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“¿En serio, un colombiano?” Los extranjeros están conmocionados por lo que hizo un hombre en el aeropuerto.

¿Qué es lo que realmente define a un país como desarrollado? ¿Son sus imponentes rascacielos, sus trenes de levitación magnética, sus aeropuertos automatizados donde no necesitas hablar con un ser humano? Durante toda mi vida creí que la respuesta era un rotundo sí. Pero esta es la historia de como un viaje a Colombia, un país que muchos en Europa aún miran con prejuicios, destrozó por completo todo lo que yo creía saber sobre el primer mundo, la civilización y, sobre todo, la empatía humana. Esta es la historia de Luca

y les aseguro que al terminar de escucharla van a sentir un orgullo inmenso de lo que verdaderamente significa ser colombiano. Luca es un arquitecto de 48 años que vive en Roma, un hombre de ciencia, de estructuras, de realidades frías y calculadas. Pero dentro de ese taxi que se dirigía al aeropuerto de Fiumicino, bajo una lluvia gris y melancólica, Luca no era un arquitecto exitoso.

Era un hijo aterrorizado, masticando la misma ansiedad que le devoraba el pecho desde hacía semanas. A su lado estaba su padre Nio, un hombre de 75 años que hasta hace tres era una fuerza de la naturaleza. Neo había sido un maestro carpintero, un hombre que hablaba con la madera, que entendía las betas de los árboles y la historia que escondían.

Pero un derrame cerebral le había robado la mitad de su cuerpo. Una parálisis severa en su lado izquierdo lo había confinado una silla de ruedas. El R inquebrantable ahora parecía una hoja frágil. Desde que Luca era un niño, Neo tenía un sueño. Sus ojos brillaban como los de un niño pequeño cuando veía documentales sobre la arquitectura colonial de América Latina, específicamente la de Colombia.

Hablaba de los inmensos portones de madera tallada de Cartagena, de las técnicas ancestrales del bareque, de los balcones colgantes que desafiaban el tiempo sin usar un solo clavo moderno, de como las iglesias y casonas de pueblos como Baricharas respiraban junto con la naturaleza, construidas con la tierra y la madera del mismo suelo.

Algún día, Luca”, le decía Noo tocando un trozo de madera en su viejo taller, “Algún día quiero ver con mis propios ojos como esa gente logró hacer que la madera y la piedra vivieran para siempre.” Lucá nunca olvidó esa mirada, pero la realidad de viajar con una persona con discapacidad en el supuesto primer mundo europeo le había enseñado a golpes que el mundo no estaba hecho para los frágiles.

El historial de sus viajes recientes era una pesadilla. En París la asistencia para sillas de ruedas nunca llegó. Dejaron a su padre, un hombre mayor y vulnerable, esperando durante una hora entera en un pasillo helado. En Milán, la respuesta del personal fue una bofetada de indiferencia. Hoy estamos cortos de personal, no es nuestro problema. Arreglen celas.

 Nio, con la dignidad herida, le decía a Luca, no te preocupes, mijo, estoy bien. Pero Luca veía su perfil cansado, sus ojos apagados. Luke había llegado a una conclusión brutal. En cualquier país, el viajero en silla de ruedas es la última prioridad. Es un estorbo. Cada vez que tienes que pedir ayuda te hacen sentir que debes pedir perdón por existir.

Por eso, mientras se dirigían al aeropuerto para tomar ese vuelo hacia Bogotá, Luca estaba convencido de que en Colombia la situación sería igual. O quizás, siendo un país latinoamericano con sus propios retos estructurales, sería un infierno absoluto. ¿Estás seguro de que todo va a salir bien?, preguntó Neo en el taxi con una voz que apenas superaba el ruido de la lluvia, Luca forzó la mejor de sus sonrisas.

Claro que sí, papá. Esta vez era diferente. Pero en el fondo de su pecho un nudo de pánico se retorcía. ¿Era este un viaje para cumplir el sueño de su padre o se convertiría en otra guerra humillante contra la indiferencia del mundo? Luca no tenía idea de que apenas aterrizara en el aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá, todas sus creencias y paradigmas europeos estaban a punto de colapsar en silencio.

El caos del aeropuerto de Fiumicino en Roma era abrumador. En el mostrador de facturación, Luca intentó confirmar lo más importante. Disculpe, la asistencia para la silla de ruedas está registrada en el sistema, ¿verdad?, preguntó Luca tenso. La empleada de la aerolínea ni siquiera despegó los ojos de la pantalla de su computador.

Con una voz robótica, sin una pisca de humanidad. respondió. Sí, está en el sistema. Allá se encargarán. No hubo contacto visual, no hubo temperatura en sus palabras. A Lucas se le vino a la mente el recuerdo de París, la impotencia, el dolor de ver a su padre ser tratado como equipaje pesado. Recordó como el personal en Europa, cuando finalmente aparecía, tomaba la silla de ruedas por detrás sin siquiera saludar a Noo, empujándolo como si fuera un carrito de supermercado.

Recordó la voz de su padre aquella noche en el hotel de París, susurrando en la oscuridad: “Perdóname por ser una carga, luca. una carga. Solo quería cumplir un sueño. En Milan la humillación había sido peor. Al no haber asistencia, Luca tuvo que empujar la silla de su padre y al mismo tiempo arrastrar tres pesadas maletas por todo el inmenso aeropuerto.

Podía escuchar la respiración agitada y angustiada de Nio. La lección era clara. Las personas con discapacidad tienen que luchar hasta poder moverse un metro. Esa era la realidad. Por lo tanto, Luca no esperaba nada de Colombia. Si en su propia Europa, con todas las leyes de accesibilidad los trataban así, que les esperaba en un país con un idioma diferente, una cultura distinta y calles históricas de piedra.

Las dificultades seguiramente se multiplicarían por 1000. Sentado en el avión, Neo miraba por la ventana viendo las nubes pasar y con una voz llena de ilusión murmuró, “Luca, esos balcones de madera en Cartagena, las puertas de las iglesias, ya casi las vuelo.” Al ver esa ilusión pura en el rostro arrugado de su padre, Luca apretó los puños y tomó una decisión.

Lo voy a proteger. No importa a quién tenga que enfrentarme en Colombia, lo voy a proteger. Pero lo que Luca no sabía era que en Colombia no tendría que proteger a su padre de nadie. de lo único que tendría que protegerse era de sus propios prejuicios. Fueron más de 11 horas de vuelo cruzando el océano. Cuando el avió finalmente aterrizó en Bogotá, la voz del capitán resonó por los altavoces.

Los pasajeros que requieran asistencia con silla de ruedas, por favor, permanezcan en sus asientos hasta que los demás hayan desembarcado. Lucas se tensó. Su cuerpo se preparó para la batalla. Aquí vamos de nuevo, pensó. Los pasajeros comenzaron a salir. El bullicio se desvaneció y la cabina quedó en un silencio sepulcral.

Solo quedaban Nio y Luca. Pasaron 5 minutos, 10 minutos. A Luca le sudaban las manos de la rabia contenida. No van a venir, pensó con amargura. Nio lo miró y soltó una pequeña risa resignada. No te desesperes, hijo. Ya estamos acostumbrados. Y en ese preciso instante la puerta de la cabina se abrió. Allí estaban dos personas del personal de Tierra del Dorado, un hombre y una mujer, de pie en la entrada.

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