18 AÑOS DE SILENCIO — RAÚL REYES, los DOCUMENTOS y CEPEDA CONTRA LAS CUERDAS
Cuando mataron a Raúl Reyes en el año 2008, encontraron tres computadores llenos de secretos, secretos tan peligrosos que la Corte Suprema de Justicia de Colombia decidió que era mejor no usarlos nunca. Mejor enterrarlos, mejor olvidarlos. Pasaron 18 años y esos computadores nunca se abrieron aquí en Colombia.
Pero hoy en una corte de Nueva York, esos mismos computadores están siendo usados como prueba contra Nicolás Maduro. Y ahí adentro hay nombres, hay conversaciones, hay pruebas de cosas que muchos no quieren que se sepan. Y uno de esos nombres es el de un senador colombiano que hoy quiere ser presidente. Esta es la historia de los secretos que Colombia prefirió no conocer y de por qué hoy vuelven a aparecer.

Bienvenidos a Historia Oculta. Antes de comenzar este relato, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves. Era la madrugada del primero de marzo del año 2008. Hacía frío en la selva que queda entre Colombia y Ecuador, una selva espesa donde los árboles son tan altos que casi no deja pasar la luz del sol.
Ahí, en ese lugar escondido del mundo, había un campamento guerrillero. No era un campamento cualquiera. Era el campamento de Raúl Reyes, el segundo hombre más poderoso de las FART, después de Manuel Marulanda, el que llamaban tiro fijo. Raúl Reyes era un hombre temido. Llevaba más de 30 años en la guerrilla.
Conocía la selva como la palma de su mano. Sabía moverse sin hacer ruido. Sabía esconderse cuando era necesario. Pero esa noche del primero de marzo, él no sabía que su vida estaba a punto de terminar. No sabía que a pocos kilómetros de su campamento había soldados colombianos preparándose para atacar.
El gobierno colombiano llevaba meses siguiendo el rastro de Raúl Reyes. Tenían informantes que les pasaban información. Tenían tecnología que les permitía escuchar conversaciones. Sabían que Reyes se movía entre Colombia y Ecuador, que usaba la frontera como escudo porque pensaba que ahí estaba seguro, que las autoridades colombianas no se atreverían a cruzar la frontera para buscarlo. Pero se equivocó.
El presidente de Colombia en ese momento era Álvaro Uribe, un hombre que había jurado acabar con las FART, que había convertido la lucha contra la guerrilla en su proyecto de vida. Uribe no iba a dejar escapar a Raúl Reyes solo porque estaba del otro lado de la frontera. Si había que entrar a Ecuador sin permiso, se entraba. La orden fue clara.
Encontrar a Raúl Reyes y eliminarlo. No importaba dónde estuviera. No importaba si eso creaba problemas diplomáticos con Ecuador. Lo importante era darle un golpe duro a las FARC, demostrarles que no había lugar donde pudieran esconderse, que el gobierno los iba a perseguir hasta el último rincón de la selva.
Los soldados que participaron en esa operación eran de las fuerzas especiales, hombres entrenados para este tipo de misiones, hombres que sabían moverse en la oscuridad, que sabían disparar con precisión, que no temblaban cuando llegaba el momento de actuar. Se pintaron la cara de negro para no ser vistos, cargaron sus armas, revisaron sus equipos y esperaron la señal.
A las 2 de la madrugada comenzó el operativo. Aviones de la Fuerza Aérea Colombiana volaron bajo sobre la selva, tan bajo que las copas de los árboles se movían con el viento de las hélices. Los pilotos buscaban el campamento de Raúl Reyes, buscaban las coordenadas exactas que les habían dado los servicios de inteligencia.
Cuando lo encontraron, lanzaron las primeras bombas. El ruido fue terrible. Las explosiones iluminaron la selva como si fuera de día. Los árboles se partieron. La tierra tembló. El campamento guerrillero se convirtió en un infierno de fuego y humo. Los guerrilleros que estaban durmiendo saltaron de sus hamacas sin entender qué estaba pasando.
Algunos corrieron buscando refugio, otros trataron de tomar sus armas, pero ya era demasiado tarde. Después de las bombas vinieron los helicópteros. Ahí venían los soldados de las fuerzas especiales. Bajaron por cuerdas en medio del humo. Cayeron en el campamento con las armas listas. Empezaron a disparar a todo lo que se movía. La orden era clara.
No dejar sobrevivientes, no dar oportunidad de escapar. Raúl Reyes trató de huir, salió corriendo de su caleta con un arma en la mano, pero no llegó muy lejos. Los soldados lo vieron, apuntaron, dispararon. Raúl Reyes cayó al suelo. Su cuerpo quedó tirado entre el barro y las hojas.
El segundo hombre más poderoso de las FARC había muerto. La operación había sido un éxito. Pero lo que los soldados no sabían en ese momento era que habían encontrado algo más valioso que el cuerpo de Raúl Reyes. Cuando revisaron el campamento después del combate. Cuando buscaron entre los escombros y las carpas destruidas, encontraron tres computadores portátiles.
Uno de ellos estaba en la caleta donde dormía Reyes. Los otros dos estaban en carpas cercanas. También encontraron varias memorias USB. Los soldados no tocaron esos computadores. Sabían que podían contener información importante. Sabían que había que protegerlos, que había que entregarlos a los investigadores sin que nadie los manipulara.
Entonces los metieron en bolsas plásticas, los sellaron, escribieron la hora y el lugar donde los habían encontrado y los enviaron en helicóptero a Bogotá. Cuando los computadores llegaron a la capital fueron entregados al cuerpo técnico de investigación de la fiscalía. Ahí había expertos en informática forense, gente entrenada para revisar este tipo de equipos sin dañar la información, sin alterar nada.
El trabajo de ellos era hacer una copia exacta de todo lo que había en esos discos duros, guardar cada archivo, cada correo, cada foto, cada documento. El proceso tomó varias semanas. Los expertos trabajaron día y noche. Usaron programas especiales para recuperar incluso los archivos que habían sido borrados.
Querían asegurarse de que no se perdiera nada, que cada pedazo de información quedara guardado. Cuando terminaron, tenían copias de más de 37,000 archivos, correos electrónicos, documentos de Word, hojas de Excel, fotos, vídeos. Pero antes de que el gobierno colombiano pudiera usar esa información, había un problema. Ecuador estaba furioso.
El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, dijo que Colombia había violado su soberanía, que había entrado a su territorio sin permiso, que había bombardeado suelo ecuatoriano, que eso era un acto de guerra. Correa rompió relaciones diplomáticas con Colombia, expulsó al embajador colombiano, pidió apoyo internacional para condenar lo que había pasado.
Y en medio de ese problema diplomático surgió otra pregunta. ¿Eran legales esos computadores? se podían usar como prueba si habían sido encontrados en territorio de otro país. ¿No era eso una violación a las leyes internacionales? Los abogados defensores de guerrilleros capturados empezaron a decir que esos computadores no servían, que habían sido obtenidos de forma ilegal, que nada de lo que había ahí se podía usar en juicios.
El gobierno colombiano sabía que tenía que demostrar que esos computadores no habían sido manipulados, que la información era real, que no era un montaje. Entonces hicieron algo inteligente, llamaron a la Interpol, la Organización Internacional de Policía les pidieron que mandaran expertos a Colombia para verificar la autenticidad de esos archivos.
La Interpol aceptó, mandó un equipo de especialistas en informática forense de varios países. Esos expertos pasaron semanas revisando los computadores, comparando fechas, verificando que los archivos no hubieran sido creados después del primero de marzo, buscando cualquier señal de manipulación. En mayo de 2008, la Interpol publicó su informe.
El informe fue claro, contundente. Los computadores eran auténticos. La información no había sido manipulada. Todo lo que había ahí era real. Había sido creado antes de la muerte de Raúl Reyes. No había ninguna evidencia de que alguien hubiera alterado los archivos. El informe decía textualmente, “No se ha creado, modificado o suprimido ningún archivo de usuario después de su decomiso.
” Con ese informe en la mano, el gobierno colombiano pensó que ya tenía todo lo necesario para usar esa información. Pensaron que podían abrir investigaciones contra políticos, contra empresarios, contra cualquier persona que apareciera en esos correos ayudando a las FART, pero no contaban con lo que iba a pasar después.
Cuando los investigadores empezaron a revisar el contenido de esos computadores, se quedaron sin palabras. Ahí adentro había de todo. Había correos entre Raúl Reyes y comandantes de otros frentes guerrilleros coordinando operaciones militares. Había documentos sobre secuestrados, sobre cuánto dinero pedían por cada uno, sobre dónde los tenían escondidos.
Pero lo más impactante no era eso. Lo más impactante eran los correos sobre política, sobre contactos con políticos colombianos, con senadores, con congresistas. Había mensajes donde Raúl Reyes hablaba de reuniones con gente importante, de marchas que iban a organizar, de protestas que iban a hacer.
Y en esos mensajes aparecían nombres, nombres de personas que hoy caminan libres por las calles de Colombia, que tienen cargos públicos, que salen en televisión hablando de democracia. También había información sobre Venezuela, sobre la relación entre las FARC y el gobierno de Hugo Chávez. Había documentos que mostraban como Chávez les daba dinero a las FARC, como les permitía usar territorio venezolano para esconderse, como les ayudaba a comprar armas.
Había correos donde Raúl Reyes le agradecía a Chávez por su apoyo, donde le pedía más ayuda, donde coordinaban operaciones y también había información sobre narcotráfico, sobre cómo las FAR movían cocaína, sobre rutas que usaban para sacar la droga hacia Ecuador y Venezuela, sobre acuerdos con narcos mexicanos, sobre plata que lavaban a través de empresas legales.
Había registros de envíos, de pagos, de cuentas bancarias en el exterior. Cuando todo esto empezó a salir en los medios de comunicación, Colombia quedó en shock. La gente no podía creer lo que estaba leyendo. No podía creer que políticos respetados tuvieran contacto con las FARC, que senadores que hablaban de paz estuvieran en realidad trabajando con la guerrilla, que el gobierno de Venezuela estuviera financiando el terrorismo en Colombia.
Pero mientras la gente se indignaba, mientras los medios publicaban noticia tras noticia sobre lo que había en esos computadores, algo extraño empezó a pasar en los tribunales. Los abogados de las personas mencionadas en esos archivos empezaron a pedir que no se usara esa información. argumentaban que había sido obtenida de forma ilegal, que la operación Fénix había violado la soberanía de Ecuador, que por lo tanto todo lo que se encontró ahí no servía como prueba.
Y para sorpresa de muchos, algunos jueces empezaron a darles la razón. Empezaron a decir que efectivamente había dudas sobre la legalidad de cómo se consiguieron esos computadores, que no se podía usar información obtenida violando las leyes internacionales, que eso iba en contra de los derechos fundamentales de las personas acusadas.
El caso llegó hasta la Corte Suprema de Justicia, el Tribunal más alto de Colombia. Ahí se iba a decidir si esos computadores se podían usar o no. Si toda esa información que había revelado cosas tan graves se podía tener en cuenta en las investigaciones, la decisión que tomara la corte iba a cambiar todo.
Los magistrados de la Corte Suprema se reunieron durante semanas, discutieron, debatieron. Algunos decían que la información era demasiado importante para ignorarla, que había pruebas de delitos graves, que la justicia tenía la obligación de investigar. Otros decían que la forma como se habían conseguido esos computadores violaba principios fundamentales del derecho, que no se podía justificar el fin por los medios.
Finalmente, en septiembre de 2008, la Corte Suprema de Justicia tomó su decisión y la decisión fue devastadora para quienes querían que se investigara. La Corte dijo que esos computadores no se podían usar, que habían sido obtenidos de forma ilegal, que la operación Fénix había violado la soberanía de Ecuador y por lo tanto todo lo que se encontró ahí quedaba invalidado.
La Corte argumentó que aceptar esas pruebas sería darle permiso al Estado para violar las leyes cuando le conviniera, que eso era peligroso, que abría la puerta para abusos, que era mejor proteger los principios del debido proceso, aunque eso significara que algunos culpables quedaran libres. Mejor eso dijeron.
que permitir que el Estado actuara por fuera de la ley. Con esa decisión, todo lo que había en los computadores de Raúl Reyes quedó archivado. Los nombres que aparecían ahí nunca fueron investigados oficialmente. Las pruebas sobre narcotráfico nunca se usaron en juicios. Los documentos sobre la relación entre las FARC y Venezuela quedaron guardados en algún archivo de la fiscalía sin que nadie los volviera a sacar.
Fue como si alguien hubiera decidido que era mejor no saber, que era mejor cerrar ese capítulo, que esa información era demasiado peligrosa, que podía causar problemas demasiado grandes. Entonces, la solución fue simple: enterrarla, olvidarla, seguir adelante como si esos computadores nunca hubieran existido.
Los políticos que aparecían mencionados en esos archivos respiraron aliviados. Sabían que ya nadie los iba a investigar, que esa información estaba muerta legalmente. Algunos de ellos siguieron con sus carreras políticas como si nada. Siguieron dando discursos sobre paz y democracia. Siguieron ocupando cargos importantes.
Siguieron saliendo en televisión y Colombia siguió adelante. La guerra con las FARC continuó durante varios años más hasta que finalmente en el año 2016 se firmó un acuerdo de paz. Las Ftejaron las armas se convirtieron en un partido político legal. Muchos de sus comandantes recibieron amnistía, algunos de ellos hoy son congresistas.
Los computadores de Raúl Reyes quedaron olvidados en algún depósito de evidencias de la fiscalía. Durante 18 años nadie los volvió a mencionar. Parecía que esa historia había terminado para siempre, que esos secretos se habían llevado para la tumba junto con Raúl Reyes. Pero a veces el pasado no se queda enterrado.
A veces las verdades que se tratan de ocultar encuentran la forma de salir a la luz. Y eso fue exactamente lo que pasó con esos computadores, porque mientras en Colombia estaban olvidados, en otro país alguien los estaba recordando, alguien estaba sacándolos del archivo, alguien estaba preparándose para usarlos de una forma que nadie en Colombia había imaginado.
Ese alguien era la justicia de Estados Unidos y el objetivo no era investigar a políticos colombianos. El objetivo era mucho más grande. El objetivo era acusar al dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, de ser el jefe de una organización criminal internacional dedicada al narcotráfico. Y para eso necesitaban pruebas, pruebas viejas, pruebas que mostraran la relación entre el gobierno venezolano y las FARC.
Y esas pruebas estaban ahí guardadas en los computadores que Colombia había decidido no usar. En enero de 2026, Nicolás Maduro fue capturado en Venezuela en una operación conjunta entre fuerzas venezolanas opositoras y agencias estadounidenses. Fue llevado a Estados Unidos para ser juzgado. Los cargos eran gravísimos.
Narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero, conspiración para inundar Estados Unidos con cocaína. Los fiscales estadounidenses empezaron a armar su caso, buscaron pruebas por todos lados, hablaron con testigos, revisaron archivos de la DEA, consultaron con informantes y en ese proceso alguien les habló de los computadores de Raúl Reyes.
Les dijeron que ahí había información sobre la relación entre Venezuela y Las FARC, que había correos, documentos, pruebas concretas. Los fiscales estadounidenses pidieron copias de esos archivos. El gobierno colombiano se las entregó. Después de todo, para Colombia ya no servían. La Corte Suprema había dicho que no se podían usar.
Entonces, no había problema en compartirlos con otro país. Lo que los colombianos no imaginaban era que esos archivos que aquí estaban muertos iban a cobrar vida en una corte de Nueva York. Los fiscales estadounidenses han anunciado que los computadores de Raúl Reyes serán una de sus pruebas principales cuando comience el juicio contra Maduro, esos mismos computadores que Colombia había enterrado 18 años atrás.
Se espera que los abogados de Maduro intenten objetar, que digan lo mismo que se dijo en Colombia, que esos computadores fueron obtenidos de forma ilegal. Pero analistas legales creen que los jueces estadounidenses no aceptarán ese argumento, que dirán que la operación Fénix fue un acto legítimo de defensa nacional colombiana, que el hecho de que ocurrió en Ecuador no invalida las pruebas, que lo importante es verificar que la información no fue manipulada y la Interpol ya hizo eso.
Si los computadores son aceptados como prueba, lo que hay adentro será presentado en el juicio. Los fiscales mostrarán correos entre Raúl Reyes y funcionarios del gobierno venezolano. Mostrarán documentos donde se habla de pagos de Chávez a las FFARC. Mostrarán registros de envíos de cocaína que pasaban por Venezuela con protección oficial.
Y mientras todo esto pasaba en Nueva York, en Colombia, la gente empezó a preguntar, ¿cómo es posible que lo que no sirvió aquí si sirva en Estados Unidos? Porque la misma prueba que la Corte Suprema Colombiana rechazó es aceptada por un juez estadounidense. ¿Qué diferencia hay entre una justicia y la otra? Pero las preguntas no pararon ahí, porque en esos archivos que se están usando en Nueva York no solo hay información sobre Maduro y Chávez, también hay nombres de colombianos, nombres que nunca fueron investigados
aquí, nombres de políticos que hoy ocupan cargos importantes y uno de esos nombres, según reportaron algunos medios en enero de este año, es el de un senador que hoy es candidato a la presidencia. Cuando los medios colombianos empezaron a reportar en enero de este año que según documentos filtrados relacionados con el caso de Maduro, estaban apareciendo nombres de políticos colombianos. El país entero se paralizó.
La gente quería saber quiénes eran esos nombres, que decían exactamente esos archivos. Porque esa información que había estado guardada durante 18 años ahora estaba saliendo a la luz. Los periodistas empezaron a investigar, llamaron a fuentes en Estados Unidos, hablaron con abogados que estaban siguiendo el juicio de Maduro, revisaron documentos públicos de la Corte y poco a poco empezaron a armar el rompecabezas.
Empezaron a entender que era exactamente lo que había en esos computadores sobre Colombia. Uno de los primeros nombres que salió fue el de Piedad Córdoba, una senadora que había sido muy cercana a Hugo Chávez, que había trabajado durante años en intentos de diálogo con las FARC, que había visitado campamentos guerrilleros, que había servido como intermediaria en liberaciones de secuestrados.
En los computadores de Raúl Reyes, ella aparecía con un alias Teodora Bolívar. Los correos mostraban que Piedad Córdoba coordinaba con las FARC, que les pasaba información sobre el gobierno colombiano, que les ayudaba a planear estrategias políticas. En uno de los correos, Raúl Reyes escribía sobre una reunión que había tenido con ella, sobre acuerdos que habían hecho, sobre cómo iban a presionar al gobierno para que aceptara un intercambio humanitario.
Cuando esa información había salido en Colombia en el año 2008, Piedad Córdoba había perdido su curul en el Senado, la habían destituido por esos vínculos con las FART. Pero después, años más tarde, la Corte Constitucional había dicho que esa destitución era ilegal porque se había basado en pruebas que no eran válidas los computadores de Raúl Reyes y le habían devuelto sus derechos políticos.
Ahora, esos mismos correos estaban siendo usados en Nueva York. estaban siendo presentados como prueba de que el gobierno venezolano usaba a políticos colombianos para mantener contacto con las FARP, para coordinar operaciones, para proteger las rutas del narcotráfico. El nombre de Piedad Córdoba estaba ahí en el centro de un escándalo internacional.
Pero el nombre que más sorprendió a Colombia no fue el de Piedad Córdoba. Todos sabían de su cercanía con las FARC. Lo que nadie esperaba era el otro nombre que empezó a aparecer en los reportes del juicio, el nombre de Iván Cepeda. Iván Cepeda era uno de los senadores más conocidos de Colombia, hijo de Manuel Cepeda, un líder comunista que había sido asesinado en 1994.
Iván había dedicado su vida a la política de izquierda. Había sido activista de derechos humanos. Había trabajado en procesos de paz y ahora en el año 2026 era el candidato presidencial del Pacto Histórico, el partido que había fundado Gustavo Petro. En las encuestas, Iván Cepeda aparecía en segundo lugar con posibilidades reales de pasar a segunda vuelta.
Muchos lo veían como el heredero del proyecto de Petro, como el hombre que podía continuar con las reformas que el gobierno actual había intentado hacer. tenía el apoyo de los movimientos sociales, de las organizaciones de víctimas, de sectores de la izquierda. Pero cuando empezaron a salir reportes de que su nombre aparecía en los computadores de Raúl Reyes, todo cambió.
Los medios de comunicación empezaron a buscar qué era exactamente lo que decían esos archivos sobre él, y lo que encontraron fue explosivo. Según los documentos presentados en el juicio de Nueva York, en los computadores de Raúl Reyes había un correo fechado en febrero de 2008, un mes antes de que mataran a Reyes.
En ese correo, un comandante guerrillero le escribía a Raúl Reyes sobre una marcha que estaban planeando, una marcha contra las políticas del gobierno de Álvaro Uribe y en ese correo decía textualmente, “Por pedido del compañero Iván Cepeda estoy coordinando la unidad de las marchas que se harán el próximo 6 de marzo.
” Ese correo era una bomba. mostraba que Iván Cepeda, quien en ese momento era un activista de derechos humanos, estaba en contacto con las FARC, que coordinaba con ellos acciones políticas, que trabajaban juntos para organizar protestas contra el gobierno, eso no era ilegal necesariamente. Muchas organizaciones sociales coordinaban marchas en esa época, pero el problema era que lo estaba haciendo directamente con la guerrilla, con un grupo armado que en ese momento estaba secuestrando gente, poniendo bombas, matando
soldados. Cuando los periodistas le preguntaron a Iván Cepeda sobre ese correo, él dio una rueda de prensa. Estaba visiblemente molesto. Dijo que esa información era vieja, que había sido sacada de contexto, que en esa época muchas organizaciones sociales trabajaban por la paz, que eso no significaba que él fuera parte de las FARC.
dijo que él nunca había negado que en su juventud había participado en movimientos sociales que buscaban él. Diálogo con la guerrilla, que eso era parte de buscar la paz, que muchas personas respetables habían hecho lo mismo, que no se podía juzgar el pasado con los ojos del presente. Pidió que no se usara esa información para hacer campaña sucia en su contra, pero la explicación no convenció a muchos.
La oposición política aprovechó inmediatamente. Empezaron a decir que Iván Cepeda era el candidato de las FARC, que había sido un colaborador de la guerrilla, que si llegaba a la presidencia iba a gobernar siguiendo instrucciones de los exguerrilleros que ahora eran políticos. Los memes en redes sociales empezaron a circular, las acusaciones se multiplicaron.
El expresidente Álvaro Uribe, quien seguía siendo una figura política muy influyente, dio varias entrevistas hablando del tema. Uribe dijo que él siempre había sabido que Iván Cepeda tenía vínculos con las FART, que eso estaba probado en los computadores de Raúl Reyes desde el año 2008, que no era nada nuevo, que lo único nuevo era que ahora Estados Unidos sí estaba usando esas pruebas mientras Colombia las había enterrado.
Uribe fue más allá, dijo que Cepeda le hacía mandados a Las FARC, que estaba muy jovencito cuando empezó a trabajar con ellos, que los computadores de Reyes lo demostraban, que había fotos de cepeda con escomandantes guerrilleros como Jesús Santr y como Iván Márquez, que eso no era casualidad, que eso mostraba una relación profunda y duradera.
Las fotos a las que Uribes se refería si existían eran fotos de años recientes después del acuerdo de paz, donde se veía a Iván Cepeda en eventos públicos junto a esguerrilleros que se habían desmovilizado. Cepeda siempre había dicho que esas fotos eran parte de su trabajo como senador, que él hacía seguimiento al proceso de paz, que era normal reunirse con los desmovilizados para saber cómo iba su reintegración.
Pero ahora esas fotos se veían diferentes. Ahora la gente las miraba y pensaba, “¿Será que esta cercanía viene de muchos años atrás? ¿Será que Cepeda siempre ha estado del lado de las FART? ¿Será que su trabajo por la paz era en realidad un trabajo para la guerrilla? Los analistas políticos empezaron a debatir en todos los programas de televisión. Algunos defendían a Cepeda.
Decían que era injusto juzgarlo por haber buscado el diálogo en una época donde muchos colombianos creían que esa era la única forma de terminar la guerra, que no se podía equiparar buscar la paz con ser guerrillero, que eso era una simplificación peligrosa. Otros analistas decían lo contrario. Decían que Cepeda nunca había sido claro sobre sus vínculos con las FARC, que siempre había evadido las preguntas, que nunca había explicado realmente qué tipo de relación tenía con ellos.
que ahora que salían pruebas concretas, él solo decía que era viejo, que era sacarlas de contexto, pero que nunca daba una explicación satisfactoria. Las encuestas empezaron a moverse. Algunos analistas proyectaban que la intención de voto por Iván Cepeda podría caer si el escándalo seguía creciendo. Algunos de sus votantes empezaron a dudar, no porque creyeran que él era un guerrillero, sino porque les preocupaba que ese escándalo lo debilitara, que si llegaba a la presidencia con esas acusaciones encima no iba a poder
gobernar tranquilo, que iba a estar todo el tiempo defendiéndose. Pero había algo más en esos computadores, algo que iba más allá de Iván Cepeda. Había información sobre muchas otras personas, sobre empresarios que le habían dado plata a las FART, sobre alcaldes que habían hecho pactos con la guerrilla para que no atacaran sus municipios, sobre periodistas que habían recibido pagos para publicar ciertas noticias, sobre abogados que trabajaban para las FARC desde las ciudades.
Todo eso estaba ahí documentado, con nombres, con fechas, con montos de dinero. Pero nada de eso se había investigado en Colombia porque la Corte Suprema había dicho que esos computadores no se podían usar. Entonces, todos esos nombres habían quedado libres, sin consecuencias, como si nada hubiera pasado. Y ahora la pregunta que muchos colombianos se hacían era simple, pero dolorosa.
¿Por qué la justicia colombiana decidió no usar esas pruebas? ¿Fue realmente por razones legales o fue porque había gente poderosa que no quería que se investigara? ¿Fue algunos de los nombres que aparecían ahí eran intocables? Esas preguntas no tenían respuesta clara. Los magistrados que habían tomado la decisión en el año 2008 ya no estaban en la Corte Suprema.
Algunos se habían retirado, otros habían muerto. Nadie podía preguntarles qué habían pensado realmente, si habían actuado de buena fe protegiendo principios legales o se habían cedido a presiones políticas. Lo que sí era claro es que esa decisión había tenido consecuencias enormes. Había permitido que personas con vínculos probados con las FARC siguieran haciendo política.
Había dejado sin castigo a empresarios que habían financiado el terrorismo. Había protegido a funcionarios corruptos que habían trabajado para la guerrilla. Había enterrado una verdad que Colombia necesitaba conocer. Y esa verdad no solo era sobre Colombia, también era sobre Venezuela. Los computadores de Raúl Reyes contenían información detallada sobre cómo el gobierno de Hugo Chávez había apoyado a las FARC durante años, como les había dado dinero, armas, refugio, como había usado su territorio para que la guerrilla moviera cocaína, como había
permitido que comandantes guerrilleros vivieran en Caracas sin ser molestados. En los correos se veía que Hugo Chávez no solo simpatizaba con las FARC, él era parte de su red de apoyo. Les daba consejos estratégicos, les ayudaba a negociar con otros gobiernos, les facilitaba contactos internacionales. Era casi como si Chávez fuera un miembro más de la organización, el miembro que tenía el poder de un estado.
Y cuando Hugo Chávez murió en el año 2013 y Nicolás Maduro tomó el poder, esa relación continuó. Maduro siguió protegiendo a las FARP, siguió permitiendo que usaran territorio venezolano, siguió beneficiándose del narcotráfico que ellos manejaban. Por eso, cuando capturaron a Maduro y lo llevaron a Estados Unidos, los fiscales sabían que los computadores de Raúl Reyes eran una prueba perfecta.
Esos computadores mostraban el inicio de la relación, mostraban cómo se había construido esa alianza entre Venezuela y las FART. mostraban que no era algo improvisado, sino algo planeado, sistemático, que venía de años atrás con Chávez en el centro de todo. Eran la prueba de que Venezuela no era solo un país que miraba para otro lado mientras pasaba el narcotráfico.
Era un país que participaba activamente, que era cómplice, que era socio del negocio. Los fiscales estadounidenses han anunciado que cuando comience el juicio en Nueva York planean presentar correos donde Raúl Reyes le reportaba a Chávez sobre cargamentos de cocaína. donde le pedía ayuda para mover droga hacia México, donde le agradecía por haberles dado equipos de comunicación, donde coordinaban reuniones secretas en la frontera.
Cada correo será una pieza más del rompecabezas para mostrar a Venezuela como un narcoestado. Se espera que los abogados de Maduro intenten defenderse argumentando que esos correos no prueban que Maduro supiera de eso, que en esa época Maduro era solo canciller de Chávez, que no tenía control sobre las operaciones militares, que no se le puede culpar por decisiones que había tomado Chávez.
Pero los fiscales han adelantado que tienen otros documentos donde el nombre de Maduro también aparece. Había correos más recientes de los años 2010 y 2011, donde se mencionaba a Maduro como un contacto importante, como alguien que también ayudaba, como alguien que estaba al tanto de lo que pasaba.
Los fiscales argumentaron que Maduro no solo sabía, sino que cuando llegó al poder continuó con las mismas políticas que protegió a las FARARC incluso después de que firmaran la paz en Colombia. Porque después del acuerdo de paz del año 2016, algunos comandantes de las FARC no aceptaron el acuerdo. Se fueron para Venezuela y desde ahí siguieron en el negocio del narcotráfico.
El gobierno de Maduro los protegió, no los extradito, no los persiguió, los dejó operar libremente. Eso también estaba documentado. Había reportes de inteligencia, testimonios de desertores, fotos satelitales de campamentos guerrilleros en territorio venezolano. Todo eso se planea usar en el juicio de Nueva York cuando comience.
Los fiscales tienen testigos, tienen documentos, tienen interceptaciones, tienen los computadores de Raúl Reyes, tienen todo lo que necesitan para tratar de probar que Maduro ha sido el jefe de una organización criminal que ha inundado Estados Unidos con toneladas de cocaína. Mientras tanto, en Colombia, el escándalo por los nombres que aparecían en esos computadores no paraba.
Cada día salía información nueva. Cada día los medios encontraban otro correo, otro documento, otra conexión. La campaña presidencial se había convertido en un debate sobre el pasado, sobre quién tenía vínculos con las FARC y quién no. Iván Cepeda intentó cambiar el tema. Empezó a hablar de sus propuestas, de lo que iba a hacer si llegaba a la presidencia, de las reformas que quería impulsar, de cómo iba a bajar la pobreza, de cómo iba a mejorar la salud y la educación.
Pero cada vez que daba una entrevista, cada vez que hacía un discurso, lo primero que le preguntaban era sobre los computadores de Raúl Reyes. En un debate presidencial que se hizo a mediados de enero, uno de los otros candidatos lo enfrentó directamente. Le preguntó frente a las cámaras, “¿Usted coordinó marchas con las FARC, ¿sí o no? ¿Usted le hacía mandados a Raúl Reyes, ¿sí o no? ¿Usted está dispuesto a pedir perdón por esa relación o va a seguir diciendo que es campaña sucia?” Iván Cepeda respondió con firmeza.
Dijo que él había sido un activista de paz, que había trabajado por el fin del conflicto, que nunca había hecho nada ilegal, que coordinar marchas con organizaciones sociales no era un crimen, que en esa época muchas personas buscaban el diálogo, que no se iba a dejar intimidar por acusaciones basadas en información sacada de contexto.
Pero su respuesta no fue suficiente para muchos. En las redes sociales lo atacaron. Dijeron que estaba evadiendo la pregunta, que no había dado una respuesta clara, que seguía escondiendo la verdad. Los hashtags en su contra se volvieron tendencia. Sus opositores políticos compartieron vídeos editados donde se veía solo la pregunta y su cara incómoda.
Antes de responder, sus seguidores trataron de defenderlo. Dijeron que era una cacería de brujas, que estaban usando el pasado para destruir a un buen hombre, que Iván Cepeda había dedicado su vida a la paz y que no merecía este trato, que si hubiera hecho algo ilegal ya lo habrían investigado hace años, que el hecho de que nunca hubiera sido acusado formalmente probaba que no había nada malo, pero la realidad política es cruel.
No importa si las acusaciones son justas o no, lo que importa es cómo las percibe la gente. Y la gente estaba percibiendo que Iván Cepeda tenía un pasado oscuro, que había cosas que no había contado, que tal vez no era el líder transparente que decía ser. Las encuestas mostraron señales preocupantes. Algunos sondeos indicaban que Iván Cepeda podría estar perdiendo terreno, que su intención de voto podría caer si las revelaciones continuaban, que candidatos que antes estaban muy abajo podrían empezar a subir.
La carrera presidencial podría estar reacomodándose por culpa de unos computadores que Colombia había decidido enterrar 18 años atrás. Y no solo Iván Cepeda estaba siendo afectado, todo el pacto histórico estaba en problemas. Porque si su candidato presidencial tenía vínculos con las FARC, entonces la pregunta era, ¿cuántos más del partido tienen esos vínculos? ¿Cuántos congresistas del pacto histórico aparecen en esos computadores? ¿Cuántos funcionarios del gobierno de Gustavo Petro están mencionados ahí? Algunos periodistas empezaron a hacer
esas preguntas. empezaron a pedir que se hiciera público todo el contenido de los computadores de Raúl Reyes, que Colombia conociera la verdad completa, que se supiera exactamente quiénes aparecían ahí y que decían los documentos sobre ellos, que no se quedara en rumores y filtraciones, sino que hubiera transparencia total.
Pero el gobierno de Gustavo Petro se negó. Dijeron que esa información era parte de archivos judiciales, que no se podía hacer pública así como así, que había que respetar los derechos de las personas mencionadas, que no se podía arruinar la vida de la gente por aparecer en unos correos de hace casi 20 años, que Colombia había superado esa época con el acuerdo de paz y que no había que reabrirlo.
Esa posición del gobierno generó más sospechas. La gente empezó a pensar, ¿por qué no quieren que se sepa? ¿Qué están escondiendo? ¿Cuántos del gobierno actual están en esos archivos? Por eso enterraron esa información hace años. Por eso la Corte Suprema decidió que no se podía usar. Las teorías de conspiración empezaron a circular.
Algunos decían que la decisión de la Corte Suprema en el año 2008 había sido comprada, que políticos poderosos habían presionado a los magistrados para que dijeran que esos computadores no servían, que todo había sido un plan para proteger a gente importante, que la justicia colombiana había sido cómplice de ocultar la verdad.
No había forma de probar esas teorías, pero el hecho de que no se pudieran desmentir completamente las hacía más fuertes. La desconfianza en las instituciones colombianas creció. La gente empezó a creer que todo estaba arreglado, que la justicia favorecía a los poderosos, que las reglas no aplicaban igual para todos. Y en medio de todo ese caos, en medio de ese escándalo que crecía cada día, pasó algo que nadie esperaba.
Uno de los testigos del juicio de Maduro en Nueva York, un exguerrillero de las FARC que se había desmovilizado y que ahora colaboraba con la justicia estadounidense, dio una entrevista a un medio colombiano. En esa entrevista, el exguerrillero dijo que él había conocido a Iván Cepeda en persona, que se habían reunido dos veces en los años 2006 y 2007, que Cepeda había ido a una zona rural a hablar con comandantes guerrilleros sobre el tema de los prisioneros políticos, que en ese momento Cepeda trabajaba con una ONG de
derechos humanos y que estaba tratando de mediar para que liberaran a algunos secuestrados. El exguerrillero dijo que Cepeda nunca hizo nada ilegal, que solo fue como mediador, que habló de temas humanitarios, que no coordinó operaciones militares ni nada parecido, que era un hombre serio que buscaba ayudar, pero que sí, que había tenido contacto directo con la guerrilla, que eso no se podía negar.
Esa entrevista fue un golpe doble para Iván Cepeda. Por un lado, confirmaba que se había tenido contacto directo con las FARARC, algo que él siempre había tratado de minimizar. Por otro lado, el esguerrillero decía que no había hecho nada malo, que solo había buscado ayudar, pero a estas alturas ya no importaba.
El daño estaba hecho, la imagen estaba manchada. Los asesores de campaña de Iván Cepeda entraron en pánico. Sabían que estaban perdiendo la elección, que necesitaban hacer algo drástico para cambiar la narrativa. Entonces tomaron una decisión arriesgada. Decidieron que Iván Cepeda iba a dar una entrevista larga de una hora donde iba a contar toda su historia, donde iba a hablar de su pasado sin ocultar nada, donde iba a explicar por qué había buscado el diálogo con las FARC.
La entrevista se transmitió en vivo por varios canales de televisión y por internet. Millones de colombianos la vieron. Iván Cepeda habló con voz serena. dijo que cuando él era joven, Colombia vivía una guerra terrible, que todos los días morían soldados, guerrilleros, civiles, que los secuestros eran cosa de todos los días, que el país estaba roto.
dijo que en medio de esa guerra él había decidido que su misión iba a ser buscar la paz, que por eso había trabajado con organizaciones de derechos humanos, que por eso había hablado con todos los actores del conflicto, con el gobierno, con las FARC, con el ELN, con paramilitares, con todos, porque creía que la única forma de terminar la guerra era hablando.
Reconoció que se había coordinado marchas con organizaciones que tenían contacto con las FART, que se había ido a zonas de conflicto a reunirse con guerrilleros. que se había servido como intermediario en algunos momentos, pero dijo que todo eso lo había hecho buscando salvar vidas, buscando que liberaran secuestrados, buscando que no siguiera la violencia.
dijo que nunca había sido parte de las fart, que nunca había compartido sus métodos violentos, que siempre había condenado los secuestros y las bombas, pero que en ese momento histórico él creía que la única forma de parar la guerra era buscando el diálogo. Dijo que hoy con la perspectiva del tiempo tal vez había cosas que habría hecho diferente, pero que no se arrepentía de haber buscado la paz.

Fue una entrevista honesta, emotiva. Iván Cepeda lloró cuando habló de su papá, cuando recordó como lo habían asesinado cuando él era joven, cuando dijo que ese dolor lo había llevado a dedicar su vida a que ninguna otra familia tuviera que pasar por lo mismo. Algunos de los que vieron la entrevista sintieron empatía.
Entendieron que había sido un hombre que buscaba hacer el bien en medio de una guerra horrible, pero otros no se conmovieron. Dijeron que era una actuación, que estaba tratando de justificar lo injustificable, que coordinar con las FARARC era traición sin importar la excusa, que un verdadero patriota nunca habría hablado con terroristas, que si quería paz debió haber apoyado al ejército para derrotar a la guerrilla, no dialogar con ellos.
Al final de la entrevista, Iván Cepeda hizo un llamado a los colombianos. Les pidió que no juzgaran el pasado con los ojos de hoy, que recordaran cómo era Colombia en los años 2000. Cuánto dolor había. Cu desesperación. Les pidió que entendieran que muchas personas buenas en ese momento buscaron caminos diferentes para terminar la guerra, que no todos los que hablaron con las FARC eran malos.
dijo que si los colombianos no podían perdonar su pasado, que lo entendía, pero que al menos le dieran la oportunidad de explicar sus propuestas, de hablar del futuro, demostrar qué tipo de presidente iba a ser, pidió que la elección no fuera solo sobre unos correos de hace 18 años, sino sobre qué país querían construir hacia adelante.
La entrevista generó opiniones divididas. Las encuestas que se hicieron inmediatamente después mostraron que Iván Cepeda había recuperado algo de terreno. Había subido dos puntos, pero seguía muy lejos de donde estaba antes del escándalo. Había pasado de ser el favorito a ser un candidato en problemas y faltaban solo 4 meses para las elecciones.
Cuando los nombres empezaron a salir en los medios colombianos, el país entero se paralizó. Todos querían saber quiénes más estaban mencionados en esos archivos. ¿Qué otros secretos guardaban los computadores de Raúl Reyes? Porque esa información que había estado enterrada durante 18 años ahora estaba resurgiendo justo en medio de una campaña presidencial.
Los periodistas empezaron a investigar más a fondo. Llamaron a fuentes en Estados Unidos, hablaron con analistas que seguían el caso de Maduro, revisaron documentos que se habían filtrado después de su captura y poco a poco empezaron a entender la magnitud de lo que Colombia había decidido no investigar en el año 2008.
Porque no era solo Iván Cepeda, no era solo Piedad Córdoba. En esos archivos había cientos de nombres, políticos de todos los partidos, empresarios importantes, periodistas reconocidos, abogados prestigiosos, profesores universitarios, líderes sindicales, todos aparecían en correos de Raúl Reyes, en documentos de las FART, en registros de reuniones, de coordinaciones, de acuerdos.
Algunos de esos contactos eran humanitarios, gente que había servido como mediadora para liberar secuestrados, para entregar medicinas, para buscar diálogo. Pero otros contactos eran diferentes. Eran coordinaciones políticas, eran acuerdos para hacer marchas, para presionar al gobierno, para ayudar a la guerrilla con información, con logística, con dinero.
Y todo eso estaba ahí documentado, guardado en esos computadores que la Corte Suprema de Justicia había dicho que no se podían usar, nombres que nunca habían sido investigados, vínculos que nunca habían sido explicados, relaciones que se habían mantenido ocultas durante casi dos décadas. Ahora esos nombres estaban empezando a filtrarse.
Los medios publicaban cada día una nueva revelación. Cada día salía otro correo, otro documento, otra prueba de que la relación entre sectores políticos colombianos y las FARC había sido mucho más profunda de lo que la mayoría de la gente imaginaba. Y mientras eso pasaba, Iván Cepeda seguía siendo el centro de la tormenta, porque él no era un nombre más en esos archivos.
Él era el candidato presidencial que iba puntero en las encuestas. Él era el que podía llegar al palacio de Nariño en 4 meses. Entonces, todo lo que saliera sobre él tenía un impacto multiplicado. Los otros candidatos presidenciales aprovecharon cada oportunidad. Federico Gutiérrez, el candidato de la derecha, daba ruedas de prensa casi todos los días.
repetía una y otra vez que él siempre había advertido sobre los vínculos oscuros del pacto histórico, que ahora todo estaba saliendo a la luz, que los colombianos tenían que decidir si querían un presidente con ese pasado. Pero Gutiérrez no era el único que atacaba. También había candidatos de centro que aprovecharon para tomar distancia de Cepeda.
Algunos que antes habían hablado de posibles alianzas, ahora decían que era imposible, que primero Cepeda tenía que aclarar completamente su pasado, que tenía que dar explicaciones convincentes, que no bastaba con decir que buscaba la paz. El debate público se volvió cada vez más polarizado. Por un lado, estaban los que defendían a Cepeda, los que decían que lo que él había hecho era buscar el diálogo en una época donde la guerra parecía no tener fin, que muchas personas respetables habían hecho lo mismo, que era injusto juzgarlo con los
ojos de hoy por decisiones que había tomado hace 20 años. Por otro lado estaban los que lo atacaban, los que decían que coordinar con las FARC mientras ellas seguían secuestrando y matando era inaceptable, que no importaba cuál fuera la intención, que eso era ayudar al terrorismo, que alguien así no podía ser presidente de Colombia.
Las encuestas empezaron a moverse. Algunos sondeos mostraban que Cepeda había perdido varios puntos en una semana. Otros decían que se mantenía, pero que había crecido mucho el rechazo hacia él. Es decir, que más gente decía que nunca votaría por él. Eso era peligroso porque en una eventual segunda vuelta ese rechazo podía definir la elección.
Los asesores de Cepeda entraron en modo crisis. Sabían que tenían que actuar rápido, que cada día que pasaba sin una respuesta contundente era un día perdido. Entonces organizaron una estrategia de tres frentes. Primero, dar entrevistas largas donde Cepeda pudiera explicar su historia completa. Segundo, movilizar a los movimientos sociales para que salieran a defenderlo.
Tercero, presentar sus propuestas de gobierno para tratar de cambiar el tema. La primera entrevista larga la dio a un medio alternativo. Duró casi 2 horas. Cepeda habló de su vida, de su familia, de cómo el asesinato de su padre lo había marcado, de cómo había decidido dedicar su vida a buscar la paz para que ninguna otra familia pasara por lo mismo.
Contó episodios específicos de su trabajo humanitario, nombres de secuestrados que había ayudado a liberar, familias que podían dar testimonio de su labor. Explicó que en los años 2000, cuando él era joven, Colombia vivía la peor fase de la guerra. Había miles de secuestrados en poder de las FFART. El gobierno de Uribe había cerrado todas las puertas al diálogo.
Entonces, organizaciones de derechos humanos como en la que él trabajaba se habían convertido en los únicos canales para buscar liberaciones humanitarias. dijo que sí, que había hablado con comandantes de las FARC, que había ido a zonas de conflicto, que había servido de intermediario, pero que todo eso lo había hecho buscando salvar vidas, que nunca había compartido la ideología de la guerrilla, que nunca había justificado sus métodos violentos, que su único objetivo era terminar con el sufrimiento de las familias de los
secuestrados. Sobre el correo específico, que lo mencionaba coordinando marchas, Cepeda explicó que en esa época las marchas eran masivas. que salían cientos de miles de personas a las calles pidiendo paz, que era natural que diferentes organizaciones coordinaran para que las movilizaciones fueran pacíficas y ordenadas.
Que el hecho de que las FAR también apoyaran esas marchas no significaba que todos los que marchaban fueran guerrilleros. dijo que entendía que hoy, con la perspectiva del tiempo y después de haber firmado la paz, algunas de esas acciones podían verse de forma diferente, pero que en ese momento histórico muchas personas buenas habían creído que esa era la única forma de parar la guerra, que no se podía juzgar el pasado sin entender el contexto.
La entrevista generó reacciones divididas. Algunos dijeron que Cepeda había sido honesto, que había dado una explicación razonable, que era creíble. Otros dijeron que seguía evadiendo, que no había reconocido el error, que seguía justificando lo injustificable. Mientras tanto, el Pacto Histórico organizó una marcha en Bogotá para mostrar apoyo a su candidato.
Convocaron a todos los movimientos sociales, a las organizaciones de víctimas, a los sindicatos. Querían demostrar que Cepeda todavía tenía una base sólida, que no estaba solo, que había gente dispuesta a defenderlo. La marcha se hizo un sábado por la tarde. Salieron desde la plaza de Bolívar hacia el Parque Nacional.
Fueron miles de personas. Algunos cálculos hablaban de 20,000, otros de 30,000. No era una multitud gigantesca, pero tampoco era poca gente. Llevaban pancartas defendiendo a Cepeda, gritando consignas sobre la paz, sobre no volver al pasado. Cepeda caminó al frente de la marcha, saludaba a la gente, abrazaba víctimas del conflicto que habían venido a apoyarlo.
Cuando llegaron al Parque Nacional, subió a una tarima y dio un discurso. Habló con voz emocionada. agradeció a todos los que habían venido. Dijo que esto era lo que él defendía, la gente organizada, los movimientos sociales buscando cambios. Dijo que sus opositores querían destruirlo usando el pasado, pero que él no se iba a dejar, que iba a seguir adelante, que Colombia necesitaba un gobierno que representara a los de abajo, a los que siempre habían sido excluidos, a las víctimas del conflicto, a los campesinos, a los trabajadores.
El discurso fue recibido con aplausos. La gente gritaba su nombre, cantaban el himno nacional. Era un momento emotivo, pero cuando las cámaras de televisión mostraron la marcha esa noche, lo que muchos colombianos vieron fue otra cosa. Vieron que no había tanta gente como esperaban.
Vieron que comparado con las marchas masivas que había habido en otras campañas, esto era pequeño y eso también generó narrativas. Algunos analistas dijeron que Cepeda estaba perdiendo fuerza, que su base se estaba debilitando, que el escándalo lo había afectado más de lo que él reconocía. Las encuestas de la semana siguiente confirmaron esa percepción.
Cepeda había caído dos puntos más. Seguía primero, pero ahora el segundo estaba muy cerca. En medio de todo esto, desde Estados Unidos seguían llegando noticias sobre Nicolás Maduro. El dictador venezolano llevaba dos semanas detenido. Estaba en una cárcel federal esperando que comenzaran las audiencias preliminares de su juicio.
Sus abogados habían pedido fianza, pero se las habían negado. Los fiscales argumentaron que era un riesgo de fuga altísimo. Los medios estadounidenses estaban cubriendo el caso intensamente. Cada día salían artículos sobre Maduro, sobre su relación con el narcotráfico, sobre cómo había convertido a Venezuela en un refugio para criminales.
Y en muchos de esos artículos se mencionaban los computadores de Raúl Reyes como una de las pruebas clave que la fiscalía planeaba usar. Eso mantenía el tema vivo en Colombia porque cada vez que se mencionaban esos computadores en la prensa estadounidense, los medios colombianos lo replicaban y volvían a hablar de los nombres colombianos que aparecían ahí.
Volvían a preguntarse por qué esa información no se había usado en Colombia. Volvían a cuestionar la decisión de la Corte Suprema. Algunos periodistas investigativos empezaron a hacer un trabajo más profundo. Fueron a los archivos judiciales. Revisaron las actas de las sesiones donde la Corte Suprema había debatido sobre los computadores de Raúl Reyes.
Encontraron que la votación había sido muy cerrada. Cinco magistrados a favor de rechazar las pruebas, cuatro en contra. consiguieron entrevistar a uno de los magistrados que había votado por aceptar las pruebas. El hombre ya estaba retirado, habló con tristeza. dijo que en su momento él había argumentado que la información era demasiado importante para desecharla, que aunque hubiera dudas sobre la legalidad de la operación Fénix, la Interpol había certificado que los archivos eran auténticos y eso debía ser suficiente.
Dijo que había perdido esa votación por un solo voto, que si hubiera convencido a uno más de sus colegas, toda la historia habría sido diferente, que a veces pensaba en eso, en como una decisión tan ajustada había tenido consecuencias tan grandes. había dejado sin investigar a tanta gente, había permitido que tantos secretos quedaran enterrados.
Cuando le preguntaron si creía que había habido presiones políticas sobre la corte en ese momento, el exmistrado se quedó callado un momento. Después dijo que él no podía probarlo, que no tenía evidencias, pero que había sentido un ambiente raro, que había rumores de que gente poderosa estaba muy preocupada por lo que podía salir de esos computadores, que había habido llamadas, conversaciones extrañas.
Esa entrevista generó un escándalo nuevo. Ahora no solo se hablaba de los nombres que aparecían en los computadores, sino de la posibilidad de que la decisión judicial de enterrarlos hubiera sido influenciada. Algunos pidieron que se abriera una investigación sobre eso, que se revisara si hubo presiones indebidas sobre los magistrados.
La Corte Suprema Actual emitió un comunicado rechazando esas insinuaciones. Dijeron que la decisión del año 2008 había sido técnica, basada en principios jurídicos sólidos, que cuestionar eso era atacar la independencia judicial, que no iban a permitir que se usara el pasado para desprestigiar a la institución.
Pero el daño estaba hecho, la desconfianza había crecido. Mucha gente empezó a creer que efectivamente había habido algo oscuro en esa decisión, que la justicia colombiana había protegido a los poderosos, que por eso Colombia nunca había conocido la verdad completa sobre los vínculos entre políticos y las FARC.
Esa desconfianza también afectó a Iván Cepeda porque si la gente creía que el sistema había estado arreglado para proteger a ciertos nombres, entonces tal vez Cepeda era uno de esos nombres protegidos. Tal vez por eso nunca lo habían investigado formalmente, tal vez había sido parte de ese pacto de silencio.
Cepeda trató de defenderse, dio otra entrevista donde dijo que él nunca había sido investigado porque no había hecho nada ilegal, que si la fiscalía hubiera encontrado algo en su contra, lo habrían acusado sin importar lo que dijera la Corte Suprema sobre los computadores, que el hecho de que nunca hubiera tenido un proceso penal probaba su inocencia.
Pero sus opositores respondieron que eso no probaba nada, que si los computadores no se podían usar, entonces no había con qué acusarlo, que eso era exactamente el problema, que gente que debió haber sido investigada había quedado libre por una decisión judicial cuestionable. El debate se volvía a circular.
Nadie convencía a nadie. El país estaba dividido y mientras tanto, el reloj seguía corriendo. Faltaban menos de 4 meses para las elecciones. Cada semana que pasaba era crucial. En ese contexto pasó algo que cambió un poco la dinámica. Uno de los otros candidatos, un político de centro que había sido alcalde de una ciudad importante, cometió un error en un debate.
Dijo algo que sonó insensible sobre las víctimas del conflicto. Los vídeos se volvieron virales. Lo atacaron duramente en redes sociales. Eso le dio un respiro a Cepeda. Durante unos días, los medios dejaron de hablar tanto de él y se enfocaron en el otro candidato. Las encuestas mostraron que ese candidato perdió apoyo. Algunos de esos votos se fueron para Cepeda.
Otros se dispersaron entre los demás. Cepeda aprovechó ese momento para volver a hablar de sus propuestas. Organizó eventos donde presentaba su plan de gobierno. Habló de reforma agraria, de sistema de salud público, de educación gratuita, de impuestos a los más ricos. Trató recordarle a la gente por qué lo habían apoyado al principio, cuáles eran las ideas que defendía y funcionó parcialmente.
Las encuestas se estabilizaron. Cepeda dejó de caer. Se mantuvo en primer lugar, aunque con una ventaja pequeña. Los analistas decían que la elección estaba completamente abierta, que cualquiera de los tres primeros candidatos podía ganar. Mientras tanto, en Venezuela situación era caótica. Con Maduro detenido en Estados Unidos, el régimen que él había dejado empezó a fracturarse.
Diferentes facciones militares empezaron a pelearse por el poder. Hubo enfrentamientos en Caracas, rumores de golpes de estado. La oposición venezolana trató de aprovechar el momento, pero también estaba dividida. Colombia observaba con preocupación. Una guerra civil en Venezuela podía generar una nueva ola masiva de migrantes.
Podía desestabilizar la frontera. El gobierno de Petro emitió comunicados pidiendo calma, ofreciendo ayuda humanitaria, tratando de mantener canales de diálogo con todos los sectores. Y en medio de esa crisis venezolana se filtraron más documentos, esta vez no de los computadores de Raúl Reyes, sino de archivos del gobierno de Maduro, que habían sido incautados cuando lo capturaron.
Y en esos archivos aparecían nombres nuevos colombianos que supuestamente habían recibido dinero del régimen venezolano en años recientes después del acuerdo de paz. Algunos de esos nombres eran de esguerrilleros de las FARC, que se habían desmovilizado y ahora eran políticos. Eso generó otro escándalo. Empezaron a circular acusaciones de que Venezuela había financiado campañas políticas en Colombia, que había pagado a congresistas para que votaran ciertas leyes, que había comprado influencia.
El gobierno venezolano en transición negó todo. Dijeron que esos documentos podían ser falsos, que Estados Unidos podía haberlos fabricado, pero la sombra de duda quedó y algunos de los nombres mencionados eran cercanos al pacto histórico. Eso volvió a afectar a Cepeda, aunque él no aparecía directamente en esos archivos.
Porque la narrativa que estaban construyendo sus opositores era que todo estaba conectado, que había una red de vínculos entre las FARC, el gobierno venezolano y sectores de la izquierda colombiana, que esa red había operado durante años, que había sobrevivido al acuerdo de paz, que seguía activa y que Cepeda era parte de esa red, aunque no hubiera pruebas directas.
Era una narrativa poderosa porque conectaba cosas que la gente podía ver, los computadores de Raúl Reyes, las fotos de Cepeda con esguerrilleros, el dinero venezolano, todo parecía encajar en una historia, aunque no hubiera evidencia sólida de que Cepeda específicamente hubiera hecho algo ilegal. Cepeda trató de romper esa narrativa, dio un discurso fuerte donde dijo que lo que estaban haciendo era una operación de desprestigio, que querían impedir que la izquierda llegara al poder usando mentiras y medias verdades, que él nunca
había recibido plata de Venezuela, que nunca había trabajado para las FARC, que su único crimen era haber buscado la paz. pidió a sus opositores que presentaran pruebas reales, que si tenían algo concreto contra él, lo llevaran a la fiscalía, que dejaran de hacer campaña con rumores y filtraciones, que compitieran con propuestas, no con ataques personales.
El discurso fue aplaudido por sus seguidores, pero no cambió mucho la percepción general. El problema para Cepeda era que en política la carga de la prueba no funciona igual que en los tribunales. No hacía falta probar que era culpable para dañarlo. Bastaba con generar dudas, con mantener el tema en el debate público, con hacer que la gente se preguntara si acaso no sería verdad.
Y esas dudas estaban ahí sembradas, creciendo, afectando su imagen. Las encuestas lo mostraban. Cepeda seguía teniendo un piso duro de apoyo, gente que lo iba a votar pasara lo que pasara, pero había perdido muchos votos indecisos, gente que había pensado en votarle, pero que ahora tenía dudas, que prefería irse por una opción más segura.
En las últimas semanas de enero y primeras de febrero, la campaña entró en una fase nueva. Los candidatos empezaron a hacer propuestas de alianzas, a buscar apoyos. Algunos políticos importantes que no habían tomado posición empezaron a definirse. Un exministro respetado anunció que iba a apoyar a uno de los candidatos de centro.
Eso le dio un empujón importante en las encuestas. Otro político conocido dijo que apoyaba a Federico Gutiérrez. La derecha se estaba consolidando alrededor de él. Cepeda recibió el apoyo de varias organizaciones sociales, de sindicatos, de movimientos de víctimas, pero no consiguió el apoyo de ningún político importante de centro.
Eso era una señal de que lo veían como riesgoso, de que nadie quería amarrar su futuro político al de él. El debate presidencial más importante se programó para mediados de febrero. Iban a estar los cinco candidatos con más opciones. Lo iban a transmitir todos los canales en horario prime. Se esperaba que fuera el momento definitorio de la campaña.
Cepeda se preparó intensamente, ensayó respuestas, practicó con su equipo. sabía que esta era su oportunidad de cambiar la narrativa, demostrar que era más que los escándalos, que tenía propuestas sólidas, que podía ser un buen presidente. El día del debate llegó. El estudio de televisión estaba lleno.
Había periodistas de todos los medios. Los cinco candidatos subieron al escenario, se saludaron fríamente, se ubicaron en sus atriles, comenzaron las cámaras. Las primeras preguntas fueron sobre economía, sobre inflación, sobre empleo. Cepeda respondió bien. Presentó sus propuestas con claridad. Los otros candidatos también tuvieron respuestas sólidas.
El debate era técnico, centrado en temas. Pero entonces llegó el bloque de preguntas sobre seguridad y paz y ahí todo cambió. Uno de los periodistas le preguntó directamente a Cepeda si él consideraba que había cometido un error al coordinar con las FARC en el pasado. Cepeda respiró hondo, miró a la cámara, dijo que él no creía que buscar el diálogo fuera un error, que en ese momento histórico muchas personas habían hecho lo mismo, que era fácil juzgar desde la comodidad del presente, pero que en ese momento Colombia estaba desesperada por encontrar una salida a
la guerra. Uno de los otros candidatos le replicó, dijo que había una diferencia entre buscar el diálogo y coordinar acciones políticas con un grupo terrorista, que Cepeda no había sido solo un mediador humanitario, sino un colaborador político de las FFARC, que eso estaba documentado en los computadores de Raúl Reyes.
Cepeda respondió que eso era una distorsión, que coordinar marchas por la paz no era colaborar con el terrorismo, que millones de colombianos habían marchado pidiendo el fin de la guerra, que no se podía criminalizar a todos. El debate se puso tenso. Hubo intercambios fuertes, acusaciones, réplicas.
Los otros candidatos vieron la oportunidad y atacaron no solo sobre el tema de las FARC, sino sobre otros temas, sobre las propuestas económicas de Cepeda, sobre el gobierno de Petro, sobre todo. Cepeda se defendió, respondió con firmeza, no se dejó amedrentar. Tuvo momentos buenos donde logró explicar sus ideas, pero también tuvo momentos donde se vio a la defensiva, donde parecía incómodo.
Y esos fueron los momentos que los medios repitieron después. Cuando terminó el debate, los análisis fueron dispares. Algunos dijeron que Cepeda había aguantado bien, que se había mantenido firme a pesar de los ataques. Otros dijeron que había quedado contra las cuerdas, que no había logrado despejar las dudas, que había sido el más atacado y eso lo ponía en desventaja.
Las encuestas rápidas que se hicieron esa noche mostraron que para muchos televidentes el ganador del debate había sido uno de los candidatos de centro. Cepeda había quedado segundo. No había sido un desastre, pero tampoco había sido el golpe sobre la mesa que necesitaba. Los días siguientes fueron de mucho análisis.
Los medios diseccionaron cada momento del debate. Las redes sociales estuvieron activas con memes, con vídeos editados, con opiniones divididas. La campaña siguió su curso, pero sin cambios dramáticos. Y entonces llegó febrero y con él una nueva revelación. La Fiscalía de Estados Unidos anunció que en las próximas semanas iban a presentar formalmente todos los cargos contra Nicolás Maduro, que iban a hacer públicos algunos de los documentos que tenían como evidencia y que entre esos documentos estaban extractos de los computadores de Raúl
Reyes. Eso puso nervioso a mucha gente en Colombia porque nadie sabía exactamente que iba a salir en esos documentos, cuántos nombres colombianos iban a aparecer, qué detalles se iban a revelar. El gobierno de Petro emitió un comunicado diciendo que Colombia colaboraría con la justicia estadounidense, pero que también exigía que se respetaran los derechos de los ciudadanos colombianos mencionados.
Cepeda no dijo nada público sobre eso. Sus asesores le recomendaron que se mantuviera enfocado en la campaña, en las propuestas, que no alimentara más el tema, pero era difícil porque los periodistas le preguntaban en cada evento, en cada entrevista, si estaba preocupado por lo que podía salir. Y la verdad es que si estaba preocupado, no porque hubiera hecho algo ilegal, sino porque sabía que cualquier cosa que saliera iba a ser usada en su contra, que no importaba el contexto, que sus opositores iban a tomar cada correo,
cada mención, cada documento y lo iban a presentar de la peor forma posible. Mientras tanto, la campaña seguía. Los candidatos recorrían el país, hacían mítines, daban entrevistas, presentaban propuestas, buscaban votos. Cepeda mantenía su base sólida, pero no lograba crecer. Los indecisos se estaban yendo mayoritariamente hacia otros candidatos.
Las encuestas de principios de marzo mostraban una elección muy apretada. Cepeda seguía primero, pero con solo el 28%. El segundo tenía 25, el tercero 22. Había un 40% de diferencia entre primero y cuarto. Cualquier cosa podía pasar. Los analistas decían que lo más probable era que ningún candidato sacara más del 50% en primera vuelta, que iba a haber segunda vuelta y ahí todo dependería de las alianzas, de quién apoyara a quién, de cómo se movieran los votos de los candidatos eliminados.
Para Cepeda ese escenario era complicado porque si llegaba a segunda vuelta probablemente iba a estar solo. Los candidatos de centro y derecha se iban a unir contra él. Iba a ser una campaña de todos contra uno. Iba a ser muy difícil ganar. Su única esperanza era sacar un porcentaje altísimo en primera vuelta, cerca del 50% para llegar fuerte a la segunda.
Pero eso se veía cada vez más difícil. El escándalo de los computadores lo había dañado, no lo había destruido, pero sí lo había debilitado. Había bajado su techo, había hecho que mucha gente que podía votarle decidiera no arriesgarse. Y así llegó marzo. Faltaban menos de 3 meses para las elecciones.
La campaña entró en su fase final. Todos los candidatos intensificaron sus actividades. Más mítines, más debates, más publicidad, más ataques, más propuestas. Todo se aceleró. Cepeda seguía adelante, no se había rendido. Todavía creía que podía ganar. Sus seguidores todavía lo apoyaban con fervor, pero la realidad es que el camino se había vuelto mucho más difícil de lo que había sido al principio.
Los computadores de Raúl Reyes habían vuelto a aparecer 18 años después de que Colombia decidiera enterrarlos. Habían vuelto con fuerza, cambiando una elección, poniendo en duda carreras políticas, obligando al país a enfrentar verdades que había preferido no conocer. Y la pregunta que quedaba flotando en el aire era simple pero profunda.
¿Hizo bien Colombia en enterrar esa información en el año 2008? ¿Debió la Corte Suprema haber aceptado esas pruebas, aunque hubieran sido obtenidas de forma cuestionable? ¿Cuántas verdades más están enterradas esperando el momento de salir? Porque esta historia no ha terminado. Los computadores de Raúl Reyes siguen ahí.
Los documentos siguen existiendo. Estados Unidos los va a seguir usando. Más nombres van a seguir saliendo, más secretos van a seguir revelándose y Colombia va a tener que decidir qué hace con eso, si finalmente abre sus propias investigaciones, si usa esa información que rechazó hace casi dos décadas, si busca la verdad completa o si prefiere seguir mirando para otro lado.
Por ahora, en este mes de marzo del año 2026, el país está en medio de una campaña presidencial histórica con un candidato que llegó como favorito y que ahora lucha por sobrevivir a un escándalo que lo persigue, con una elección que puede definir el futuro de Colombia para los próximos años. Las urnas hablarán el 31 de mayo. Los colombianos decidirán si le creen a Iván Cepeda, si aceptan su explicación sobre su pasado, si confían en que puede ser un buen presidente a pesar de todo, o si deciden que el riesgo es demasiado grande, que prefieren otra opción,
alguien sin ese peso histórico. Lo que sí es seguro es que esta campaña ha dejado lecciones importantes. ha mostrado que el pasado nunca se entierra del todo, que las decisiones que se toman cuando se es joven pueden perseguir a una persona durante décadas, que en política no hay secretos que duren para siempre.
Ha mostrado también que Colombia sigue siendo un país dividido, que no hay consenso sobre cómo juzgar a quienes en el pasado buscaron el diálogo con las FARC, que para algunos son héroes de paz y para otros son colaboradores del terrorismo. Esa división no se ha cerrado. Sigue ahí doliendo, impidiendo que el país pueda pasar la página completamente.
y ha mostrado que la justicia tiene consecuencias que cuando se decide no investigar, cuando se decide enterrar pruebas, cuando se decide que hay verdades que es mejor no conocer, esas decisiones generan heridas que no sanan, desconfianzas que crecen, preguntas que nunca encuentran respuestas. Los computadores de Raúl Reyes son un símbolo de todo eso, de las verdades enterradas, de las decisiones cuestionables, de los secretos que Colombia prefirió no conocer.
Y ahora, 18 años después, esos secretos están volviendo, están exigiendo atención, están cambiando el presente. Nadie sabe cómo va a terminar esta historia. Si Iván Cepeda va a lograr superar el escándalo y llegar a la presidencia, si va a perder y su carrera política va a terminar, si van a seguir saliendo más nombres, más revelaciones, más pruebas.
Lo único cierto es que Colombia está en un momento de definición, un momento donde tiene que decidir qué tipo de país quiere ser, un país que enfrenta su pasado o un país que sigue escondiéndolo, un país donde la verdad importa o un país donde lo que importa es la conveniencia política. Y esa decisión no la van a tomar los políticos ni los jueces.
La van a tomar millones de colombianos cuando vayan a votar el 31 de mayo, cuando marquen su tarjetón, cuando elijan quién va a gobernarlos los próximos 4 años. Esa es la historia de los secretos que Colombia prefirió no conocer y de por qué hoy vuelven a aparecer justo cuando el país tiene que tomar una de las decisiones más importantes de su historia reciente, una historia que no ha terminado, que sigue escribiéndose, que va a seguir generando consecuencias durante mucho tiempo, porque las verdades enterradas siempre encuentran la forma de salir a
la luz y cuando salen cambian todo. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que Colombia hizo bien en enterrar esa información hace 18 años? ¿Piensas que Iván Cepeda merece ser juzgado por su pasado o que hay que entender el contexto de la época? ¿Confías en que la justicia colombiana actúa de forma independiente o crees que protege a los poderosos? Déjanos tu comentario.
Queremos saber qué piensas. Y si esta historia te hizo reflexionar, suscríbete al canal Historia Oculta y dale like a este vídeo para que más personas conozcan estas historias que cambiaron y siguen cambiando a Colombia. Porque la historia no es solo lo que nos cuentan, es también lo que nos ocultan. Y a veces lo que nos ocultan es lo más importante.
Hasta la próxima. M.