El Final de “Los Dorados”: Qué Pasó con la Escolta de Pancho Villa tras su Asesinato
El último dorado que quedaba en Parral en la mañana del 21 de julio de 1923 recogió su sombrero del suelo, se lo puso despacio y miró a la calle Juárez. Durante un momento que los testigos que estaban cerca describieron después con el tipo de imprecisión que produce ver algo que no se esperaba ver y que el cerebro tarda en procesar.
El dodge negro seguía estrellado contra el árbol de Fresno. Los vidrios rotos brillaban en el pavimento con el sol de julio que no hace concesiones. Y el hombre, que había sido el eje de todo lo que los dorados habían sido durante una década, estaba adentro del coche con nueve balas en el cuerpo y la cabeza sobre el volante.
El dorado se dio la vuelta, caminó hacia el norte, fuera de Parral, hacia ningún lado específico todavía. Ese momento, ese hombre caminando hacia el norte por los caminos de polvo del sur de Chihuahua, sin destino concreto, es la imagen que mejor resume lo que fue el final de los dorados. No una derrota en el campo de batalla, no una rendición colectiva, no el desmembramiento ceremonioso de una unidad que los libros de historia hubieran podido registrar con fecha y con acta, sino esa disolución silenciosa de los hombres que
habían sido el instrumento más refinado de la guerra de Villa y que de un día para otro dejaron de tener al hombre alrededor del cual toda su existencia como unidad tenía sentido. Esta es la historia de lo que fue de ellos, de los que se fueron al norte, de los que se fueron al sur, de los que se quedaron en Chihuahua, de los que cruzaron la frontera, de los que murieron jóvenes y de los que vivieron suficiente para ver que México había construido algo que no correspondía exactamente a lo que habían peleado para
construir. Y de por qué la historia de los dorados después de Villa es también la historia de lo que los ejércitos de la revolución le hicieron a los hombres que los componían cuando la revolución terminó. Para entender lo que ocurrió con los Dorados después del asesinato, hay que entender primero lo que los Dorados eran mientras Villa vivía, no la leyenda que existe y que el corrido ha amplificado hasta convertirla en algo que ninguna unidad histórica real podría haber sido completamente, sino la realidad operacional de lo que fue esa
caballería de élite en los años de la división del norte. Los dorados emergieron como unidad reconocible alrededor de 1913, en el periodo donde Villa estaba transformando lo que había sido una guerrilla improvisada en el ejército más efectivo del norte de México. No surgieron de ningún decreto ni de ninguna orden general.
Surgieron de la lógica que produce todas las unidades de élite en todos los ejércitos. que los mejores jinetes y los más audaces en el combate se agrupan naturalmente alrededor del comandante que los reconoce como los mejores y que los usa como tal. Villa los usaba como su escolta personal, como su punta de lanza en los momentos donde la decisión táctica requería velocidad antes que fuerza y como la reserva de choque que entraba cuando el momento de la batalla había llegado.
A ese punto específico donde la diferencia entre ganar y perder era la voluntad de los hombres antes que los recursos materiales que tenían disponibles. Los números varían según la fuente. Las estimaciones más consistentes hablan de entre 400 y 600 hombres en los periodos de mayor operatividad de la unidad. No eran una fuerza masiva, eran la herramienta que el artesano guarda para los momentos donde ninguna otra herramienta sirve.
Lo que los hacía temibles no era solo la habilidad de cuestre, aunque esa habilidad era real y documentada. En los informes de los adversarios que describían las cargas de los dorados, con el asombro específico de los que han visto a hombres hacer a caballo, lo que los manuales militares dicen que no puede hacerse.
Era también la relación personal con Villa. Los Dorados eran los hombres que Villa conocía por nombre, que conocían sus hábitos, que habían dormido en el mismo campamento durante años, que habían visto como el centauro tomaba sus decisiones en los momentos donde las decisiones se toman en segundos y donde la diferencia entre la decisión correcta y la incorrecta es la diferencia entre seguir vivo y dejar de estarlo.
Esa cercanía producía el tipo de lealtad que no se puede generar con el rango ni con el salario. se genera con el tiempo compartido en las condiciones donde el tiempo compartido tiene consecuencias letales. Y ese tipo de lealtad es el más sólido y también el más específico. Existe para una persona y cuando esa persona desaparece, la lealtad no sabe bien a dónde ir.
Cuando la división del norte fue derrotada en Celaya en 1915, cuando el ejército más grande que Villa había reunido se deshizo ante las trincheras y el alambre de púas de Obregón, con la velocidad que produce la guerra, donde la táctica del siglo XIX choca con la táctica del siglo XX, los dorados no desaparecieron, se redujeron, se fragmentaron.
Algunos murieron en Celaya, en León, en las batallas que siguieron. Pero el núcleo siguió con villa en la sierra de Chihuahua durante la expedición punitiva, durante los años de la guerrilla, hasta los tratados de Sabinas en 1920, donde Villa negoció la paz y se retiró a Canutillo. El acuerdo de Sabinas incluía una cláusula específica sobre la escolta.
Villa podría mantener 50 hombres armados a su servicio en Canutillo, pagados por el gobierno federal como garantía de su seguridad personal. 50 hombres del núcleo que había sido los dorados. El gobierno de Obregón reconocía formalmente a 50. Los otros se dispersaron por Chihuahua con la velocidad de los hombres que han estado en movimiento durante 10 años y que en el momento en que dejan de moverse no saben bien qué hacer con el espacio que la paz les abre.
Los 50 que llegaron a Canutillo formaron la escolta que los tratados de Sabinas habían autorizado. Eran los más leales de los más leales, los que habían seguido a Villa durante los años más difíciles de la sierra. Los que en el cálculo de quiénes se quedan y quiénes se van, habían elegido quedarse no por falta de opciones, sino porque la lealtad a Villa era más fuerte que cualquier opción disponible.
En Canutillo, los 50 funcionaban como la escolta del general retirado que el gobierno federal había prometido proteger. Patrullaban el perímetro de la hacienda, acompañaban a Villa en sus viajes a los pueblos cercanos. mantenían el tipo de vigilancia que los años de la sierra habían convertido en instinto. El ojo en el horizonte, el oído en los sonidos que no corresponden al patrón habitual, la mano cerca del arma con la automaticidad del reflejo, que no necesita decisión consciente.
El 20 de julio de 1923, cuando Villa tomó el Dodge en Parral para regresar a Canutillo, iba acompañado de un grupo pequeño, su secretario Miguel Trillo, el coronel Ramón Contreras y algunos asistentes. La escolta completa no estaba, no había señales y amenaza específica ese día. Villa había hecho ese recorrido decenas de veces.
La emboscada en la calle Juárez fue breve y total. Los tiradores en la casa número siete esperaban exactamente ese momento. El coche se estrella contra el Fresno. Los que sobrevivieron el primer impacto no pudieron organizar ninguna defensa porque la descarga había sido simultánea desde múltiples posiciones y porque en los segundos que siguieron a los disparos el caos era el único orden disponible.
El coronel Contreras, herido vivo, fue el único que disparó de vuelta antes de huir hacia el lecho del río. Los demás estaban muertos o incapacitados. La noticia llegó a Canutillo de la manera en que llegan las noticias que cambian todo. Demasiado rápido para ser procesadas y demasiado concretas para ser negadas.
Los 50 de la escolta la recibieron con la expresión que describieron los que estaban presentes, como la expresión de los hombres que acaban de perder el eje, alrededor del cual toda su existencia como unidad tenía sentido. No había protocolo para ese momento. No había órdenes que ejecutar porque el que daba las órdenes estaba muerto.
No había misión que continuar porque la misión era proteger al hombre que ya no podía ser protegido. No había cadena de mando que activar porque la cadena de mando de los dorados siempre había sido Villa y Villa había terminado. Los 50 de Canutillo comenzaron a dispersarse en las semanas que siguieron al asesinato con la misma lógica silenciosa del primer dorado que había caminado hacia el norte por los caminos de polvo.

No había ningún lugar específico a donde ir, pero quedarse en Canutillo sin villa era quedarse en el lugar donde la ausencia era más visible y más insoportable. El gobierno federal, que había pagado su sueldo mientras Villa vivía, procesó la muerte del general con la burocracia específica de los gobiernos que tienen que gestionar las consecuencias de algo que probablemente habían contribuido a producir.
Las pensiones de los miembros de la escolta quedaron en el limbo administrativo que produce la muerte del titular del contrato que las justificaba. Algunos recibieron pagos durante meses, luego las comunicaciones se hicieron más escasas, luego dejaron de recibir noticias. Nadie en el gobierno federal tenía particular interés en que los hombres que habían sido los más cercanos a Villa siguieran siendo una unidad reconocible con recursos y con cohesión.
La muerte de Villa había resuelto el problema político que Villa representaba para los que lo habían matado. Los dorados, dispersos y sin recursos, y sin el hombre que les daba identidad, no eran un problema, sino una nota al pie. Y las notas al pie no requieren gestión activa. Lo que sí requería gestión activa, aunque de un tipo diferente, era la tierra de Canutillo.
La hacienda había sido el activo más tangible del acuerdo de Sabinas, la garantía material de que el retiro de Villa era real y no provisional. Con Villa Muerto, la Hacienda entraba en el territorio jurídico más complejo del México postrevolucionario, el territorio de la sucesiones sin documentación clara, las reclamaciones múltiples, los contratos que habían sido negociados con la autoridad personal de alguien que ya no existía para respaldarlos.
Las esposas de Villa reclamaron, los hijos reconocidos reclamaron. Los acreedores que habían prestado dinero a la hacienda, contando con la garantía personal del general, reclamaron. El gobierno federal miró con la atención del que calcula si la intervención tiene más costos que beneficios. Los dorados que habían trabajado la tierra de Canutillo durante 3 años, que habían construido sus casas en ese terreno, que habían hecho de esa hacienda el primer lugar que podían llamar suyo después de una década sin lugar fijo. Vieron como el futuro que
habían empezado a imaginar se complicaba con la rapidez que produce la ausencia del hombre, cuya presencia había sido la garantía de todo. Algunos se quedaron, negociaron como podían, trabajaron la tierra mientras dos pleitos legales se resolvían en los tribunales de Durango y de Chihuahua, con la lentitud específica de los pleitos que involucran tierras en el México de los años 20, donde el sistema legal estaba siendo reconstruido sobre las ruinas del sistema que la revolución había destruido.
Otros se fueron antes de que los pleitos terminaran. calcularon que esperar a que la Tierra fuera adjudicada era esperar en un lugar que ya no era suyo, a que alguien con mejores argumentos legales o mejor conexión política terminara de convencerse de que tenía derecho a lo que ellos consideraban que era suyo.
Había también entre los dorados de Canutillo, los que habían construido durante los 3 años de la hacienda algo más sólido que la Tierra, la red de relaciones con las familias de los ranchos de la región lagunera que la Hacienda había desarrollado en su función de centro económico y social del área.
Esos hombres tenían opciones que los que no habían construido esa red no tenían. Trabajo disponible en los ranchos de los vecinos, crédit informal basado en la confianza personal, la posibilidad de quedarse en la región en condiciones que no dependían exclusivamente de la resolución del pleito de Canutillo. Los que tenían esas opciones tendieron a quedarse en la región lagunera.
Los que no las tenían tendieron a irse. ¿Hacia dónde se fueron los que se fueron? Es la parte de la historia de los dorados que los archivos documentan con menos completitud, porque los hombres que se dispersan hacia los ranchos y los pueblos del norte de México en los años 20 no dejan el tipo de rastro documental que los historiadores pueden seguir con facilidad.
Dejan hijos, que tienen hijos, que tienen nietos, que a veces, cuando el periodista correcto llega al pueblo correcto en el momento correcto, cuentan lo que sus abuelos contaron. Esas historias son el archivo más honesto que existe sobre el final de los dorados. Un nieto de uno de los dorados de Canutillo, que vivía en 1980 en un rancho del municipio de Hidalgo del Parral, contó a un periodista de Chihuahua que su abuelo había regresado al mismo rancho donde había nacido en 1876, a 30 km de donde la emboscada había matado al general, con los mismos
conocimientos que cualquier hombre del campo de su generación tenía y sin ningún reconocimiento oficial de lo que había sido durante una década. Mi abuelo decía que la revolución había dado 10 años de historia y 40 años de silencio. Contó el nieto. Te prefería los 40 años porque en los 10 la muerte estaba demasiado cerca.
Era el tipo de frase que circula en las familias durante generaciones, porque dice algo sobre la experiencia que ninguna historia oficial captura con la misma economía de palabras. Hubo dorados que no regresaron al norte. Los que habían operado con villa en el sur durante las campañas de 1914 y 1915, los que tenían vínculos con las regiones que la división del norte había cruzado, encontraron en esas regiones los anclajes que la región lagunera ya no podía ofrecerles.
Un dorado que había combatido en Zacatecas en 1914 y que había conocido ahí a la mujer con quien se casó, se quedó en Zacatecas cuando los tratados de Sabinas le devolvieron el derecho de tener un lugar fijo donde quedarse. Un dorado originario de Durango, pero que había pasado los años de la división del norte en las campañas del norte de Coahuila, regresó a Durango solo para descubrir que el rancho donde había nacido había sido absorbido por una hacienda durante los años de su ausencia y que la familia que quedaba viva era la familia que
había aceptado las condiciones que la Hacienda ofrecía. Pasó el resto de su vida trabajando la tierra que antes había sido de su familia, en las condiciones que el sistema que la revolución había prometido cambiar seguía imponiendo, porque la reforma agraria de Cárdenas estaba todavía a una década de distancia.
Y los años entre la muerte de Villa y el cardenismo fueron los años donde la promesa de la revolución y la realidad de la postrevolución estaban más lejos la una de la otra. Esas historias multiplicadas por los cientos de hombres que habían sido los dorados en algún punto de la década de la división del norte son la historia de la revolución en su dimensión más cotidiana y menos narrada, la historia de lo que les pasó a los que pusieron los cuerpos.
Hubo también dorados que cruzaron la frontera, no en el periodo inmediatamente posterior al asesinato de Villa, que fue el periodo donde el control de la frontera era más estricto y donde el gobierno federal tenía razones para vigilar los movimientos de los hombres que habían sido más cercanos al general muerto. sino en los años siguientes, cuando el control se relajó y cuando las circunstancias económicas del norte de México en los años 20 produjeron el tipo de presiones migratorias que cualquier sistema económico que no puede ofrecer
suficiente oportunidad produce en las personas que tienen la capacidad de moverse. El suroeste de los Estados Unidos en los años 20 tenía demanda de trabajadores agrícolas con habilidades en el manejo de caballos, en la gestión de ganado, en los trabajos del campo que requieren el tipo de conocimiento que se desarrolla en décadas de vida en el terreno antes que en días de instrucción formal.
Los ranchos de Texas, de Nuevo México, de Arizona, contrataban a los que sabían hacer esas cosas con la indiferencia del empleador que valora la habilidad antes que la historia del hombre que la tiene. Un ex dorado que llegó a Texas en 1925 con su familia y con las habilidades que 20 años de vida en los ranchos del norte de México habían desarrollado en él, encontró trabajo en un rancho ganadero del condado de presidio con la facilidad del hombre, que tiene exactamente lo que el empleador necesita.
y que no hace preguntas sobre el pasado, porque el pasado no paga las cuentas. Su hijo, nacido en Texas en 1927 creció hablando español en casa y diciendo que su padre había sido vaquero en México, no que había sido dorado de villa, no que había formado parte de la unidad que los libros de historia describían con el tipo de adjetivos que se reservan para las fuerzas militares, que fueron extraordinarias en lo que hicieron. vaquero en México.
Era suficiente para explicar por qué el padre sabía lo que sabía sin producir las conversaciones que en el Texas de los años 2030 era conveniente no tener sobre la Revolución Mexicana y sobre el hombre que había atacado Columbus en 1916. Ese niño creció siendo tejano con la facilidad con que los hijos de los inmigrantes crecen siendo lo que el lugar donde nacen les dice que son.
Su padre murió en los años 50 y el apellido que continuó era el apellido del vaquero que había venido de México, no el apellido del dorado que había peleado en la división del norte. Esa disolución que ocurrió en cientos de variantes distintas en los años que siguieron al asesinato de Villa es también la disolución más honesta del final de los dorados.
No en la derrota de una batalla ni en la firma de una rendición, sino en la vida ordinaria que fue absorbiendo a los hombres extraordinarios con la eficiencia silenciosa de los procesos. que no requieren anuncio para producir sus efectos. Hubo entre los dorados un grupo que la historia postrevolucionaria documenta con más detalle que los demás, no porque sus destinos hayan sido más extraordinarios, sino porque en los años que siguieron al asesinato de Villa tomaron la decisión de participar en la reconstrucción del orden político que la
revolución había producido y que todavía estaba siendo negociado. Eran los dorados que tenían suficiente capital político, suficiente red de relaciones en los estados del norte, suficiente reputación por los años de la división del norte para que los gobiernos locales que se iban consolidando en los años 20 consideraran que incorporarlos era más conveniente que ignorarlos.
Algunos se convirtieron en policías rurales. El conocimiento del terreno, que los hacía valiosos como guerrilleros, era exactamente el conocimiento que los hacía valiosos como guardias rurales. En los estados donde el bandolerismo que la revolución había producido y que la paz no había eliminado todavía era un problema operacional real.
Otros se convirtieron en administradores de tierras egidales. La reforma agraria, que avanzaba con la lentitud de los procesos que requieren superar la resistencia de los que tienen más que perder que ganar con ellos, necesitaba en los ejidos que iba constituyendo hombres que pudieran organizar el trabajo colectivo con la autoridad que viene de haber demostrado que saben lo que hacen.
Los exdorados que tenían esa autoridad por sus años de comando en la división del norte eran candidatos naturales para ese rol, aunque el rol requería también la disposición a trabajar dentro de las estructuras institucionales que el gobierno federal estaba construyendo, que no era la disposición natural de los hombres que habían pasado una década haciendo exactamente lo contrario.
Algunos no pudieron hacer esa transición. Los que habían sido dorados en el sentido más profundo, los que habían construido su identidad sobre la lealtad personal a villa y sobre la manera específica de existir en el mundo que esa lealtad producía, encontraron que el México postrevolucionario no tenía un rol disponible para ese tipo de existencia.
El México postrevolucionario necesitaba agricultores y obreros y maestros y policías y funcionarios. No necesitaba hombres cuya habilidad más desarrollada era la de seguir a Villa a la velocidad que la situación requería y de hacer lo que Villa dijera que había que hacer en el momento que lo dijera. Esos hombres derivaron hacia los márgenes del sistema, no en el sentido del delincuente que elige el margen deliberadamente, aunque algunos terminaron ahí también en el sentido más ordinario del hombre que no encuentra en el sistema disponible el papel que
corresponde a lo que es y que vive en los bordes de ese sistema con la incomodidad de la herramienta que no corresponde a ninguna de las tareas que el sistema tiene disponibles. Un dorado que había sido uno de los mejores tiradores de la escolta de villa, documentado en los partes militares de la división del norte como el hombre que podía hacer lo que la mayoría de los hombres no pueden hacer con un rifle en condiciones, donde la mayoría de los hombres no pueden mantener la calma suficiente para hacer nada correctamente. Terminó sus días en un
pueblo de Chihuahua trabajando como guardián de una tienda de ropa. No era una humillación, era simplemente el trabajo que el sistema disponible ofrecía a un hombre con sus habilidades en el México de los años 30. Sus habilidades específicas no tenían demanda. Sus habilidades generales, las de un hombre sano que podía cargar bultos y abrir puertas y disuadir a los clientes que se portaban mal tenían exactamente la demanda que producía el trabajo de guardián.
Su historia fue documentada por un periodista que lo entrevistó en los años 60, cuando el hombre tenía más de 70 años. Y cuando la revolución era ya suficientemente historia como para ser recordada con la nostalgia que la distancia permite, el periodista le preguntó si sentía nostalgia de los años de la división del norte.
El viejo lo miró durante un momento. “La nostalgia es para los que no estuvieron”, respondió. Los que estuvieron saben exactamente lo que fue y saben también que no quisieran repetirlo. Era la respuesta del hombre que ha tenido suficiente tiempo para separar la leyenda de la experiencia y que prefiere la honestidad de la experiencia a la comodidad de la leyenda.
Fue también en su brevedad la descripción más honesta de lo que fue ser Dorado de Villa. Extraordinario en el sentido del hombre que vive en condiciones que la mayoría nunca enfrenta. Y exactamente tan costoso como cualquier cosa que la mayoría nunca querría enfrentar. La leyenda de los dorados sobrevivió a los hombres que los componían con la facilidad que tienen las leyendas para sobrevivir a las personas que las originan. El corrido los inmortalizó.
Los murales de Rivera los pintó en las paredes de los edificios del gobierno como parte de la iconografía de la revolución que el estado postrevolucionario construyó para darse a sí mismo, la narrativa fundacional que todo estado necesita. En esa iconografía, los dorados son la caballería heroica que encarnó el espíritu de la división del norte.
Los jinetes que cargaban cuando nadie más cargaba, los hombres que seguían a Villa donde Villa dijera que había que ir. Lo que la iconografía no captura, porque la iconografía no tiene espacio para eso, es lo que ocurrió con esos hombres cuando el hombre al que seguían dejó de existir y el México que habían peleado para construir les ofreció los roles que el México de los años 20 tenía disponibles para los excbatientes, sin título ni combatí ni conexiones.
Esos roles eran los roles ordinarios de cualquier México ordinario, no la historia extraordinaria, la vida cotidiana. Y en la vida cotidiana, los hombres que habían sido los dorados de Pancho Villa fueron los hombres que fueron agricultores, vaqueros, policías rurales, guardianes de tiendas, padres de familia, abuelos que a veces contaban y a veces no contaban, lo que habían sido cuando el mundo era diferente y ellos eran más jóvenes.
El último dorado que murió siendo reconocido como tal, en el sentido de que la comunidad donde vivía sabía que era un exdorado y lo identificaba como tal, fue registrado por los archivos orales del estado de Chihuahua en los años 80. Tenía más de 90 años. Había combatido en la división del norte cuando tenía 20 y en los 70 años que habían pasado entre los dos momentos había vivido la vida ordinaria que la historia no registra con el mismo cuidado con que registra las batallas.
Le preguntaron qué recordaba de los dorados. Recuerdo que éramos jóvenes”, dijo, “y que creíamos que el mundo se podía cambiar a caballo.” Era la respuesta más completa que cualquier historia sobre los dorados podría terminar de decir. Eran jóvenes y creían que el mundo se podía cambiar a caballo.
Y en los años en que eso fue posible, lo cambiaron en la medida en que se puede cambiar el mundo desde un caballo, que es una medida real, aunque no sea la medida que nadie puede planear completamente ni controlar completamente. El mundo que encontraron cuando bajaron del caballo era el mismo mundo de siempre, modificado en algunos de sus aspectos más visibles y sin cambios en muchos de sus aspectos más profundos.
Las tierras habían cambiado de manos en algunos casos. Las haciendas más grandes habían sido fracturadas en algunos estados. Los hombres que antes tenían que quitarse el sombrero ante los dueños de la hacienda podían en algunos lugares no quitárselo. Pero los que habían sido peones seguían siendo pobres.
Y los que habían sido dorados eran ahora hombres ordinarios con una historia extraordinaria que el sistema disponible no sabía qué hacer con ella. El primer dorado que había caminado hacia el norte por los caminos de polvo de Parral, la mañana después del asesinato, se perdió de vista en el horizonte con la indiferencia del paisaje que no sabe quién camina sobre él.
Ese horizonte fue el destino de todos los demás también. Algunos tardaron más en llegar, algunos llegaron por caminos distintos, pero todos llegaron al mismo lugar eventual, la vida ordinaria, donde la historia extraordinaria que habían vivido era un recuerdo antes que una identidad activa. Y ese es también, en su modestia, el final más honesto posible para los hombres que habían sido la escolta del hombre más extraordinario y más aterrador de la Revolución Mexicana.
No la derrota en el campo, no la rendición colectiva, no el monumento, el horizonte de polvo del norte de México y la vida ordinaria que espera al otro lado. Si esta historia de los hombres que bajaron del caballo te hizo pensar en lo que la revolución le hizo a los que la pelearon con el cuerpo y en lo que el México que siguió les ofreció a cambio, ya sabes lo que tienes que hacer.
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Si crees que la disolución de los dorados fue el resultado natural de cualquier transición de la guerra a la paz, una sola palabra y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo video. Para entender completamente lo que le pasó a los dorados después del asesinato de Villa, hay que entender primero lo que el acuerdo de Sabinas de 1920 había prometido y lo que ese acuerdo había producido en los 3 años que siguieron.
El acuerdo que puso fin a las operaciones militares de Villa fue negociado por el presidente interino Adolfo de la Huerta con la habilidad del político que entiende que la paz que se negocia es la paz que dura y que la paz que se impone es la paz que termina en otra guerra. De la Huerta sabía que Villa con el rifle en la mano era un problema que el ejército federal podía contener, pero no eliminar.
Villa en Canotillo, con 50 hombres armados y una hacienda próspera, era una carga presupuestaria manejable y una garantía de que el Centauro del Norte seguiría siendo el centauro del norte, en el único lugar donde esa denominación ya no producía consecuencias militares. Los términos del acuerdo eran simples en su texto y complejos en sus implicaciones.
Villa recibiría la hacienda de Canutillo como propiedad, con tierras suficientes para hacerla productiva. recibiría el grado y el sueldo de general de división. Tendría 50 hombres armados a su servicio pagados por el Estado y a cambio se retiraría definitivamente de cualquier actividad política o militar. Para los dorados que llegaron a Canutillo como parte de los 50 autorizados, el acuerdo significaba algo que la mayoría de ellos no habían tenido desde antes de la revolución.
Una perspectiva, no la perspectiva del guerrillero que planea el próximo movimiento mientras duerme con un ojo abierto, sino la perspectiva del hombre que puede imaginar que el lugar donde está mañana será el mismo donde estuvo hoy y que la semana siguiente puede parecerse a la semana anterior. Esa perspectiva era extraordinariamente valiosa para hombres que habían pasado una década sin ella y producía el tipo de inversión en el lugar que la perspectiva hace posible.
Los dorados de Canutillo construyeron sus casas, plantaron sus milpas. Algunos se casaron en los pueblos cercanos. Algunos mandaron traer a las familias que habían dejado en los ranchos del norte cuando la revolución los había llamado. Villa fomentaba esa estabilidad con la misma determinación con que había fomentado la disciplina en la división del norte.
La hacienda era su proyecto y los hombres que la habitaban eran parte del proyecto. La escuela que construyó para los hijos de los trabajadores era también la escuela para los hijos de sus dorados. Los precios que pagaba por los insumos eran los precios correctos. Los salarios que pagaba eran los salarios que había prometido.
Era el villa de la transacción justa, el mismo que había devuelto el dinero del tequila aguado al cantinero de Parral, aplicando el mismo principio en la escala de una hacienda completa con decenas de trabajadores y 50 hombres armados. Los 3 años de Canutillo fueron los 3 años donde los dorados tuvieron la experiencia más parecida a la paz que habían tenido desde 1910.
Y esos tres años eran también, en retrospectiva, la preparación más inadecuada posible para lo que vendría después del asesinato. Porque la paz de Canutillo era una paz que dependía completamente de la presencia de Villa y que sin esa presencia dejaba de tener los apoyos que la sostenían. La hacienda había sido rentable porque Villa la administraba con la misma atención con que había administrado la división del norte, conociendo a cada hombre, sabiendo qué cultivos funcionaban en qué parcela, calculando los precios de venta con la
precisión del que ha aprendido que el margen es la diferencia entre la sustentabilidad y el colapso. Sin Villa, la hacienda no tenía al administrador que la hacía funcionar. Y sin el administrador que la hacía funcionar, la hacienda era un activo con potencial y sin la persona capaz de realizarlo. Los dorados de Canutillo lo sabían.
Algunos habían aprendido en los tres años suficientes sobre la administración de la hacienda como para poder continuar parcialmente lo que Villa había hecho. Pero ninguno tenía la autoridad que Villa tenía sobre las relaciones con los proveedores, con los compradores, con los funcionarios del gobierno que supervisaban las operaciones, con los vecinos que respetaban los acuerdos, porque los acuerdos eran con Villa.
Sin Villa, todos esos acuerdos entraban en renegociación y la renegociación tenía la misma dirección que siempre tienen las renegociaciones cuando una de las partes ha perdido su principal ventaja hacia abajo. Los pleitos sobre la propiedad de Canutillo comenzaron pocas semanas después del asesinato y no terminaron en varios años.
El gobierno federal, que había otorgado la hacienda a Villa como parte del acuerdo de Sabinas tenía posiciones ambiguas sobre qué sucedía con ese otorgamiento cuando Villa moría. Las esposas reclamaban desde diferentes ángulos legales. Los hijos que Villa había reconocido en vida tenían sus propios abogados y los acreedores que habían prestado dinero a la hacienda, contando con que Villa era la garantía real detrás de los contratos, necesitaban recuperar lo prestado de alguna propiedad que pudiera responder. Los dorados de Canutillo, que
habían construido sus casas en esa tierra y que habían invertido 3 años de trabajo en hacer productiva, una hacienda que el acuerdo de Sabinas les había prometido como estable, se encontraron siendo observadores del pleito antes que participantes con derechos propios en él. Sus casas estaban en tierra, que era objeto de disputa.
Su trabajo había contribuido a hacer productiva la hacienda, que era objeto de disputa, pero sus nombres no estaban en los contratos que los abogados discutían. Esa posición, la del hombre que ha invertido en un lugar sin el respaldo legal que convierte la inversión en derecho, era la misma posición que los ranchos del norte habían tenido frente a las haciendas del porfiriato.
Era la posición que la revolución había prometido cambiar. Y la ironía de que los hombres que habían peleado para cambiar esa posición terminaran en esa posición ellos mismos es la ironía específica de las revoluciones que prometen más de lo que producen en el tiempo que los que las pelearon tienen disponible para verlo. Hay nombres específicos entre los dorados cuyo destino los archivos documentan con suficiente detalle para que sea posible seguir el hilo de lo que ocurrió con los individuos antes que con el grupo. El caso más documentado es el
del coronel Ramón Contreras, el único superviviente del ataque en la calle Juárez de Parral, que disparó de vuelta antes de huir hacia el lecho del río. Contreras era uno de los dorados más cercanos a Villa en los últimos años, uno de los 50 de Canutillo y la única persona que en los segundos que siguieron al ataque tuvo la presencia de ánimo para hacer algo más que huir.
Su herida era seria, pero no fatal. llegó al hospital de Parral con el brazo derecho destrozado por una bala que le había roto el hueso. Los médicos lo atendieron. El gobierno federal, que necesitaba al único testigo que había respondido al fuego para reconstruir lo que había ocurrido, lo mantuvo bajo custodia médica mientras los investigadores interrogaban a todos los que podían interrogar sobre la emboscada.
Contreras contó lo que sabía, que el fuego había venido de la casa de la calle Gabino Barreda, que habían sido muchos tiradores simultáneos, que Villa había intentado alcanzar su pistola, pero que las balas habían llegado antes de que pudiera completar el movimiento. Lo que Contreras no sabía era quién había dado la orden, como no lo sabía nadie que estuviera dispuesto a decirlo en voz alta en agosto de 1923, aunque en los círculos políticos de la Ciudad de México la respuesta era suficientemente conocida para que no necesitara ser dicha.
Contreras salió del hospital con el brazo funcionando parcialmente. Regresó a Canutillo y en los meses siguientes, mientras los pleitos por la hacienda se desarrollaban en los tribunales y mientras los 50 de Canutillo se iban dispersando uno por uno, Contreras tomó una decisión que los que lo conocían describieron como la decisión que mejor lo caracterizaba.
Se quedó Se quedó en canutillo no porque los pleitos tuvieran resultados favorables para él, que no los tuvieron. se quedó porque era el lugar donde había vivido los únicos tres años de paz real de su vida adulta, porque tenía ahí una parcela que trabajaba y una casa que había construido. Y porque la idea de irse hacia ningún lado concreto cuando tenía algo concreto donde quedarse era la idea del hombre que no entiende por qué la gente se va cuando tiene a dónde quedarse.
Vivía en Canantillo hasta los años 40. La hacienda cambió de forma, pero el pueblo que había crecido alrededor de ella siguió existiendo. Los hijos de los que habían sido dorados crecieron en ese pueblo. Algunos de sus nietos viven todavía en la región. Contreras movió en canutillo en los años 40.
Nunca habló públicamente sobre el asesinato de Villa con más detalle del que había dado a los investigadores en 1923. Cuando los periodistas que llegaban a la región en las décadas siguientes le preguntaban sobre lo que había visto ese día, respondía con la brevedad del hombre que ha decidido que no tiene más que decir sobre ese tema. El caso de Nicolás Fernández es diferente y más representativo del tipo de destino que los dorados más conocidos encontraron en el México postrevolucionario.
Fernández había sido uno de los generales más cercanos a Villa desde los primeros años de la revolución. No era estrictamente un dorado en el sentido de la escolta personal, pero la división del norte lo incluía entre los hombres que Villa consideraba de confianza absoluta. Y los historiadores lo incluyen consistentemente en las narrativas sobre el núcleo del movimiento villista.
Cuando Villa firmó los tratados de Sabinas en 1920, Fernández no formó parte de los 50 de Canutillo. Negoció sus propias condiciones, como lo hicieron varios de los generales villistas de mayor rango, y obtuvo una pequeña propiedad en Chihuahua. donde se retiró con la intención de hacer exactamente lo que Villa estaba haciendo en Canutillo, demostrar que el guerrillero podía convertirse en agricultor.
Lo intentó durante varios años con éxito variable. La propiedad no era suficientemente grande para sostenerse sin complementar los ingresos con otras actividades. Las conexiones políticas que había tenido cuando era general de la división del norte se habían transferido parcialmente al nuevo sistema, pero con la pérdida de influencia que produce el paso de ser el hombre que comanda a ser el hombre que pide.
En los años 30, durante el cardenismo, Fernández recibió el reconocimiento tardío que el sistema postrevolucionario otorgaba a los veteranos que habían combatido en el lado correcto, cuando el lado correcto era suficientemente antiguo para hacer historia antes que política activa, una pensión modesta, un reconocimiento oficial de su participación en la revolución, la inclusión en las ceremonias del 20 de noviembre, donde los veteranos desfilaban con sus condecoraciones y los discursos reconocían que habían hecho lo que habían hecho. Era un reconocimiento
real, aunque tardío e insuficiente, y era también, en la lógica del sistema que lo producía, exactamente el tipo de reconocimiento que un sistema puede otorgar, sin que ese otorgamiento obligue a cambiar nada del sistema que los veteranos habían peleado para cambiar. La pensión pagaba la renta. El reconocimiento oficial servía para que los nietos supieran que el abuelo había sido algo.
Y la ceremonia del 20 de noviembre era el espacio donde la revolución era celebrada como hecho histórico. Mientras el México contemporáneo se preguntaba qué hacer con las promesas que ese hecho histórico no había terminado de cumplir. Fernández murió en los años 50 con sus condecoraciones en orden y sus palabras sobre la revolución siendo escuchadas.
con el respeto que se concede a los testigos de los eventos que ya son historia. Había vivido suficiente tiempo para ver el cardenismo y la reforma agraria y la expropiación petrolera. Había visto algunas de las cosas que la revolución había prometido convertirse en hechos concretos y había visto también las cosas que no habían ocurrido, las que seguían siendo promesa en los años 50, exactamente como lo habían sido en los años 20.
Cuando le preguntaban si la revolución había valido la pena, respondía con la ambigüedad que produce el hombre, que ha vivido suficiente tiempo para ver los resultados, sin tener la certeza de que esos resultados eran los únicos que la revolución habría podido producir si las cosas hubieran ocurrido de otra manera. Valió lo que valió, decía, y costó lo que costó.
Era la respuesta del hombre que ha pagado el precio y que sabe exactamente cuánto fue. Hubo también entre los dorados los que tomaron caminos que ninguna de las narrativas disponibles sobre la revolución sabe bien cómo incluir, porque no corresponden ni a la narrativa del héroe ni a la del traidor. Un exdorado que había participado en varias de las campañas de la división del norte y que había salido de los tratados de Sabinas sin la propiedad que esperaba y sin el reconocimiento formal que había calculado.
Terminó en los años 20 formando parte de una de las bandas de asaltantes que operaban en la región lagunera, aprovechando exactamente el tipo de conocimiento del terreno que había desarrollado como dorado. Lo era un hombre de mala naturaleza en ningún sentido simple. Era un hombre que tenía habilidades específicas y que en el México de los años 20 las únicas demandas disponibles para esas habilidades específicas eran las demandas de los empleadores que pagaban bien, sin hacer preguntas sobre el historial. Y los empleadores que pagaban
bien, sin hacer preguntas sobre el historial tendían a ser empleadores cuyas operaciones preferían no ser documentadas. Fue capturado en 1926, fue juzgado y fue encarcelado con la misma indiferencia burocrática con que el sistema encarcela a los que caen dentro de sus categorías más simples: delincuente, sentencia, prisión.
El hecho de que hubiera sido dorado de villa no era información relevante para el proceso judicial. No había ninguna categoría en el código penal. periferenciara al exguerrillero revolucionario que cometía un delito, del ciudadano ordinario que cometía el mismo delito. La ley, con la equidad que produce la ignorancia de los contextos, los trataba exactamente igual.
Era irónico. Era también, en cierto sentido, exactamente lo que los principios de la República que la revolución había prometido defender decían que debería ser. Hay una dimensión de la historia de los dorados que los archivos documentan con una incompletitud específica. y que esa incompletitud misma dice algo.
La dimensión de las mujeres que estaban vinculadas a los dorados como esposas, madres, hijas y que en el momento del asesinato de villa y de la dispersión de la unidad asumieron el peso que produce la desaparición del hombre alrededor del cual había estado organizada la vida familiar.
Las esposas de los dorados de Canutillo habían construido en los tres años de la hacienda exactamente lo que sus maridos habían construido, una vida doméstica con perspectiva. Tenían casas, tenían jardines, tenían vecinas con las que habían formado las redes de apoyo mutuo que las comunidades rurales desarrollan cuando tienen suficiente estabilidad para que esas redes valga la pena construir.
Cuando el asesinato de Villa disolvió la unidad y los pleitos por la hacienda comenzaron a hacer incierta la permanencia en Canutillo, esas mujeres enfrentaron la situación que enfrentan las mujeres cuando los hombres con quienes han construido su vida deben decidir entre quedarse y irse. Que su opinión sobre esa decisión tiene el peso que les permita tener las circunstancias, que varía considerablemente según el hombre y según el momento.
Algunas siguieron a sus maridos cuando los maridos decidieron irse. se movieron con ellos hacia el norte o hacia el sur o hacia la frontera con la misma disposición al movimiento que habían demostrado durante los años de la división del norte, cuando las soldaderas sellan al ejército, porque el ejército era donde estaban los hombres y los hombres eran donde estaba la familia.
Otras se quedaron en Canutillo o en los pueblos cercanos cuando sus maridos partieron o cuando sus maridos murieron jóvenes de las consecuencias diferidas de las heridas que los años de la revolución habían producido. Un hombre que había recibido una bala en el pecho en 1914 y que había sobrevivido gracias a la cirugía de campo que la división del norte practicaba con los instrumentos disponibles, podía morir 20 años después de las complicaciones respiratorias que esa bala había producido sin que ningún certificado de
defunción conectara su muerte con la revolución. Esas mujeres, las que se quedaron cuando los hombres se fueron o cuando los hombres murieron, son las que más completamente ilustran lo que el final de los dorados significó en términos humanos concretos. Ellas no habían sido dorados, no tenían el reconocimiento, ni el grado, ni la pensión modesta que el sistema postrevolucionario eventualmente concedió a algunos veteranos.
Tenían la experiencia de haber vivido 10 años en movimiento y 3 años en Canutillo, y los años que siguieron, donde el movimiento y la estabilidad habían terminado, sin que el sistema disponible tuviera ninguna categoría para lo que habían sido. Sus historias son las historias más silenciosas de todos los silencios que componen el final de los dorados.
No porque no fueran importantes, sino porque el sistema que documenta la historia tiene categorías para los combatientes y no tiene categorías para los que vivieron la guerra desde adentro sin portarlo en el grado. El México de la postrevolución tenía un discurso sobre las soldaderas que era parte del discurso más amplio sobre la revolución.
Las soldaderas como heroínas populares, como la mujer del pueblo que seguía a su hombre y que compartía sus sacrificios. Era un discurso que celebraba la imagen y que no tenía consecuencias. materiales para las mujeres reales que habían vivido esa experiencia y que en los años 20 y 30 necesitaban tierra, pensión y reconocimiento antes que la imagen en el mural.
Las mujeres de los dorados de Canutillo no recibieron tierra, ni pensión, ni reconocimiento. Recibieron, en el mejor de los casos, la tierra que sus maridos lograron mantener después de los pleitos, y, en el peor, la incertidumbre de los que quedan cuando el sistema que prometía algo diferente termina ofreciendo lo mismo de siempre. Hay también en la historia de los dorados una dimensión generacional que es la más difícil de capturar con precisión, pero que es también la más duradera de todas.
La dimensión de lo que los dorados transmitieron a sus hijos. Los hijos de los dorados crecieron escuchando las historias que sus padres contaban o que no contaban sobre los años de la división del norte. Las historias que se contaban eran las historias que el tiempo y la distancia habían hecho posible contar. las batallas, las victorias, los nombres de los compañeros que habían muerto, las características específicas del general que los había comandado.
Las historias que no se contaban eran las que el tiempo y la distancia no habían hecho posible contar todavía. Las muertes de los civiles que estuvieron cerca del combate, las operaciones que habían producido los resultados que producen todas las guerras en las poblaciones que las rodean. Los momentos donde la línea entre la necesidad de la guerra y la crueldad de la guerra había sido cruzada de maneras que ningún padre quiere que su hijo sepa que él cruzó.
Esa selección de lo que se transmite y lo que no se transmite es también la transmisión de la leyenda. Los hijos de los dorados heredaron la parte de la historia de sus padres que sus padres eligieron transmitirles, que era la parte de la leyenda antes que la parte de la experiencia completa. Y esa herencia los convirtió en los portadores de la leyenda, en los que décadas después contaban al periodista que llegaba al rancho que su padre había sido dorado de villa con el orgullo específico del que tiene algo que decir que pocos pueden
decir. Ese orgullo era legítimo. Era también, en su parcialidad, en resultado de los mismos procesos de selección que producen todas las memorias familiares, que lo que se transmite es lo que tiene sentido transmitir en las condiciones del momento de la transmisión y que lo que no tiene sentido transmitir en ese momento queda guardado o se pierde.
Lo que los nietos de los dorados tienen disponible es la leyenda que sus abuelos eligieron transmitir. Y la leyenda tiene el valor que tienen las leyendas, que conserva algo real sobre las personas que las produjeron, aunque no sea la historia completa de esas personas. Los dorados de Pancho Villa fueron reales, fueron extraordinarios en lo que hicieron y el México que siguieron viviendo después de la muerte de Villa fue el México ordinario que la vida ordinaria produce.
Eso es también parte de quienes fueron. Existe una pregunta que la historia de los dorados después de Villa hace posible hacer con más precisión que la mayoría de las preguntas sobre la revolución mexicana, porque tiene casos concretos con los que compararla. ¿Qué diferencia produce en el destino de los combatientes revolucionarios el tipo de causa que pelearon? Los dorados de Villa pelearon la causa de Villa, que era también en sus mejores momentos y en sus principios más claros, la causa de la tierra y de la dignidad de los que no tenían tierras ni dignidad
institucional en el México porfiriano. Pero era también en los momentos donde la causa de Villa y la causa de la revolución no coincidían completamente. la causa de Villa. Los zapatistas de Morelos pelearon la causa de Zapata, que era también desde el plan de Ayala hasta el último día de la campaña, la causa de la tierra de Morelos, de una manera tan específica y tan documentada que dejaba muy poco espacio para la ambigüedad sobre qué se estaba peleando y por qué.
La diferencia en los destinos postrevolución de los dos grupos es reveladora. Los zapatistas que sobrevivieron y que permanecieron en Morelos después del asesinato de Zapata en 1919 tenían algo que los dorados no tenían. La causa que habían peleado estaba tan claramente vinculada a un lugar y a una demanda específica que el reconocimiento de esa demanda que llegó con la reforma agraria de los años 20 y 30 era también el reconocimiento de lo que ellos habían peleado.
Cuando Cárdenas repartió tierras en Morelos, estaba cumpliendo parcialmente lo que el plan de Ayala había prometido. Los zapatistas que vivían para verlo podían decir con una precisión que los dorados no podían igualar. Eso es lo que peleamos para que ocurriera. Los dorados no tenían esa claridad. habían peleado con Villa. Las causas de Villa habían sido múltiples y no siempre consistentes.
La Tierra en algunos momentos, la dignidad del norte en otros, la resistencia al imperialismo americano después de Columbus, el mantenimiento del poder personal de Villa en los momentos donde esos otros objetivos se complicaban con los del Estado central que intentaba consolidarse. Cuando las reformas de Cárdenas llegaron, los dorados que todavía vivían podían reconocer en ellas algunas de las cosas que habían peleado en los años de la división del norte, pero no podían hacer el gesto simple del zapatista que señala la tierra repartida y dice eso.
No con la misma claridad, porque la causa de Villa había sido demasiado grande y demasiado personal para que ninguna reforma específica la capturara completamente. Esta diferencia explica en parte por qué los dorados se disolvieron con la velocidad y la silenciosidad con que se disolvieron, mientras que el zapatismo sobrevivió como tradición política activa en Morelos durante décadas y sigue siendo invocado como referencia en los movimientos campesinos mexicanos más de un siglo después.
El movimiento que tiene una causa específica territorial articulada en un documento preciso, produce una coherencia que sobrevive a la muerte del líder. ¿Por qué la causa es más que el líder? El movimiento que tiene como causa principal la lealtad al líder produce una cohesión que dura exactamente lo que dura el líder.
Los dorados fueron la expresión más elaborada del segundo tipo, la unidad construida sobre la lealtad personal a un hombre extraordinario, capaz de hazañas extraordinarias mientras ese hombre existía y sin estructura que la sostuviera cuando el hombre dejó de existir. No era una debilidad de los dorados como individuos, era la característica del tipo de organización que eran y esa característica producía exactamente el final que produjo.
Hay una imagen que ningún artista ha pintado y que sería la más honesta de todas las imágenes de los dorados. Nona de la carga de caballería que el corrido celebra y que el mural de Rivera pintó en las paredes del Palacio Nacional, sino la imagen del dorado que trabaja su milpa en los años 30, con las mismas manos que en los años 10 manejaban el rifle y que en los años 20 construyeron la casa de Canutillo.
No es una imagen heroica en el sentido que las imágenes heroicas requieren, pero es la imagen más verdadera de lo que fue la historia completa de los dorados. El hombre extraordinario que hizo cosas extraordinarias en el tiempo que esas cosas eran posibles y que cuando ese tiempo pasó, fue también el hombre ordinario que hacía las cosas ordinarias que la vida ordinaria requiere.
esa doble verdad, la de la extraordinariedad en el tiempo de la extraordinariedad y la de la ordinaridad en el tiempo de la ordinaridad es la verdad más completa sobre los dorados y es también en su completitud la verdad más difícil de capturar en una imagen o en un corrido. Porque las imágenes y los corridos prefieren la simplificación, y los dorados, como la mayoría de los hombres reales, no eran simples.
Eran jóvenes. Creían que el mundo se podía cambiar a caballo. Y en los años en que eso fue posible, lo intentaron. El mundo que encontraron cuando bajaron del caballo los recibió con la indiferencia de los mundos que siguen existiendo después de que los que intentaron cambiarlos han bajado. Eso es lo que fue el final de los dorados.
Y eso es también, en su silenciosa completitud, la historia más honesta que esta narrativa puede ofrecer sobre ellos. Los murales de Diego Rivera en la escalera del Palacio Nacional de la Ciudad de México incluyen a los dorados entre las figuras de la revolución. Rivera los pintó con la monumentalidad que su estilo producía.
Figuras sólidas, caballos poderosos, la energía del movimiento capturada en la inmovilidad de la pintura. En los años donde Rivera pintaba esos murales, algunos de los hombres que habían sido los dorados reales seguían vivos. Algunos en Chihuahua, algunos en Durango, algunos en los ranchos de la frontera.
Algunos habían visto alguna vez las reproducciones de los murales en los periódicos, algunos no. No hay registro de lo que los dorados reales pensaban de su representación en los murales. Lo que sí hay es lo que pensaban sobre la revolución en general y sobre su propio papel en ella. registrado en los testimonios que los periodistas y los historiadores orales recogieron en las décadas de los 50 y 60, cuando la primera generación que recordaba la revolución de primera mano estaba llegando al final de sus vidas y era urgente registrar lo que sabían
antes de que ese conocimiento desapareciera con ellos. Lo que esos testimonios revelan en su acumulación es la imagen de un grupo de hombres que habían vivido algo que nadie más que ellos habían vivido de la misma manera. y que procesaban esa experiencia con el tipo de ecuanimidad que produce el tiempo suficiente para ver las consecuencias de lo que uno hizo y para hacer las paces con la diferencia entre lo que esperaba que esas consecuencias fueran y lo que resultaron ser.
No amargura, no celebración, ecuanimidad. Hicimos lo que hicimos, decía uno, y el país es lo que es. La frase tenía la comprensión de que las dos cosas eran verdad y que la conexión entre ellas era real, pero no simple. Habían hecho lo que habían hecho. El país era lo que era. La segunda no era completamente la consecuencia de la primera, porque entre las dos había décadas de decisiones tomadas por personas que no habían sido dorados y en circunstancias que los dorados no habían controlado. Pero la primera había
contribuido a producir las condiciones en las que la segunda era posible. Era suficiente. No era todo lo que habían esperado. Era suficiente. Esa aceptación de la suficiencia incompleta es quizás la herencia más honesta que los dorados dejaron a los que vinieron después. que las cosas que valen la pena hacer raramente producen exactamente lo que esperabas que produjeran y que el valor de hacerlas no depende de que produzcan exactamente eso.
Habían peleado para que México fuera diferente del México que habían conocido. El México que lo sobrevivió era diferente en algunos aspectos y en otros aspectos era el mismo. La reforma agraria había llegado, aunque tarde y con imitaciones que los que la esperaban habían visto como insuficientes. La educación había llegado a los lugares donde antes no había habido escuela, aunque con la calidad variable que produce la escasez de recursos, aplicada a un territorio enorme con necesidades enormes.
La Iglesia había perdido el poder institucional que los liberales habían combatido, aunque ganara otros tipos de influencia que el México del siglo XX negociando. Era un México diferente, ¿no? el México que el plan de San Luis Potosí había prometido, ni el México que el plan de Ayala había prometido, ni el México que Flores Magón había soñado, pero diferente del México que había sido antes.
Los dorados habían puesto los cuerpos para que esa diferencia fuera posible y la diferencia era real, aunque fuera insuficiente. El último dorado que Chihuahua registra como testigo vivo de la división del norte murió en los años 80. Había nacido en 1896. Había montado por primera vez en la escolta de Villa cuando tenía 17 años.
Había vivido 90 años, de los cuales 10 eran la historia que la gente le pedía que contara y 80 eran la vida que había vivido después. Cuando el periodista que lo entrevistó en 1980 le preguntó qué quería que los que vinieron después supieran sobre los dorados, el viejo pensó durante un momento con los ojos fijos en algún punto del horizonte de la sierra de Chihuahua, que solo él podía ver.
que éramos personas, respondió finalmente, no solo soldados, personas que tenían familias y que querían vivir, y que el general también era una persona, no solo el centauro del corrido, era la reivindicación más simple y más necesaria, la que los corridos y los murales inevitablemente pierden, que los hombres extraordinarios son también personas ordinarias, que las batallas históricas son peleadas por individuos concretos con miedo y hambre y cansancio, y que la historia que sobrevive a esos individuos es siempre una simplificación de lo que esos
individuos realmente fueron. Los dorados de Pancho Villa fueron personas reales, concretas, con nombres y familias y destinos que continuaron mucho más allá de la última carga documentada en ningún parte de batalla. El final de los dorados no fue el final de los hombres, fue el final de lo que los hacía dorados.
Y los hombres continuaron con la milpa y con los hijos y con los años. en los ranchos del norte con la ecuanimidad de los que han hecho lo que han hecho y que saben que el mundo es lo que es. Eso es el final de los dorados. Y es también, en su silenciosa continuidad la historia de la revolución que ningún mural puede pintar completamente.