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7 turistas desaparecieron en La Marquesa — en 2017, encontraron huesos colgando de los árboles…

7 turistas desaparecieron en La Marquesa — en 2017, encontraron huesos colgando de los árboles
El detective Alejandro Vázquez entendió que algo seguía vivo en aquel bosque cuando encontró la fotografía de su hermana clavada en la corteza de un oyamel.

No era una foto vieja. No era una amenaza escrita por algún loco borracho del pueblo. Era una imagen tomada esa misma mañana, frente a la escuela primaria Benito Juárez, donde Esperanza enseñaba a niños de siete años a leer sin comerse las sílabas. En la fotografía aparecía ella con su abrigo azul, su mochila de flores y esa sonrisa cansada que siempre ponía cuando fingía que todo estaba bien.

Al reverso, con tinta negra, alguien había escrito:

“Última advertencia, detective. Deje dormir a los muertos.”

Alejandro no respiró durante varios segundos.

El viento helado de La Marquesa le golpeaba la cara como si el bosque quisiera despertarlo a bofetadas. A su alrededor, los árboles se mecían lentamente, altos, oscuros, viejos como pecados no confesados. Y justo encima de él, en las ramas donde tres meses atrás unos excursionistas habían encontrado huesos humanos colgando como adornos macabros, un cuervo soltó un chillido seco.

A cualquiera le habría bastado con eso para marcharse.

A él no.

Porque Alejandro había visto los informes oficiales. Había leído la conclusión del forense: ataque de fauna salvaje, restos dispersados por animales, caso cerrado. Había escuchado a su comandante decirle, con esa voz de padre severo que usaba para ocultar su miedo:

—Vázquez, hay casos que no se resuelven. Se entierran.

Pero Alejandro también había visto marcas de herramientas en los troncos. Cortes limpios. Nudos de cuerda. Piedras acomodadas en círculos demasiado perfectos para ser casualidad. Y, sobre todo, había leído los nombres de los siete turistas desaparecidos: Klaus, Sara, Marco, Anna, Pierre, David y Lucía.

Eran jóvenes. Mochileros. Gente que había llegado a México buscando aventura, espiritualidad, una experiencia bonita para contar al volver a casa.

Nunca volvieron.

Tres meses después aparecieron fragmentos de sus cuerpos colgando entre los árboles.

Y ahora alguien acababa de enviarle una advertencia usando la cara de su hermana.

Alejandro apretó la fotografía con tanta fuerza que casi la rompió. Sintió miedo. Claro que lo sintió. Quien diga que no tiembla cuando amenazan a su familia nunca ha estado realmente contra la pared. Pero debajo del miedo había algo más. Algo duro, terco, casi vergonzoso.

Rabia.

—No fueron animales —murmuró.

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