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65 aviones japoneses contra un solo P-40, la decisión del piloto dejó a todos sin palabras

65 aviones japoneses contra un solo P-40, la decisión del piloto dejó a todos sin palabras

El primer proyectil atravesó la pista como si el suelo hubiera decidido abrir la boca y tragarse a los hombres.

La torre de control explotó en una llamarada naranja. Cristales, madera, papeles, sangre. Todo salió volando al mismo tiempo. El sargento Miller, que hacía apenas diez segundos gritaba órdenes con un cigarrillo pegado al labio, desapareció detrás de una nube negra. Nadie supo si cayó, si corrió, si murió de pie. En la guerra hay momentos así: un cuerpo está ahí, respirando, insultando al viento, y al segundo siguiente solo queda su gorra rodando sobre cemento roto.

Daniel Mercer vio la explosión desde la cabina de su P-40 Warhawk.

El motor aún no estaba caliente.

La aguja de presión temblaba como la mano de un viejo.

Y en el cielo, bajando desde el este, aparecieron los puntos.

Al principio parecían moscas. Luego pájaros. Luego una bandada metálica, ordenada, brillante bajo el sol del Pacífico. Sesenta y cinco aviones japoneses. Cazas Zero escoltando bombarderos. Una tormenta con alas.

En la pista quedaban dos ambulancias, veinte mecánicos, tres camiones de combustible y una hilera de refugiados filipinos que habían llegado aquella misma madrugada buscando protección. Mujeres con niños en brazos. Ancianos que no sabían dónde mirar. Un cura español con la sotana manchada de barro. Y una niña de ocho años, Lucía, abrazada a una muñeca sin cabeza.

Daniel la había visto antes de subir al avión.

Ella le había preguntado, en un inglés roto:

—¿Usted puede espantar a los pájaros malos?

Daniel le sonrió como sonríen los hombres que no quieren mentir pero tampoco saben decir la verdad.

—Lo intentaré.

Ahora esos “pájaros malos” venían a borrar la pista del mapa.

Por radio, una voz desesperada gritó:

—Mercer, no despegues. Repito, no despegues. Son demasiados. Sal de ahí. ¡Sal de ahí ahora!

Daniel miró a su izquierda.

Su compañero, el teniente Harris, intentaba arrancar otro P-40. El motor tosía, escupía humo, se negaba a vivir. Dos mecánicos golpeaban la cubierta con herramientas como si pudieran convencer al metal con rabia.

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