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El Caso que Aterrorizó a Chile: Padre e Hija Desaparecen en pleno vuelo sin dejar Rastro

El Caso que Aterrorizó a Chile: Padre e Hija Desaparecen en pleno vuelo sin dejar Rastro

El caso que aterrorizó a Chile comenzó en una fría noche de agosto, cuando el vuelo 2847 de aerolíneas del sur despegó del aeropuerto internacional de Santiago rumbo a Punta Arenas. Entre los 189 pasajeros que abordaron aquella aeronave Boeing 737, nadie podría imaginar que estaban a punto de presenciar uno de los misterios más perturbadores de la aviación chilena.

 Sebastián Salazar, un hombre de 42 años, subió al avión con su hija Emilia de 8 años, ambos llevando consigo el peso silencioso de una pérdida reciente. La madre de la niña había fallecido apenas tres semanas atrás en un accidente automovilístico. Y este viaje era un intento desesperado de Sebastián por reconectar con su hija, demostrarle que a pesar del dolor continuaba y él estaría siempre a su lado.

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Sebastián había comprado los boletos con tres meses de anticipación cuando su esposa aún estaba viva. Habían planeado unas vacaciones familiares en el sur de Chile, un último intento de salvar un matrimonio que se desmoronaba lentamente. Pero el destino tenía otros planes. El accidente que le quitó la vida a Carolina Mendoza dejó a Sebastián destrozado y a Emilia sumida en un mutismo selectivo que preocupaba profundamente a psicólogos y familiares.

La niña apenas había pronunciado palabra desde el funeral, comunicándose únicamente con su padre a través de gestos y miradas cargadas de tristeza. El aeropuerto de Santiago bullía con la actividad típica de un viernes por la noche. Familias que partían hacia destinos vacacionales, ejecutivos agotados que regresaban a sus ciudades de origen y turistas extranjeros maravillados por los paisajes chilenos que pronto descubrirían.

 Sebastián caminaba por la terminal sosteniendo firmemente la mano de Emilia, su mochila rosa con estampado de unicornios colgando de su otro hombro. Las cámaras de seguridad del aeropuerto captaron cada uno de sus movimientos. La forma en que Sebastián se arrodilló frente a su hija para ajustarle la bufanda, cómo ella lo miró con esos ojos oscuros que tanto se parecían a los de su madre.

 El abrazo prolongado que se dieron antes de pasar por el control de seguridad. La puerta de embarque número 24 se abrió puntualmente a las 21:15 horas. Los pasajeros comenzaron a formar una fila ordenada, mostrando sus tarjetas de embarque mientras los empleados de la aerolínea verificaban documentos con eficiencia mecánica.

 Sebastián y Emilia fueron de los últimos en abordar. Él había elegido deliberadamente ese momento, sabiendo que su hija se ponía nerviosa en espacios cerrados llenos de gente. Los asientos asignados eran el 23a y 23B ubicados sobre el ala del avión del lado de la ventana. Sebastián guardó sus pertenencias en el compartimento superior y ayudó a Emilia.

 a acomodarse junto a la ventanilla, tal como ella le había pedido mediante señas durante el chequin. Fue en ese preciso instante cuando Sebastián notó algo que le provocó un escalofrío inexplicable. Una de las comisarias de vuelo, una mujer de aproximadamente 35 años con el cabello recogido en un moño impecable y una sonrisa que parecía demasiado amplia para ser genuina, se acercó a ellos.

 con una atención que resultaba excesiva. Se presentó como Valentina Reyes, comisaria jefe del vuelo, y preguntó si necesitaban algo especial. Sebastián declinó cortésmente, pero notó como los ojos de aquella mujer se fijaban en Emilia con una intensidad inquietante. La niña, habitualmente tímida con los extraños, se encogió en su asiento y apretó la mano de su padre con fuerza.

La aeronave completó su rutina previa al despegue sin incidentes. Los motores rugieron con potencia mientras el avión tomaba velocidad en la pista y pronto las luces de Santiago comenzaron a transformarse en un mosaico brillante bajo ellos. Sebastián sintió a Emilia tensarse durante el ascenso y le acarició el cabello suavemente, tal como solía hacer Carolina.

 La niña se relajó gradualmente, recostando su cabeza contra el hombro de su padre. El cinturón de seguridad estaba debidamente abrochado. La manta de la aerolínea los cubría a ambos. Y por un momento, Sebastián permitió que algo parecido a la paz lo invadiera. El piloto anunció que habían alcanzado la altitud de crucero de 35,000 pies y que el clima era favorable para el resto del trayecto.

 El tiempo estimado de vuelo era de 3 horas 20 minutos. Sebastián miró su reloj. Las 22:05 calculó mentalmente que llegarían a Punta Arenas alrededor de la 1:30 de la madrugada, hora local. Había reservado una habitación en un hotel cerca del aeropuerto para descansar antes de continuar hacia Torres del Paine al día siguiente.

 Todo estaba planificado meticulosamente, cada detalle cuidadosamente organizado para que Emilia se sintiera segura y protegida. Las luces de la cabina se atenuaron para permitir que los pasajeros descansaran durante el vuelo nocturno. Algunos comenzaron a ver películas en las pequeñas pantallas frente a ellos.

 Otros sacaron libros o simplemente cerraron los ojos. Sebastián observó a Emilia, quien miraba por la ventana hacia la oscuridad infinita del exterior, donde ocasionalmente se vislumbraban las luces tenues de algún pueblo perdido en la geografía chilena. La niña bostezó y Sebastián le susurró que durmiera, que él cuidaría de ella durante todo el viaje.

 Emilia asintió levemente y cerró los ojos, acurrucándose más contra su padre. Pasaron aproximadamente 40 minutos desde el despegue. El servicio de bebidas había comenzado en la parte delantera del avión y el sonido metálico del carrito avanzando por el pasillo era lo único que rompía el silencio relativo de la cabina.

 Sebastián también había comenzado a cabecear el cansancio acumulado de semanas de duelo y noches de insomnio finalmente cobrando su factura. Sus párpados se volvieron pesados y a pesar de su promesa de no dormirse, la fatiga lo venció durante unos minutos cruciales que cambiarían todo. Fueron apenas 15 minutos, quizás menos.

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