Posted in

ROMARIO : LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ 🔥

La verdad salió a la luz. 1000 goles, un mundial, balón de oro, el delantero más letal de su generación y un hombre señalado por las mafias del fútbol brasileño. Amenazado de muerte, perseguido por narcos, escándalos, traiciones, enemigos poderosos queriendo destruirlo. Lo que nadie te contó es como el hombre que no le tenía miedo a nada casi pierde todo por no callarse la boca.

Su nombre era Romario de Souza Faría, Baiño para sus compañeros, el depredador del área para el mundo. Y lo que intentaron hacerle cambió la historia del fútbol brasileño para siempre. En los próximos 55 minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron. Primera, las amenazas de muerte que recibió por denunciar la corrupción en el fútbol.

 Los nombres de los carteles que querían silenciarlo, los documentos que comprueban que casi lo matan. Segunda, la noche en Mónaco, donde todo explotó. La pelea que lo sacó del Barcelona, el momento exacto donde quemó los puentes con los clubes más grandes de Europa. Tercera, lo que realmente pasó en la final del Mundial 94, las 24 horas antes del partido.

  El secreto que Romario guardó durante 20 años sobre por qué casi no juega esa final. Y la cuarta, ¿por qué se convirtió en político? que descubrió en el Senado que lo hizo enemigo de la gente más poderosa de Brasil. La verdad que lo convirtió en un hombre marcado. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

 Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. La respuesta a por qué un hombre que podía tenerlo todo eligió el camino más peligroso. 29 de enero de 1966, favela de Jacareciño, Río de Janeiro. Una de las favelas más violentas de Brasil, donde los narcos controlaban las calles y la policía no entraba de noche.

 Allí nació Romario, el quinto hijo de una familia que sobrevivía con lo mínimo. Su padre, Edeverir, trabajaba como obrero en una fábrica. Turnos de 12 horas, salario que alcanzaba para arroz, frijoles y nada más. Su madre, Lidia limpiaba casas, tres, cuatro casas al día, volvía con las manos destrozadas y los pies hinchados.

 Romario creció viendo a su padre llegar roto del trabajo, viendo a su madre llorar cuando no alcanzaba para la comida. “Yo no voy a vivir así”, le dijo a su madre cuando tenía 7 años. “Yo voy a ser futbolista y voy a sacarte de aquí.” Todos los niños dicen eso, le respondió ella. “Yo no soy todos los niños.” Y tenía razón.

 Romario no era como los otros niños de la favela. Era más pequeño, más flaco, más rápido y mil veces más agresivo. Jugaba en las canchas de tierra, descalso con un balón desinflado,  contra niños tres, 4 años mayores, y les ganaba siempre. Romario era un hijo de  desde los 8 años, dijo un amigo de la infancia después. No perdonaba nada.

 Si tenías el balón, te lo quitaba.  Si anotaba te lo restregaba en la cara. Era insoportable, pero era el mejor. A los 11 años, Romario entró en las inferiores del Vasco da Gama, uno de los clubes grandes de Río. El entrenador lo vio jugar 5 minutos. ¿Cuántos años tienes? Noin. 11. ¿Estás seguro? Pareces de ocho. Soy pequeño, pero soy rápido.

Demuéstralo. Romario agarró el balón. Uno contra uno contra el capitán del equipo sub 15. Un defensor de 16 años. 80 kg. Romario lo humilló.  Caño, recorte, gol. Todo en 15 segundos. Te quedas, le dijo el entrenador. Pero había un problema. Las categorías inferiores entrenaban de día y Romario tenía que trabajar.

 Su padre no ganaba suficiente. Romario vendía dulces en los autobuses, limpiaba parabrisas en los semáforos, lo que fuera para ayudar en casa. No puedo entrenar de día, le dijo el entrenador. Tengo que trabajar. Si no entrenas, no juegas. Entonces entrenaré de noche solo en la playa. Y así lo hizo. 6 de la mañana a 2 de la tarde trabajaba.

 3 de la tarde a 6 dormía, 7 de la noche a 11  entrenaba solo en la playa de Copacabana, corría en la arena, hacía sprints, remataba contra un arco imaginario,  miles de remates, miles de movimientos, hasta que su cuerpo no podía más. “Romario no fue talentoso por suerte”, dijo su primer entrenador en Vasco.

 Fue talentoso porque trabajó como un hijo de  cuando nadie lo veía. A los 16 años, Romario debutó en el primer equipo de Vasco da Gama. Primer partido contra Flamengo, el clásico de Río. 80,000 personas en el Maracaná. Romario entró en el segundo tiempo. Primer balón que tocó, gol. Segundo balón. Otro gol. Vasco ganó 3 a 2.

 Los dos goles de Romario. La hinchada enloqueció. Los periodistas no sabían cómo describirlo. El niño que juega como hombre, el depredador que salió de la favela, pero Romario no celebró.  Se fue directo al vestuario. Se cambió, agarró el cheque de su primer sueldo profesional y fue directo a la favela. Mamá, le dijo, nunca más vas a limpiar casas, papá.

  Nunca más vas a trabajar en esa fábrica. Yo me encargo. Tenía 16 años y cumplió. Entre 1983 y 1988, Romario se convirtió en leyenda en Brasil. No por ser carismático,  no por ser simpático, por meter goles, muchísimos goles, 200 goles en 5 años,  40 goles por temporada con Vasco da Gama en el fútbol brasileño de los 80, que era el mejor del mundo.

 Pero Romario no era querido, era temido y odiado.  Romario era un cabrón, dijo Cico años después.  Te metía un gol y te decía, “Te clavé otro, viejo.” No tenía filtro, no tenía respeto, solo tenía hambre de gol. Los defensores lo odiaban, los árbitros lo odiaban, los periodistas lo odiaban. ¿Le importaba? No.

 Si me odian es porque les meto goles. Decía.  Que me sigan odiando. Pero había algo más, algo que lo diferenciaba de todos. Romario no tenía miedo de hablar. En 1987, la Confederación Brasileña de Fútbol organizó un torneo amistoso.  Los jugadores no recibieron el dinero prometido.

 Todos callaron, menos Romario. Son unos ladrones, dijo en una entrevista. Nos prometieron dinero  y no nos pagaron. Son corruptos todos. Tenía 21 años y acababa de hacerse enemigo de la gente más poderosa  del fútbol brasileño. Romario firmó su sentencia ese día dijo un directivo años después. Pero Romario no se callaba,  nunca se callaba. Europa. Llegó en 1988.

Read More