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ANEL NOREÑA expone el SECRETO OSCURO: JOSÉ JOSÉ ocultó un HIJO PERDIDO antes de casarse

ANEL NOREÑA expone el SECRETO OSCURO: JOSÉ JOSÉ ocultó un HIJO PERDIDO antes de casarse

La tarde del 12 de marzo de 2024, en el estudio de grabación de un programa de entrevistas en la Ciudad de México, Anel Noreña se sentó frente a las cámaras con una determinación que no había mostrado en años. A sus 81 años, la primera esposa de José José conservaba esa elegancia natural que la había caracterizado toda su vida.

 Pero ahora había algo más en su mirada, la urgencia de quien sabe que ciertas verdades no pueden seguir enterradas cuando el tiempo se agota. El conductor, un periodista experimentado que había cubierto el mundo del espectáculo mexicano durante cuatro décadas, notó de inmediato que esta no sería una entrevista más sobre nostalgia y anécdotas dulces del pasado.

 Anel [música] había pedido específicamente que la grabación fuera en vivo, sin ediciones posibles, sin oportunidad de retractarse. Lo que estaba a punto de revelar cambiaría para siempre la narrativa [música] que México y América Latina tenían sobre José José. Hay algo que he guardado durante más de 50 años”, comenzó Anel con voz firme pero cargada de emoción.

 Algo que prometí nunca revelar mientras José [música] estuviera vivo. Pero él ya no está. Y hay personas que merecen saber la verdad. Hay alguien que merece saber quién fue realmente su padre. El estudio quedó en silencio absoluto. Incluso los técnicos dejaron de moverse detrás de las cámaras. Todos sabían que estaban [música] presenciando algo histórico.

 José José tuvo un hijo antes de conocerme, un hijo que él mismo descubrió hasta años después de que naciera. Un hijo que nunca pudo reconocer públicamente, pero que lo persiguió emocionalmente hasta su último día. Para entender esta revelación, a hay que regresar en el tiempo. Hay que viajar a 1968 cuando José Rómulo Sosa Ortiz todavía no era José José el príncipe de la canción.

Era solo un joven de 20 pocos años, talentoso pero perdido, cantando en bares de mala muerte por unas cuantas monedas, viviendo en una vecindad de clavería con su madre y sus hermanos, soñando con algo más grande, pero sin saber cómo alcanzarlo. En ese tiempo, José trabajaba en el bar El Kid, en la zona rosa, un lugar que atraía a estudiantes universitarios, intelectuales bohemios y artistas en cernes.

 Era un espacio donde el humo de cigarro se mezclaba con conversaciones sobre política, arte y revolución. José cantaba allí cuatro noches a la semana, acompañándose con su guitarra, interpretando boleros, baladas y canciones en inglés que había aprendido escuchando la radio. Ch fue en el Kid, donde José conoció a Mariana Levi, aunque ese no era su verdadero nombre.

Mariana era el nombre artístico que usaba esta joven actriz de teatro de 24 años, hija de una familia judía conservadora que había llegado a México escapando de la persecución en Europa del Este. Su nombre real era Miriam Levy Bergstein, pero en el mundo del teatro mexicano se presentaba como Mariana para evitar el antisemitismo todavía presente en ciertos círculos de la industria.

Mariana era hermosa de una forma no convencional, alta, delgada casi hasta la fragilidad. con cabello negro que usaba muy largo y ojos verdes que parecían ver más allá de las apariencias. Baba estudiado actuación en bellas artes y trabajaba en montajes experimentales que apenas pagaban lo suficiente para cubrir el alquiler de su diminuto departamento en la colonia Roma.

 La primera noche que Mariana entró a el kid, José estaba en medio de interpretar Bésame mucho. Ella se sentó sola en una mesa del fondo, pidió un café cargado y lo observó con una intensidad que lo puso nervioso. Cuando terminó su set, para sorpresa de José, ella se acercó. “Tienes algo especial”, le dijo sin preámbulos, sin alagos exagerados ni coqueteos obvios.

 Tu voz buena, pero lo que tienes no es técnica, es algo más profundo. Dolor tal vez o necesidad, no estoy segura. José, acostumbrado a las Grupis que lo buscaban por razones más superficiales, se sintió inmediatamente atraído por esta mujer que lo veía de verdad, pues que escuchaba más allá de las notas. Comenzaron a hablar esa noche y siguieron hablando durante semanas.

Mariana iba a El Kidaba. se quedaba hasta tarde. Bebían café que se volvía frío mientras conversaban sobre arte, sobre vida, sobre los sueños que ambos tenían de trascender sus circunstancias. La primera vez que José y Mariana hicieron el amor fue después de una noche particularmente intensa en El Kid.

 Era marzo de 1968 y la ciudad estaba cargada con una energía extraña. Esa sensación de que algo grande estaba por suceder en el mundo y en México. Los estudiantes hablaban de revolución, de cambio, de romper con las viejas estructuras. Y en ese pequeño bar de la zona rosa, José y Mariana sentían que ellos también estaban rompiendo con algo, aunque no supieran exactamente qué.

 José había cantado Sabor a mí esa noche, y algo en la forma en que sus ojos habían encontrado los de Mariana durante el estribillo, había creado una electricidad que ninguno de los dos pudo ignorar. Cuando terminó su set, cerca de la medianoche, Mariana esperó mientras José guardaba su guitarra y se despedía del dueño del bar.

 ¿Quieres caminar?, le preguntó ella. Y José asintió sin palabras. Caminaron por las calles de la zona rosa, pasando por otros bares de donde salía música de rock and roll, por galerías de arte que mantenían sus luces encendidas hasta tarde, por parejas besándose en las esquinas. La noche olía a lluvia reciente y a posibilidad. Llegaron al departamento de Mariana sin haberlo planeado conscientemente.

 Ella abrió la puerta y él entró. Y de repente estaban besándose contra la pared. Me con una urgencia que había estado construyéndose durante semanas. No fue suave ni romántico como en las películas. Fue desesperado, fue necesario. Fue dos personas solitarias encontrando conexión en el único lenguaje que parecía hacer sentido en ese momento.

 Después, acostados en la cama estrecha de Mariana, con las sábanas revueltas y sus cuerpos aún entrelazados, hablaron hasta el amanecer. José le contó sobre su padre, sobre el alcoholismo que había destruido su familia, sobre la vergüenza de ser pobre en una ciudad que se burlaba de la pobreza. le habló de cómo la música era su única forma de sentirse valioso, de sentir que existía para algo más que sobrevivir.

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