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ANTONIO MARGARITO cumplio 47 años y como VIVE es TRISTE – YouTube

ANTONIO MARGARITO cumplio 47 años y como VIVE es TRISTE – YouTube

¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar por ser el mejor? Antonio Margarito lo tuvo todo. Títulos, gloria, respeto y miedo. Sus rivales no querían estar frente a él. Sus puños eran como martillos, o al menos eso creíamos. Pero en el momento más alto de su carrera lo descubrieron. Vendas manipuladas, endurecidas, casi como piedras envueltas en Gaza. Y ese día todo cambió.

 Su legado quedó manchado, su cuerpo quedó roto y su vida nunca volvió a ser la misma. Pasó de ser el guerrero más temido, al hombre más odiado del boxeo y una vergüenza para muchos mexicanos. Antonio Margarito Montiel nació el 18 de marzo de 1978 en Tijuana, Baja California, México. Creció en un entorno marcado por la pobreza y la falta de oportunidades.

Su infancia transcurrió en uno de los barrios más duros de Tijuana, donde la violencia, las pandillas y la lucha diaria por sobrevivir formaban parte del paisaje cotidiano. Desde pequeño supo que la vida no le iba a regalar nada. La economía familiar era precaria y el futuro para un joven de su zona parecía limitado a trabajos mal pagados, adicciones o problemas con la ley.

 La calle era una escuela dura y para muchos de sus amigos de infancia una condena sin salida. El boxeo apareció como su única vía de escape. Influenciado por su hermano mayor, Manuel Margarito, Antonio empezó a frecuentar los gimnasios locales. No tenía lujos, no había equipo profesional ni entrenadores de renombre, solo había sacos viejos, guantes desgastados y un ambiente cargado de sudor y esfuerzo.

Pero eso bastó. A diferencia de otros peleadores que pasan años en el boxeo amateur, Margarito dio el salto directo al profesionalismo, a una edad en la que muchos apenas están terminando la secundaria. Con solo 15 años, el 14 de enero de 1994, hizo su debut profesional en Tijuana frente a José Trujillo, a quien derrotó por decisión.

 Desde ese momento, su carrera fue todo menos sencilla. No tuvo el respaldo de grandes promotores. No hubo estrategias para protegerlo o construirle un récord invicto. Margarito aceptó todas las peleas que le ofrecieron sin importar el rival, el lugar o las condiciones. Subía al ring contra hombres mucho más experimentados y físicamente más desarrollados que él.

Sus primeros años como profesional fueron una verdadera prueba de resistencia y carácter. Sufrió derrotas tempranas ante boxeadores como Víctor Lozoya y Rodney Jones, pero nunca consideró abandonar. Cada caída fue una lección, cada golpe recibido, un motivo más para endurecer su cuerpo y su mente. Su estilo de pelea empezó a definirse desde esos años duros.

 Presión constante, volumen de golpes y una capacidad casi inhumana para soportar castigo. Margarito no tenía una técnica depurada ni una velocidad impresionante, pero compensaba con agresividad, resistencia física y una determinación feroz. Se ganó rápidamente la reputación de ser un guerrero incómodo de esos que no se rinden fácilmente.

Sus rivales sabían que para vencerlo tendrían que estar dispuestos a ir al infierno y regresar. La vida en Tijuana lo había preparado para eso, para resistir, para aguantar, para no retroceder nunca. A mediados de los años 90, mientras otros peleadores de su generación eran llevados con cuidado por sus equipos de trabajo, Margarito seguía acumulando peleas duras, casi siempre en condiciones desfavorables.

 Peleaba en pequeñas Arenas de México, en funciones donde los reflectores eran escasos y las bolsas de dinero, todavía más. Pero a base de sacrificio, golpes y perseverancia, empezó a hacerse un nombre. El muchacho de Tijuana, que peleaba sin descanso, sin importar el rival ni el daño que recibiera. Así se forjó Antonio Margarito, no con títulos ni victorias fáciles, sino a golpes, literalmente.

 Y esa resistencia, ese aguante desmedido, pronto lo llevarían a la élite del boxeo mundial. Pero lo que nadie sabía era que el precio que iba a pagar por llegar tan alto sería devastador. Después de años de batallas en arenas pequeñas y de ser visto como un simple peleador de relleno, Antonio Margarito empezó a llamar la atención en el circuito internacional.

 Su estilo, basado en la presión constante y la capacidad de absorber castigo, comenzó a dar frutos. Su récord mejoraba, las victorias por knockout se acumulaban y poco a poco su nombre empezó a circular fuera de México. La gran oportunidad llegó en julio de 2002. Margarito enfrentó a Antonio Díaz por el título mundial welter de la Organización Mundial de Boxeo. OMB.

 no era el favorito. Muchos todavía lo consideraban un boxeador limitado, demasiado fácil de golpear y con poco futuro a largo plazo. Pero una vez más la dureza de Margarito sorprendió a todos. Peleó como siempre caminando hacia delante, presionando sin descanso y soportando cada golpe que le lanzaron.

 En el décimo asalto, el árbitro detuvo la pelea. Margarito ganó por knockout técnico y se coronó campeón mundial por primera vez en su carrera. Ese fue el inicio de su etapa más gloriosa. Entre 2002 y 2008 defendió su título en múltiples ocasiones, enfrentando a rivales peligrosos como Kermit Cintrón, Antonio Díaz en Revancha y Joshua Clotty.

 Su estilo seguía siendo el mismo, recibir para luego castigar. Una fórmula que aunque arriesgada parecía funcionar a la perfección para él. Las peleas contra Cintrón fueron especialmente brutales. Margarito lo derrotó dos veces, ambas por knockout técnico. En cada combate demostraba la misma resistencia inhumana que lo había caracterizado desde sus inicios.

Mientras otros boxeadores mostraban cansancio o dudas ante el castigo, él seguía avanzando como si nada lo afectara. Poco a poco su figura fue creciendo. Ya no era solo un campeón, era el hombre al que nadie quería enfrentar. Su reputación como guerrero inquebrantable empezó a cruzar fronteras en Estados Unidos.

 Lo apodaron el Tornado de Tijuana, haciendo referencia a su estilo de pelea agresivo y su volumen de golpes constante. Margarito no era un boxeador técnico ni elegante. No tenía la velocidad de otros campeones. ni la defensa de los grandes maestros del ring, pero tenía algo que todos temían, una mandíbula de acero y una determinación enfermiza por caminar hacia delante sin importar cuántos golpes recibiera.

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