte. Las quemas de González en Morelos entre 1916 y 1919 fueron quemas sistemáticas con el tipo de planificación que distingue la represalia táctica de la política de destrucción deliberada.
Sus columnas no quemaban los pueblos porque los encontraban hostiles. Los quemaban según un calendario de operaciones que establecía qué zonas del estado iban a ser objeto de operaciones en qué periodo. El resultado fue el mismo que el de Robles, amplificado por la escala mayor de los recursos que González aplicaba.
Más pueblos quemados produjeron más zapatistas, más deportaciones produjeron más resentimiento, más represión sobre la población civil produjo el resultado que la represión sobre las poblaciones que tienen una razón propia para resistir siempre produce que la razón para resistir se refuerza con cada acto de represión.
Los zapatistas de 1919 cuando González diseñó la trampa de Chinameca que mató a Zapata, eran menos en número que los zapatistas de 1911, pero eran más difíciles de eliminar que los de 1911, porque habían sobrevivido 9 años de presión sostenida y porque el conjunto de los que habían sobrevivido ese periodo eran los que tenían la combinación de conocimiento del terreno.
capacidad de adaptación y convicción sobre lo que peleaban, que hace que los guerrilleros que sobreviven 9 años de campaña sean cualitativamente diferentes de los que empezaron la campaña. La táctica guerrillera de Zapata no fue una invención de Zapata. tenía antecedentes en la historia de México que Zapata no necesitó leer en los libros porque los llevaba en la sangre de los que crecen en territorios que han resistido durante siglos.
la resistencia de las comunidades indígenas del sur de México contra el ejército colonial, que había usado las mismas barrancas y los mismos montes y los mismos principios de movilidad y de conocimiento del terreno que Zapata aplicó en el siglo XX. Pero Zapata sistematizó esos antecedentes con un rigor operacional que sus contemporáneos no le atribuían porque no sabían verlo.
La organización de los zapatistas en grupos pequeños con zonas de operación específicas que se coordinaban sin un cuartel general centralizado que pudiera ser atacado y destruido. la rotación de los líderes de segundo rango entre las zonas para que la pérdida de cualquier individuo no desarticulara la operación en su zona.
El uso de las comunicaciones orales que pasaban de pueblo en pueblo con la velocidad de los sistemas de información que no dependen de ninguna infraestructura que pueda ser cortada. Esos principios son los mismos que los teóricos de la guerra irregular. Desde Mao hasta los manuales de contrainsurgencia del ejército americano de los años 60 identificaron como los principios de la guerra de guerrillas efectiva.
Zapata los aplicó en Morelos entre 1911 y 1919 sin haber leído a ninguno de los teóricos que lo sistematizarían décadas después. los aprendió en el monte con las consecuencias que el monte pone en los errores. El karma que recibieron los generales que se burlaron de Zapata tiene la forma de los desenlaces que la historia produce cuando el arrogante encuentra exactamente el límite que la arrogancia hace imposible ver.
Robles fue relevado del mando con el registro de 18 meses de operaciones fallidas y de un estado más zapatista que cuando llegó. vivió el resto de sus años intentando explicar en sus memorias que los métodos que había aplicado eran los correctos y que los resultados insuficientes se debían a factores que no estaban bajo su control.
Sus memorias no encontraron el editor que los libros de los generales exitosos encuentran con facilidad. murió en la oscuridad específica de los hombres que hicieron cosas difíciles de defender y que no encontraron el vocabulario para defenderlas. El general Leiva, cuya amnistía fracasó, regresó a los cuarteles sin el prestigio que esperaba traer de Morelos.
Sus contactos políticos lo mantuvieron en grados aceptables. Sus biógrafos tienen poco que decir sobre sus años de servicio, porque sus años de servicio tienen poco que decir. Blanquet, que había firmado el arresto de Madero y que había aplicado en Morelos los métodos que le habían dado reputación, siguió a Huerta hasta el fin.
Cuando Huerta cayó en 1914, Blanquet huyó a Europa. Regresó en 1916 con la rebelión de Félix Díaz. Fue capturado. Fue ejecutado en 1919, el año en que Zapata fue asesinado en Chinameca. Los dos murieron en 1919. El que había intentado eliminar al otro murió el mismo año que el otro. González, que diseñó la trampa que mató a Zapata, sobrevivió.
Intentó rebelarse contra el gobierno de Obregón en 1920. Fue capturado. En su condena de muerte fue conmutada. Murió en Texas en 1950 en el tipo de exilio que no produce homenajes ni memoriales ni monumentos. Zapata tiene un monumento en cada plaza de cada pueblo de Morelos. González no tiene nada.
Esa diferencia es también la historia. El general Juvencio Robles, que había llegado a Morelos en febrero de 1912, con la certeza del oficial que ha recibido una misión simple y que tiene los recursos para ejecutarla, se fue 18 meses después con la comprensión de algo que los manuales del Colegio Militar no habían podido enseñarle, que hay terrenos donde la certeza del que viene de afuera es exactamente la ventaja del que conoce ese terreno Desde adentro, los zapatistas conocían las barrancas, Robles conocía los manuales y en Morelos
en 1912 esa diferencia fue la diferencia que importó a la que siguió importando durante 9 años, la que hizo que seis generales federales pasaran por Morelos y que ninguno de ellos se llevara lo que había venido a buscar. y la que hizo que Zapata siguiera en el monte hasta que González diseñó la única táctica que su sistema no podía defender, no la fuerza, sino la traición del que se hace pasar por aliado, porque la táctica guerrillera de Zapata podía resistir a seis generales con el ejército más grande del norte de México. No podía
resistir a Guajardo con 50 prisioneros falsos como prueba de buena fe. Eso también es parte de la historia, la parte que los corridos no cantan con la misma facilidad que cantan las victorias en las barrancas, pero que también fue real y que dice algo sobre la diferencia entre la táctica que gana en el monte y la vulnerabilidad que produce exactamente la virtud que la táctica del monte requería, la disposición de incorporar a los que se pasaban al lado correcto.
Esta disposición fue la fuerza que sostuvo la guerrilla durante 9 años y fue también la grieta por donde González metió a Guajardo. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, como son verdad al mismo tiempo, las victorias en las Barrancas y la muerte en Chinameca. Como es verdad que los generales federales fueron humillados por la táctica guerrillera más sofisticada que Morelos produjo y que esa táctica no pudo proteger a Zapata de la traición que no venía del frente.
Si esta historia de cómo un campesino sin formación académica humilló a seis generales del ejército más poderoso de México, te mostró algo sobre la diferencia entre conocer el terreno y conocer los manuales. Ya sabes lo que tienes que hacer. Suscríbete al canal y activa la campana. Y antes de irte, quiero saber tu veredicto.
Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe instinto. Si crees que la táctica guerrillera de Zapata fue el resultado del instinto y del conocimiento del terreno de los que crecen en él. O escribe genio si crees que había en lo que Zapata desarrolló un sistema táctico deliberado que merece el mismo análisis que cualquier teoría militar formal.
Una sola palabra y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo video. Para comprender exactamente cómo operaba la táctica zapatista en su dimensión más concreta, hay que mirar una operación específica con el detalle que permite ver los principios en acción antes que en la teoría. La emboscada en la Barranca de Tembe en agosto de 1912 es uno de los episodios mejor documentados de las campañas de Robles en Morelos.
documentado no porque los zapatistas llevaran crónicas de sus operaciones, sino porque el ejército federal presentó el parte detallado de sus bajas y porque varios periodistas extranjeros que cubrían la revolución estuvieron en Cuautla cuando llegaron los heridos. La columna federal que fue emboscada en Tembe estaba compuesta por 250 soldados del vio batallón de infantería al mando del mayor Federico Morales y había salido de Cuautla tres días antes en una operación de rastreo hacia el sur del estado, donde los informes de inteligencia señalaban que un grupo
zapatista de 100 hombres operaba. Los informes de inteligencia eran correctos. El grupo zapatista de 100 hombres estaba en esa zona, lo que los informes no podían decir, porque los informes de inteligencia del Ejército Federal en Morelos dependían de informantes locales que a veces daban información real y a veces daban la información que los zapatistas querían que llegara al Ejército Federal.
era que el grupo de 100 hombres había sido visto deliberadamente por los informantes que iban a reportarlo. La columna del mayor Morales siguió las pistas que los exploradores encontraban. Rastros de caballos que iban en dirección sur, a fogatas apagadas recientemente en los puntos donde el terreno indicaba que un grupo habría parado para descansar.
marcas en los árboles que los exploradores veteranos reconocían como marcas de campamento reciente. Las pistas eran reales, habían sido dejadas para ser encontradas. La barranca de Tembe está a 40 km al sur de Cuautla. El camino que la columna siguió para llegar a ella era el único camino transitable para 250 soldados con su equipo.
Una vereda que en el ancho de un solo hombre separaba el matorral denso a la derecha y la pared de la barranca a la izquierda. Esa vereda tenía exactamente 300 m de longitud en el punto donde la barranca llegaba a su profundidad máxima de 80 m. Los zapatistas habían elegido ese punto no porque fuera el más impresionante de la barranca, sino porque era el punto donde la columna no podía dispersarse hacia los flancos sin caer por la pared o sin entrar en el matorral, donde la visibilidad era de 2 m.
La columna en ese punto era una línea de hombres que no podían moverse lateralmente, que no podían retroceder sin comprimir a los que venían detrás y que no podían avanzar sin entrar en el sector de fuego que los zapatistas habían preparado. 40 hombres de zapata dispararon desde las posiciones elevadas al otro lado de la barranca durante 12 minutos.
En 12 minutos, la columna del mayor Morales tuvo 63 heridos y 22 muertos. El mayor Morales recibió una bala en el hombro izquierdo en el primer minuto del fuego. Cuando los soldados que podían intentaron responder el fuego disparando hacia el otro lado de la barranca, disparaban hacia posiciones donde los zapatistas ya no estaban.
Los 40 hombres de Zapata se habían retirado por la ruta que habían trazado antes de la operación, una ruta que bajaba al fondo de la barranca por un punto que estaba fuera del ángulo de visión de los soldados en la vereda y que subía al otro lado por una pendiente que los zapatistas podían hacer en 20 minutos y que la columna federal habría necesitado 2 horas para intentar.
Los soldados que bajaron a buscar el rastro de los atacantes en el fondo de la barranca encontraron exactamente lo que encontraban siempre. Nada. Los zapatistas que operaban en las barrancas de Morelos no dejaban el tipo de rastro que la persecución convencional puede seguir. Dejaban el tipo de rastro que solo puede leer el que conoce el terreno suficientemente bien para saber qué marca corresponde a qué movimiento, en qué dirección.
Y esa lectura requería exactamente el conocimiento que los soldados del 22o batallón de infantería no tenían. El parte que el mayor Morales presentó desde el hospital de Cuautla es notable por lo que dice sobre el terreno antes que sobre el enemigo. Describe con precisión la geometría de la barranca, el punto donde la columna quedó comprimida, la distancia a la que llegó el fuego.
describe con la misma precisión a los atacantes, porque la única descripción posible era la de los hombres que aparecieron por décimas de segundo en las posiciones elevadas y que desaparecieron antes de que la vista pudiera procesarlos completamente. “No vi soldados”, escribió Morales. “Sa, vi fuego desde el otro lado.
” Era la descripción más precisa posible de la táctica zapatista. hacer visible solo el efecto, no la causa. La inteligencia que los zapatistas tenían sobre los movimientos del Ejército Federal era el componente de la táctica guerrillera que sus adversarios menos comprendían y que más consistentemente determinaba los resultados de las operaciones.
El ejército federal en Morelos operaba con la lentitud que produce la dependencia de las líneas de comunicación formales. Una orden que salía del cuartel general de Cuernavaca hacia una columna en el sur del estado. Tardaba en llegar el tiempo que tardaba el mensajero a caballo o el telegrafista en transmitirla al punto donde había línea telegráfica, más el tiempo que tardaba un jinete en llevarla desde ese punto hasta la columna.
En el terreno de Morelos es ese tiempo, era en promedio de horas, en algunos casos de un día. Los zapatistas tenían información sobre los movimientos de esas columnas antes de que las columnas llegaran a los puntos donde querían sorprender a los zapatistas. La fuente de esa información era exactamente lo que el ejército federal menos podía eliminar, porque era simultáneamente la cosa más visible y la más imposible de vigilar completamente.
La población civil de los pueblos por donde pasaban las columnas federales. Los soldados que marchaban hacia el sur de Morelos pasaban por pueblos. En cada pueblo, los habitantes que miraban pasar la columna desde los portones de sus casas estaban contando hombres, identificando armamento, calculando la dirección del movimiento, estimando el tiempo que la columna tardaría en llegar al siguiente punto.
En no todos lo hacían conscientemente como acto de espionaje. Muchos lo hacían con la automaticidad del que vive en un territorio en conflicto y que ha aprendido a procesar la información sobre los movimientos de las fuerzas como información de supervivencia. Saber dónde están los soldados es saber dónde pueden ocurrir cosas que afectan tu seguridad.
Esa información llegaba a los zapatistas a través de los canales que no tenían nombre formal. El niño que llegaba corriendo al puesto del monte con el mensaje de su madre, el arriero que cruzaba la zona de operaciones con su cargamento y que paraba a hablar con los hombres del monte como paraba a hablar con todos en el camino.
Sac, la mujer que lavaba la ropa en el río y que encontraba en el río al hombre que recogía leña y que en esa conversación completamente ordinaria transmitía lo que había visto pasar esa mañana. era la red de comunicación más eficiente disponible en ese terreno, porque era la red que ya existía para todos los propósitos de la vida comunitaria de los pueblos de Morelos y que los zapatistas usaban para sus propósitos sin necesitar crear ninguna infraestructura adicional.
El ejército federal intentó cortarla de las maneras que los ejércitos intentan cortar las redes de información civil, controlando los movimientos, requisando a los mensajeros, interrogando a los arrieros que entraban y salían de las zonas de operaciones. Los esos controles tenían el mismo efecto que todos los controles que intentan detener la información en sociedades que tienen siglos de experiencia en transmitir información.
Cuando los que tienen el poder quieren que no se transmita. Ralentizaban la circulación, pero no la detenían. La información siguió llegando a Zapata y Zapata siguió sabiendo dónde estaban las columnas. Y las columnas siguieron encontrando que los zapatistas no estaban donde se esperaba que estuvieran y que aparecían donde no se esperaba que aparecieran.
Ese ciclo se repitió durante 9 años con la consistencia que produce la ventaja estructural que no puede ser eliminada sin eliminar también la población que la produce. Y eliminar la población era exactamente lo que González intentó y que producía más zapatistas en lugar de menos. Es el Ejército Federal no podía ganar ese ciclo porque el ciclo era el resultado de la combinación de terreno y de población que Morelos producía de manera natural.
y cambiar esa combinación habría requerido convertir Morelos en un desierto. González lo intentó parcialmente. El resultado fue el mismo. Las quemas y las deportaciones de González despoblaron partes de Morelos con una eficiencia que los historiadores documentan con la frialdad específica de los datos, que son demasiado claros para necesitar adjetivos.
En 1919, algunos municipios del norte de Morelos tenían el 20% de la población que habían tenido en 1910. El 80% había muerto o había emigrado o había sido deportado. En esos municipios, González había eliminado la red de información, M también había eliminado la agricultura y la población y el sentido de ser un estado habitable antes que un campo de operaciones.
Y aún así, los zapatistas que quedaban en el monte seguían operando, porque los que habían sobrevivido 9 años de campaña tenían el tipo de adaptación que selecciona a los más capaces de sobrevivir sin los apoyos que los demás necesitan. Eran también, después de 9 años los hombres que conocían el terreno más completamente que nadie, porque 9 años de vivir en las barrancas produce un conocimiento del terreno que sobrepasa al conocimiento que el niño que creció ahí tiene.

lo superpone y lo profundiza con el conocimiento del que ha explorado cada recobeco, buscando ventaja táctica en lugar del que simplemente ha crecido en el paisaje. Ese conocimiento no tenía sustituto. González lo sabía y por eso diseñó Chinameca. No para derrotar a Zapata en el monte, eso era imposible, para sacarlo del monte.
El contraste entre la táctica zapatista y la táctica federal en Morelos se entiende mejor todavía cuando se compara con lo que ocurrió en el único periodo donde el ejército federal aplicó en Morelos algo parecido a los principios que hacían efectiva la guerrilla. la campaña de 1916, donde González usó grupos pequeños de irregulares que se disfrazaban de zapatistas para infiltrar las zonas de operaciones.
González llamó a esos grupos las contraguerrillas. eran hombres reclutados entre los desertores zapatistas, los criminales comunes que el ejército liberaba de las cárceles a cambio del servicio, y los aventureros que calculaban que el bando que pagaba mejor en ese momento era el bando del gobierno.
El principio que González aplicaba era el correcto, usar contra la guerrilla los mismos métodos que la guerrilla usa. grupos pequeños con movilidad alta, que conocen el terreno y que pueden operar sin la logística que las columnas convencionales requieren. El resultado fue parcialmente efectivo. Las contraguerrillas de González causaron daño real a las redes zapatistas en las zonas donde operaron.
Eliminaron algunos líderes de segundo rango. Desarticularon algunos grupos que habían operado durante años con la impunidad que da el monte. Y fue también, en su ejecución concreta, el instrumento que mejor ilustra la diferencia fundamental entre la guerrilla que tiene una causa y la contragguerrilla que tiene un sueldo. Los zapatistas que operaban en las barrancas de Morelos lo hacían con la convicción del que pelea por la tierra que el plan de Ayala prometía.
Esa convicción no pagaba las deudas ni alimentaba a los hijos con más eficiencia que el sueldo que los soldados federales recibían. Pero producía algo que el sueldo no puede producir, la disposición a continuar cuando las condiciones son malas. Las contraguerrillas de González tenían sueldo. Cuando el sueldo llegaba tarde o cuando las condiciones del monte se volvían difíciles, o cuando los zapatistas contraatacaban con suficiente efectividad para que el cálculo de continuar resultara desfavorable.
Las contraguerrillas tendían a hacer lo que los mercenarios hacen en esas situaciones, negociar las condiciones de su deslealtad. Más varios grupos de contraguerrillas de González fueron absorbidos por los zapatistas después de negociaciones que los documentos del Archivo General de la Nación registran con la especificidad de los expedientes de traición que producen los ejércitos cuando necesitan entender qué ocurrió.
Lo que ocurrió era simple. Los zapatistas ofrecían a las contraguerrillas lo que González no podía ofrecer, porque González no era dueño de ello. Ofrecían tierra no prometida, tomada. La tierra de las haciendas que Zapata controlaba en las zonas donde operaba, había sido distribuida informalmente entre los pueblos que apoyaban a la guerrilla durante años de campaña.
Los que se unían a los zapatistas sabían que la tierra estaba disponible si Zapata ganaba. Los que servían a González sabían que González no tenía tierra que darles. Esa diferencia en lo que cada parte ofrecía como recompensa. Era también la diferencia en la durabilidad de las fuerzas que cada parte podía sostener en el campo.
La guerrilla que tiene una causa puede sobrevivir condiciones que la fuerza que solo tiene un sueldo no puede sobrevivir. Y en Morelos, entre 1911 y 1919, las condiciones fueron suficientemente malas para suficiente tiempo para que esa diferencia se tradujera en el resultado que se tradujo. Zapata sobrevivió 9 años.
Las contraguerrillas de González desertaron o fueron absorbidas. Los generales que vinieron con certezas se fueron con preguntas. Y el monte de Morelos siguió siendo del que lo conocía. Da hay un episodio de las campañas federales en Morelos que los libros de texto omiten y que es el que más claramente ilustra la brecha entre lo que los generales federales creían que estaban haciendo y lo que el terreno les estaba enseñando.
Era el verano de 1913. El general Leiva había establecido su cuartel general en Cuernavaca y operaba con columnas de 300 a 500 hombres que salían periódicamente hacia las zonas donde los informes indicaban actividad zapatista. Las columnas salían, las columnas regresaban, los informes describían contactos con el enemigo, bajas propias, bajas enemigas estimadas, resultado indeterminado.
El resultado indeterminado era el resultado de todas las columnas de ese periodo. un oficial del Estado Mayor de Leiva, el capitán Manuel Álvarez, llevaba 6 meses en Morelos y había participado en 17 operaciones. Era un hombre que prestaba atención y que escribía en su diario personal, que se conserva en el acerbo familiar y del que algunos investigadores han publicado fragmentos.
En el verano de 1913, Álvarez escribió una entrada que sus biógrafos han citado como el documento más honesto sobre la guerra de Morelos desde el punto de vista federal. Hemos entrado y salido del monte 17 veces, escribió. Hemos disparado 17 veces en condiciones donde no podíamos ver bien qué disparábamos.
Hemos perseguido 17 veces a hombres que desaparecían en barrancas que mis exploradores no podían seguir. Casi 17 veces hemos vuelto a Cuernavaca sin haber destruido nada que no volviera a existir al día siguiente. era la descripción más precisa posible de por qué la táctica convencional no funcionaba en Morelos, que lo que las columnas destruían se reconstituía entre una operación y la siguiente, porque lo que destruían eran efectivos individuales y posiciones temporales, no la capacidad organizativa que producía esos efectivos y esas posiciones.
La guerrilla zapatista no dependía de ninguna posición fija que pudiera ser destruida permanentemente. No tenía cuarteles, no tenía arsenales que destruidos redujeran permanentemente su capacidad. Tenía el monte y los pueblos y la red de relaciones que ninguna columna podía destruir, sin destruir también todo lo que hacía que Morelos fuera habitable.
An Álvarez lo comprendió antes que sus superiores. Estamos intentando vaciar el monte con una cuchara, escribió en la misma entrada. Cada vez que sacamos agua, el manantial la repone. El problema no es el agua, es el manantial. El manantial era la combinación de tierra, de causa y de conocimiento del terreno que producía los apatistas con la eficiencia de los sistemas que responden a necesidades reales.
Mientras la tierra prometida por el plan de Ayala no llegara, el manantial seguiría produciendo y ninguna columna podía destruir el manantial, porque el manantial no era un lugar, era una condición. Álvarez presentó sus observaciones a Leiva en un informe que propugnaba por una política de distribución de tierras que removiera la causa antes que la sintomatología.
Biva lo escuchó con la paciencia del superior ante el subalterno, que propone algo que el superior no tiene autoridad para implementar, aunque lo considerara correcto, que no es seguro que lo considerara. El informe fue archivado. Las operaciones continuaron. Años después, cuando la reforma agraria de Cárdenas distribuyó las tierras de Morelos que el plan de Ayala había prometido, el manantial se secó.
No porque los zapatistas hubieran sido vencidos, sino porque la causa que los producía había sido finalmente atendida. Álvarez vivió para verlo. Tenía 70 años y ya no era militar. Vivía en Cuernavaca, en la misma ciudad desde donde había salido con las columnas de Leiva. Cuando un periodista lo entrevistó en los años 40 sobre la guerra de Morelos, le respondió con la claridad de quien ha tenido 30 años para pensar en lo que vivió.
Zapata tenía razón sobre la tierra. dijo, “Nosotros teníamos razón sobre el orden, pero el orden sin la tierra era el orden de los que querían que todo siguiera igual. Y lo que Morelos quería era que no todo siguiera igual.” Era la descripción más honesta que un oficial federal de esa guerra produjo nunca. 30 años después del primer disparo en las barrancas de Tembbe, cuando el manantial ya se había secado, porque la Tierra había llegado.
La dimensión internacional de la guerra de Morelos es la que los análisis históricos mexicanos raramente desarrollan con suficiente profundidad porque requiere mirar la guerra de Zapata desde afuera del marco nacional que la contiene. Y ese marco externo revela algo sobre la táctica zapatista que el marco interno no puede ver con la misma claridad.
Los observadores extranjeros que cubrieron la revolución mexicana para los periódicos de Europa y de los Estados Unidos llegaron a Morelos con los criterios que sus tradiciones periodísticas y militares les habían dado para evaluar conflictos armados. Venían de cubrir guerras en los Balcanes, en África del Norte.
En las zonas fronterizas del Imperio Otomano tenían el vocabulario y los marcos de referencia de los conflictos que esos terrenos producían. Morelos los desconcertó. El periodista John Reed, que cubrió la revolución mexicana para el Metropolitan Magazine, antes de ir a Rusia a documentar la revolución bolchevique, la visitó Morelos en 1914 y escribió sobre lo que vio con la precisión del observador, que no tiene la lealtad que distorsiona el testimonio de los participantes.
Redit describió la guerra de Morelos como una guerra que no correspondía a ninguna de las categorías que conocía. No era la guerrilla de bandidos que los generales federales describían, porque los zapatistas tenían una organización y una disciplina que los bandidos no tienen. No era la guerra de maniobras que los ejércitos convencionales peleaban porque los zapatistas no tenían las formaciones ni la logística que esa guerra requiere.
Era, escribió Reid, algo diferente a todo lo que he visto. Una guerra que el terreno mismo pelea se con los hombres como el instrumento del terreno antes que el terreno como el escenario de los hombres. era la descripción más precisa posible desde afuera de lo que Zapata había construido. Los corresponsales militares europeos que visitaron el Frente de Morelos enviaron informes a sus ministerios de guerra que los archivos de esos ministerios conservan con la especificidad de los documentos que los estados usan para aprender lo que pueden
aprender de los conflictos que observan. Esos informes describen la táctica zapatista con el lenguaje técnico de la evaluación militar y con la conclusión que todos comparten que lo que Zapata hace en Morelos corresponde a los principios que los teóricos de la guerra irregular habían identificado en conflictos anteriores y a los principios que en España se habían llamado guerra de guerrillas desde las campañas contra Napoleón.
Los principios que en los Balcanes habían producido la resistencia que los imperios otomano y austrohúngaro no habían podido eliminar en generaciones de campaña. No porque Zapata conociera esos precedentes, sino porque el terreno de Morelos y las condiciones de las fuerzas disponibles producían los mismos principios que cualquier terreno difícil.
con fuerzas irregulares produce cuando los que los aplican los aprenden del terreno antes que de los libros. Un informe del agregado militar alemán en México fechado en 1916. Da analiza las campañas de Morelos con el rigor de la tradición militar prusiana y concluye que las operaciones de Zapata corresponden en sus principios generales a la doctrina de la Kincreck, que los teóricos militares alemanes habían desarrollado para contextos similares.
El informe señala, con la incomodidad de quien hace un reconocimiento que sus propios intereses no favorecen, que los generales federales mexicanos han demostrado exactamente los errores que los manuales alemanes identifican como los errores característicos de los ejércitos convencionales que intentan combatir la guerra irregular con métodos convencionales.
El agregado alemán recomendaba en ese informe la combinación de operaciones de pequeña escala con conocimiento del terreno, reforma política simultánea que atendiera la causa subyacente de la guerrilla, esí renuncia a la estrategia de tierra quemada que producía más combatientes de los que eliminaba. El informe fue al archivo.
Las operaciones continuaron. El mismo error que Robles cometió en 1912 lo cometía González en 1916 con más recursos y con más información disponible sobre por qué el error era un error. Esa persistencia del error es también parte de la historia. La persistencia del error que los que tienen poder para cometer no tienen los incentivos correctos para corregir, porque corregirlo requeriría admitir que lo que han estado haciendo estaba equivocado.
Y en los sistemas militares que tienen la cultura del honor institucional que impide la admisión de error, la corrección llega siempre más tarde de lo que el costo acumulado del error habría justificado. seis generales, 9 años. El mismo error repetido con la consistencia de los sistemas que no aprenden. Isapata en el monte, aplicando los principios que el terreno le enseñaba cada vez que el terreno producía el resultado que esos principios producían.
La última gran campaña federal en Morelos antes de la muerte de Zapata, en 1919 fue también la campaña que más claramente demostró el límite estructural de la estrategia de tierra quemada de González. En el verano de 1918, González organizó la mayor concentración de fuerzas federales que Morelos había visto desde el inicio de la revolución.
40,000 soldados en un estado de 4 km². Era una ratio de un soldado por cada 12 hactáreas de territorio. Y lo que los planificadores del Ministerio de Guerra calculaban que era la densidad suficiente para hacer imposible que los zapatistas se movieran sin ser detectados. La lógica era matemáticamente correcta en el vacío.
En el terreno de Morelos, el terreno con sus barrancas y sus montes y su vegetación densa y sus cañadas que los mapas no capturaban completamente. 40,000 soldados que no conocían ese terreno producían 40,000 vectores de error que se multiplicaban exponencialmente cuando las columnas intentaban coordinarse. La campaña del verano de 1918 fue la que González describió en sus partes de guerra como la más exitosa que había ejecutado en Morelos.
El número de contactos con el enemigo fue el más alto, las bajas enemigas estimadas fueron las más altas. El territorio bajo control federal fue el más extenso y fue también la campaña donde los zapatistas que sobrevivieron demostraron lo que 9 años de guerrilla producen en los que lo sobreviven. Se dividieron en grupos de cinco a 10 hombres.
Operaban en las zonas donde la densidad de las tropas federales creaba los puntos ciegos que cualquier sistema de vigilancia tan extenso produce inevitablemente. Las barrancas donde las columnas paralelas no podían comunicarse entre sí. Los montes donde la vegetación era tan densa que 20 m era la distancia máxima de visibilidad.
Los fondos de cañada, donde dos columnas que se aproximaban desde distintas direcciones podían cruzarse sin saberlo, porque el ruido del viento en la vegetación enmascaraba el sonido de los pasos. En esos puntos ciegos, los grupos de cinco a 10 zapatistas eran tan invisibles para las 40,000 tropas de González, como lo habían sido para las columnas de 250 de Robles.
La escala no cerraba los puntos ciegos. los multiplicaba. González lo vio en sus propios reportes. El número de contactos alto indicaba que sus tropas encontraban zapatistas. Pero los zapatistas que sus tropas encontraban eran los grupos pequeños que operaban en las zonas de tránsito entre las columnas federales, no los grupos grandes que los planificadores habían esperado rodear y destruir.
Y los grupos pequeños que las tropas encontraban desaparecían en el terreno con la misma eficiencia que los grupos grandes habían demostrado durante años, porque los principios del terreno no cambian con la escala de las fuerzas que los aplican. Para el otoño de 1918, mi González había llegado a la conclusión que Robles había llegado en 1913 y que Leiva había llegado en 1913 y que Blanquet había llegado en 1914, que la fuerza militar no tenía la respuesta al problema de Morelos.
Llegó también a la conclusión diferente que sus predecesores no habían tenido el tiempo o los recursos para alcanzar, que la respuesta que la fuerza militar no tenía, la tenía la inteligencia, no la inteligencia de la información, sino la inteligencia del engaño. Si Zapata no podía ser encontrado en el monte, tenía que ser sacado del monte.
La única cosa que podía sacarlo era lo que había sido su recurso más valioso durante 9 años, la capacidad de incorporar a los que se pasaban al zapatismo. González usó esa virtud como la trampa. Diseñó a Guajardo y Guajardo llevó a Chinameca. Ah, esa es la historia que el capítulo anterior de este canal contó.
Lo que ese capítulo no dijo, porque el capítulo anterior era la historia de la traición, es que la traición fue posible solo porque 9 años de guerrilla habían reducido a los zapatistas a un número donde incorporar a un coronel federal con 300 hombres era la diferencia que podía cambiar el resultado.
Y donde esa posibilidad hacía que el riesgo de Chinameca pareciera aceptable. Si la división del norte de 1914 hubiera sido los zapatistas de 1919, Zapata no habría necesitado a Guajardo. Pero los 9 años de campaña en Morelos, con todas sus victorias tácticas sobre los seis generales que González mandó antes que él mismo, habían producido también el desgaste que cualquier guerrilla sufre cuando la guerra dura suficiente.
El desgaste de los recursos. Hay el desgaste de los hombres, el desgaste de la capacidad de rechazar el riesgo que la necesidad hace inevitable. González no ganó en el monte. Ganó esperando a que el monte desgastara suficiente. Eso también es parte de la historia. La táctica guerrillera de Zapata fue la táctica que humilló a seis generales del ejército más grande del norte de México y fue también la táctica que tenía el límite de todas las tácticas que dependen del aguante antes que de la superioridad, que el aguante
tiene un fin cuando los recursos se agotan. Lo que ese límite dice sobre Zapata no es que fuera menos de lo que los corridos dicen. dice que fue más que mantuvo esa táctica durante 9 años en condiciones que habrían vencido a la mayoría de los movimientos mucho antes, 9 años en el monte de Morelos con seis generales que se burlaron y que se fueron con la tierra todavía sin llegar cuando el último de ellos diseñó la trampa que Guajardo ejecutó con el plan de Ayala todavía en el bolsillo, con la barranca de Morelos todavía esperando.
Hoy, si uno viaja a Morelos y se aleja de las ciudades turísticas de Cuernavaca y de Tepostlán y entra en los caminos del sur del estado, puede llegar a las barrancas que Robles intentó limpiar en 1912 y que siguen siendo exactamente lo que eran entonces. Cortes profundos en la tierra volcánica, con vegetación densa en las paredes, con el fondo invisible desde el borde y con el silencio específico de los lugares donde el sonido del viento en los árboles cubre todos los demás sonidos.
En el borde de esas barrancas, mat los campesinos del sur de Morelos, que trabajan las milpas de los ejidos que Cárdenas distribuyó en los años 30 con las tierras que Zapata había prometido. Desde 1911 tienen todavía el conocimiento del terreno que sus abuelos y bisabuelos desarrollaron en los años donde ese conocimiento era la diferencia entre sobrevivir y no sobrevivir.
Ese conocimiento no está en ningún libro. Está en la manera en que bajan a la barranca y en la manera en que suben, en los puntos que eligen para cruzar y en los que evitan, en el sonido que reconocen como el sonido de alguien que viene y que los que no crecieron ahí no distinguen del sonido del viento.
Es el mismo conocimiento que los seis generales federales no tuvieron. E es el mismo conocimiento que le costó 18 meses a Robles y 5 meses a Leiva. Y los que les costó a los demás entender que no podían comprar ni importar ni replicar con ningún instrumento que el Colegio Militar les había dado. Y es el conocimiento que Zapata convirtió en táctica durante 9 años en esas mismas barrancas.
La Tierra volvió a los pueblos de Morelos cuando Cárdenas la distribuyó. El conocimiento del terreno nunca se fue. Está ahí todavía en el borde de las barrancas, en el fondo que desde arriba no se ve, en el silencio que cubre los sonidos que los que conocen el terreno escuchan de todas formas. El general Robles, que llegó a Morelos en febrero de 1912, con la certeza del hombre que va a resolver un problema simple, murió en 1919.
el mismo año que Zapata. Los dos murieron en 1919, se cada uno de sus propias razones en los lados opuestos de la guerra que los había definido. Robles murió sin el éxito que la misión prometía, sin el reconocimiento que los generales que ganan reciben, con el registro de 18 meses en Morelos que ningún historiador cita como modelo de nada.
Zapata murió con el plan de Ayala, sin cumplirse todavía en las tierras de Morelos, con la tierra todavía en manos de las haciendas que había prometido desmantelar. Con el ejército que lo había perseguido 9 años todavía en pie, y con la barranca todavía suya, con el monte todavía suyo, con el conocimiento del terreno que ningún general había podido quitarle.
Ese es el balance de 9 años de guerra en Morelos. No la victoria ni la derrota en el sentido que los libros de texto usan para categorizar los conflictos. El general federal, que llegó con el ejército más grande, no se llevó lo que fue a buscar. Y el campesino que se fue al monte con los principios que el monte le enseñó, resistió 9 años contra ese ejército más grande.
Eso es lo que las barrancas de Morelos le dijeron a los seis generales que intentaron limpiarlas, que el terreno tiene memoria, que los que crecen en él también, y que ningún manual enseña lo que la vida en ese terreno enseña. Los seis generales lo aprendieron. tarde, a un costo que sus informes documentaron con la honestidad involuntaria de los números, que no mienten, aunque los que los producen prefieran que lo hicieran.
Zapata lo sabía desde antes de la primera columna, desde antes de la primera orden de robles, desde antes de que ningún general llegara a Morelos con sus certezas y sus manuales y su certeza de que la misión sería cuestión de semanas. Lo sabía desde que creció en las barrancas, que son el arma que nadie puede quitarte cuando eres de ese terreno y que ningún ejército puede vaciar con una cuchara cuando el manantial que las alimenta es la causa que sigue sin atenderse.
Seis generales, 9 años, el mismo terreno, el mismo resultado. La táctica guerrillera más eficiente que el México del siglo XX produjo no fue construida en ninguna academia. Fue construida en las Barrancas de Morelos por un hombre que las había habitado toda su vida y que entendió que el terreno que conoces es el arma más poderosa disponible cuando todo lo demás te falta.
Esa comprensión humilló a seis generales del ejército más poderoso del norte de México y sigue siendo la lección más limpia que la historia de la guerra en Morelos tiene para el que quiera aprenderla. El terreno recuerda a los que lo conocen y los que lo conocen no necesitan manuales para defenderlo.