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El Caso que Me Hizo Cuestionar a La Humanidad: Una Boda, una Luna de Miel y una Traición Planeada

El Caso que Me Hizo Cuestionar a La Humanidad: Una Boda, una Luna de Miel y una Traición Planeada

Hay una fotografía. La tomaron el 8 de septiembre de 2003 en el aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile. En ella aparece una mujer de 32 años con el cabello recogido en un moño descuidado, cargando una maleta pequeña de color bordó y sonriendo hacia la cámara con esa clase de alegría que solo aparece en los momentos que uno considera los más importantes de su vida.

Detrás de ella, apenas en el borde del encuadre, se ve la mano de un hombre posada sobre su hombro. Eso es todo lo que quedó de ese instante. Esa mujer era Valentina Ríos y esa fotografía fue lo último que su familia tuvo de ella durante 11 años. No hubo cuerpo, no hubo carta, no hubo llamada final, solo esa imagen tomada por un fotógrafo de prensa que ese día cubría la llegada de una delegación deportiva, que por azar enfocó en la dirección equivocada en el momento exacto y que mucho tiempo después cedería la imagen a la familia

sin entender del todo por qué era tan importante. Valentina desapareció 5co días después de su boda en plena luna de miel, en una ciudad que no era la suya, en un país que tampoco lo era. Y el hombre que tenía la mano sobre su hombro en esa foto pasó 11 años respondiendo las mismas preguntas con la misma voz rota, llorando en los mismos programas de televisión, repitiendo el mismo relato de marido devastado que buscaba a su esposa con la misma desesperación el primer día que el último, hasta que la naturaleza deshizo lo que él creyó haber

sellado para siempre. Un deslizamiento de tierra en la precordillera andina, provocado por lluvias extraordinarias, removió varios metros de suelo en una ladera remota. Y debajo de esa tierra, en un terreno que figuraba a nombre de la familia Castel, en los registros de propiedad chilenos, apareció lo que él había enterrado en septiembre de 2003.

¿Qué clase de persona es capaz de planear con meses de anticipación la desaparición de la mujer que acaba de jurarle amor eterno frente a 200 personas? ¿Qué dice de nosotros el hecho de que tardamos 11 años en creerle a quienes sí sabían la verdad desde el principio? ¿Y cómo es posible que alguien pase más de una década produciendo el dolor correcto en el momento correcto frente a las personas correctas? sin que ningún mecanismo de la sociedad lo detecte.

 Esta es la historia de Valentina Ríos y también es de alguna manera la historia de todos nosotros. Antes de continuar con esta historia perturbadora, má si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo.

 Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. municipio de San Miguel del Monte está a 120 km al sur de la ciudad de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires. No es un lugar que aparezca en las noticias con frecuencia. Es el tipo de ciudad que los argentinos, que no son de ahí, describen vagamente como un pueblo del interior, aunque técnicamente no lo sea.

 Tiene hospital, tiene juzgado de paz y tiene una plaza principal con un monumento al general San Martín que nadie mira, pero todos reconocen como punto de referencia cuando dan indicaciones. En el año 2003 tenía poco más de 18,000 habitantes. La mayoría de los cuales se conocían al menos de vista y la mayoría de los cuales podían decirte si les preguntabas quién era quién en el tejido social del lugar, quién trabajaba en el municipio, quién era el médico de cabecera de tal familia, quién se había separado el año anterior. En ese tipo de comunidades, la

privacidad no se pierde de golpe, se va diluyendo lentamente, como el azúcar en agua tibia. Todos saben algo de todos y sin embargo hay cosas que permanecen invisibles, precisamente porque nadie tiene razón para mirarlas. Valentina Ríos había nacido en San Miguel del Monte el 14 de mayo de 1971. Y hija de Horacio Ríos, contador en una empresa distribuidora de materiales de construcción y Denéida Pereira, maestra de escuela primaria en el turno tarde.

era la menor de tres hermanos, Gastón, el mayor, que trabajaba con el padre en la misma distribuidora desde los 20 años, y Luciana, que se había mudado a la plata para estudiar derecho y nunca había terminado de volver del todo porque en la plata había encontrado trabajo, una pareja y la clase de vida que se construye fuera del lugar de origen y que cuesta mucho desandar.

La familia vivía en una casa de material en la calle Laprida. con un jardín delantero que Néida cuidaba con una dedicación que sus hijos describían con afecto como obsesiva. Había gladiolos en verano, crisantemos en otoño y una enredadera de madre selva que Nélida podaba cada dos semanas con unas tijeras de jardinería que guardaba en un cajón de la cocina junto a los sobres de semillas que todavía no había plantado.

La casa no era grande, pero era ordenada. con esa clase de orden que viene de querer el lugar donde uno vive, no de tenerle miedo al desorden. Valentina era, según todos los que la conocieron, una persona que ocupaba el espacio de una manera particular. No era la más ruidosa en una reunión, pero tampoco pasaba desapercibida.

tenía una manera de escuchar que hacía que la persona que le estaba hablando sintiera que lo que decía importaba y una manera de reírse que era repentina y completamente auténtica, sin el tipo de modulación social que la mayoría de los adultos aprende a usar como escudo. trabajaba como técnica en laboratorio en el hospital municipal desde hacía 6 años y sus colegas la recuerdan como alguien meticulosa, puntual y con una capacidad extraordinaria para mantener la calma en situaciones de presión. tenía el hábito

de llegar 10 minutos antes de su turno y de tomarse un café con leche en el pasillo antes de ponerse los guantes. Era vegetariana en una época y en un lugar donde eso todavía requería cierta explicación social, especialmente los domingos al mediodía, cuando los asados eran una institución casi religiosa. [música] Le gustaba la música de Fito Páez y coleccionaba las ediciones en cassette de sus [música] discos, aunque ya todos usaban CD, porque decía que el cassette sonaba diferente, más cálido, aunque ninguno de sus amigos estuviera

del todo de acuerdo. Tenía una gata llamada Mara, que dormía sobre su cama y que la seguía hasta el baño con una devoción que Valentina describía como El amor más honesto que recibo en esta casa. Leía novelas policiales los fines de semana. Tenía una libreta donde anotaba frases que le parecían importantes, no siempre de libros famosos.

 A veces eran cosas que había dicho algún paciente o su madre o un colega en un momento de descuido. Conoció a Rodrigo Castel en el invierno de 2001 durante una reunión de amigos en la casa de una compañera de trabajo. Rodrigo tenía 37 años en ese momento, cinco más que Valentina, y era oriundo de Ramos Mejía en el conurbano bonaerense. Pero llevaba 3 años viviendo en San Miguel del Monte por razones que él explicaba de manera diferente, según a quien se las contara.

 A veces decía que había conseguido trabajo en la zona, a veces que quería alejarse del ritmo de la ciudad, a veces que había heredado de un familiar una pequeña parcela de campo en el sur que quería desarrollar algún día. Esa variabilidad en los detalles era una característica de Rodrigo que algunos de sus conocidos notaron en retrospectiva y que en su momento interpretaron, si acaso, como la tendencia natural de quien adapta el nivel de detalle de sus historias.

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