Valentina Ríos Castellanos no era el tipo de persona que dejaba los problemas sin resolver. Entre todos los primos, el que más trato había tenido con Valentina desde la infancia era Andrés Ospina Ríos. 3 años mayor que ella, Andrés había crecido en Bucaramanga, pero pasaba con frecuencia por Girón, porque Beatriz, su madre, mantenía una relación cercana con su hermano Hernán.
En las reuniones familiares de Navidad y fin de año, en los cumpleaños, en los bautizos de los sobrinos, Andrés y Valentina se veían regularmente. Habían crecido juntos y en el sentido en que crecen los primos en las familias colombianas de clase media, sin la intimidad de los hermanos, pero con la familiaridad suficiente como para tutear para compartir una botella de gaseosa en la cocina mientras los adultos hablaban en la sala.
En 2008, Andrés Ospina tenía 30 años. Trabajaba como técnico en una empresa de mantenimiento de equipos industriales con sede en Bucaramanga. Era soltero. Según sus compañeros de trabajo, era callado, puntual, sin conflictos aparentes. Vivía solo en un apartamento de arriendo en el norte de Bucaramanga. No era especialmente sociable, pero tampoco era alguien que generara comentarios. negativos.
Era en todos los sentidos visibles una persona ordinaria. de lo que nadie sabía o lo que nadie quiso admitir que sospechaba era que Andrés Ospina llevaba al menos 4 años mirando a su prima Valentina de una manera que no correspondía a ningún parentesco. El viernes 13 de noviembre de 2008, Valentina Ríos Castellanos terminó su jornada en la escuela poco después de las 12 del mediodía.
Los viernes eran días cortos para el cuerpo docente por disposición del calendario escolar de ese año. Una de sus colegas, la profesora del grado tercero, recuerda haberla visto guardando unos cuadernos en su maletín de tela marrón en la sala de profesores. Hablaron brevemente sobre una reunión de padres que tendrían la semana siguiente.
Valentina estaba de buen humor, según esta colega. No manifestó ninguna preocupación. no mencionó planes especiales para el fin de semana y salió de la escuela alrededor de las 12:20. Una vendedora de fritangas que tenía su puesto en la esquina del establecimiento educativo la vio pasar y la saludó como hacía casi todos los días.
Valentina le respondió el saludo con un gesto de la mano y siguió caminando hacia la parada del bus. Llegó a su casa en Girón pasadas la 1 de la tarde. Su madre estaba trabajando en el taller y su padre dormía la siesta. Su hermano Sebastián no estaba en casa. Valentina almorzó las sobras que había dejado su madre en la nevera.
Calentó tinto y estuvo en su cuarto durante un par de horas. Lo que hizo exactamente en ese tiempo no se sabe con certeza, pero su hermano menor, al llegar a la casa cerca de las 4 de la tarde encontró la puerta de su cuarto semiabierta y la vio escribiendo en un cuaderno. Él la saludó desde el pasillo y ella le respondió sin levantar la vista.
A las 5:30 de la tarde, Gloria Castellanos llegó del taller. Encontró a Valentina sentada en la sala viendo televisión. Conversaron brevemente sobre cosas cotidianas, que si había llamado la señora Amparo para preguntar por el arreglo de una falda, que si habían pagado la cuenta del agua ese mes. Valentina le dijo que sí, que la habían pagado el martes.
Gloria se fue a preparar la cena. Cenaron juntos los cuatro alrededor de las 7 de la noche. Hernán estaba de buen ánimo ese viernes. Recordaría más tarde Gloria porque habían dado en el noticiero una noticia sobre un programa de subsidios de salud al que él calificaba y que lo aliviaría de algunos gastos médicos.
Hablaron de eso. Valentina escuchó. Hizo una pregunta sobre los requisitos. Después de cenar, ni ayudó a recoger la mesa. A las 8:20, Valentina le dijo a su madre que iba a salir un momento, que había quedado de encontrarse con una amiga en el parque principal, que no tardaba, que volvía antes de las 10. Gloria le preguntó con quién iba.
Valentina dijo el nombre de una amiga, Andrea, sin apellido, sin más detalles. Gloria no insistió. Era una mujer adulta, profesional. Vivía en su casa, pero no estaba obligada a rendir cuentas detalladas de cada salida. Eso era normal. Valentina salió a las 8:25 de la noche del 13 de noviembre de 2008. No volvió.
A las 11 de la noche, Gloria le envió un mensaje de texto a su celular preguntando dónde estaba. No hubo respuesta. A la medianoche llamó tres veces. El teléfono timbró, pero nadie contestó. A la 1 de la mañana del sábado 14, Hernán intentó llamar desde el teléfono fijo de la casa. Misma respuesta, el teléfono timbró y nadie atendió. A las 6 de la mañana del sábado, con la certeza que tiene una madre cuando sabe que algo está mal, Gloria Castellanos se vistió.
despertó a su hijo Sebastián y los dos fueron a la estación de policía del municipio a poner la denuncia por desaparición. En la estación les explicaron que el protocolo nacional exigía esperar 72 horas para oficializar una desaparición como caso activo. Gloria argumentó que su hija no había llegado a dormir, que era una persona responsable, que nunca había hecho algo así.
El funcionario de turno, siguiendo el reglamento, pero también respondiendo a la angustia evidente de la señora, tomó los datos de Valentina y prometió que pasarían la información al área de investigaciones ese mismo día. Mientras esperaban en esa estación de policía ese sábado por la mañana, Sebastián le envió mensajes a varias de las amigas de Valentina.
Las respuestas fueron llegando de a poco durante la mañana. Ninguna sabía nada. Una de ellas, María Fernanda, que había compartido trabajos con Valentina en la universidad, llamó de vuelta con una voz que ya tenía el tono de quien presiente que algo grave está pasando. Le dijo a Sebastián que Valentina le había escrito un mensaje de texto el jueves, dos días antes, comentando sobre una película que habían pensado ver juntas el fin de semana, que el mensaje era completamente normal, que nada indicaba ningún problema.
La amiga llamada Andrea, según la investigación posterior, Ine en el Círculo de Conocidos de Valentina. Ninguna amiga o conocida con ese nombre fue encontrada que hubiera quedado de verse con ella esa noche. Lo que sí existe y lo que los investigadores encontrarían años después es un registro de llamada saliente desde el celular de Valentina a las 7:54 de la noche del 13 de noviembre.
5 minutos antes de que le dijera, vi a su madre que iba a salir. La llamada fue al número de Andrés Ospina Ríos. duró 3 minutos y 42 segundos. En el momento inicial de la investigación en 2008, ese registro de llamada fue identificado, anotado y luego interpretado como parte del comportamiento normal de una prima que habla con un primo.
Andrés fue entrevistado. Dijo que sí, que Valentina lo había llamado esa noche. que habían hablado brevemente de los planes familiares para la celebración de fin de año, que ella sonaba tranquila y que después de colgar él no supo más nada de ella. La policía tomó nota, no fue señalado como sospechoso en ese momento.
Nadie le preguntó qué estaba haciendo él esa noche. Nadie verificó su ubicación entre las 8 y las 12 de la noche del 13 de noviembre. El expediente inicial tenía otras líneas de investigación que parecían más urgentes. Los primeros meses fueron de búsqueda activa. Sebastián, el hermano de Valentina, distribuyó fotografías en Girón, en Bucaramanga, en los municipios circundantes.
La familia contrató, con lo que reunió pidiendo prestado a amigos y parientes a un investigador privado que durante seis semanas rastreó hoteles, terminales de transporte, hospitales, morgues. En la Fiscalía General de la Nación abrió formalmente la investigación en diciembre de 2008. Las líneas investigativas iniciales fueron tres.
La primera, que Valentina hubiera decidido irse voluntariamente, quizás a causa de una situación personal que la familia desconocía. Esta hipótesis fue considerada y descartada con relativa rapidez. No retiró dinero de su cuenta bancaria después del 13 de noviembre. No llevó consigo documentos adicionales.
No había manifestado a nadie, ni a familiares, ni a colegas. ningún deseo de cambiar de vida. Su comportamiento en los días previos a la desaparición no presentaba ningún indicador de preparación para una huida voluntaria. La segunda línea, que hubiera sido víctima de un delito de oportunidad, es decir, que alguien la hubiera abordado en la calle esa noche.
Y esta hipótesis generó más trabajo investigativo. Se revisaron cámaras de seguridad del área, aunque en 2008 la cobertura de cámaras en Girón era muy limitada. Se entrevistó a vecinos, taxistas, personas que estuvieran en la zona del parque esa noche. Nadie la vio llegar al parque. Nadie la vio en ningún otro lugar después de las 8:25, hora en que salió de su casa.
La tercera línea más delicada, que hubiera tenido algún tipo de conflicto personal, ya fuera con alguien del trabajo, con un conocido, con un exnovio. La investigación no encontró evidencia de ningún conflicto significativo. El exnovio de Bucaramanga tenía coartada sólida para esa noche. Los compañeros de trabajo no reportaron ninguna situación tensa.
No había denuncias previas de acoso o amenazas. El caso quedó en un punto muerto a finales de 2009. La fiscalía no cerró el expediente. En Colombia los casos de desaparición no prescriben, pero la investigación activa fue suspendida por falta de nuevas pistas. El número de caso quedó archivado. Para Gloria Castellanos, sin embargo, no hubo archivo posible.
Hay una fotografía de Gloria que tomó una periodista local que cubrió el primer aniversario de la desaparición de Valentina. En la foto, Gloria está de pie frente a la puerta de su casa, sosteniendo un cartel con la foto de su hija y el número de teléfono de la fiscalía. Tiene 54 años en esa foto, pero parece tener más.
Hay algo en su postura, en la manera en que sostiene ese cartel con las dos manos, como si tuviera miedo de que el viento se lo llevara, que transmite una especie de determinación agotada, como alguien que sabe que está perdiote, pero que no va a dejar de pelear. Cada año en el aniversario de la desaparición, Gloria organizaba una pequeña vigilia frente a la gobernación de Santander en Bucaramanga.

Al principio asistían 30 o 40 personas entre familiares, amigos de Valentina y conocidos del barrio. Con el paso de los años, el grupo se fue reduciendo. En 2015, al séptimo aniversario, fueron 11 personas. En 2018 fueron seis. Hernán Ríos murió en marzo de 2016 a los 68 años de una falla cardíaca. Quienes lo conocieron dicen que la desaparición de Valentina lo fue apagando lentamente, que a partir de 2010 dejó de ser el hombre de buen humor que cantaba rancheras cuando creía que nadie lo escuchaba y que pasó sus
últimos años sentado en el mismo sillón del salón mirando a la puerta. Sebastián, el hermano de Valentina, y se casó en 2013 y tuvo dos hijos. Se mudó a un barrio diferente de Girón. Intentó mantener la investigación activa haciendo peticiones periódicas a la fiscalía, pero con el tiempo, la vida, el trabajo, los hijos, las deudas, fue ocupando el espacio que antes tenía la búsqueda de su hermana.
No es que la olvidara, es que aprendió como aprenden los que quedan, que el dolor no desaparece, pero que la vida sigue avanzando aunque uno no quiera. La pequeña Paola, quien tenía 17 años cuando desapareció Valentina, estudió psicología en la Universidad de Santander. Hay quienes dicen que eligió esa carrera directamente por lo que vivió en su familia.
Ella misma, en una conversación que tuvo con la investigadora que llevaría el caso a partir de 2020, reconoció que la desaparición de su hermana había determinado muchas de las decisiones que tomó. Uno crece creyendo que las personas que desaparecen son personas que uno no conoce. dijo, “Y luego eso te pasa en tu propia casa y ya nada vuelve a ser lo que era.
” Andrés Ospina siguió asistiendo a las reuniones familiares durante al menos 3 años después de la desaparición. Sebastián recuerda haberlo visto en la Navidad de 2009 y en la de 2010. Andrés expresaba condolencias, preguntaba por la investigación, mencionaba a Valentina con el tono apropiado para la situación.
Hay algo que Sebastián mencionó en una de sus declaraciones durante el proceso judicial de 2021, que es difícil de sacudir de la mente, que en la reunión de Navidad de 2009, la primera que hicieron después de la desaparición, Ney Andrés estuvo sentado durante casi una hora junto a Gloria Castellanos, escuchándola hablar sobre Valentina, asintiendo, poniéndole la mano en el hombro cuando ella se quebraba.
que Gloria, que no tenía motivo alguno para sospechar de su sobrino, después le dijo a Sebastián que Andrés era un muchacho bueno, que quería mucho a su prima, que esas palabras de su madre, recordadas con el conocimiento de lo que vino después fueron una de las cosas más difíciles de procesar de todo el caso. En 2011, Andrés empezó a ausentarse de las reuniones con más frecuencia, argumentando trabajo, compromisos, distancia.
Para 2013 había dejado prácticamente de tener contacto con la rama ríos de su familia. Nadie lo interpretó como una señal. Era una de esas cosas que pasan en las familias. Los primos se van distanciando. En la vida los lleva por caminos distintos. Andrés se casó en 2012 con una mujer de Bucaramanga. Tuvieron una hija en 2014. Para 2020 vivía en el municipio de Florida Blanca.
Trabajaba en la misma empresa de mantenimiento industrial donde había trabajado toda su vida y era, para todos los efectos visibles, un hombre ordinario con una vida ordinaria. En Colombia, el departamento de Santander tiene una de las geografías más accidentadas del país. Las fincas y predios rurales que rodean los municipios del área metropolitana de Bucaramanga son, en su mayoría, terrenos de difícil acceso, consuelos que en época de lluvia se vuelven arcillosos y resbaladizos.
Son tierras que han pertenecido a las mismas familias durante generaciones, que han cambiado de manos lentamente y donde las obras de infraestructura, una carretera nueva, la ampliación de un camino de herradura, la instalación de tubería para un acueducto veredal ocurren con décadas de diferencia. Al sur del municipio de Piie de Cuesta, aproximadamente a 13 km del casco urbano de Girón, existe una zona de pequeñas fincas productoras donde en la primera mitad de 2020 el gobierno departamental inició las obras para ampliar un
acueducto rural que abastecía a varios caseríos de la región. Las obras implicaban abrir zanjas de entre 80 cm y 1 m de profundidad a lo largo de un tramo de terreno que cruzaba varios predios. El 7 de agosto de 2020, un operario de maquinaria pesada que trabajaba en una de esas fincas estaba realizando una excavación con retroexcavadora para colocar tubería de 3 pulgadas.
La finca pertenecía a un señor mayor que la había comprado en 2015 a los herederos de quien la había poseído previamente. El terreno en la parte donde se estaba excavando era un potrero sin sembrado, con pasto natural que crecía sin mantenimiento. A los 85 cm de profundidad, la cuchara de la retroexcavadora encontró resistencia.
El operario detuvo la máquina, como lo indica el protocolo cuando hay objetos sólidos en el subsuelo, que podrían ser tuberías o cables preexistentes. Bajó a mirar. Lo que había no era una tubería. Los restos humanos estaban envueltos en lo que en algún momento había sido una lona de polipropileno azul, el tipo que se usa para cubrir cargamentos o para proteger material de construcción de la lluvia.
y 12 años de humedad y depresión del suelo habían degradado la lona al punto de que se desintegraba al tacto, pero había cumplido su función. Retrasó la descomposición lo suficiente como para que algunas estructuras sóas se conservaran en posición relativamente articulada. El operario no tocó nada, llamó al dueño de la finca.
El dueño llamó a la policía. La unidad de criminalística del Departamento de Policía de Santander llegó al predio a las 2 horas 15 minutos de recibida la llamada. El área fue acordonada. Se documentó el sitio fotográficamente antes de proceder a la exumación técnica. El proceso tomó toda la tarde y parte de la noche.
Entre los restos, los investigadores encontraron fragmentos de ropa, lo que quedaba de un jein de talla 28, un trozo de tela que pudo haber sido una blusa de algodón y y significativamente los restos de una suela de zapato de talla 37 con una marca que aún era parcialmente legible. También encontraron una cadena de metal delgada tipo fantasía, con un dije en forma de estrella de cuatro puntas que había resistido mejor que nada a los años.
Estaba oxidada pero entera. Esa cadena fue la primera pista concreta. Gloria Castellanos, cuando vio la fotografía que le mostraron los investigadores de la unidad de personas desaparecidas de la fiscalía, la reconoció de inmediato. Le había regalado esa cadena a Valentina en su cumpleaños número 25.
Se la había comprado en una joyería de bisutería del centro de Girón. Valentina la usaba con frecuencia. la tenía puesta en la última foto familiar que existe de ella, tomada en octubre de 2008, un mes antes de su desaparición. A el análisis forense posterior, confirmaría lo que la familia ya intuía desde el momento en que Gloria reconoció la cadena.
Los restos correspondían a una mujer de entre 25 y 30 años de edad con características físicas compatibles con Valentina Ríos Castellanos. La comparación de ADN con muestras de Gloria y de Sebastián procesada en el laboratorio de genética forense de la fiscalía arrojó un resultado positivo con un margen de compatibilidad del 99,98%.
Valentina había sido encontrada 12 años, 2 meses y 24 días después de que saliera de su casa esa noche de noviembre. Pero ahora comenzaba la parte más difícil, saber quién la había puesto ahí. La investigación que se reactivó en agosto de 2020 fue asignada a una fiscal de la Unidad de Delitos contra la Vida de Bucaramanga y es de nombre Claudia Patricia Navarro.
La fiscal Navarro llevaba 12 años trabajando en casos de homicidio y desaparición en Santander. Era conocida entre sus colegas por su método sistemático. Antes de formular hipótesis, revisaba todo lo que existía. Empezó por el expediente original de 2008. Lo que encontró en ese expediente, según consta en los documentos del proceso, era una investigación que había seguido los protocolos razonables para la época y los recursos disponibles, pero que tenía al menos tres omisiones significativas.
La primera, el registro telefónico de la llamada que Valentina hizo a Andrés Ospina a las 7:54 de la noche del 13 de noviembre había sido documentado, pero no investigado a fondo. En 2008 para obtener los registros de la celda de telefonía que indicara desde dónde se realizó esa llamada. Es decir, para saber si Andrés estaba en Bucaramanga o en algún otro lugar esa noche, habría sido necesario un oficio judicial a la operadora.
Ese oficio nunca fue expedido. La segunda omisión, el predio donde fueron encontrados los restos de Valentina. Aunque en 2008 pertenecía a una persona diferente al actual dueño, había tenido durante un periodo, entre 2005 y 2010, a un arrendatario que lo usaba para pastoreo ocasional. El nombre de ese arrendatario estaba en los registros del IGAC, el Instituto Geográfico Agustín Codadi.
La fiscal Navarro verificó el nombre, no era Andrés Ospina, pero la tercera omisión fue la que abrió todo. En el expediente de 2008 había una entrevista a Beatriz Ríos, la tía de Valentina y madre de Andrés, realizada en diciembre de ese año. en esa entrevista y Beatriz decía que Andrés había estado en casa de ella esa noche del 13 de noviembre, que habían cenado juntos, que él no había salido.
Era una cuartada proporcionada por la madre. En 2008, los investigadores la aceptaron sin verificación adicional. En 2020, la fiscal Navarro convocó a Beatriz Ríos, que entonces tenía 71 años, a una diligencia de ampliación de testimonio. La señora Beatriz, visiblemente afectada por la situación, por el hallazgo de los restos de su sobrina y por la dirección que estaba tomando la investigación, llegó a la fiscalía acompañada de un abogado.
Antes de que comenzara la diligencia formal en el corredor, mal le dijo al abogado que luego lo consignó en sus notas porque tenía el deber de conocer la situación de su cliente, algo que cambió el rumbo de todo, que ella creía que su testimonio de 2008 no era del todo exacto, que en realidad no recordaba bien si Andrés había estado esa noche en su casa, que lo había dicho porque él se lo había pedido.
Esa frase él me lo pidió. Fue suficiente para que la fiscal Navarro solicitara una orden de captura preventiva para Andrés Ospina Ríos, de 32 años en el momento del crimen y de 42 en el momento de su detención. Andrés fue capturado el 18 de septiembre de 2020 en su lugar de trabajo en Florida Blanca.
Según el informe del operativo, no opuso resistencia. Cuando le notificaron los cargos, homicidio agravado y desaparición forzada, no dijo nada. Miró a los agentes y no dijo nada. Su esposa, con quien llevaba 8 años casado, y con quien tenía una hija de 6 años, no sabía nada, o eso dijo. La investigación nunca encontró evidencia de que ella tuviera conocimiento de lo que había hecho su marido.
El análisis forense de los restos de Valentina determinó la causa probable de muerte. Trauma contuso en la región occipital del cráneo, compatible con un golpe fuerte con un objeto de superficie Roma. No había evidencia de heridas de arma de fuego ni de arma blanca. El golpe, según el perito forense, habría sido suficiente para causar pérdida de consciencia inmediata y con alta probabilidad la muerte en un periodo de tiempo corto posterior al impacto.
No había indicadores de que hubiera sobrevivido por un periodo prolongado después del golpe. Lo que la investigación buscaba ahora era el por qué. Y para eso fue necesario ir más atrás, mucho más atrás de la noche del 13 de noviembre de 2008. El trabajo de reconstrucción que realizó el equipo de la fiscal Navarro durante los meses siguientes a la captura de Andrés Ospina fue metódico y paciente.
Se entrevistó a personas que habían conocido a Andrés y a Valentina en distintas épocas, compañeros de trabajo de él, amigas de ella, vecinos de la familia Ríos en Girón, familiares que habían estado presentes en reuniones a lo largo de los años. Una parte de ese trabajo fue rastrear el historial laboral de Andrés en la empresa de mantenimiento industrial, donde trabajaba desde 2003.
Los registros de acceso al edificio principal de la empresa, que habían sido digitalizados a partir de 2006, me mostraban que Andrés había entrado a sus instalaciones el sábado 14 de noviembre de 2008, el día en que Gloria fue a poner la denuncia. a las 6:42 de la mañana, 2 horas antes de que comenzara su turno regular, había firmado el registro de entrada diciendo que necesitaba recoger un equipo para una visita técnica de emergencia a un cliente.
La visita técnica existía en el sistema, pero el cliente declaró posteriormente que la visita había durado menos de una hora y que Andrés había llegado aparentemente normal, sin señales visibles de agitación. Nadie en 2008 había pensado en verificar esos registros. En 2020, la fiscal Navarro los solicitó como parte del rastreo de la cronología de Andrés en las horas inmediatamente posteriores a la desaparición de Valentina.

Lo que emergió de esas entrevistas fue un retrato gradual y incómodo de algo que varias personas habían notado, pero que ninguna había verbalizado directamente, ni entre sí, ni con las autoridades, que Andrés miraba a Valentina de una manera que no correspondía a lo que se espera de un primo.
una tía política de la familia, la esposa de un tío de Valentina por parte materna, por lo tanto sin relación de sangre con Andrés, recordaba haber notado en una reunión de Navidad de 2005 que Andrés buscaba siempre sentarse cerca de Valentina, que la seguía con la vista cuando ella se movía por la sala, que cuando alguien hacía un comentario sobre lo bien que le estaba yendo a Valentina con sus estudios, Andrésía con una intensidad que ella encontraba.
usando sus propias palabras, un poco fuera de lugar, pero no dijo nada en ese momento. No era algo concreto, era una incomodidad, un presentimiento. a una amiga de Valentina de la universidad que prefirió no ser identificada en los medios de comunicación, declaró que en algún momento del año 2006 o 2007, no recordaba exactamente cuándo, Valentina le había mencionado algo sobre su primo Andrés, no con alarma, más con una especie de perplejidad, que a veces Andrés le enviaba mensajes de texto por cosas que a ella le parecían pretextos,
que la llamaba con una frecuencia que ella encontraba un poco excesiva para ser solo familiares. La amiga le preguntó si le generaba algún miedo. Valentina dijo que no, que era su primo, que probablemente estaba siendo ella muy susceptible, que a lo mejor Andrés era simplemente así, un poco apegado. La amiga no volvió a mencionar el tema, Valentina tampoco.
y en lo que la investigación nunca pudo determinar con certeza, porque la única persona que lo sabe completamente no lo ha dicho, es cuánto tiempo llevaba Andrés cultivando esa obsesión antes de que se convirtiera en algo irreversible. Los datos que se pudieron reconstruir apuntan a que no fue algo súbito, fue algo que creció durante años, alimentado por el contacto familiar periódico, por la proximidad sin intimidad real que caracteriza las relaciones entre primos adultos en familias de clase media colombiana. Y en algún punto de ese
crecimiento algo cambió. Algo que estaba en la cabeza de Andrés, cruzó una línea que no se puede cruzar y volver atrás. La llamada de las 7:54 del 13 de noviembre de 2008. Fue él. La invitó a encontrarse. Le dijo algo que hizo que ella saliera de su casa diciéndole a su madre que iba con una amiga llamada Andrea.
¿Por qué usó ese pretexto en lugar de decir que iba a ver a su primo? Es algo que la investigación interpretó de dos maneras posibles. O Valentina quería discreción sobre el encuentro porque no quería explicaciones familiares sobre algo que podría ser mal interpretado. O, y esta segunda posibilidad es la que la fiscal Navarro consideró más probable, porque algo en la propuesta de Andrés le generaba una incomodidad que prefería no compartir con su madre esa noche.
Nunca sabremos exactamente qué le dijo para que saliera. El quiebre en la declaración de Andrés Ospina ocurrió en febrero de 2021, 5 meses después de su captura. Durante ese periodo había permanecido en silencio casi total, ni respondiendo únicamente lo que su abogado le aconsejaba responder. Datos de identificación, negación de cargos, solicitud de revisión de pruebas.
El abogado defensor había argumentado que la evidencia era circunstancial, que un registro telefónico y el testimonio retractado de una madre no constituían prueba directa de participación en el crimen. Lo que cambió la situación no fue una confesión voluntaria, fue un resultado de laboratorio. El equipo forense de la fiscalía, durante la revisión de las evidencias recolectadas en la finca de pie de cuesta, había enviado al laboratorio de ADN la tierra compactada que había quedado adherida al interior de lo que quedaba de la lona de
polipropileno. En esa tierra, protegida de la degradación por la misma lona que envolvía los restos, Ma encontraron material biológico no perteneciente a Valentina, un fragmento de piel seca. microscópico adherido a un pliegue interior de la lona. El perfil genético extraído de ese fragmento fue comparado con la muestra de ADN que Andrés Ospina había proporcionado de manera obligatoria en el momento de su captura.
La compatibilidad fue del 99,94%. Andrés había manipulado la lona. Sus células habían quedado atrapadas en ese pliegue. Durante 12 años, en ese potrero al sur de pie de cuesta, había permanecido esa evidencia microscópica esperando la tecnología y la circunstancia que la encontrara. Cuando el abogado defensor le comunicó el resultado a su cliente, Andrés Ospina, pidió hablar con la fiscal Navarro directamente, sin grabación, sin registro formal previo, solo una conversación.
La fiscal aceptó ne con la aclaración de que cualquier información que surgiera de esa reunión podría ser usada en el proceso. Lo que Andrés dijo en esa reunión fue consignado posteriormente en el expediente como parte de su declaración formal. No es una confesión elaborada. Es, en muchos sentidos, un relato fragmentado, lleno de justificaciones que nadie le pidió y de silencios donde debería haber explicaciones.
Pero de ese relato emergió por primera vez una versión de los hechos. Andrés dijo que había estado enamorado de Valentina desde que tenían. Ella 21 años y él 24, que era algo que había intentado suprimir, que sabía que era imposible por el parentesco, que había habido periodos en los que lograba no pensar en ello, que en 2007, cuando Valentina terminó su relación de pareja con el hombre de Bucaramanga, Nel había sentido algo que describió como una ventana que se abría, una oportunidad que no podía dejar pasar. En la primera
mitad de 2008, Andrés le había declarado su amor a Valentina, no en persona, en una serie de mensajes de texto que Valentina recibió con creciente alarma. Valentina le respondió con claridad que lo que él sentía no era posible, que eran familia, que ese tipo de relación no era algo que ella pudiera considerar bajo ninguna circunstancia, que si él necesitaba apoyo para procesar lo que sentía, debería buscar ayuda.
Andrés no buscó ayuda. Lo que hizo fue interpretar la respuesta de Valentina como una resistencia temporal que podría superarse. La noche del 13 de noviembre la llamó y le pidió que se encontrara con él. Le dijo que necesitaba hablar, que tenía que decirle algo importante, ¿no? Que era lo último que le pediría.
Valentina, quizás pensando que podría poner un cierre definitivo a esa situación que la había estado incomodando durante meses, aceptó. Se encontraron en un parque del norte de Girón, lejos del parque principal donde ella le dijo a su madre que iba. Andrés le repitió lo que ya le había dicho por mensajes.
Le dijo que la amaba, que no podía dejar de amarla, que quería que considerara la posibilidad de una relación, que él estaba dispuesto a alejarse de la familia si era necesario. Valentina le dijo que no. con toda la claridad que había podido reunir, le dijo que lo que él describía como amor era algo que no podía corresponderle, no por el parentesco solamente, sino porque ella no sentía nada semejante por él y que nunca lo había sentido, que si él no podía aceptar eso y tendría que contarle a la familia lo que estaba pasando para que alguien pudiera ayudarlo.
Esa última frase, la posibilidad de que Valentina le dijera a la familia, fue el detonante. Andrés había llevado consigo esa noche una linterna metálica de mango largo del tipo que se usa en trabajos de mantenimiento industrial, que estaba en su bolso de herramientas. No había ido al encuentro con la intención de hacer daño, o eso es lo que declaró.
Pero en el momento en que Valentina dijo que iba a hablar con la familia, algo se cortó dentro de él. El golpe fue único. Valentina perdió el conocimiento de manera inmediata. Andrés dijo que en ese momento entró en un estado de pánico que describió como no poder pensar, que durante minutos que no supo calcular quedó paralizado junto a ella, que cuando reaccionó y verificó que ella no respiraba, Nella era demasiado tarde para cualquier otra decisión.
Esa noche, en un proceso que tardó varias horas y que implicó el uso de su vehículo, trasladó el cuerpo al predio de pie de cuesta. Conocía ese terreno porque el arrendatario que lo usaba en esa época era un conocido de trabajo con quien había tenido contacto periódico y había estado en la finca en al menos dos ocasiones previas.
Sabía que el terreno era de difícil acceso y que no tenía siembra activa. Enterró el cuerpo a casi un metro de profundidad, envuelto en la lona que había traído también en su vehículo. Llegó a su apartamento de Bucaramanga antes del amanecer. Al día siguiente fue a trabajar. El proceso judicial contra Andrés Ospina Ríos se adelantó ante el juzgado segundo penal del circuito de Bucaramanga.
Los cargos fueron homicidio agravado en la modalidad de feminicidio, dado que la víctima era suprema y el crimen ocurrió en el contexto de una relación de poder marcada por una obsesión sentimental no correspondida y ocultamiento de cadáver. Las audiencias se extendieron durante varios meses.
La sala del juzgado, que tiene capacidad para unas 40 personas entre funcionarios judiciales, abogados, partes y público, tuvo presencia constante de familiares de Valentina en cada sesión. Gloria Castellanos asistió a prácticamente todas las audiencias. Sebastián alternaba entre asistir y quedarse con sus hijos, que eran pequeños.
Paola, la hermana psicóloga, estuvo presente en las audiencias más importantes y declaró como testigo en una sesión sobre el impacto psicológico sostenido en la familia durante los 12 años de desaparición sin certeza. Hubo una audiencia en particular que varios de los asistentes recordarían durante mucho tiempo la sesión en que se presentó el informe pericial forense completo sobre las circunstancias de la muerte de Valentina.
El perito describió el tipo de golpe, la zona del cráneo afectada, la rapidez probable de la pérdida de consciencia. Describió también el estado de los restos al momento de la exhumación y el trabajo de reconstrucción que había sido necesario para determinar la causa de muerte con el nivel de certeza que requería el proceso. En la sala, mientras el perito exponía, Gloria Castellanos miraba al frente con los labios apretados y las manos entrelazadas sobre la falda.
Andrés Ospina, sentado en el banquillo de la defensa, miraba la mesa. En ningún momento de las audiencias, Andrés Ospina miró directamente a ningún miembro de la familia Ríos Castellanos. La defensa intentó varias líneas argumentativas. Primero, que la evidencia de ADN era insuficiente para establecer la presencia de Andrés en el momento del entierro y no en un momento posterior.
Esta línea fue descartada por el tribunal, que consideró que la probabilidad de que el material biológico hubiera llegado al interior de la lona en cualquier otro contexto era estadísticamente inviable. Segundo, que el homicidio no había sido premeditado, que había sido un acto impulsivo en un momento de crisis emocional.
Esta argumentación fue analizada con más cuidado. El tribunal consideró que, independientemente de si el golpe fue planificado o impulsivo, el traslado del cuerpo y el entierro y los 12 años de silencio activo, incluyendo la cuartada proporcionada por su madre a petición suya, constituían una conducta posterior sistemática que agravaba el carácter del delito.
La sentencia fue dictada en noviembre de 2022, 14 años después de la desaparición de Valentina. Andrés Ospina Ríos fue condenado a 32 años de prisión. Beatriz Ríos, la madre de Andrés, fue procesada separadamente por el delito de obstrucción a la justicia por el falso testimonio de 2008. Tenía 73 años al momento de la sentencia. El tribunal, considerando su edad y el hecho de que su falso testimonio había sido proporcionado bajo presión de su hijo y sin conocimiento completo de los hechos, aplicó una pena alternativa de trabajo comunitario y restricción de
movilidad. No hubo prisión. Gloria Castellanos. Nane, que para 2022 tenía 68 años y seguía viviendo en la misma casa de Girón, asistió a la lectura de la sentencia acompañada de sus hijos Sebastián y Paola. No hizo declaraciones a los medios de comunicación ese día. Sebastián sí habló brevemente con un periodista de un diario local.
dijo que tener una sentencia no llenaba el vacío, que el único cierre real que habían tenido fue poder darle sepultura a Valentina en un cementerio, en un lugar concreto al que podían ir. Que saber qué había pasado era importante, pero que nadie les devolvía los 12 años de no saber. Paola, la hermana psicóloga, publicó semanas después de la sentencia un texto en una red social que varios medios digitales reprodujeron.
En ese texto reflexionaba sobre lo que había vivido su familia y sobre un fenómeno que ella conocía desde su formación profesional, pero que había tardado años en aplicar a su propio caso. Que el duelo incompleto, ese estado en que una familia no puede llorar porque no tiene certeza de la muerte, pero tampoco puede esperar porque tampoco tiene certeza de la vida.
Es una de las formas más destructivas de dolor sostenido que puede vivir un ser humano. “Vivimos 12 años en ese limbo”, escribió, “Sin poder llorar del todo, sin poder dejar de esperar del todo. Eso tiene un costo que la sentencia no calcula y que el juez no puede ordenar reparar.” El predio de pie de cuesta donde fue encontrada Valentina sigue siendo lo que era, un potrero.
El dueño actual dice que no ha vuelto a trabajar esa parte del terreno. Probablemente no lo hará. La linterna metálica que Andrés usó esa noche nunca fue encontrada. Según su declaración, la desechó en un contenedor de basura industrial en Bucaramanga varias semanas después del crimen. Para 2020, cualquier rastro de ella había desaparecido en los ciclos de reciclaje y relleno sanitario de la ciudad.
Los mensajes de texto que Valentina recibió en 2008, en los que Andrés le declaró su amor tampoco pudieron ser recuperados. El modelo de celular que ella usaba en esa época y los servidores de la operadora de telecomunicaciones no conservan registros de mensajes de más de 5 años de antigüedad. Solo existe el testimonio de la amiga universitaria de Valentina, que lo escuchó de ella, y la declaración posterior del propio Andrés.
Ma hay una cosa que la fiscal navarro mencionó en una entrevista que dio a un programa radial de Bucaramanga después del cierre del caso, cuando le preguntaron qué la había llevado a reabrir la investigación con tanta determinación en 2020. Dijo que había algo en el expediente original que la había incomodado desde el principio, la coartada de la madre.
No porque fuera imposible. Las madres protegen a sus hijos. Eso es humano y predecible, sino porque en el expediente la cuartada había sido aceptada sin la verificación que normalmente se aplica incluso a los testigos más creíbles. En este trabajo, dijo la fiscal, aprendes que lo que no se preguntó en el momento es exactamente lo que hay que preguntar 12 años después.
El caso de Valentina Ríos Castellanos se convirtió dentro de la Fiscalía General de la Nación yende en uno de los ejemplos que se citan cuando se habla de la importancia del seguimiento a largo plazo de los casos de personas desaparecidas. En 2021, antes de que se dictara la sentencia, el equipo de la fiscal Navarro presentó un informe interno con recomendaciones para mejorar los protocolos de investigación de personas desaparecidas en el departamento de Santander, específicamente en lo relacionado con la verificación de
cuartadas de familiares en las primeras 72 horas. Ese informe fue aprobado. Sus recomendaciones entraron en vigencia en enero de 2022. Hay una última cosa que vale mencionar, aunque es más difícil de cuantificar, que una sentencia o un protocolo. Durante los años del proceso judicial y el nombre de Valentina Ríos Castellanos comenzó a aparecer en foros y grupos en redes sociales dedicados a casos de personas desaparecidas en Colombia.
Familias que llevaban años buscando a sus propios desaparecidos encontraron en este caso algo parecido a una señal de que la persistencia importa, de que los expedientes no mueren aunque se archiven, de que la tierra a veces literalmente guarda lo que la justicia no pudo encontrar en su momento.
Gloria Castellanos, que sigue viviendo en la misma casa de Girón donde Valentina creció y desde donde salió esa última noche de noviembre. tiene ahora encima del aparador de la sala dos fotografías enmarcadas, la de Hernán, su esposo, y la de Valentina. Ya no enciende la vela frente a la foto de su hija todos los domingos. Dice que ya puede llorar sin que la llorada se quede a la mitad, sin esa interrupción que producía la incertidumbre.
dice que eso no es alivio, que alivio sería no haber tenido que llegar hasta aquí, pero que al menos ahora puede llorar completo. No cambia lo que le pasó a Valentina, pero quizás para alguien, en algún caso que todavía no ha ocurrido, sí cambie algo. Este caso nos muestra algo perturbador sobre la naturaleza del secreto que puede convivir con nosotros durante años, sentarse a nuestra mesa, mirarnos a los ojos, que hay personas capaces de sostener una mentira el tiempo suficiente para que el mundo deje de hacer preguntas y que a veces lo único
que separa la impunidad de la justicia es un pliegue microscópico en una lona azul enterrada a 1 metro bajo tierra, esperando que la tecnología y el tiempo se alineen de la manera correcta. ¿Qué piensan de este caso, ni? ¿En qué momento de la historia sintieron que algo no encajaba con la versión oficial? ¿Hubo alguna señal que pasaron por alto al principio y que ahora con todo el panorama les parece evidente? Compartan sus teorías en los comentarios.
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