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ANGEL CORREA CONFESO la VERDADERA RAZON de su DECISION

ANGEL CORREA CONFESO la VERDADERA RAZON de su DECISION

Fue campeón de América, campeón del mundo, figura en el Atlético de Madrid durante más de una década, pero su vida fue todo menos tranquila. De niño vendía flores en la calle para poder comer y cuando a los 20 estaba a punto de llegar a Europa, le detectaron un quiste en el corazón.

 Lo operaron con el riesgo de que nunca pudiera volver a jugar al fútbol. Hoy, después de sobrevivir a todo eso, eligió la Liga MX para volver a sentirse importante. Y vaya que lo está logrando. Esta es la impactante historia de Ángel Correa y sus propias palabras sobre por qué eligió el fútbol mexicano. Ángel Martín Correa nació el 9 de marzo de 1995 en Rosario, Argentina.

 Pero no en la parte linda, no en los boulevares ni cerca del monumento a la bandera. Nació en las flores, un barrio duro donde el sonido de una pelota rebotando convive con el de las balas perdidas, donde la vida se respira distinta, más rápido, más tensa, más peligrosa. Su casa era una pieza de chapa. 10 hermanos apretados en una realidad que no da tregua.

 Su padre murió cuando Ángel era un nene, su hermano mayor, poco tiempo después. La ausencia de un adulto, de un guía, se convirtió en costumbre y su madre quedó sola, remando contra la miseria con los brazos destrozados, pero sin bajar nunca la cabeza. Éramos 10 hermanos y no teníamos para comer”, contó Ángel sin filtro, sin maquillaje.

 A veces comíamos una vez sola por día, si es que comíamos algo, y cuando no alcanzaba, salían a la calle a inventar alguna forma de llevar plata a la casa. Vendían rosas, abrían puertas de taxis en el centro de Rosario. Caminaban kilómetros con su abuela pidiendo casa por casa, no por limosna, por necesidad. El barrio no perdona a los inocentes.

 La violencia, el narco, la oscuridad, todo lo rodeaba. Perdía muchos amigos por alguna bala, por estar en un lugar donde no debían estar. Así, sin dramatismo, como quien dice una verdad repetida. Porque en las flores crecer es esquivar la muerte todos los días. Nunca tuvo juguetes ni cumpleaños llenos de globos, pero sí una pelota.

Esa pelota era su mundo, su escudo, su forma de olvidar por un rato lo injusto que era todo. Con ella éramos felices”, decía. Porque a pesar del hambre, de la tristeza, de las ausencias en su casa, se reían, se abrazaban, se querían fuerte. A los 12 años San Lorenzo lo fichó y lo cuidó como se cuida a una joya rara de esas que no aparecen todos los días.

 Pero nadie imaginaba que ese flaquito callado que venía de la nada misma se iba a convertir en el motor del equipo en cuestión de meses. Su debut en primera fue en 2013. Tenía 18 años y parecía un veterano con hambre. El potrero en los pies, la calle en la mirada y una cabeza fría como el acero. Gambeteador, rápido, con esa manera de moverse que no se entrena. Se nace.

Tenía cambio de ritmo, visión, pausa, explosión, todo y sobre todo actitud. No le pesaba el escudo, no le pesaban las cámaras, solo jugaba. Ese año fue campeón del torneo inicial. Al año siguiente fue campeón de América. En la Libertadores 2014 fue figura, emblema, chispa. Cada vez que tocaba la pelota algo pasaba.

 Y cada vez que hablaban de las joyas del fútbol argentino, su nombre aparecía en los primeros puestos. Europa tomó nota. Atlético de Madrid no dudó. Firmó contrato. Lo esperaban en España con los brazos abiertos, pero como si la vida no le bastara con todo lo que ya le había hecho, volvió a ponerlo entre las cuerdas. Justo ahí, justo cuando por fin estaba tocando la puerta grande, cuando su carrera despegaba como un cohete, cuando por fin el barrio, la familia, su madre empezaban a respirar un poco más tranquilos. Un chequeo médico de rutina,

uno más, uno de tantos y el diagnóstico que cortó todo de raíz, un quiste en el ventrículo del corazón, el silencio, el miedo, el frío que corre por la espalda cuando escuchas algo que no sabes cómo procesar. Los médicos fueron claros. Había que operar, era riesgoso, muy riesgoso. Y la recuperación incierta.

 Y si no podía volver a jugar y si ese era el final. Con apenas 19 años, Ángel Correa se encontró al borde del abismo. Había sobrevivido al hambre, al dolor, a la muerte de su padre y su hermano. Y ahora la vida le decía que quizás no podía seguir haciendo lo único que le daba sentido.

 Me dormí pensando que si me tenía que ir, quería reencontrarme con mi viejo y si volvía quería volver a ser futbolista. lo dijo sin lágrimas, pero con el alma temblando. La operación fue en Nueva York. Salió bien, pero no fue mágica. Tuvo que arrancar de cero, volver a caminar, volver a entrenar, volver a confiar en su cuerpo, como si tuviera que aprender a ser él de nuevo.

Pasaron meses, no volvió en una semana ni en un mes. Fue un proceso largo, lento, solitario, pero volvió. Y cuando pisó por primera vez el césped con la camiseta del Atlético de Madrid, lo hizo como alguien que ya lo había perdido todo. Jugaba distinto, con más rabia, más pasión, más urgencia, como quien sabe que el fútbol es un regalo, como quien juega con el corazón porque ya se lo habían abierto.

 Desde ese momento, su historia cambió para siempre, porque ya no era solo el pibe talentoso de San Lorenzo, era el que venció a la muerte, el que le dijo no al destino cuando todo parecía escrito. Su explosión en Europa. En julio de 2015, luego de aquella operación que le partió la vida en dos, Ángel Correa debutó oficialmente con el Atlético de Madrid.

 No fue un debut cualquiera, fue la prueba final de que estaba entero, vivo, listo para comerse Europa. Y vaya, si lo hizo. No fue el mimado de la prensa, no fue el fichaje estrella, no era el que vendía camisetas ni tenía marketing, pero cuando el partido se trababa, cuando las piernas pesaban, cuando el rival parecía un muro, ahí aparecía él, porque Ángel Correa se convirtió en eso.

 Jugador número 12, el bombero, el que entraba cuando nadie sabía qué hacer. El que en 20 minutos te rompía el partido con un gol, con una asistencia, con un regate que parecía imposible. No importaba si venía desde el banco o desde el arranque, siempre dejaba algo. Siempre se iba con el alma en la camiseta. Fue suplente muchas veces, sí, a veces injustamente, otras por decisiones tácticas.

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