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73 años y ASI es la Vida de Verónica Castro En su Mansion 2026 | Fortuna, Tragedias, Amores y Más

73 años y ASI es la Vida de Verónica Castro En su Mansion 2026 | Fortuna, Tragedias, Amores y Más

Hay una mansión en Acapulco que no necesita presentación. Está frente al océano Pacífico en una zona tan exclusiva del puerto que la mayoría de la gente que vive en Acapulco nunca se ha acercado a esa calle. Dos pisos que aprovechan cada centímetro de la vista al horizonte. Dos albercas con vista al mar, una de ellas con un diseño de jacuzzi que parece extenderse hasta el agua del océano y fundirse con él.

 Una cascada natural en la entrada que cuando el viento viene desde el Pacífico te recibe con el sonido combinado del agua y el mar que te hace sentir que has llegado a algún lugar que existe fuera del tiempo normal. Los jardines llenos de flores tropicales y árboles frutales que el personal de la casa cuida con una atención al detalle que no deja nada al azar y en cada habitación un nombre diferente.

 No son el cuarto uno, el cuarto dos, el cuarto tres, como en cualquier hotel o residencia.  Son las conchas. Cada habitación lleva el nombre de una concha del mar, como si la mujer que construyó esa vida hubiera decidido que todo lo que la rodea tiene que llevar la marca de Acapulco de ese Pacífico que eligió como su hogar definitivo después de décadas de trabajo y de tormenta y de amor y de pérdida.

 En la parte baja de la mansión, los muros son de cristal, desde el comedor, desde la sala, desde la cocina decorada con un gusto que es a la vez elegante y profundamente mexicano. El océano está siempre ahí. No como fotografía en la pared, como parte de la casa, como el miembro más constante de la familia que vive dentro de esos muros y el estacionamiento subterráneo, los múltiples comedores distribuidos entre el interior y el jardín, las terrazas que fueron pensadas para sentarse a ver el atardecer con alguien que importe o

simplemente sola cuando el día pesa demasiado para compartirse. Todo eso junto forma el refugio que ella se construyó, el lugar desde donde en 2026 una mujer de 73 años mira el océano y probablemente recuerda los 73 años de una vida que fue demasiado grande para caber tranquilamente en ningún lugar más pequeño que ese pacífico que tiene enfrente.

 La mujer que vive en esa mansión se llama Verónica Castro y esta es la historia de una niña de la colonia San Rafael con un padre que un día desapareció y nunca más volvió. de cómo esa niña sin dinero decidió que iba a ser estrella y lo hizo exactamente como dijo. De los dos hombres que amó con todo lo que tenía, los dos que le dieron sus hijos  y los dos que en ambos casos la dejaron sola con un bebé en brazos.

 De los ricos también lloran, que la hizo llorar a ella y a medio planeta al mismo tiempo. Del veto de Televisa y de los 5 años que pasó grabando en Argentina e Italia, mientras México  la esperaba sin saber que la estaba esperando. Del Big Brother que condujo como si hubiera nacido para eso, de la casa de las flores y la Virginia de la Mora que devolvió a Verónica Castro a las nuevas generaciones.

 del escándalo con Yolanda Andrade, que sacudió al mundo del espectáculo y que la hizo anunciar su retiro cuando tenía todo para no necesitar retirarse de nada. Del huracán Otis llegando a Acapulco en categoría 5 y de como hoy a sus 73 años con todo lo que fue y todo lo que perdió y todo lo que sobrevivió, Verónica Castro está viva y está en Acapulco y está mirando ese mar.

 Pero para llegar ahí hay que empezar desde el principio. Y el principio tiene pocos lujos. tiene una familia que de repente se quedó sin padre y una niña que decidió que eso no iba a definir a dónde llegaba. El 19 de octubre de 1952, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México nació Verónica Judith Sainz Castro. Ese es un nombre completo.

 El mundo la conocería como Verónica Castro usando el apellido materno, no el paterno. Y eso no es accidental. Eso dice  todo sobre cómo fue esa infancia y qué persona dejó de ser parte de ella desde que Verónica era muy pequeña. Su padre era el ingeniero Fausto  Sainz Astol, su madre Socorro Castro Alba y de ese matrimonio nació la mayor de cuatro hermanos.

Verónica era la grande. Después vinieron Beatriz, que también se dedicaría a la actuación. José Alberto, que años después se convertiría en uno de los productores de telenovelas más importantes de Televisa, conocido en toda la industria como el gerero Castro y el menor Fausto Sainz, que siguió el camino ejecutivo en la televisión.

Cuatro hijos, una familia completa sobre el papel. Pero la familia que existía en los documentos no era exactamente la familia que existía en la realidad, porque el padre en algún momento de la infancia de Verónica, tomó una decisión que los hijos de ese tipo de padres cargan durante años, aunque no hablen de ella constantemente. Se fue.

 Se apartó de la familia de manera tan definitiva que Verónica Castro, décadas después hablaría de esa ausencia con la precisión de quien sabe exactamente el peso que tuvo en cada decisión posterior. El padre que no está deja un espacio que no se llena y a veces ese espacio es exactamente el combustible que impulsa a alguien hacia delante con más fuerza de la que hubiera tenido si todo hubiera sido fácil desde el principio.

 La madre Socorro Castro Alba respondió de la única manera posible cuando de repente eres el único pilar de cuatro hijos. Consiguió trabajo. Se convirtió en secretaria del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, y la familia se mudó a la casa de la abuela materna. en la calle de Donato Guerra en la colonia Juárez, Ciudad de México, años 50.

 Una mujer sola con cuatro hijos en una casa prestada que era la de la abuela. Ese es el punto de partida de la mujer que hoy tiene una mansión frente al Pacífico en Acapulco. Aquí hay algo que mucha gente no sabe. Verónica Castro no llegó al espectáculo porque alguien la invitó porque la suerte la puso en el lugar correcto.

 Traía en la sangre algo que venía de antes de que ella naciera. Su abuela paterna, Socorro Astol era cantante de sarzuela y actriz, una mujer del mundo del espectáculo en una época en que ese territorio era casi exclusivamente masculino. Y el hijo que Socorro Astol tuvo antes de conocer a su segundo marido, un hombre llamado Fernando Soto, creció para convertirse en uno de los comediantes más queridos del cine de oro mexicano, Fernando Soto Mantequilla, el tío de Verónica Castro.

Eso te da una idea del tipo de familia en la que el arte no era algo ajeno, sino parte de la conversación cotidiana, del humor de la casa, de la manera en que esa familia entendía el mundo. Y Verónica lo supo desde niña. En la primaria, en la secundaria, en cada festival escolar, era ella la que cantaba, la que actuaba, la que se paraba frente a los demás y hacía que la gente mirara hacia donde estaba ella, no como una gracia, como una necesidad, como alguien que entiende desde muy temprano que su lugar en el mundo tiene

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