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Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1915: Obregón ANIQUILA a la División del Norte

Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1915: Obregón ANIQUILA a la División del Norte

En la primavera de 1915, la división del norte de Francisco Villa era considerada el ejército revolucionario más poderoso que América Latina había producido jamás. 50,000 hombres organizados en brigadas disciplinadas. La caballería más temida del continente, los dorados, capaces de cargas que habían destrozado a cada ejército que se les había opuesto durante dos años de guerra.

un servicio ferroviario propio que movilizaba tropas a velocidades que ningún ejército mexicano había alcanzado antes. Hospitales de campaña, talleres de reparación, una estructura logística que los corresponsales extranjeros comparaban con la de los ejércitos europeos. Aquella máquina militar había tomado Torreón, había aplastado a los federales en Zacatecas, había derrocado a Victoriano Huerta y en abril de 1915 parecía imparable.

4 meses después aquella máquina ya no existía. No había sido derrotada en una batalla aislada que pudiera atribuirse a la mala suerte o a un error táctico corregible. había sido sistemáticamente desmontada, pieza por pieza, en una secuencia de enfrentamientos que comenzó en los Celaya en abril, continuó en las trincheras de León durante mayo y junio y culminó con la dispersión definitiva en Aguas Calientes durante el verano.

No fue una derrota, fue una aniquilación. la destrucción metódica y deliberada de una institución militar completa. El hombre que ejecutó aquella aniquilación era Álvaro Obregón, un agricultor sonorense de garbanzo convertido en general que durante los meses anteriores había estudiado los reportes de la guerra que apenas comenzaba en Europa.

 Obregón había comprendido algo que Villa se negaría a aceptar hasta que fuera demasiado tarde. que las ametralladoras, el alambre de púas y las trincheras habían transformado las condiciones del combate de manera fundamental y que el modelo de guerra basado en cargas masivas de caballería, el modelo que había producido todas las victorias villistas, había quedado obsoleto en el momento exacto en que Europa lo descubría simultáneamente en los campos de Flandes.

Esta es la historia de aquella aniquilación, no el relato de una sola batalla, sino la reconstrucción de cómo un ejército que parecía invencible fue sistemáticamente destruido en una campaña de 4 meses que cambió para siempre el curso de la Revolución Mexicana. Es la historia de cómo el siglo XX llegó militarmente a México, escribiendo con sangre en los llanos del vajío la misma lección que Europa estaba aprendiendo simultáneamente en [carraspeo] las trincheras del Frente occidental.

Que el coraje individual, por extraordinario que sea, no puede vencer a las ametralladoras. Y es la historia del fin de Pancho Villa como factor decisivo de la historia mexicana. Para entender por qué la división del norte tuvo que ser aniquilada y no simplemente derrotada durante la primavera de 1915, hay que comprender que la guerra del Bajío no fue un conflicto entre dos ejércitos, sino la fase final de una lucha por definir qué tipo de país sería México después de la revolución.

Aquella lucha no admitía soluciones intermedias. Una de las dos visiones del futuro nacional tenía que eliminar completamente a la otra y la destrucción física del instrumento militar villista era la precondición necesaria para que la visión constitucionalista pudiera imponerse sin rival. La coalición revolucionaria que había derrocado a Victoriano Huerta en julio de 1914 era una alianza táctica.

 entre fuerzas cuyas visiones del futuro mexicano eran fundamentalmente incompatibles. Mientras existió el enemigo común, el dictador que había llegado al poder asesinando al presidente Madero, aquellas incompatibilidades permanecieron contenidas. Pero cuando Huerta cayó y se exilió en el crucero alemán Dresden, la coalición se fragmentó casi inmediatamente porque los objetivos profundos de las distintas facciones nunca habían sido los mismos.

Benustiano Carranza, el primer jefe constitucionalista, representaba el ala que priorizaba la reorganización institucional del Estado y la modernización capitalista bajo dirección reformista, pero no radical. Francisco Villa y Emiliano Zapata representaban las corrientes que exigían transformaciones sociales profundas, particularmente la reforma agraria masiva que redistribuyera la tierra entre los campesinos.

 La Convención de Aguascalientes, convocada en octubre de 1914 con la intención declarada de unificar a todas las facciones revolucionarias, se convirtió rápidamente en el escenario donde la ruptura se hizo irreversible. Los delegados villistas y zapatistas constituyeron mayoría dentro del organismo y votaron declaraciones que Carranza no podía aceptar sin renunciar a su propia visión del proceso revolucionario.

El primer jefe retiró a sus fuerzas hacia Veracruz, que las tropas estadounidenses acababan de evacuar tras la ocupación de aquel año. convención nombró un presidente provisional. Durante el invierno de 1914, las fuerzas combinadas de Villa y Zapata entraron triunfalmente en Ciudad de México y los dos caudillos se encontraron en el Palacio Nacional en el momento de máxima coordinación entre las dos fuerzas revolucionarias más populares del país.

 Pero aquella coordinación se desintegró. durante las semanas siguientes por las dificultades estructurales de mantener una alianza entre fuerzas geográficamente distantes y políticamente heterogéneas. Para marzo de 1915 la situación se había clarificado en términos que no admitían más componendas. El país estaba dividido en dos bloques irreconciliables.

El bloque constitucionalista controlaba Veracruz con sus recursos aduaneros, el noreste, y disponía de la lealtad de Álvaro Obregón con su capaz ejército sonorense. El bloque convencionista controlaba el norte villista, el centro y el sur zapatista, pero adolecía de una debilidad estructural fundamental, la incapacidad de coordinar eficazmente las operaciones de fuerzas separadas por enormes distancias y por visiones políticas que coincidían en las demandas sociales, pero divergían en la estrategia militar. La decisión de

Carranza de enviar a Obregón hacia el centro del país con la misión específica de destruir a la división del norte reflejaba una comprensión estratégica precisa. El carrancismo no podía consolidar el poder mientras existiera la máquina militar villista. Villa controlaba territorios vastos, disponía del ejército más numeroso en términos absolutos.

 y mantenía una popularidad que en buena parte del país superaba a la de Carranza. Mientras la división del norte existiera como institución militar operativa, el proyecto constitucionalista estaría permanentemente amenazado. La conclusión estratégica era ineludible. La división del norte no debía ser simplemente derrotada en un enfrentamiento que le permitiera reorganizarse posteriormente.

Debía ser aniquilada como institución, destruida en su capacidad de regenerarse, eliminada como factor militar y político de la ecuación nacional. Obregón comprendía aquella misión con una claridad que durante los meses siguientes aplicaría sistemáticamente. El sonorense no era un comandante convencional, era un agricultor de garbanzo de Sonora que se había incorporado a la revolución durante la fase maderista, que había desarrollado durante los años de campaña una capacidad táctica que sus contemporáneos reconocían como

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