El Asalto Frontal Suicida que le Costó a Francia la Batalla de Puebla [Análisis Táctico] –
A las 11:15 minutos de la mañana del 5 de mayo de 1862, el conde Charles Ferdinand La Trill de Lawrence bajó el catalejo con el que había estado observando las fortificaciones mexicanas durante la última media hora. Miró a sus oficiales del Estado Mayor y pronunció la orden que sería grabada durante el resto de su vida en las cartas que sus subordinados sobrevivientes escribirían a sus familias en Francia.

El asalto sería frontal dirigido contra el punto más alto y mejor defendido de la línea enemiga y comenzaría dentro de los siguientes 15 minutos. Sus ingenieros militares se miraron entre sí con la expresión específica que los profesionales técnicos ponen cuando reciben una orden que contradice todos los principios que han estudiado durante años en la academia.
El coronel Balacé, jefe de ingenieros de la expedición, badió un paso adelante e intentó por última vez lo que ya había intentado tres veces esa mañana. Sugerir que la maniobra sensata era flanquear la ciudad por el este, cortar las líneas de suministro y atacar por la parte plana donde las fortificaciones mexicanas eran más débiles. Era la maniobra de manual.
Era la maniobra que cualquier oficial formado en Sanir habría recomendado. Era, sobre todo, la maniobra que habría evitado la catástrofe que estaba a punto de ocurrir. Lorenés escuchó al coronel Balacés con la paciencia específica de los superiores que han decidido no escuchar antes de que el subordinado termine de hablar.
Cuando Balaé concluyó su análisis, L. Lorences respondió con la frase que los historiadores militares citarían durante el siglo siguiente como uno de los momentos más claros donde la soberbia racial destruyó la inteligencia táctica. Atacar por la parte plana, dijo, era indigno de la grande ahmé de Francia. Atacar por el costado era reconocer implícitamente que los defensores tenían capacidad de rechazar un asalto frontal.
Y ese reconocimiento era precisamente lo que el conde no estaba dispuesto a conceder a una tropa de mestizos sin uniforme. El honor del ejército imperial exigía atacar el punto más fuerte para demostrar que no existía muro que pudiera resistir a la infantería que había tomado Sebastopol. Balacé se retiró en silencio.
Sus ingenieros comenzaron los preparativos finales con la eficiencia mecánica de los profesionales que ejecutan una orden que saben equivocada, pero que no tienen la autoridad para modificar. Uno de ellos, el capitán Eugen Dupan, escribiría esa noche en su diario personal una frase que sus nietos encontrarían décadas después en los archivos familiares y que los historiadores franceses del siglo XX citarían como el testimonio más honesto de lo que ocurrió esa mañana, que había recibido la orden con la certeza de que
iban a la muerte y que había cumplido la orden porque no hacerlo habría sido deerción. El capitán Dupán moriría dos horas después subiendo la ladera del cerro de Guadalupe, alcanzado por el fuego de fusilería mexicano antes de llegar al foso del fuerte. Su diario B recuperado del cadáver por sus camaradas durante la retirada sería publicado en Faximil en 1912 y es el documento más citado sobre la dimensión humana del desastre que el orgullo de lorensés produjo.
Esta es la historia del asalto frontal más suicida que un general europeo ordenó ejecutar en el continente americano durante el siglo XIX. de cómo la combinación de arrogancia racial, de desinformación política y de rigidez doctrinal produjo la decisión que costó a Francia una guerra que debería haber ganado con facilidad.
Y de por qué la ladera del cerro de Guadalupe el 5 de mayo de 1862 se convirtió en la tumba no solo de 476 suavos, sino de la aventura imperial más ambiciosa que Napoleón Io había intentado ejecutar en el hemisferio occidental. Para entender por qué Lorences tomó la decisión que tomó, hay que entender primero el sistema de información con el que estaba trabajando, porque la soberbia del conde no era soberbia en el vacío, era soberbia alimentada por los informes específicos que había recibido desde Veracruz. informes producidos por
los exiliados conservadores mexicanos que lo rodeaban y que tenían un interés directo en que Lorenet creyera exactamente lo que le estaban diciendo. Los principales proveedores de esta desinformación eran tres hombres cuyos nombres figurarían para siempre en la historia mexicana como los arquitectos intelectuales del desastre francés.
Juan Nepomuseno al monte, hijo del insurgente José María Morelos, un hombre cuyo apellido resonante ocultaba su trayectoria política. De haber sido defensor de la independencia en su juventud, había pasado a convertirse en su madurez. Es en el principal impulsor mexicano de la intervención extranjera. José María Gutiérrez de Estrada, un diplomático que había vivido en París durante décadas y que había cultivado la convicción de que solo una monarquía europea podía salvar a México del caos liberal. y el padre Francisco Javier
Miranda, un clérigo conspirador que había hecho de su vida una misión personal contra los gobiernos juaristas y que le proporcionaba a lorensés un acceso continuo a los círculos clericales de Puebla, que según el padre Miranda, estaban dispuestos a recibir a los franceses como liberadores. Los tres hombres coincidían en las afirmaciones específicas que le hacían al conde.
La primera era que Puebla, ciudad profundamente católica y conservadora, y abriría sus puertas al ejército imperial tan pronto como las tropas mexicanas republicanas fueran derrotadas en un primer encuentro. La segunda era que el presidente Benito Juárez no tenía apoyo popular real fuera de los círculos masónicos y de los caciques liberales y que el pueblo mexicano, en su mayoría anhelaba la restauración del orden monárquico.
La tercera era que el ejército de Zaragoza era una colección de irregulares sin disciplina que se dispersaría al primer cañonazo y que cualquier victoria menor sobre esa fuerza produciría un efecto dominó de rendiciones en cascada que llevaría a Lorenés a la ciudad de México en tres semanas.
Ninguna de las tres afirmaciones era cierta. Puebla no abriría sus puertas. El pueblo mexicano no anhelaba la monarquía y el ejército de Zaragoza no se dispersaría. Pero Lorenes no tenía cómo verificar ninguna de estas afirmaciones, porque los únicos informantes disponibles para él en Veracruz eran precisamente los hombres que le estaban mintiendo.
No había agentes franceses independientes operando en México con la capacidad de producir análisis alternativos. No había red diplomática confiable porque el gobierno de Juárez había expulsado a los embajadores europeos meses antes. Y los oficiales del Estado Mayor del Propio Lorencés, que intentaban contrastar la información que llegaba de los exiliados con otras fuentes, se encontraban bloqueados por el círculo cerrado que Al Monte Gutiérrez de Estrada y el padre Miranda habían construido alrededor del conde.
Esa era la situación clásica. donde los actores con interés directo en una intervención producen la información que hace que la intervención parezca fácil y donde el que toma las decisiones carece de los instrumentos para verificar esa información antes de actuar sobre ella. Los historiadores de inteligencia del siglo XXI llaman a este fenómeno con términos técnicos que describen exactamente lo que ocurrió con Lorences en Veracruz durante los meses previos al 5 de mayo.
En el vocabulario del siglo XIX, el fenómeno no tenía nombre todavía, pero el resultado era el mismo. un general convencido de cosas que no eran ciertas, a punto de actuar sobre esas convicciones en el lugar exacto donde la realidad iba a demostrar que las convicciones eran falsas. Se cuando Lorenés llegó a las cumbres de Acultzingo el 28 de abril y tuvo el primer encuentro real con las fuerzas de Zaragoza, los acontecimientos confirmaron parcialmente lo que le habían dicho.
Los mexicanos se retiraron después de una breve escaramuza. No opusieron la resistencia prolongada que los oficiales franceses más cautos habían esperado. Desde el punto de vista de Almonte y Gutiérrez de Estrada. Acultsingo era la prueba final de que sus informes eran correctos.
Los irregulares republicanos se dispersaban al contacto con la infantería profesional. Lo que Lorenés no comprendió entonces y lo que le costaría caro una semana después era que la retirada de Zaragoza no había sido una dispersión por incapacidad de combate. Había sido una retirada táctica deliberada, diseñada por un comandante que conocía sus limitaciones logísticas y que no tenía la intención de combatir en terreno abierto, donde la artillería rayada francesa podía desplegarse libremente.
Zaragoza estaba llevando a Lorenz exactamente hacia donde quería que Lorenz fuera, hacia Puebla, donde las fortificaciones naturales de los cerros de Loreto y Guadalupe anularían las ventajas técnicas del ejército imperial y donde los defensores podrían pelear desde posiciones elevadas contra atacantes que tendrían que subir bajo fuego.
La diferencia entre una retirada por incapacidad y una retirada por táctica era una diferencia que los manuales militares franceses describían con precisión. Era una diferencia que los oficiales del colegio militar de Chapultepec, incluyendo a Zaragoza mismo, que había sido profesor allí, le conocían perfectamente porque la habían estudiado en los mismos textos que los franceses usaban.
Pero era una diferencia que Lorenés, cegado por los informes de Almonte y por la interpretación que quería hacer de lo que veía, no quiso considerar. Vio la retirada mexicana como confirmación de la debilidad republicana. Debería haberla visto como la primera jugada de un general competente que lo estaba conduciendo hacia el terreno donde la competencia enemiga podría ejercerse con el máximo efecto.
El 4 de mayo, cuando las tropas francesas llegaron a las afueras de Puebla, el escenario que Zaragoza había preparado estaba completo. La ciudad colonial se extendía en el valle con sus cúpulas brillando al sol del mediodía. Al norte, dominando el acceso urbano, se elevaban los dos cerros, Loreto, al oeste, un más pequeño y coronado por un antiguo fuerte del siglo X y Guadalupe al este, más alto y fortificado recientemente, con trincheras, parapetos de sacos de arena y posiciones artilladas.
Entre los dos cerros corría una vaguada por donde cualquier atacante que quisiera tomar Puebla tendría que pasar, exponiéndose al fuego cruzado desde ambas posiciones. Los ingenieros de Balacé evaluaron las fortificaciones desde la distancia que la precaución operativa exigía. Cañones mexicanos visibles en las cumbres, probablemente una decena.
piezas viejas, pero capaces de producir daño si los artilleros sabían usarlas. Parapetos reforzados construidos en las semanas previas con el tipo de cuidado que indica comandantes que esperan un asalto serio. Setrincheras de comunicación entre las posiciones principales, la arquitectura defensiva de los ejércitos que planean resistir prolongadamente y lo más significativo, infantería visible en las trincheras.
No los irregulares dispersos que al monte había descrito, sino formaciones organizadas que mantenían sus posiciones con la disciplina de los soldados que han sido entrenados para mantenerlas. Balacé presentó su informe a lorenses esa misma tarde. La recomendación era inequívoca. Atacar Puebla por el norte, directamente contra los cerros de Loreto y Guadalupe significaba subir laderas empinadas bajo fuego descendente desde posiciones fortificadas con la infantería comprimida en formaciones que se ofrecían como blancos a la artillería
enemiga. era el tipo de operación que los manuales de Sansir clasificaban como viable, solo cuando el atacante tenía una superioridad numérica de 3 a un sobre el defensor y cuando disponía de artillería de sitio, capaz de demoler las fortificaciones antes del asalto de infantería. Lorences no tenía ni la superioridad numérica ni la artillería de sitio.
Tenía 6,000 hombres contra 4000 defensores y artillería de campaña que no podía posicionarse lo suficientemente cerca para ablandar las defensas sin exponerse al fuego mexicano. La alternativa, dijo Balasé, era rodear la ciudad por el este, donde las fortificaciones urbanas eran convencionales y donde el terreno plano permitía desplegar la artillería imperial en condiciones donde su superioridad técnica se traducía en ventaja táctica real.
Era la maniobra que cualquier oficial formado habría recomendado. Era la maniobra que Zaragoza mismo temía más, porque era la maniobra contra la cual sus fortificaciones del norte no servían. Lorenés escuchó el informe de Balacé, lo descartó y convocó a los generales mexicanos exiliados que lo acompañaban. al monte, el padre Miranda y el general Leonardo Márquez, un militar conservador con experiencia local que había prometido levantamientos clericales en apoyo de la intervención para que confirmaran su decisión con los argumentos políticos que el Estado Mayor
Militar no podía producir. Al monte hizo exactamente lo que Lorenés esperaba. le aseguró que atacar por el norte directamente contra los cerros produciría un efecto psicológico en la población poblana que superaría cualquier cálculo táctico. “Los habitantes de Puebla,” dijo, y verían el coraje francés y se levantarían contra Juárez.
Las tropas de Zaragoza, al ver que el pueblo se volvía contra ellas, se dispersarían por los barrios periféricos, buscando escapar de la furia popular. Atacar por el este, en cambio, sería interpretado como debilidad francesa y prolongaría la campaña en perjuicio del efecto dominó político que la intervención necesitaba producir.
Era un argumento político, no militar. Era también un argumento basado en premisas que los propios oficiales mexicanos conservadores sabían que eran dudosas, pero que tenían interés en que lorensés aceptara, porque cada semana que pasaba, sin que los franceses tomaran Puebla, era una semana donde el apoyo popular a Juárez se consolidaba más.
Chill, los exiliados necesitaban una victoria rápida y dramática que validara la intervención y que estableciera el poder militar francés como hecho consumado antes de que la opinión internacional pudiera articularse en su contra. Un asalto frontal exitoso contra los cerros produciría esa victoria dramática. Un asedio prolongado, aunque más probable de tener éxito, no la produciría con la misma fuerza simbólica.
Lorenés prefirió el argumento político al argumento militar. Era la clase de decisión que los generales que están pensando en su carrera personal más que en la eficiencia de su operación tienden a tomar, porque un asalto frontal exitoso los convertiría en héroes con la facilidad específica que los gestos dramáticos producen. mientras que un asedio metódico distribuiría el crédito entre los oficiales subalternos y no produciría el momento individual de gloria que Laorence necesitaba para que su nombre fuera recordado en París con el tono correcto.
Esa noche el conde escribió la carta a Napoleón Tercero que sus biógrafos posteriores citarían como el testamento escrito de la arrogancia que estaba a punto de destruirlo. le informó al emperador que la ciudad de Puebla sería tomada el 5 de mayo por asalto directo, que los cerros de Loreto y Guadalupe serían ocupados antes del mediodía y que el ejército imperial entraría al centro de la ciudad por la tarde para iniciar el gobierno provisional que al monte y sus colegas instalarían como preludio a la llegada
del archiduque maximiliano desde Europa. La carta terminaba con la frase que los historiadores memorizarían. A la cabeza de sus 6000 soldados, Lorenzaba desde ese momento el amo de México. La carta salió por correo especial hacia Veracruz esa misma noche. El correo tardaría 6 semanas en llegar a París para cuando Napoleón Icer leyera las palabras que su general había escrito, esas palabras serían ya el epitafio de la carrera militar de Lawrence, porque lo que ocurriría al día siguiente invalidaría cada una de las afirmaciones
que contenían. El amanecer del 5 de mayo iluminó Puebla con la claridad específica de los días de mayo en el altiplano, antes de que las nubes de tormenta se acumularan en las laderas de los volcanes cercanos. En los campamentos franceses, los suavos y la infantería de Marina se preparaban con la metodicidad de los soldados profesionales que han hecho esto muchas veces antes.
Revisaban los fusiles de percusión modelo 1853, verificando que los pistones estaban en buen estado y que los cañones estaban limpios. Contaban los cartuchos en las cartucheras de cuero, 60 por hombre. lo suficiente para varias horas de combate sostenido. Ajustaban las correas de las mochilas de 10 kg cada una con las raciones, los capotes y los enseres personales que cada soldado cargaba, siguiendo las ordenanzas del ejército francés.
En las fortificaciones mexicanas, la preparación era diferente, pero igualmente metódica en el contexto de los medios disponibles. los defensores de Zaragoza, muchos de ellos sin uniforme completo, sin botas, con fusiles de chispa que las potencias europeas habían desechado décadas antes, revisaban sus armas con el cuidado específico del que sabe que un disparo errado significa la diferencia entre sobrevivir al asalto o morir en el parapeto.
El general Ignacio Zaragoza había recorrido las posiciones durante la noche, dejando instrucciones precisas a sus comandantes de sección. No disparar hasta que el enemigo estuviera a menos de 100 m. concentrar el fuego sobre los oficiales franceses, que serían identificables por los galones en las mangas y por los caballos, y mantener la disciplina de fuego, incluso si algún compañero caía al lado.
A las 11:15, los cañones franceses abrieron fuego. La artillería de campaña de lorensés y piezas ralladas del calibre de 4 libras, que eran las más modernas que el ejército imperial había llevado a México, comenzaron el bombardeo preparatorio que, según la doctrina francesa, debía ablandar las defensas antes del asalto de infantería.
Pero la doctrina francesa había sido escrita para terrenos europeos donde los objetivos estaban al mismo nivel que las baterías atacantes. En Puebla, los cerros de Loreto y Guadalupe estaban 30 m por encima de las posiciones de la artillería francesa y los artilleros imperiales se encontraron con un problema que sus tablas balísticas no cubrían adecuadamente.
Levar los cañones al máximo ángulo permitido por las cureñas producía tiros que caían cortos o que pasaban por encima de los objetivos sin afectar las posiciones mexicanas de manera significativa. El bombardeo duró una hora. Los proyectiles franceses levantaban polvo en las laderas, destruían algunos sacos de arena en los parapetos, producían ruido suficiente para que los soldados franceses en los campamentos creyeran que estaban siendo efectivos.
Pero los cañones mexicanos, que respondían al fuego desde posiciones elevadas tenían la ventaja de la gravedad. Sus proyectiles caían directamente sobre las posiciones francesas con la velocidad que el descenso les añadía. Y aunque los cañones mexicanos eran viejos y de menor alcance, a las distancias donde el combate ocurriría eran más letales que las piezas francesas modernas.
Varios artilleros franceses cayeron durante este intercambio inicial y el general Miguel Negrete, que comandaba la artillería mexicana en las cumbres, noto reportaría después que no había sufrido una sola baja entre sus servidores de piezas durante la hora completa del bombardeo preparatorio. A las 12:15, Lawrence ordenó el primer asalto.
La columna de suavos del segundo regimiento, la élite del ejército imperial, comenzó el ascenso hacia el cerro de Guadalupe. Eran 15 hombres en formación de ataque con los pantalones bombachos rojos, los chalecos azules con bordados amarillos y los turbantes blancos que los caracterizaban como las unidades de asalto más fieras que Francia tenía en el mundo.
Tenían de haber peleado en Crimea contra los rusos en Sebastopol, en Italia contra los austríacos en Magenta y Solferino, en Argelia contra los bereveres del interior. En ningún lugar del mundo habían sido rechazados en un asalto frontal. En ningún lugar del mundo habían encontrado a un enemigo que no se dispersara ante la visión de los turbantes blancos y los gritos de Vivel Emperor, con los que los suavos anunciaban su llegada.
La ladera del cerro de Guadalupe enseñaría a los suavos algo que Europa no les había enseñado. La subida comenzó con la disciplina específica de las formaciones francesas. Tres líneas sucesivas con los oficiales a caballo en los flancos, los suboficiales marcando el paso con los sables, los tambores en el centro marcando la cadencia del avance.
Los suavos subían en formación abierta para reducir las bajas del fuego descendente, pero la geometría de la ladera no permitía dispersión lateral significativa porque el terreno era estrecho entre los accidentes rocosos. En los primeros 50 m, cuando la pendiente era todavía suave, Lon, la formación se mantuvo.
Las bandas militares en la base del cerro tocaban las marchas de la grande armé. Los oficiales franceses se mostraban a sus hombres con la arrogancia específica de los que creen que están a punto de ejecutar una operación rutinaria contra un enemigo inferior. Los defensores mexicanos esperaron. Zaragoza había dado una orden específica que sus comandantes habían transmitido meticulosamente a cada tirador en las trincheras.
No disparar hasta que el enemigo estuviera a menos de 100 m. La disciplina de fuego en esa distancia era lo que haría la diferencia entre una defensa efectiva y un derroche inútil de munición. Los mexicanos tenían poca munición. Cada cartucho tenía que ser utilizado cuando la probabilidad de impacto fuera máxima.
Los suavos llegaron a los 100 m y en ese instante, Wish el cerro de Guadalupe se iluminó con la primera descarga cerrada que los defensores habían preparado durante semanas. Fue una descarga devastadora. La primera línea de suavos fue literalmente barrida. Cayeron hombres por docenas, algunos muertos instantáneamente por las balas que entraban por el pecho, otros gravemente heridos y retorciéndose en la ladera, con las piernas destrozadas por los proyectiles, que buscaban específicamente la altura donde un hombre no protegido por el parapeto era
vulnerable. Los oficiales que iban a caballo cayeron con los caballos, identificables desde las trincheras por los galones brillantes de los uniformes. El coronel del segundo regimiento, Luis Kozen, fue herido en el primer minuto por una bala que le entró en el abdomen y aunque sobrevivió a la batalla, moriría en el hospital de Veracruz semanas después por la infección que se desarrolló en la herida.
La disciplina europea se impuso durante los primeros minutos. Los suavos cerraron fila sobre los cuerpos de sus camaradas caídos. Los pisaron con la dureza específica del combate, donde detenerse significa morir. Y siguieron subiendo. Los defensores mexicanos recargaban con la velocidad que el entrenamiento permitía.
En los fusiles de chispa que muchos todavía usaban, la recarga tardaba entre 25 y 30 segundos, durante los cuales los atacantes podían avanzar hasta 30 m adicionales. Cada descarga mexicana abría brechas en la formación francesa, pero cada recarga permitía a los sobrevivientes franceses acortar la distancia hasta el parapeto.
Lo que los suavos no habían calculado era la segunda línea defensiva. Cuando llegaron a 50 m del parapeto principal, después de haber absorbido tres descargas cerradas que habían reducido la columna original a la mitad, encontraron que los defensores del parapeto principal no eran los únicos que estaban disparando. Desde las trincheras secundarias, excavadas a 100 m detrás del parapeto principal a distintas alturas de la ladera, otros tiradores mexicanos abrían fuego sobre los flancos de la formación francesa.
Era una configuración defensiva en profundidad que Zaragoza había diseñado precisamente para este momento, cuando un atacante concentrara su fuego sobre la línea frontal y se expusiera a las descargas laterales. Los suavos llegaron al foso del fuerte. Era un foso seco excavado a 3 m de profundidad al pie del parapeto principal y se con los lados casi verticales reforzados con tablas.
Para llegar al parapeto, los atacantes tenían que descender al foso, cruzarlo y luego escalar los 3 m verticales hasta el borde superior donde los defensores esperaban. Durante los segundos que tomaba ejecutar esa maniobra, los suavos quedaban a merced del fuego a quemarropa desde arriba, completamente expuestos, sin la cobertura que la ladera al menos había ofrecido durante el ascenso.
Los primeros suavos que saltaron al foso murieron antes de tocar el fondo. Los siguientes intentaron formar pirámides humanas con la técnica que las unidades de asalto habían practicado en Argelia. Tres hombres formando la base, dos sobre ellos y uno o dos en la cima que lograban poner las manos sobre el borde del parapeto y tirarse hacia arriba para iniciar el combate cuerpo a cuerpo con los defensores.
La técnica funcionaba contra defensores que no anticipaban la maniobra o que carecían de los recursos para contrarrestarla. Los mexicanos la anticipaban, la contrarrestaban arrojando desde el parapeto todo lo que tenían disponible. Piedras grandes, escombros de mampostería, ollas de aceite hirviendo que las cocineras del fuerte habían preparado durante la mañana.
Fue en ese momento crítico cuando los suavos habían logrado colocar una primera bandera tricolor en el borde del parapeto y cuando algunos oficiales franceses gritaban el triunfo prematuro, que ocurrió el contraataque mexicano que definiría la batalla. Zaragoza había ordenado que los batallones de la sierra de Puebla, salapo axlas de las comunidades serranas que habían llegado al combate con los machetes con los que trabajaban en las milpas de sus pueblos esperaran precisamente para este momento.
Cuando los suavos estuvieran en el parapeto, cuando los defensores regulares estuvieran agotando la munición, los serranos saltarían desde sus posiciones de reserva sobre los atacantes con el arma que les era familiar. La escena que siguió la describirían los sobrevivientes franceses durante el resto de sus vidas como la experiencia más aterradora de sus carreras militares.
Los Acapoaxlas no peleaban según las convenciones del combate cuerpo a cuerpo europeo. No había esgrima de bayoneta, no había el intercambio formal de empujes y paradas que los manuales franceses describían. Había el machete manejado como extensión natural del brazo, con la velocidad del que ha cortado caña de azúcar durante 20 años, con la fuerza del que ha derribado árboles con ese mismo instrumento, con la precisión del que conoce la biomecánica del filo contra la carne, porque la ha practicado en contextos
menos dramáticos, pero igualmente exigentes. Los suavos tenían bayonetas. Las bayonetas francesas estaban diseñadas para la distancia de metro y medio que la longitud combinada del fusil y la bayoneta producían, con técnicas de combate específicas para esa distancia. A 3 met o menos, donde el foso del fuerte concentraba el combate, el machete tenía una ventaja táctica que las bayonetas no podían contrarrestar.
El brazo que maneja el machete tiene una movilidad de arco que la bayoneta fija al extremo del rifle no puede seguir con la misma velocidad. Y el campesino que había manejado el machete todos los días durante 20 años no pensaba cómo moverse. Se movía con la automaticidad que solo dan las décadas de práctica.
El combate en el foso del fuerte de Guadalupe duró cerca de 10 minutos. Cuando los sobrevivientes franceses lograron retirarse hacia la ladera, dejando atrás a los heridos y a los muertos que no podían evacuar, la pendiente había sido literalmente empapada con sangre francesa. Los suavos que lograron bajar hasta la base del cerro miraron hacia atrás y vieron lo que ningún ejército francés del siglo XIX había visto todavía.
cadáveres de suavos tirados en formación ordenada en la ladera, como si la muerte hubiera ocurrido durante el ascenso y no durante la retirada, enmarcando con sus uniformes brillantes la geometría exacta del error que Lorences había ordenado ejecutar. Lorencés, observando desde la retaguardia con el catalejo, vio lo que estaba ocurriendo, pero rechazó comprenderlo.
Su respuesta al primer rechazo fue ordenar un segundo asalto con más hombres. No cambió la estrategia, no intentó flanquear la posición, no ordenó un bombardeo adicional que pudiera haber ablandado las defensas antes de un nuevo intento. Simplemente duplicó la apuesta sobre la misma operación que había fracasado, convencido de que el primer rechazo había sido un accidente logístico y que la fuerza adicional abrumaría a los defensores por pura saturación numérica.
A la 1:30 de la tarde, la segunda columna francesa comenzó el ascenso. A esta vez venía reforzada con la infantería de Marina y con los cazadores de Vincense, que Lorenes había mantenido en reserva. Eran 3000 hombres contra los 4000 defensores mexicanos. Y aunque la proporción seguía siendo desfavorable para el atacante, Lawrence calculaba que la masa adicional compensaría las pérdidas del primer asalto.
Los resultados del segundo asalto fueron peores que los del primero. Los defensores mexicanos que habían sobrevivido al primer asalto con bajas mínimas comparadas con las francesas, habían utilizado el tiempo entre los ataques para reposicionar a sus tiradores, para redistribuir la munición disponible y para preparar al segundo batallón de Sakapoaxlas para el contraataque que seguiría inevitablemente al momento en que la segunda columna llegara al parapeto.
Los franceses fueron recibidos con descargas aún más concentradas que las del primer asalto. Llegaron al foso del fuerte con pérdidas significativas y fueron rechazados en el combate cuerpo a cuerpo con la misma eficiencia que la primera vez. Entre los suavos del segundo asalto iba un joven oficial llamado François Aquil Bazen.
No era el comandante principal, era un subteniente ayudante de Estado Mayor, pero participaba activamente en la operación porque Lorenets había exigido que todos los oficiales del Estado Mayor se expusieran personalmente en el asalto para dar ejemplo a la tropa. Sain sobreviviría a Puebla, regresaría a Francia después del desastre del 5 de mayo como uno de los pocos oficiales del Estado Mayor que habían salido ilesos.
es y su sobrevivencia lo colocaría en la posición de ser elegido para liderar la segunda expedición francesa que llegaría a México en 1863 bajo el mando del mariscal Fory. sería el general que finalmente tomaría Puebla en mayo de 1863 después del sitio de 62 días y sería el comandante supremo de las fuerzas imperiales en México entre 1864 y 1867.
Su ascenso en la jerarquía militar francesa estaba comenzando esa tarde en la ladera del cerro de Guadalupe, aunque él mismo no lo supiera todavía. Y el ascenso estaba siendo posible precisamente por los cadáveres de sus camaradas que cubrían la pendiente que estaba intentando subir por segunda vez. Cuando el segundo asalto fue rechazado, Lorenes enfrentó la decisión que determinaría definitivamente el resultado de la jornada.
tenía dos opciones. La primera era aceptar que el asalto frontal había fracasado, retirar a sus hombres y considerar las alternativas estratégicas que Balase había sugerido la noche anterior. Rodear la ciudad, establecer un asedio metódico, esperar refuerzos. Era la opción racional. Era la opción que cualquier general con la cabeza fría habría tomado.
Era la opción que habría salvado las vidas de los soldados que todavía no habían muerto y que habría preservado la capacidad operativa del ejército imperial para la siguiente fase de la campaña. La segunda opción era ordenar un tercer asalto. la opción de la soberbia herida, de la necesidad personal de no reconocer el error, de la convicción de que la fuerza adicional terminaría por abrumar a los defensores, porque los manuales decían que los defensores irregulares siempre se rompían eventualmente.
Era la opción que multiplicaría las bajas sin producir necesariamente un resultado diferente. Lorenzet eligió el tercer asalto. ordenó reagrupar a los suavos y a la infantería de marina sobrevivientes, sumarlos a las reservas que todavía no habían entrado en combate y lanzar una ofensiva general que sumaría 4,000 hombres contra los defensores mexicanos que quedaban en las trincheras.
Era la última tentativa de su carrera militar. Si este asalto fracasaba, no solo Puebla no sería tomada esa tarde. Su propia posición como comandante de la expedición sería insostenible, porque ningún general del ejército imperial francés había perdido una batalla contra tropas consideradas inferiores desde las guerras napoleónicas.
Y el precio político de ese fracaso sería la destitución y el oprobio profesional para el resto de su vida. Pero justo cuando las cornetas francesas daban la orden de avance para el tercer asalto, el cielo que había estado gris desde el mediodía se rompió. No fue una lluvia suave, fue una tormenta torrencial típica de las tardes de mayo en el altiplano con granizo del tamaño de canicas y vientos cruzados que azotaban la ladera con la violencia específica de los fenómenos meteorológicos del Valle de Puebla, que los oficiales franceses nunca habían
experimentado antes y que los defensores mexicanos conocían desde su infancia. La transformación del terreno fue instantánea. La tierra seca y polvorienta de la ladera, que durante los dos primeros asaltos había ofrecido agarre razonable para las botas francesas, se convirtió en un fango resbaladizo en cuestión de minutos.
Los suavos que intentaban avanzar se encontraban gateando en lugar de marchar en resbalando 2 m hacia atrás por cada metro que subían. con las botas de suela lisa que el ejército imperial había distribuido como calzado estándar, perdiendo completamente la tracción. La infantería que cargaba mochilas de 10 kg se desplomaba literalmente bajo el peso cuando las rodillas cedían en el lodo y los que intentaban levantarse se hundían más profundamente al apoyar las manos para buscar impulso.
La artillería francesa, que hasta ese momento había intentado mantener un fuego de apoyo contra las posiciones mexicanas, quedó inutilizada. Las ruedas de los cañones se hundieron en el fango hasta los ejes. Los caballos de tiro, aterrorizados por los truenos que acompañaban la tormenta, se negaban a moverse y coseaban a los artilleros que intentaban desengancharlos para mover las piezas manualmente.
La maquinaria bélica de Napoleón Io, diseñada para las maniobras precisas en los campos de Crimea y de Italia, se atascó irremediablemente en la geografía y la meteorología mexicanas. Dentro de los fuertes de Loreto y Guadalupe, los defensores empapados hasta los huesos, pero protegidos del viento cruzado por los muros que el enemigo no había podido tomar, vieron la oportunidad que la naturaleza les había regalado.
Zaragoza, observando desde el puesto de mando, comprendió que el momento de la defensa había terminado y que había comenzado el momento de la ofensiva. El enemigo estaba atrapado en el lodo, desorganizado, con las armas mojadas que la pólvora húmeda hacía inoperantes, expuesto al contraataque sin posibilidades de sostener una defensa coherente.
Fue entonces cuando entró en acción el general Porfirio Díaz. S. Díaz comandaba las fuerzas de reserva en el flanco derecho de la defensa mexicana en el sector de la ladrillera, con una brigada de infantería oaxaqueña y con los lanceros de Oaxaca, que era la unidad de caballería más eficaz del ejército de Oriente.
Díaz había estado esperando durante toda la batalla una oportunidad para entrar en combate y la desorganización francesa bajo la tormenta le ofrecía exactamente la oportunidad que había estado esperando. Sin pedir autorización adicional a Zaragoza, que habría llegado demasiado tarde, dada la distancia entre el puesto de mando y la posición de días, el general oaxaqueño ordenó la carga de sus lanceros.
Los jinetes salieron de entre la cortina de lluvia como aparecidos, tecayendo sobre el flanco expuesto de la columna francesa que todavía intentaba organizar el tercer asalto en el lodo al pie de los cerros. Los suavos que luchaban desesperadamente por mantener el equilibrio en el fango y por protegerse del granizo, no pudieron formar los cuadros defensivos que las ordenanzas francesas prescribían para repeler cargas de caballería.
Las lanzas de los jinetes oaxaqueños atravesaron las primeras líneas francesas con la eficiencia específica del arma, cuya función histórica es exactamente esa. Penetrar formaciones de infantería desorganizadas antes de que puedan reconstituirse. El tercer asalto se convirtió en una retirada.
La retirada se convirtió en una desbandada. La desbandada se convirtió en la persecución que las tropas de Porfirio Díaz ejecutaron durante los siguientes 60 minutos. Bajo la lluvia, Shim entre el lodo con los lanceros oaxaqueños capturando banderas francesas, tomando prisioneros a los suavos que no podían seguir corriendo, persiguiendo a los supervivientes hasta la hacienda de los Álamos, donde Lorenés había establecido su campamento, y donde los franceses se refugiaron con la desesperación específica de los vencidos, que comprenden que el día se ha perdido
definitivamente. A las 4:30 de la tarde, la batalla había terminado. Los cañones callaron. La lluvia comenzó a amainar y la ladera del cerro de Guadalupe quedó sembrada con los cuerpos de los suavos que habían muerto durante los tres asaltos frontales. Informaciones geométricas que marcaban con precisión dóe cada oleada había sido detenida y dónde cada intento de avance adicional había terminado en muerte.
Las cifras finales de la batalla fueron las siguientes. 476 soldados franceses muertos o heridos de gravedad en la ladera del cerro de Guadalupe. Aproximadamente 300 prisioneros capturados durante la persecución de Porfirio Díaz. Los mexicanos, en contraste, habían sufrido 83 muertos y 113 heridos. una proporción de bajas que los manuales de táctica consideraban imposible en operaciones donde el atacante tenía superioridad técnica y el defensor carecía de uniformes estandarizados.
La diferencia no era una diferencia técnica, era la diferencia entre atacar el punto más fuerte del enemigo y defender ese mismo punto desde el lado correcto de las fortificaciones. Esa noche, en la hacienda de los Álamos, Storences se encerró en su tienda a redactar el informe que tendría que enviar a Napoleón Tercero.
La carta fue difícil de escribir. El conde culpó a la lluvia. culpó a los mapas imprecisos que los exiliados conservadores le habían proporcionado. Culpó al apoyo popular que al monte había prometido y que no se había materializado. culpó a todos los factores externos que podía identificar, excepto a la única decisión que realmente había determinado el resultado, la orden de atacar el punto más fuerte del enemigo con una fuerza insuficiente para tomarlo por asalto directo.
En el cuartel general mexicano, Ignacio Zaragoza redactaba su propio informe. La carta al ministro de guerra en la Ciudad de México fue breve. Cuatro frases con la precisión del general que no necesita elaborar lo que ocurrió porque lo que ocurrió habla por sí mismo. “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”, escribió.
Y luego, con la honestidad específica del comandante que reconoce la realidad militar sin adornarla, añadió que las tropas francesas se habían batido con mucha bizarría y que su general era muy torpe. Era la evaluación más precisa del desastre que acababa de ocurrir. Los soldados franceses habían peleado con el coraje que se esperaba de ellos.
El comandante que los había enviado a la muerte era el único responsable de que el coraje de sus hombres hubiera sido desperdiciado en una operación táctica imposible. La carta de Zaragoza llegó a la ciudad de México por telégrafo esa misma noche. Benito Juárez la leyó en el Palacio Nacional con la sobriedad del hombre que había esperado durante semanas la noticia que determinaría si su gobierno seguiría existiendo.
No celebró públicamente no ordenó fiestas ni ceremonias inmediatas. Pero esa noche, en los círculos íntimos del gobierno republicano circuló la certeza de que el error táctico de Lorenet había hecho posible lo que la superioridad material francesa había hecho parecer imposible. Una victoria mexicana definitiva contra el ejército más profesional del mundo.
Las consecuencias del asalto frontal suicida de Lorenet se extenderían durante los próximos 5 años de la intervención francesa y reconfigurarían el resto del conflicto de maneras que ni el propio lorenés ni sus enemigos mexicanos podían anticipar completamente esa noche. En lo inmediato, Napoleón Icer al recibir las noticias de la derrota semanas después, Ma estado de furia que sus ministros registraron en los archivos de las tuyerías con la incomodidad específica de los que tienen que documentar los momentos donde el
emperador pierde el control de sí mismo. La humillación pública de haber sido rechazado por tropas consideradas inferiores no podía ser absorbida por el prestigio imperial. La respuesta no podía ser retirarse. Tenía que ser regresar con más fuerza, con más hombres, con más determinación para lavar con sangre mexicana la mancha que Lorences había producido en la reputación militar francesa.
Napoleón Icer destituyó a lorés con la crueldad específica de los superiores, que necesitan encontrar un chivo expiatorio rápidamente. El conde regresó a Francia en desgracia, siendo enviado a comandos menores que eran prácticamente exilios internos. no se le volvió a dar una misión importante.
Murió en 1892, 30 años después de Puebla, sin haber recuperado el prestigio que había perdido en la ladera del cerro de Guadalupe, con la reputación de haber sido el general que había ordenado uno de los asaltos frontales más absurdos de la historia militar francesa del siglo XIX. Pero la decisión de Napoleón Io de escalar el conflicto en lugar de retirarse produjo el envío de una segunda expedición mucho más grande al mando del mariscal Fory y con Basin como segundo al mando que llegó a México en el otoño de 1862 con 30,000 hombres. Esta vez no habría
asaltos frontales contra las posiciones fortificadas. Fore aplicó la lección que Lorenet había pagado con su carrera y con las vidas de sus hombres. Rodeó Puebla. Desestableció un asedio metódico que duró 62 días entre marzo y mayo de 1863 y tomó la ciudad por inanición cuando los defensores agotaron los suministros.
La ocupación de Puebla en 1863 abrió el camino hacia la Ciudad de México y los franceses ocuparon la capital en junio de ese año, iniciando el periodo del segundo imperio mexicano bajo Maximiliano de Habsburgo. El imperio duraría 4 años más, hasta 1867, cuando la combinación del apoyo estadounidense al gobierno de Juárez después del fin de la guerra civil americana, la presión prusiana que obligó a Napoleón tercero a retirar las tropas para enfrentar a Bismarck en Europa y la resistencia sostenida de las guerrillas republicanas en el interior
mexicano produjeron el colapso del régimen imperial. Sh. Maximiliano sería capturado en Querétaro y fusilado en el cerro de las campanas el 19 de junio de 1867, cerrando la aventura imperial de Napoleón I en América con la ejecución pública del príncipe que había aceptado el trono, que los franceses no habían podido defender.
En ese sentido, el asalto frontal suicida de lorés en Puebla fue el error original del cual se derivaron todos los errores posteriores. Si Lorenés hubiera escuchado a Balacé y hubiera flanqueado la ciudad por el este, Puebla habría caído en la primera expedición. Napoleón Iero no habría tenido que enviar a Forey con 30,000 hombres y el costo político y financiero de la intervención habría sido mucho menor.
El asalto frontal no solo costó la batalla del 5 de mayo, costó la capacidad de Francia de resolver la intervención rápidamente. Dan forzó la escalada del conflicto y transformó lo que podía haber sido una operación militar limitada en una aventura imperial de 5 años que terminaría con un emperador muerto y con el prestigio francés seriamente dañado ante las demás potencias europeas que observaban la operación con la atención de los competidores, que esperan errores de sus rivales. Los suavos que murieron en la
ladera del cerro de Guadalupe esa tarde de mayo fueron las primeras víctimas de una cadena de consecuencias que se extendería durante 5 años y que se cobraría decenas de miles de vidas adicionales antes de cerrarse definitivamente con el pelotón de fusilamiento en Querétaro. Cada una de esas vidas podía ser trazada en algún sentido profundo a la decisión que Lorenés había tomado a las 11:15 de la mañana del 5 de mayo de 1862.
Cuando bajó el catalejo, miró a sus oficiales y ordenó que el asalto sería frontal contra el punto más fuerte del enemigo. Hoy si uno viaja a Puebla y sube al cerro de Guadalupe por el camino que los turistas usan, un camino que asciende por la ruta opuesta a la que los suavos intentaron usar aquella tarde, precisamente por razones de accesibilidad moderna.
encontrará en la cumbre el fuerte restaurado convertido en museo con las placas conmemorativas que los gobiernos mexicanos posteriores instalaron para recordar la batalla. Hay cañones del siglo XIX colocados en las posiciones donde se supone que estuvieron durante el combate. Hay reconstrucciones de las trincheras.
Hay exhibiciones que explican la secuencia de los tres asaltos frontales con dioramas que las escuelas primarias visitan cada año para que los niños vean físicamente cómo los defensores mexicanos rechazaron a la infantería francesa. Pero más impactante que el museo es la vista desde el parapeto, mirando hacia abajo, hacia la ladera que los suavos intentaron subir tres veces esa tarde.
Es una ladera de aspecto normal. cuando se la mira desde la cumbre en un día claro del siglo XXI. Es una pendiente empinada, pero no extraordinaria, cubierta de vegetación baja y de senderos que los paseantes usan los fines de semana. Lo que transforma la vista es saber lo que ocurrió ahí.
Saber que cada metro de esa pendiente fue cubierto por cadáveres franceses una tarde específica de mayo. Se saber que los suavos subieron en formaciones que las balas de los defensores barrieron sistemáticamente. Saber que la decisión de subir por esa ladera, en lugar de rodear la ciudad por el este, fue una decisión individual que un hombre específico tomó y que costó 476 vidas francesas en menos de 3 horas.
Esa decisión es lo que convierte a Puebla en algo más que una victoria militar mexicana. La convierte en una lección histórica sobre los costos específicos de la arrogancia aplicada al análisis militar. sobre cómo los sistemas de información que excluyen las voces contrarias producen evaluaciones que llevan a los que las toman a los errores más costosos posibles.
sobre cómo el orgullo personal puede pesar más que la inteligencia táctica en las decisiones de los comandantes que operan en contextos donde sus superiores están lejos y donde el margen de error parece amplio hasta que el error produce consecuencias que ya no pueden ser revertidas. Lorenés no fue un general incompetente en términos técnicos.
Había estudiado en las mejores academias militares de Francia. Había peleado en campañas anteriores donde su desempeño había sido aceptable. Era un oficial formado dentro de una tradición militar que en 1862 era considerada la más avanzada del mundo. Su error en Puebla no fue un error de conocimiento, fue un error de juicio producido por la combinación de información falsa que le proporcionaron los exiliados.
la arrogancia racial que lo llevó a descartar al adversario mexicano como inferior y la rigidez doctrinal que le hizo interpretar el asalto frontal como una cuestión de honor en lugar de una cuestión de táctica. Esa combinación produce generalmente el mismo resultado cuando aparece. Los ejércitos que se creen intrínsecamente superiores atacan donde no deben, confían en informantes interesados y descubren demasiado tarde que las victorias no se ganan con la arrogancia, sino con la inteligencia aplicada a las condiciones específicas del terreno
donde la operación ocurre. Puebla fue la demostración más cara que Francia recibió durante el siglo XIX de ese principio. Los suavos que murieron en la ladera del cerro de Guadalupe pagaron el precio de una lección que sus mandos deberían haber aprendido antes de que las órdenes que costaron esas vidas fueran dadas.
Pero hay un episodio del día que los historiadores tradicionales suelen mencionar solo de pasada y que es precisamente el que mejor ilustra la dimensión humana de la orden que lorenés ejecutó. Entre los suavos que subieron al cerro de Guadalupe durante el primer asalto iba un sargento veterano llamado Henry Duprat, un hombre de 34 años que había sobrevivido Sebastopol en 1855 y Solferino en 1859 y que en Puebla completaba su tercera campaña imperial con la convicción específica del suboficial profesional que ha visto ya suficiente combate para
reconocer cuando una operación está siendo mal conducida. Duprat comandaba una sección del segundo regimiento. Cuando la orden de avance llegó desde el Estado Mayor, Dael mismo escribió después en el informe que rindió durante su recuperación en el hospital de Veracruz, que había intercambiado una mirada con el teniente que comandaba su compañía, un joven oficial llamado Leon Shasal y que ambos habían comprendido simultáneamente, sin necesidad de palabras que la orden era un error.
Chasal dio la señal de avance con la disciplina que el ejército imperial exigía. Y Duprat comenzó el ascenso con sus hombres, porque la alternativa habría sido deserción frente al enemigo. Y la deserción se castigaba con el fusilamiento, incluso en las situaciones donde el fusilamiento enemigo parecía igualmente probable que el fusilamiento por el propio ejército.
Duprat llegó al foso del fuerte. El teniente Chazal cayó muerto de un tiro en el pecho cuando intentaba escalar el parapeto. Y Duprat tomó el mando de la sección por antigüedad, como las ordenanzas francesas requerían, y continuó el asalto con los hombres que le quedaban. Cuando el machete de un sacapo Axla, cuyo nombre nadie registró, lo alcanzó en el hombro izquierdo.
Luprat cayó al fondo del foso con el brazo casi separado del torso, consciente, pero incapaz de moverse, y estuvo tirado entre los cuerpos de sus camaradas durante las 4 horas que siguieron, escuchando el desarrollo de los asaltos posteriores, sin poder participar en ellos y sin poder tampoco retirarse hacia la seguridad relativa del campamento francés.
Fueron los defensores mexicanos quienes lo salvaron. Cuando Porfirio Díaz persiguió a los franceses en retirada durante la tormenta y cuando la batalla terminó al caer la tarde, los acapoaxlas, que habían defendido el parapeto, descendieron al foso a recoger a los heridos franceses, que todavía estaban vivos.
Duprat fue encontrado con el brazo izquierdo prácticamente arrancado, pero respirando. Los soldados mexicanos, que podrían haberlo rematado sin consecuencias, como había ocurrido con otros heridos franceses durante el caos del combate, lo cargaron en una camilla improvisada y lo llevaron al hospital de campaña mexicano, donde los cirujanos republicanos le amputaron el brazo esa misma noche con los medios limitados que disponían.

Duprat sobrevivió. fue transferido como prisionero de guerra a un depósito en la Ciudad de México, donde permaneció durante 10 meses hasta que las fuerzas mexicanas lo canjearon por prisioneros mexicanos que los franceses habían capturado en combates posteriores. FA regresó a Francia en mayo de 1863, justamente cuando Fory estaba tomando Puebla mediante el asedio sistemático que Lawrence no había querido ejecutar un año antes, el ejército imperial le dio una pensión de invalidez y lo licenció con honores.
Vivió el resto de su vida en una pequeña casa en Tolón, donde murió en 1895. 33 años después de Puebla, habiendo sobrevivido también a la caída del segundo imperio de Napoleón Io en 1870 y a los eventos históricos que siguieron al final de la aventura imperial francesa. Antes de morir, Duprat escribió una memoria sobre su servicio militar que su familia conservó durante generaciones y que un historiador francés descubrió en los archivos familiares en 1952.
En esa memoria que fue publicada parcialmente en una revista académica en 1955, The Duprat dedicó un capítulo entero a la batalla del 5 de mayo de 1862 y a la orden de asalto frontal que le había costado el brazo izquierdo y la vida asientos de sus camaradas. Sus palabras sobre lorences son particularmente duras.
El conde escribió, había enviado a los suavos a morir en una operación que cualquier suboficial con 10 años de experiencia habría podido evaluar como imposible con solo mirar el terreno desde el campamento. La culpa no era de Francia como nación, era del hombre específico que había ordenado el ataque y de los oficiales del Estado Mayor, que no habían tenido el coraje de contradecir la orden cuando todavía era posible hacerlo.
La memoria de Duprat incluye un detalle final que los historiadores posteriores han usado para ilustrar la dimensión humana del error imperial. Su el sargento francés escribió que durante los 10 meses que pasó como prisionero en la ciudad de México, uno de sus guardianes era un soldado indígena de los batallones que habían defendido Guadalupe, un zacapoaxla.
No hablaban el mismo idioma. Duprat no sabía español y el guardián apenas lo hablaba, prefiriendo el nawatle de su comunidad serrana. Pero durante los meses de cautiverio desarrollaron una forma de comunicación rudimentaria que incluía gestos, palabras básicas y el respeto mutuo específico que se desarrolla entre los veteranos de la misma batalla que se han visto en los ojos cuando los dos estaban intentando matarse.
El guardián Sakapo Axla, cuyo nombre Duprat nunca conoció con certeza, le dijo una vez en una conversación fragmentaria que el sargento francés pudo reconstruir después. Sé que los hombres de la sierra no habían ido a Puebla a pelear contra Francia, habían ido a pelear contra quienes pretendían ocupar su tierra.
Si los franceses se quedaban en Francia, los acapoaxlas se habrían quedado en la sierra. Si los franceses venían a México, los acapoaxlas irían a donde fuera necesario para impedir que ocuparan México. Era una lógica simple que el Estado Mayor francés no había logrado comprender antes del asalto y que Duprat reconoció como exactamente la lógica correcta después de haberla experimentado en carne propia.
Esa conversación entre el sargento francés, que había perdido el brazo, y el guardián Zacapoaxla, que se lo había hecho perder, era, en cierto sentido, el resumen completo de por qué el asalto frontal había fracasado. por la superioridad técnica del armamento que Francia tenía, ni no por la superioridad numérica que los franceses también tenían en términos de calidad de entrenamiento, aunque estuvieran en desventaja en números brutos, sino por la diferencia fundamental entre un ejército que peleaba por un imperio en otro
continente y un ejército que peleaba por la tierra donde sus miembros habían nacido. Esta diferencia no aparecía en los manuales franceses, no se traducía en cálculos tácticos cuantificables, pero era la variable que determinaba por qué los acapoaxlas habían subido a defender el parapeto con los machetes con los que trabajaban sus milpas, mientras los suavos habían subido a atacar el mismo parapeto con la disciplina de los profesionales que cobraban un salario.
Las dos motivaciones pueden producir coraje. Los suavos eran valientes. A nadie que haya leído los partes de batalla franceses puede negar el coraje individual de los soldados imperiales que subieron tres veces esa ladera a pesar de las pérdidas. Pero el coraje profesional tiene límites que el coraje territorial no tiene.
El profesional sabe cuándo la operación ha fracasado y cuándo continuar es suicidio innecesario. El que defiende su tierra no tiene esa opción porque no tiene a dónde retirarse, que no sea el pueblo donde viven sus hijos. Esa diferencia motivacional es lo que Lorenés no había calculado y es precisamente lo que Duprat aprendió durante los 10 meses de cautiverio.
John, cuando tuvo tiempo suficiente para reflexionar sobre por qué había perdido el brazo en la ladera de un cerro en un país extranjero donde los soldados que lo habían mutilado estaban simplemente haciendo lo que cualquier hombre hace cuando extranjeros vienen a ocupar su casa. Duprat regresó a Francia convertido en un pacifista silencioso, según describe su memoria.
No participó en los debates públicos sobre la intervención en México que continuaron en la prensa francesa durante los años siguientes. No aceptó las condecoraciones adicionales que el ejército imperial le ofreció como parte del proceso de licenciamiento honorable. Cuando el Segundo imperio colapsó en 1870, Duprat no lamentó la caída de Napoleón Icer en privado, según anotó en la memoria, y consideró que el emperador había recibido por la derrota en Sedán el mismo tipo de karma que los suavos habían recibido en la ladera de
Guadalupe 8 años antes. La consecuencia directa de creer que la superioridad intrínseca exime de la necesidad de calcular las condiciones reales antes de actuar. La memoria de Duprat es uno de los documentos más citados por los historiadores que intentan entender el error imperial francés desde el punto de vista de los soldados que lo ejecutaron.
A diferencia de los informes oficiales que tienden a justificar las decisiones de los generales o a culpar a factores externos, la memoria del sargento proporciona el testimonio directo del hombre que pagó el precio y que tuvo tiempo suficiente para pensar en por qué lo había pagado. Y la conclusión a la que llegó, ni después de tres décadas de reflexión sobre el día que había perdido el brazo, era que el error no había sido militar ni técnico, había sido moral.
El error de creer que había algo en Francia que la hacía estructuralmente superior a México y que justificaba imponer el gobierno francés sobre el mexicano por la fuerza de las armas. Esa conclusión escrita por un sargento francés veterano que había sobrevivido a las consecuencias del error que describía es quizás el epitafio más honesto posible para el asalto frontal del cerro de Guadalupe.
Porque los errores que cuestan cientos de vidas no son siempre errores de cálculo. A veces son errores de principio. Y cuando son errores de principio, sin ningún ajuste táctico los habría evitado, porque el principio equivocado produce siempre la misma familia de resultados equivocados, independientemente de qué opción específica se ejecute dentro del marco del principio.
Lorenés podría haber atacado por el este, como recomendaba Balasé, y probablemente habría tomado Puebla. Pero el principio que lo había llevado a México, la convicción de que Francia tenía el derecho de imponer un gobierno mexicano no habría cambiado. Maximiliano habría llegado, el conflicto habría continuado y el resultado final habría sido probablemente similar al que efectivamente ocurrió.
El colapso del imperio en 1867 y el fusilamiento del emperador en Querétaro de porque los mexicanos que defendieron sus tierras después de 1862 no eran los que defendieron Guadalupe, sino cualquier mexicano que estuviera dispuesto a pelear contra la ocupación extranjera. Y esa categoría era más amplia de lo que los informes de Al Monte habían sugerido.
Duprat lo entendió desde su casa en Tolón con la claridad que solo da el tiempo. Lo escribió para su familia sin saber que su testimonio sería leído 80 años después por académicos que estaban reconstruyendo el periodo desde distintos ángulos. y su memoria sobrevive hoy como uno de los pocos documentos honestos que el ejército francés produjo sobre el episodio.
Precisamente porque fue escrito por un hombre que ya no tenía nada que ganar, siendo oficialmente correcto, y que tenía interés personal en entender realmente por qué su vida había sido determinada por un día específico, en una ladera específica, donde un hombre específico había tomado una decisión específica que lo había mutilado.
En el Museo del Fuerte de Guadalupe, instalado en la cumbre del cerro, donde ocurrió la batalla, hay una vitrina con documentos y objetos recuperados del campo de combate. Entre los objetos se encuentran botones de uniformes de suavos, cartucheras de cuero con los sellos del arsenal francés, una bayoneta oxidada que pertenecía al segundo regimiento y una copia facimilar de la carta que Lorenés envió a Napoleón Icer en la noche del 4 de mayo de 1862 la carta donde se declaraba amo de México y prometía tomar Puebla al día
siguiente. El original de la carta se conserva en los archivos militares de Vincense en Francia, pero la copia del Museo Poblano permite que los visitantes lean directamente las palabras que un general escribió, la víspera de la mayor derrota militar francesa del siglo XIX en América. Leer la carta en el lugar donde las promesas que contenía fueron desmentidas por los hechos produce un efecto específico que ninguna descripción histórica puede reproducir completamente.
Las palabras de lorensés escritas con la confianza absoluta de quien se considera superior al adversario que está a punto de enfrentar on adquieren una cualidad casi insoportable cuando el lector las encuentra en el espacio físico donde esa superioridad autoproclamada fue demolida en 4 horas. Las frases sobre la superioridad de raza, sobre la organización, sobre la disciplina europea frente a la indisciplina americana, sobre la seguridad del resultado anticipado.
Todas esas frases se vuelven documentos de la arrogancia específica que los ejércitos imperiales europeos del siglo XIX producían consistentemente cuando operaban fuera de Europa y que los llevaba a catástrofes específicas cuando se encontraban con adversarios que no correspondían a sus modelos conceptuales.
Puebla fue una de esas catástrofes, no la única. El ejército británico tendría experiencias similares en Afganistán, el ejército español en Cuba, el ejército italiano en Etiopía. Sacada uno de esos episodios, enseñó la misma lección que lorenés enseñó en Puebla, que la superioridad técnica no compensa automáticamente la subestimación del adversario y que los asaltos frontales, ordenados por arrogancia racial producen los mismos cadáveres en las mismas formaciones geométricas, independientemente de en qué continente
o en qué siglo ocurren. La diferencia de Puebla es que fue la primera vez que un ejército latinoamericano pudo producir la lección en condiciones que no dejaban margen para la reinterpretación posterior. Los números eran claros. 476 franceses muertos contra 83 mexicanos. Tres asaltos frontales rechazados.
Una ciudad no tomada. Un general destituido. Una carta escrita a la víspera que el resultado invalidó completamente al día siguiente. De Puebla fue la demostración tan inequívoca del error que ningún relato posterior podía transformarla en otra cosa. y el esfuerzo de lorensés en sus memorias por culpar al clima, a los mapas y a los informantes.
No logró nunca borrar el dato fundamental de que él mismo había ordenado el asalto frontal contra el Consejo Explícito de sus ingenieros. Esa inequidad es lo que hace que Puebla siga siendo la batalla que México celebra cada año el 5 de mayo, como fecha nacional. No porque haya ganado la guerra que continuó durante 5 años más, no porque haya detenido la intervención que continuó hasta 1867, sino porque estableció en el primer encuentro real entre el ejército de la República Mexicana y la Expedición imperial francesa, que el resultado del
conflicto no estaba predeterminado por las asimetrías materiales que lorensés había considerado suficientes para garantizar la victoria. Si Puebla hubiera caído en el primer asalto, la narrativa posterior de la intervención habría sido diferente. La resistencia republicana habría encontrado más difícil mantener la moral durante los años de ocupación.
Los Estados Unidos que emergían de su propia guerra civil cuando la intervención francesa estaba en su apogeo habrían tenido menos razones para presionar diplomáticamente contra la presencia europea en México. y el legado simbólico del conflicto para la identidad nacional mexicana habría sido más complicado porque la historia habría tenido que construirse sobre 5 años de derrotas continuas en lugar de sobre el recuerdo de la victoria inicial que hizo posible toda la resistencia posterior.
El asalto frontal suicida de Lorenets fue, en ese sentido, el regalo más valioso que el imperio francés podía haber hecho a la República Mexicana. Al ordenar el ataque contra el punto más fuerte del enemigo, cuando cualquier análisis táctico indicaba que había opciones mejores, Lawrence garantizó que la derrota francesa fuera tan clara, tan pública y tan imposible de racionalizar que la memoria mexicana pudiera construirse alrededor de ella durante los siguientes 160 años.
Cada 5 de mayo, cuando las escuelas primarias mexicanas enseñan la batalla a los niños, están enseñando esencialmente la historia de una decisión equivocada tomada por un hombre específico que se creía superior a los mexicanos que defendían su tierra. La ironía histórica es que el legado de Lorenés en la memoria mexicana es exactamente el opuesto del legado que él habría querido construir.
Napoleón Iero lo había enviado a México para establecer la supremacía francesa. Lorenés terminó estableciendo con su propio error de juicio, la capacidad mexicana de rechazar la supremacía extranjera. Su carta al emperador, donde se declaraba amo de México, es hoy el documento más citado para ilustrar lo que ocurre cuando los imperios subestiman a los pueblos que pretenden dominar.
Su nombre en Francia está prácticamente olvidado. De su nombre en México es recordado cada año como el del hombre que perdió la batalla del 5 de mayo por ordenar un asalto frontal que ningún manual militar habría recomendado. Es el destino histórico específico de los que ordenan asaltos suicidas por arrogancia.
Ser recordados no por lo que pretendían lograr, sino por lo que su error hizo posible. Lorences pretendía conquistar México. Logró, en cambio, darle a México la fecha fundacional que su identidad nacional necesitaba para resistir durante los 5co años siguientes y para reconstruirse después como una república que había demostrado que sabía defenderse.
476 suavos murieron en la ladera del cerro de Guadalupe esa tarde de mayo para que esa demostración fuera posible. Ninguno de ellos podía saberlo en el momento en que recibió la orden de avance. Pero el resultado acumulado de sus muertes individuales fue que el ejército francés no pudo tomar Puebla el 5 de mayo de 1862.
Y esa imposibilidad se convirtió con el tiempo, en el cimiento sobre el cual México construyó la convicción de que era una nación real, no una colonia disfrazada, y que esa nación valía la [carraspeo] defensa que Zaragoza había organizado y que los Acapoaxlas habían ejecutado con los machetes de sus milpas. Si esta historia del asalto frontal más suicida que un general europeo ordenó en el continente americano durante el siglo XIX, ¿te mostró algo sobre la diferencia entre la soberbia que precede a la caída y la inteligencia táctica que evita las
caídas? Ya sabes lo que tienes que hacer. Suscríbete al canal y activa la campana. Y antes de irte, quiero saber tu veredicto. Ve a los comentarios ahora mismo y escribe una sola palabra. Escribe arrogancia si crees que el error principal de Lawrence fue la soberbia racial que lo llevó a subestimar a los defensores mexicanos y que sin esa soberbia habría escuchado a sus ingenieros.
o escribe desinformación si crees que el error principal fueron los informes falsos de los exiliados conservadores, que lo convencieron de que Puebla se rendiría sin combate y que sin esos informes habría tomado decisiones tácticas más racionales. Una sola palabra y luego dime por qué. Quiero leerlos. Nos vemos en el próximo