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El caso que conmocionó a Colombia: un primo asesinó a su prima tras años de amor prohibido.

Hay casos que la policía cierra con un expediente y una firma. Hay familias que aprenden a vivir con una ausencia que nunca se explica del todo. Y luego hay historias como esta que durante 12 años parecieron ser simplemente una tragedia más en los archivos de personas desaparecidas del departamento de Santander en el noreste de Colombia.

Valentina Ríos. El nombre de Valentina Ríos Castellanos apareció por primera vez en los registros del sistema de búsqueda de personas desaparecidas el 14 de noviembre de 2008. Tenía 27 años. Era profesora de primaria en el municipio de Girón. Era hija, hermana, vecina. Y una mañana de sábado, sin señales de violencia, sin nota, sin testigos directos, desapareció.

Durante 12 años, su madre encendió una vela frente a su fotografía cada domingo. No, su hermano menor recorrió cada rincón de Bucaramanga preguntando. La investigación policial se abrió, se pausó, se archivó y se volvió a abrir tres veces. Y en cada reapertura, las mismas preguntas sin respuesta, los mismos caminos que terminaban en muros de silencio.

 Hasta que en el verano de 2020, durante las obras de ampliación de una finca al sur del municipio de Pie de Cuesta, un excavador removió tierra que llevaba más de una década quieta. Lo que encontraron debajo no era solo un cuerpo, era una verdad que había estado conviviendo con la familia de Valentina todos esos años. sentándose en la misma mesa en las Navidades, recibiendo el pésame de quienes lloraban su ausencia, mirando a la madre a los ojos sin pestañear.

 ¿Cómo es posible que alguien así exista? ¿De qué clase de amor, si es que eso era lo que sentía, se convierte en algo tan oscuro que termina enterrado en un potrero a 13 km de la última dirección conocida de la víctima? Eso es exactamente lo que vamos a descubrir. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.

 Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que le ocurrió a Valentín Ríos Castellanos, es necesario entender primero el lugar donde creció.

 Porque en Colombia, como en muchos países latinoamericanos, la geografía y la familia no son cosas separadas, son la misma cosa. El municipio de Girón está a unos 8 km al occidente de Bucaramanga, la capital de Santander. es una de esas ciudades que los colombianos llaman municipios dormitorio, suficientemente cerca de la capital para que sus habitantes trabajen allá, suficientemente lejos para conservar ese carácter de pueblo que tiene la gente de la región, esa cordialidad directa, esa costumbre de saludarse por el nombre en la tienda del

barrio, de saber quién es el hijo de quién, sin necesidad de preguntar. El barrio donde vivía Valentina en la parte baja del municipio era un conjunto de casas de ladrillo sin pulir, algunas con reboques pintados en colores pastel que el sol de Santander había ido decolorando con los años. Las calles eran estrechas con andenes irregulares donde los niños jugaban en las tardes.

En el año 2008 aún no había llegado el tipo de urbanización que convertiría esa zona en algo diferente. Así que la comunidad tenía todavía esa textura de barrio antiguo donde los vecinos conocen los horarios de todos. La familia Ríos Castellanos llevaba casi tres décadas en esa casa. El padre Hernán Ríos había sido trabajador de una empresa de materiales de construcción hasta que un accidente laboral a mediados de los años 90 lo dejó con movilidad reducida en el brazo derecho.

Desde entonces, la economía familiar dependía principalmente de la madre Gloria Castellanos de Ríos, quien trabajaba como modista en un taller del centro de Girón y en sus ratos libres hacía remiendos y arreglos de ropa en la misma sala de la casa. Valentina era la mayor de tres hijos. Después de ella venían Sebastián, dos años menor, y la pequeña Paola yo, que tenía 17 años cuando ocurrió el desaparecimiento de su hermana.

 Valentina había logrado con una beca parcial y con el trabajo de los fines de semana en una cafetería terminar su licenciatura en la Universidad Industrial de Santander. En 2006 obtuvo su título. En 2007 comenzó a ejercer como profesora de primaria en una escuela del municipio de Girón en el grado segundo. Los que la conocieron en ese trabajo, sus colegas, la directora de la institución, los padres de familia, dicen todos prácticamente lo mismo cuando se les pregunta por ella.

 Era seria, sin ser fría, exigente con sus alumnos, pero paciente, del tipo de maestra que no necesitaba levantar la voz para mantener el orden. Tenía una manera de mirar a los niños cuando hacían algo bien que, según una de sus colegas, les valía más que cualquier nota. Fuera del trabajo, Valentina tenía una vida social discreta.

 No era ermitaña, pero tampoco era de las personas que frecuentan bares o que organizan reuniones multitudinarias. Salía los viernes con un grupo pequeño de amigas, en su mayoría compañeras de la universidad o del trabajo. Le gustaba el cine. Leía con regularidad, sobre todo, novelas históricas. Había tenido una relación seria durante su último año de universidad con un joven de Bucaramanga, pero esa relación terminó a comienzos de 2007, antes de que ella empezara su a trabajar como maestra y al momento de su desaparición llevaba

aproximadamente año y medio sin pareja estable. Dentro de la familia extensa de los ríos castellanos había una rama que vivía en Bucaramanga, en el barrio Cabecera del Llano, la familia Ríospina. El vínculo era a través del padre de Valentina y Hernán, quien tenía una hermana mayor llamada Beatriz Ríos, casada con un contador llamado Gustavo Ospina. Ellos tenían tres hijos.

 Andrés, el mayor, nacido en 1978, Felipe nacido en 1981 y Daniela, la única mujer nacida en 1985. Antes de continuar con los hospina, vale la pena detenerse un momento en la dinámica que tenía la familia Ríos Castellanos dentro de su barrio, porque eso también importa para entender lo que vino después. Gloria Castellanos era una mujer de esas que los vecinos describen como la que uno llama cuando hay un problema.

Si una señora mayor necesitaba que alguien la acompañara al médico, llamaba a Gloria. Si el comité de acción comunal necesitaba organizar una reunión y nadie más tomaba la iniciativa, Gloria aparecía con una libreta y un bolígrafo. O esa presencia constante en la vida del barrio hacía que la familia Ríos Castellanos fuera conocida, respetada y que cualquier cosa que les ocurriera tuviera un eco en la comunidad que iba más allá de lo que habría tenido en una familia más discreta.

 Valentina había heredado algo de esa energía de su madre, aunque de manera más contenida. En la escuela donde trabajaba, dos de sus colegas la recordarían después como alguien que siempre tenía un plan de contingencia. Si llovía y los niños no podían salir al patio, Valentina ya tenía preparada una actividad alternativa. Si una familia no podía llevar los materiales del mes, Valentina traía el doble de los suyos sin decirle nada a nadie.

No era ostentosa en su generosidad, era simplemente práctica, no en el sentido en que lo son las personas que han crecido, viendo que los problemas se resuelven solos. Si uno hace algo en lugar de esperar que alguien más lo haga. Eso también explica, al menos en parte, por qué decidió ir a ese encuentro con Andrés esa noche de noviembre.

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