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Generales Federales se burlaban de Zapata, hasta ser HUMILLADOS por su táctica guerrillera

Generales Federales se burlaban de Zapata, hasta ser HUMILLADOS por su táctica guerrillera

El general Juvencio Robles llegó a Morelos en febrero de 1912 con la certeza absoluta del oficial que ha recibido una misión simple y que tiene los recursos para ejecutarla. Su misión era eliminar a Emiliano Zapata. Robles era un veterano de las campañas contra los jaquis de Sonora. había pacificado comunidades indígenas con los métodos que el ejército federal aplicaba cuando la pacificación requería algo más que persuasión.

Concentración de la población civil en puntos controlables, destrucción de los pueblos que apoyaban a los rebeldes, deportación de los que resistían hacia los valles del Yucatán, donde la fiebre amarilla y el trabajo forzado hacían lo que los rifles no habían terminado de hacer.

era el tipo de general que el Ministerio de Guerra enviaba cuando los métodos normales no habían producido el resultado que la misión requería. Antes de salir de la Ciudad de México, Robles escribió a sus superiores con la confianza del que ha leído los informes de inteligencia y que ha calculado la operación con los instrumentos que su formación le proporcionaba.

Zapata era un cabecilla campesino sin formación militar. Sus hombres eran labradores con machetes y con rifles oxidados. Morelos era un estado pequeño, atravesado de carreteras, con una geografía que no ofrecía la profundidad estratégica que las guerrillas necesitan para sobrevivir. La campaña sería cuestión de meses, probablemente de semanas.

Robles estuvo en Morelos 18 meses. Cuando lo relevaron del mando en agosto de 1913, Zapata controlaba más territorio que cuando Robles había llegado. Los pueblos que Robles había quemado habían producido más zapatistas de los que había eliminado. Y el ejército federal había aprendido a costa de columnas destruidas y de emboscadas que los partes de guerra describían con la imprecisión de los documentos que ocultan la magnitud de la derrota.

Que la guerra que Zapata peleaba en Morelos era una guerra para la que los manuales del colegio militar no tenían respuesta. Esta es la historia de cómo los generales que se burlaron de Zapata fueron humillados por la táctica guerrillera más sofisticada que el México del siglo XX produjo. De cómo un campesino sin formación académica desarrolló en las Barrancas de Morelos los principios que los teóricos militares tardarían décadas en sistematizar.

y y de por qué la sierra de Morelos se tragó a seis generales federales en 4 años sin que ninguno de ellos terminara de entender con qué estaban peleando. Para entender la táctica guerrillera de Zapata, hay que entender primero el terreno donde la desarrolló. Porque en la guerra de Morelos el terreno no era el escenario de las operaciones, era el instrumento principal.

Morelos es geográficamente engañoso para el que lo mira en el mapa. Es el estado más pequeño de México después del Distrito Federal. Tiene una superficie de 4800 km², un rectángulo que cabe 20 veces en el estado de Chihuahua. Sus carreteras principales conectan las ciudades de Cuernavaca, Tecuautla y Jojutla con la capital del país, por rutas que el porfiriato había construido y mantenido para que el azúcar de las haciendas llegara al mercado.

En el mapa, Morelos parece un estado que cualquier ejército con suficiente infantería y con el control de esas carreteras podría controlar en semanas. Lo que el mapa no muestra son las barrancas. Morelos es un estado cortado verticalmente por decenas de barrancas que bajan desde el eje volcánico hasta las tierras bajas del sur, con la brusquedad geológica de los terrenos que la erosión ha trabajado durante millones de años.

Algunas de esas barrancas tienen 50 m de profundidad, otras tienen 100. Sus paredes son de piedra volcánica que el calor y la humedad del clima subtropical de Morelos han cubierto de vegetación densa. Tepeuajes, uisches, cazahuates, ni la maleza que crece donde el agua y el calor se encuentran y que en las paredes de las barrancas forma una pantalla que desde el borde superior hace invisible el fondo.

Un hombre que conoce esas barrancas desde niño puede moverse por ellas a la velocidad que la experiencia da al que no necesita pensar qué paso dar. Un soldado federal que llega a Morelos desde el Bajío o desde Veracruz y que ve por primera vez el borde de una barranca de 80 m con vegetación hasta el fondo, mira hacia abajo y calcula el tiempo que necesitaría para bajar y para subir y para llegar al otro lado.

Y ese tiempo es el tiempo que hace imposible la persecución de alguien que ya está en el fondo y que sabe exactamente por dónde va a salir del otro lado. Zapata creció en Anenecuilco, en el corazón de Morelos. Era jinete desde antes de los 10 años. Is conocía cada barranca de su estado, no en el sentido abstracto del que ha caminado por ellas una vez, sino en el sentido físico del que ha dormido en ellas.

ha comido en ellas. Ha pasado temporadas enteras en ellas cuando las circunstancias lo requerían. Conocía los puntos donde una barranca se podía cruzar a caballo y los puntos donde no. Conocía los manantiales en el fondo que hacían posible acampar durante días sin que el humo del fuego fuera visible desde el borde.

Conocía los sonidos del monte que corresponden a la presencia de una columna de infantería antes de que esa columna sea visible. Era el tipo de conocimiento que ningún mapa puede contener y que ninguna escuela militar puede enseñar porque requiere años de vida en el terreno. Cuando Zapata comenzó a organizar la resistencia en 1910 esa primera resistencia fue exactamente lo que los informes de los rurales del porfiriato describían como el problema que nadie sabía cómo resolver.

Los rebeldes atacaban y desaparecían. Atacaban los convoyes en los caminos y se metían en las barrancas antes de que la escolta pudiera organizar la persecución. Atacaban los puestos militares de noche y estaban a 10 km de distancia antes de que los soldados terminaran de entender qué había ocurrido.

Atacaban los trenes que transportaban la caña de azúcar a las refinerías y los atacaban siempre en el punto donde la barranca más cercana estaba a menos de 200 m de la vía. Los rurales que mandaban los informes describían la situación con la frustración del que intenta cazar algo que sabe exactamente cómo evitar ser casado.

Los rebeldes no peleaban donde los rurales querían que pelearan, peleaban donde los rurales no podían seguirlos. Madero negoció la paz con Zapata a finales de 1911 después del triunfo sobre Díaz con la promesa del plan de Ayala. La tierra para los que la trabajaban, la devolución de las parcelas que las haciendas habían absorbido, la reforma agraria que era la demanda que había producido la revolución en Morelos.

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