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Arquitecta colombiana en Alemania se sorprende y gana respeto global

Arquitecta colombiana en Alemania se sorprende y gana respeto global

quítese la ropa ahora mismo. Esa orden afilada como un cuchillo se clavó en mi alma y sentí como las fuerzas me abandonaban desde los pies. Estaba en el aeropuerto de Barajas en Madrid. Mientras las puertas de embarque bullían de viajeros, a mí, solo a mí, me habían apartado una sala secundaria. Me condujeron a un cuarto estrecho de paredes desnudas y grises, un par de sillas metálicas y un aire tangéido que parecía un lugar diseñado para interrogar criminales.

Varios agentes de inmigración me rodeaban. Sus miradas me colgaban una etiqueta invisible, sospechosa, peligrosa, colombiana. ¿Por qué? Si yo solo venía de vacaciones, intentaba abrir la boca para explicarme con la desesperación arañándome la garganta, pero nadie parecía dispuesto a escuchar. Mi pasaporte estaba en regla, mi visa también.

Aún así, en el instante en que vieron que mi nacionalidad era colombiana, su actitud se transformó en una máscara de desprecio. Colombia no es un país rico, ¿verdad? ¿A qué viene usted? A trabajar. o piensa traer algo ilegal. Las palabras lanzadas con una sonrisa burlona me apuñalaban el corazón. No, señor, es solo un viaje de turismo.

He presentado todos mis documentos. Mi voz temblaba, pero insistí suplicando con la mirada, pero la respuesta fue una orden inhumana. Desnúdese por completo. La ropa interior también. podría estar escondiendo algo dentro de su cuerpo. En ese instante sentí que toda la sangre huía de mi cuerpo. Los ojos penetrantes de los agentes me escrutaban.

La voluntad de resistirme existía en algún rincón de mi mente, pero el miedo paralizó cada músculo. Lentamente me despojaron de mi ropa. Aunque había una mampara, sus miradas estaban ahí perforando mi intimidad. La vergüenza y la humillación me quemaban los ojos y las lágrimas empezaron a brotar.

 Que alguien me ayude, gritaba mi mente. Pero en ese cuarto yo no tenía aliados. ¿Por qué tengo que soportar esta humillación? Susurré con voz quebrada, pero no obtuve respuesta. Finalmente, con una frialdad que congelaba los huesos, me dijeron, “No hay problema, puede pasar.” Pero la humillación no terminó con la inspección.

Mientras caminaba por el pasillo para recoger mi maleta, uno de los agentes me espetó casi escupiendo las palabras. Si causa el más mínimo problema, la deportaremos de inmediato. Tenga cuidado. El rostro de ese hombre, su desprecio todavía hoy, no lo he podido olvidar. El primer día de mi viaje, la realidad me había bofeteado con una fuerza brutal.

El resto de mis vacaciones fueron una sombra. Pasé más tiempo encerrada en la habitación del hotel que recorriendo la ciudad, porque el recuerdo del aeropuerto volvía una y otra vez apretándome el pecho. Ese día yo no era más que una joven colombiana, ni rica, ni de un país poderoso, solo un ser humano objeto de sospecha.

Años después estaba de pie en ese mismo aeropuerto. El corazón me latía con fuerza, las piernas me temblaban. Caminaba apoyándome en la espalda de mi esposo que me acompañaba. Volvería a sufrir la misma humillación. El terror casi me aplastaba mientras me acercaba a la ventanilla de inmigración. Le entregué mi pasaporte a la gente.

El mismo lugar, las mismas miradas frías, el mismo silencio tenso. Mi corazón galopaba desbocado, pero al segundo siguiente escuché unas palabras que jamás habría esperado. Bienvenida a España. Pase, por favor. Abrí los ojos como platos, asombrada. El agente incluso me dedicó una sonrisa. Aquellas personas frías parecían otras.

Sin entender qué pasaba, bajé la vista hacia el pasaporte que sostenía en mi mano. En la cubierta no ponía República de Colombia. Allí, grabado en letras doradas se leía Bund Republic de Ulan. No, esperen, esa no es mi historia. Retrocedamos. Mi pasaporte seguía siendo el mismo, el de la cubierta verde oscuro con el escudo de Colombia.

El que me había causado tanta humillación. Lo que había cambiado no era el documento, era yo. Y esa es la historia que les voy a contar. Mi historia, la de cómo convertir la vergüenza en orgullo. Antes de que empiece esta historia de berraquera, por favor, no se olviden de suscribirse al canal y darle al botón de me gusta.

Así YouTube les seguirá recomendando vídeos que como este les llegarán al alma. Apóyenme con ese pequeño gesto, parceros, y en la descripción les dejo enlaces a otros vídeos que sé que les van a encantar. Cuando alguien oye la palabra Colombia, ¿qué es lo primero que se le viene a la mente? Para muchos, fuera de nuestras fronteras, la respuesta es una sombra que nos persigue desde hace décadas.

Pero para mí, Colombia era el centro de mi universo, mi hogar irrenunciable. Nací y crecí en Bogotá, en una familia de clase media trabajadora. Mis padres tenían una pequeña cafetería en Chapinero, un negocio que sacaron adelante a punta de esfuerzo y el mejor tinto de todo el barrio. Era un hogar donde la palabra rendirse no existía.

“Hay que echar para adante, mija,” me decía mi papá cada vez que me veía flaquear. Crecí con el aroma del café recién molido y el sonido de las conversaciones animadas. Mis padres, con un sacrificio enorme se aseguraron de que yo tuviera la mejor educación posible, soñando con que yo viera el mundo que ellos nunca pudieron conocer.

Desde pequeña fui inquieta, curiosa, me devoraba los libros y soñaba con diseñar edificios que tocaran el cielo. Era buena estudiante, la que siempre sacaba las mejores notas, la que se quedaba hasta tarde en la biblioteca. Mi sueño era estudiar arquitectura en el extranjero, aprender de los mejores y traer ese conocimiento de vuelta a mi país.

 Quería demostrarle al mundo que en Colombia había mucho más que los estereotipos que veían en las noticias. En la universidad conocí a Alex. Él era un estudiante de intercambio de Alemania, un tipo alto, rubio, de ojos azules, que parecía tan fuera de lugar en el caos bogotano como un pingüino en el desierto, pero tenía una curiosidad genuina por nuestra cultura.

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