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El Final de “Los Dorados”: Qué Pasó con la Escolta de Pancho Villa tras su Asesinato

El Final de “Los Dorados”: Qué Pasó con la Escolta de Pancho Villa tras su Asesinato

El último dorado que quedaba en Parral en la mañana del 21 de julio de 1923 recogió su sombrero del suelo, se lo puso despacio y miró a la calle Juárez. Durante un momento que los testigos que estaban cerca describieron después con el tipo de imprecisión que produce ver algo que no se esperaba ver y que el cerebro tarda en procesar.

El dodge negro seguía estrellado contra el árbol de Fresno. Los vidrios rotos brillaban en el pavimento con el sol de julio que no hace concesiones. Y el hombre, que había sido el eje de todo lo que los dorados habían sido durante una década, estaba adentro del coche con nueve balas en el cuerpo y la cabeza sobre el volante.

El dorado se dio la vuelta, caminó hacia el norte, fuera de Parral, hacia ningún lado específico todavía. Ese momento, ese hombre caminando hacia el norte por los caminos de polvo del sur de Chihuahua, sin destino concreto, es la imagen que mejor resume lo que fue el final de los dorados. No una derrota en el campo de batalla, no una rendición colectiva, no el desmembramiento ceremonioso de una unidad que los libros de historia hubieran podido registrar con fecha y con acta, sino esa disolución silenciosa de los hombres que

habían sido el instrumento más refinado de la guerra de Villa y que de un día para otro dejaron de tener al hombre alrededor del cual toda su existencia como unidad tenía sentido. Esta es la historia de lo que fue de ellos, de los que se fueron al norte, de los que se fueron al sur, de los que se quedaron en Chihuahua, de los que cruzaron la frontera, de los que murieron jóvenes y de los que vivieron suficiente para ver que México había construido algo que no correspondía exactamente a lo que habían peleado para

construir. Y de por qué la historia de los dorados después de Villa es también la historia de lo que los ejércitos de la revolución le hicieron a los hombres que los componían cuando la revolución terminó. Para entender lo que ocurrió con los Dorados después del asesinato, hay que entender primero lo que los Dorados eran mientras Villa vivía, no la leyenda que existe y que el corrido ha amplificado hasta convertirla en algo que ninguna unidad histórica real podría haber sido completamente, sino la realidad operacional de lo que fue esa

caballería de élite en los años de la división del norte. Los dorados emergieron como unidad reconocible alrededor de 1913, en el periodo donde Villa estaba transformando lo que había sido una guerrilla improvisada en el ejército más efectivo del norte de México. No surgieron de ningún decreto ni de ninguna orden general.

 Surgieron de la lógica que produce todas las unidades de élite en todos los ejércitos. que los mejores jinetes y los más audaces en el combate se agrupan naturalmente alrededor del comandante que los reconoce como los mejores y que los usa como tal. Villa los usaba como su escolta personal, como su punta de lanza en los momentos donde la decisión táctica requería velocidad antes que fuerza y como la reserva de choque que entraba cuando el momento de la batalla había llegado.

 A ese punto específico donde la diferencia entre ganar y perder era la voluntad de los hombres antes que los recursos materiales que tenían disponibles. Los números varían según la fuente. Las estimaciones más consistentes hablan de entre 400 y 600 hombres en los periodos de mayor operatividad de la unidad. No eran una fuerza masiva, eran la herramienta que el artesano guarda para los momentos donde ninguna otra herramienta sirve.

 Lo que los hacía temibles no era solo la habilidad de cuestre, aunque esa habilidad era real y documentada. En los informes de los adversarios que describían las cargas de los dorados, con el asombro específico de los que han visto a hombres hacer a caballo, lo que los manuales militares dicen que no puede hacerse.

 Era también la relación personal con Villa. Los Dorados eran los hombres que Villa conocía por nombre, que conocían sus hábitos, que habían dormido en el mismo campamento durante años, que habían visto como el centauro tomaba sus decisiones en los momentos donde las decisiones se toman en segundos y donde la diferencia entre la decisión correcta y la incorrecta es la diferencia entre seguir vivo y dejar de estarlo.

Esa cercanía producía el tipo de lealtad que no se puede generar con el rango ni con el salario. se genera con el tiempo compartido en las condiciones donde el tiempo compartido tiene consecuencias letales. Y ese tipo de lealtad es el más sólido y también el más específico. Existe para una persona y cuando esa persona desaparece, la lealtad no sabe bien a dónde ir.

Cuando la división del norte fue derrotada en Celaya en 1915, cuando el ejército más grande que Villa había reunido se deshizo ante las trincheras y el alambre de púas de Obregón, con la velocidad que produce la guerra, donde la táctica del siglo XIX choca con la táctica del siglo XX, los dorados no desaparecieron, se redujeron, se fragmentaron.

Algunos murieron en Celaya, en León, en las batallas que siguieron. Pero el núcleo siguió con villa en la sierra de Chihuahua durante la expedición punitiva, durante los años de la guerrilla, hasta los tratados de Sabinas en 1920, donde Villa negoció la paz y se retiró a Canutillo. El acuerdo de Sabinas incluía una cláusula específica sobre la escolta.

Villa podría mantener 50 hombres armados a su servicio en Canutillo, pagados por el gobierno federal como garantía de su seguridad personal. 50 hombres del núcleo que había sido los dorados. El gobierno de Obregón reconocía formalmente a 50. Los otros se dispersaron por Chihuahua con la velocidad de los hombres que han estado en movimiento durante 10 años y que en el momento en que dejan de moverse no saben bien qué hacer con el espacio que la paz les abre.

 Los 50 que llegaron a Canutillo formaron la escolta que los tratados de Sabinas habían autorizado. Eran los más leales de los más leales, los que habían seguido a Villa durante los años más difíciles de la sierra. Los que en el cálculo de quiénes se quedan y quiénes se van, habían elegido quedarse no por falta de opciones, sino porque la lealtad a Villa era más fuerte que cualquier opción disponible.

 En Canutillo, los 50 funcionaban como la escolta del general retirado que el gobierno federal había prometido proteger. Patrullaban el perímetro de la hacienda, acompañaban a Villa en sus viajes a los pueblos cercanos. mantenían el tipo de vigilancia que los años de la sierra habían convertido en instinto. El ojo en el horizonte, el oído en los sonidos que no corresponden al patrón habitual, la mano cerca del arma con la automaticidad del reflejo, que no necesita decisión consciente.

 El 20 de julio de 1923, cuando Villa tomó el Dodge en Parral para regresar a Canutillo, iba acompañado de un grupo pequeño, su secretario Miguel Trillo, el coronel Ramón Contreras y algunos asistentes. La escolta completa no estaba, no había señales y amenaza específica ese día. Villa había hecho ese recorrido decenas de veces.

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