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¡Escritora británica tras 3 meses en Colombia lo revela! “Lo que más sorprende de los colombianos

¡Escritora británica tras 3 meses en Colombia lo revela! “Lo que más sorprende de los colombianos

Esta es una historia que ha comenzado a darle la vuelta al mundo, una crónica que ha desafiado los algoritmos de las redes sociales y ha puesto a reflexionar a miles de personas en Europa y Norteamérica. Lo que comenzó como un simple registro académico en el Reino Unido se convirtió rápidamente en un fenómeno viral que ha dejado a la comunidad internacional con la boca abierta.

Se trata de los diarios personales y las notas de campo de una mujer británica, documentalista y socióloga de prestigio tras pasar tres meses viviendo en el corazón de Colombia. La vida cotidiana, la calidez humana casi inexplicable y los sistemas urbanos que los colombianos han perfeccionado y a los que están tan acostumbrados que ya ni siquiera notan, fueron recibidos en las capitales europeas como una revelación inimaginable, casi como un cuento de realismo mágico moderno.

Ella recopiló sus vivencias en una lista detallada de los 10 aspectos más impactantes de Colombia. en particular transmitió su constante asombro ante el hecho de que la solidaridad, la riqueza cultural, la honestidad comunitaria y esa alegría de vivir casi indestructible funcionen de manera tan natural y profunda en el día a día, desafiando frontalmente todos los prejuicios y estigmas que los países del llamado primer mundo suelen proyectar sobre esta nación sudamericana.

Pero, ¿qué fue exactamente lo que conmovió de manera tan viseral a esta académica británica? ¿Que vio ella en las calles de Bogotá o Medellín que nosotros en medio del ajetreo a veces olvidamos valorar? A continuación nos sumergiremos en los detalles de esta impactante visión de la sociedad colombiana a través de los ojos de una escritora que llegó con miedo y se fue con el corazón transformado.

Mi nombre es Emily Hardwell. Trabajo en Londres como socióloga urbana y productora de documentales independientes. En pocas palabras, mi labor consiste en observar minuciosamente el pulso de las ciudades, analizar cómo se comportan las masas en el concreto y luego registrar esos hallazgos en video para intentar entender hacia dónde va la humanidad.

Durante gran parte de mi carrera me dediqué exclusivamente a estudiar las problemáticas de las principales metrópolis europeas. Me centraba en el comportamiento ciudadano en los espacios públicos de Berlín, la eficiencia gélida del transporte en Londres y el orden casi quirúrgico de las plazas en París. A medida que mi trabajo avanzaba, sentí que algo faltaba.

Las ciudades europeas son funcionales, sí, pero a menudo se sienten vacías de alma. Mi interés se dirigió entonces, casi por instinto, hacia América Latina. Quería comprobar con mis propios ojos cómo funcionan esas urbes que crecen a un ritmo vertiginoso, desafiando la planeación tradicional. Un día, un colega de la universidad me mostró un artículo de investigación fascinante sobre el sistema social en Colombia.

El documento detallaba que solo en el área metropolitana de Bogotá habitaban cerca de 10 millones de personas. El tamaño era descomunal, una mole de cemento incrustada en Los Andes. Pero lo que realmente captó mi atención fue una tesis secundaria del artículo. A pesar de ser una urbe tan densamente poblada y de haber cargado con una historia de conflictos complejos, el texto destacaba una red de solidaridad orgánica y un tejido social increíblemente resistente que mantiene a la ciudad funcionando como un organismo

vivo, mucho más allá de lo que dictan las leyes o el gobierno. Al principio, para ser honesta, me costó creerlo. Pensé en Londres, donde vivo actualmente. En Londres, si te caes en el metro, la gente suele mirar hacia otro lado para no invadir tu espacio personal. Hay una frialdad estructural entre vecinos, un estrés crónico en el transporte público y una fatiga ciudadana que se traduce en indiferencia.

Por lo tanto, creí que esa descripción romántica sobre la capital colombiana estaba exagerada o era el resultado de una mirada poco objetiva. En medio de esas dudas, mientras revisaba mi bandeja de entrada una tarde lluviosa en mi oficina, encontré una convocatoria que parecía diseñada por el destino, una invitación especial de la Universidad Nacional de Colombia, la prestigiosa Nacho.

invitaban a investigadores extranjeros a residir tres meses en el país para experimentar e investigar la dinámica de la ciudad de primera mano. Era el programa perfecto para observar de cerca la estructura urbana, la vida diaria y esas características culturales de las que tanto hablaban. No lo pensé dos veces.

Apliqué de inmediato. Quería poner a prueba mis prejuicios y ver si lo que había leído era cierto. Sin embargo, la reacción de mi entorno en Londres fue un choque de realidad. Mis colegas, personas semamente educadas y viajadas, reaccionaron con un temor casi infantil. Varios intentaron detenerme con argumentos que hoy, después de lo vivido, me parecen ridículos.

Michael, un urbanista con el que he trabajado años, me dijo directamente, “Porque Colombia, Emily, estás loca. ¿No sería mejor profundizar en las ciudades europeas o quizás ir a Singapur? Allí hay orden. Luego añadió, con esa superioridad moral que a veces tenemos en Europa, seguro será un caos absoluto. Vas a pasar por situaciones de peligro constante.

 El idioma será una barrera infranqueable y el choque cultural te va a desmoronar. ¿Para qué buscarte problemas donde no los hay? Sara, otra colega, agregó, Bogotá es inmensa y dicen que el tráfico es un monstruo que teora el alma. Solo entender cómo moverte te tomará la mitad de la estancia. Realmente vale la pena el riesgo. Yo comprendía sus temores.

 Al fin y al cabo, los medios de comunicación internacionales se han encargado de vender una imagen de Colombia anclada en el pasado. El idioma, las diferencias de seguridad y la distancia de casa eran preocupaciones reales en mi cabeza, pero mi decisión ya estaba tomada. Quería replantear mi perspectiva sobre los estudios urbanos y sobre todo quería ver qué había detrás de esa calidez de la que tanto se rumoreaba.

Finalmente subí al avión en Hitrrow. Llevaba conmigo mis libretas de notas, mi equipo de grabación de alta fidelidad y unos tenis cómodos porque sabía que me esperaba mucho camino. Me convencí a mí misma de que sería solo un viaje de estudio técnico. Recolectaré datos. Haré un par de entrevistas, grabaré algunas tomas de apoyo y volveré”, me decía, para mantener mis expectativas bajas y mis escudos altos.

 Jamás, ni en mis sueños más salvajes, imaginé que esta experiencia cambiaría mi configuración mental por completo. El vuelo de Londres a Bogotá duró casi 12 horas. Durante el trayecto, mientras sobrevolábamos el Atlántico, no dejaba de preguntarme si realmente encontraría una ciudad distinta o si simplemente vería otra metrópolis caótica, ruidosa y hostil.

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