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2002, Mexicali: pareja de médicos mexicanos desapareció — años después hallaron dónde estaban

2002, Mexicali: pareja de médicos mexicanos desapareció — años después hallaron dónde estaban

En 2002, una pareja de médicos desapareció misteriosamente en Mexicali. Durante años nadie supo qué les había pasado ni dónde estaban, hasta que una pista inesperada reabrió el caso. Pero lo que descubrieron sobre su destino superó cualquier peor temor. Era 15 de marzo de 2002. El consultorio médico Esperanza y salud en el centro de Mexicali cerraba sus puertas como cualquier otro día.

 Pero, ¿quién podría imaginar que esa tarde cambiaría para siempre la vida de una familia entera? El Dr. Alejandro Montano Herrera revisaba los últimos expedientes del día mientras su esposa, la doctora Laura Muñoz, organizaba los medicamentos en el botiquín. Habían trabajado juntos durante 8 años en esa pequeña clínica, atendiendo a familias de escasos recursos en una de las colonias más necesitadas de la ciudad fronteriza.

“¿Ya terminaste con los reportes del Seguro Popular?”, preguntó Laura guardando el último frasco de antibióticos en su lugar. Alejandro levantó la vista de los papeles. Sus ojos mostraban el cansancio de alguien que había atendido más de 20 pacientes ese día. Casi. Dame 5 minutos más y nos vamos.

 Pero, ¿sabían ellos que alguien los observaba desde el estacionamiento? Que cada movimiento suyo había sido estudiado durante semanas. La tarde de marzo caía lentamente sobre Mexicali. El calor del desierto de Baja California comenzaba a ceder y las primeras luces de los comercios se encendían en la avenida Reforma.

 Era viernes y como cada fin de semana tenían planeado cenar en el restaurante La cocina de doña Patti antes de recoger a su hija Mariana de casa de los abuelos paternos. Laura cerró la gaveta del escritorio y tomó su bolsa. Oye, ¿crees que deberíamos llamar a tu papá para avisar que llegaremos un poco tarde? No creo que sea necesario, respondió Alejandro mientras apagaba la computadora.

 Ya sabe que los viernes siempre cenamos solos, pero si hubieran hecho esa llamada, habría cambiado algo o el destino ya estaba sellado desde el momento en que pusieron un pie fuera de la clínica. A las 7:45 de la noche, los doctores Montano salieron del consultorio. Alejandro activó la alarma mientras Laura revisaba que llevara las llaves del coche.

 Suuru Blanco, 1998 los esperaba en el pequeño estacionamiento lateral, el mismo que habían usado durante años sin imaginar ningún peligro. “¿Sabes qué me antoja?”, dijo Laura subiendo al asiento del copiloto. Esos tacos de carnitas que venden cerca del restaurante. Alejandro sonrió. Después de 10 años de matrimonio, conocía perfectamente los antojos de su esposa.

 Está bien, pero primero la cena como gente decente y después los tacos. Encendió el motor. El radio comenzó a reproducir una canción de Alejandro Fernández. ¿Quién podría pensar que esa sería la última vez que escucharían música juntos? Antes de continuar con esta historia que nos llevará por un laberinto de misterio y dolor, me gustaría pedirte algo.

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Laura había puesto su bolsa en el asiento trasero y buscaba una estación de radio con mejor señal. Alejandro manejaba despacio por las calles del centro, evitando los baches que parecían multiplicarse cada temporada de lluvias. Mira”, señaló Laura hacia una pareja que caminaba abrazada por la banqueta.

 “¿Te acuerdas cuando nosotros andábamos así, todo el tiempo agarrados de la mano?” “¿Cómo que andábamos? Ya no lo hacemos”, bromeó Alejandro tomando la mano de su esposa. Pero en el espejo retrovisor algo llamó su atención. Un coche negro los había estado siguiendo desde que salieron del consultorio. Era solo casualidad.

 En una ciudad como Mexicali, con pocas rutas principales, era normal coincidir con otros conductores, pero algo no se sentía bien. Laura dijo con voz tranquila sin querer alarmarla. Puedes voltear discretamente hacia atrás. Hay un coche que creo que nos viene siguiendo. Laura fingió buscar algo en su bolsa mientras observaba por el espejo lateral.

 Efectivamente, un jeta negro con vidrios polarizados mantenía la misma distancia desde hacía varias cuadras. ¿Crees que? Comenzó a preguntar, pero Alejandro la interrumpió. Seguramente es coincidencia. Vamos a dar una vuelta por la colonia antes de ir al restaurante por si acaso. Pero cuando Alejandro dobló inesperadamente hacia la derecha en la calle Morelos, el coche negro hizo lo mismo.

 Cuando aceleró, el otro vehículo también aceleró. ¿Qué querían de dos médicos que solo trabajaban para ayudar a su comunidad? El corazón de Laura comenzó a latir más rápido. Habían escuchado historias. Mexicali, siendo ciudad fronteriza, no estaba exenta de la violencia que azotaba el país. Pero ellos eran doctores, ayudaban a la gente por alguien querría hacerles daño.

“Alejandro, mejor vamos directo a casa de tus papás”, sugirió con voz temblorosa. “No, no podemos llevar problemas a donde está Mariana”, respondió él apretando el volante. “Vamos hacia la carretera. Si realmente nos están siguiendo en un lugar más abierto, podremos ver qué quieren. Pero, ¿era esa la decisión correcta o estaban dirigiéndose exactamente hacia donde sus perseguidores querían llevarlos? La avenida que llevaba hacia las afueras de la ciudad estaba menos iluminada.

Los comercios daban paso a terrenos valdíos y algunas casas dispersas. El tráfico era mínimo a esa hora entre semana. Alejandro mantenía la velocidad constante sin querer parecer que huía, pero preparado para acelerar si era necesario. “Siguen ahí”, murmuró Laura observando el espejo. De pronto, el jeta negro aceleró y se colocó en el carril izquierdo como si fuera a rebasarlos.

Alejandro respiró aliviado por un momento. Tal vez sí había sido su imaginación. Pero entonces sucedió lo impensable. El jeta no los rebasó. Se emparejó con ellos y comenzó a cerrarles el paso, forzándolos hacia el acotamiento. Alejandro no tuvo más opción que detenerse. ¿Qué hacemos?, preguntó Laura, su voz apenas un susurro.

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