Posted in

Actriz colombiana se casó con un anciano estadounidense por su herencia; nadie volvió a verlo jamás.

El cartero se equivocó de dirección. Así empieza esto, con un error humano, banal, del tipo que ocurre cientos de veces al día en cualquier ciudad del mundo sin consecuencia alguna. Un sobre, un número de apartamento mal leído, una vecina que abre la correspondencia ajena por costumbre antes de darse cuenta de que el nombre no es el suyo.

 El sobre tenía remite de una notaría en Cali. Adentro había una copia certificada de un acta de matrimonio civil. La vecina leyó el nombre de la contrayente Carmensa Villalba. Lo reconoció de inmediato. Lo había visto tres días antes en una nota del periódico local sobre un productor musical americano desaparecido en Nashville, Tennessee.

 Su esposa colombiana decía la nota, había regresado al país mientras la investigación continuaba. La vecina leyó la fecha del matrimonio del acta y entonces entendió que algo estaba muy mal porque Carmen Savillalba se había casado con ese hombre colombiano de la notaría 8 meses después de haberse casado en Miami con el americano.

 Para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que retroceder casi 4 años. Hay que ir a Bogotá a un festival de cine independiente que se celebra cada año en un teatro del centro y hay que encontrar a Thomas Aldrich en la tercera fila con su programa en la mano y la expresión de un hombre que no sabe muy bien qué hace ahí, pero está dispuesto a descubrirlo.

Thomas tenía 71 años y había pasado cuatro décadas en Nashville produciendo música. No era famoso. Era de ese tipo de profesionales que hacen posible la fama de otros. el que está detrás de la consola, el que negocia los contratos, el que sabe cuándo una canción necesita otra estrofa y cuándo está lista.

 Había tenido una carrera sólida, una casa grande en las afueras de la ciudad y un matrimonio de 31 años que terminó cuando su esposa Bárbara murió de una neurisma cerebral un domingo por la mañana sin aviso, sin despedida. Eso fue 5 años antes del festival. Thomas fue a Bogotá porque un amigo productor lo invitó.

 Le dijo que Colombia tenía una escena cultural que él todavía no conocía, que le haría bien salir de Nashville por unos días, que el festival era pequeño pero interesante. Thomas fue porque ya no tenía razones suficientemente buenas para quedarse. Carmen Savillalba tenía 36 años y trabajaba como actriz de elenco secundario, lo que en la industria llaman actriz de reparto con todo lo que esa palabra carga.

 Había estudiado artes escénicas en una universidad pública de Cali. Había hecho temporadas de teatro regional. Había aparecido en tres producciones de televisión en roles que el crédito final listaba después de un punto y coma. Tenía talento. Eso me lo dijeron todos los que la conocieron antes de que la historia tomara el rumbo que tomó.

 tenía una capacidad particular, para ajustar su voz, su postura, el ritmo de sus gestos, según lo que la escena pedía. El problema, como ella misma le explicó a Thomas esa primera noche en el festival, era que la industria colombiana era pequeña y la competencia feroz, y que pasados los 35, las oportunidades empezaban a cerrarse con una velocidad que ninguna escuela de actuación te prepara para procesar.

Thomas la escuchó con atención. Eso es lo que ella recordaría después, que la escuchó de verdad. Guarda eso. Volvemos a eso. Se conocieron durante el intermedio de una película argentina que ninguno de los dos estaba disfrutando del todo. Carmensa trabajaba como anfitriona del evento esa noche, uno de esos trabajos de protocolo que los actores toman para cubrir los meses sin contrato.

 Thomas pidió indicaciones para el baño. Ella lo acompañó. Conversaron 5 minutos en el corredor. Cuando terminó la película, Thomas la buscó. Salieron a cenar con un grupo de personas del festival. Después, cuando el grupo se dispersó, siguieron solos en un café hasta la 1 de la mañana. Thomas hablaba un español básico, pero lo intentaba con una determinación que a Carmensa le pareció conmovedora.

Ella hablaba un inglés fluido, aprendido en parte por necesidad profesional, en parte porque siempre supo que el inglés era una puerta hacia algo más grande que lo que tenía. Al final de la noche, Thomas le pidió su número. Ella lo dio. Lo que Thomas no supo esa noche, lo que no supo durante los dos años siguientes de llamadas, visitas y acercamiento gradual, era que Carmensa, cuando salió de ese café y tomó un taxi hacia su apartamento en el norte de Cali, le mandó un mensaje a un hombre llamado Héctor. El mensaje decía, “Todo bien,

hablamos mañana. Dos años de relación a distancia son una construcción particular. Se construyen en llamadas nocturnas, en visitas programadas con semanas de anticipación, en la ausencia que le da a cada encuentro una intensidad que el día a día cotidiano nunca podría sostener. Thomas viajó a Colombia cuatro veces en esos dos años.

Carmensa viajó a Nashville 3. Cada visita era una versión cuidadosamente editada de quiénes eran. Los mejores días, las mejores conversaciones, la versión de cada uno que quería ser visto. Thomas era generoso. Eso también me lo confirmaron todos. Pagaba los vuelos, los hoteles, los restaurantes, sin hacer de eso un gesto de poder, sino simplemente porque tenía los medios y le parecía lo natural.

 le regaló a Carmen un curso de actuación en una escuela de Miami que ella había mencionado una vez de pasada como un sueño lejano. Pero Thomas también tenía algo más que la generosidad. Tenía una forma de organizar el mundo a su alrededor que vista de cerca era control disfrazado de cuidado. Preguntaba dónde había estado.

 Revisaba los horarios con una precisión que excedía la curiosidad. Cuando Carmensa mencionaba amigos que él no conocía, el tono de la conversación cambiaba de una manera que ella aprendió a anticipar y a manejar. Esto es algo que entendí tarde en la investigación y que cambió la forma en que leí todo lo demás.

 Antes de seguir, necesito pedirte algo. Esta historia ocurrió entre Nashville, Cali y un pueblo en Oaxaca que ninguno de los tres protagonistas había pisado antes. Llegó a mí desde ángulos que no esperaba. un cartero, una vecina, un hijo que escuchaba un podcast mientras manejaba. Y sé que este tipo de historias llegan también a lugares que yo no imagino.

 Si estás viendo esto, escribí en los comentarios solo esto, la ciudad donde estás. Sin más, quiero saber desde dónde me escuchan. Siempre me sorprende. Bien, seguimos. Se casaron en Miami un sábado de marzo en una ceremonia civil con ocho personas presentes. Thomas vistió un traje azul que su hijo Derek le había ayudado a elegir.

Read More