10 SEGUNDOS EN RADIO — URIBE ACTIVA a ABELARDO y CAMBIA la ELECCIÓN PRESIDENCIAL
12 de enero de 2026, 7 de la mañana, la FM Radio. El programa más escuchado de Colombia. Álvaro Uribe suelta una bomba que nadie esperaba. Si Abelardo de la Espriella llega a segunda vuelta, el uribismo estará con él, así, sin titubeos, sin vueltas delante de millones de oyentes, Paloma Valencia, la mujer que el mismo había dicho que soñaba con ver en la casa de Nariño.
Escucha esas palabras y algo se quiebra por dentro. Iván Cepeda, el candidato de Petro. El hombre que Uribe ha llamado terrorista durante años, ya sabe que la pelea será brutal. Pero lo que nadie sabe es por qué Uribe movió esta ficha justo ahora. ¿Qué está tramando el hombre más poderoso de la derecha? ¿Qué pacto secreto se cocinó antes de esa entrevista? Porque en Colombia las elecciones no se ganan en las urnas, se ganan en las sombras.
Y Álvaro Uribe lleva 40 años gobernando desde ahí. Bienvenidos a Historia Oculta. Antes de comenzar, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves. Para entender lo que pasó esa mañana del 12 de enero, hay que entender primero quién es Álvaro Uribe Vélez, porque sin entender a Uribe no se puede entender la política colombiana de los últimos 40 años. Él no es un político más.
Es el hombre que cambió Colombia para siempre. Para bien o para mal según a quien le preguntes. Pero nadie puede negar que desde que apareció en la escena nacional nada volvió a ser igual. Uribe nació el 4 de julio de 1952 en Medellín, Antioquia. En una familia ganadera con tierras y con plata. No era de los más ricos del país, pero tampoco era pobre.
Su papá, Alberto Uribe Sierra, era un ganadero respetado en la región. Su mamá, Laura Vélez, una mujer religiosa y de carácter fuerte, Álvaro creció rodeado de vacas, de potreros, de la vida del campo antioqueño, donde la palabra vale y el trabajo duro se respeta. Pero la vida de Uribe cambió para siempre en 1983, cuando su papá fue asesinado por las FAR.
En un intento de secuestro, Alberto Uribe se resistió al secuestro y los guerrilleros lo mataron. Ese día, Álvaro Uribe dejó de ser un político más y se convirtió en un enemigo mortal de la guerrilla. Ese dolor, esa rabia, ese odio contra las FARC marcaría toda su carrera política, marcaría su presidencia, marcaría su obsesión por derrotar militarmente a los grupos armados.
Uribe estudió derecho en la Universidad de Antioquia, se graduó joven, hizo una especialización en Harvard. Volvió a Colombia y empezó a subir en la política. Fue alcalde de Medellín, fue senador, fue gobernador de Antioquia y en cada cargo dejaba huella. Unos decían que era un trabajador incansable que se levantaba a las 4 de la mañana y trabajaba hasta la medianoche.
Otros decían que era autoritario, que no aceptaba contradicciones, que quien no estaba con él estaba en su contra. En el año 2002 llegó a la presidencia de Colombia con una promesa sencilla pero poderosa. Seguridad democrática. le dijo al país que iba a acabar con las FARC, que iba a recuperar el control del territorio, que los colombianos iban a poder viajar por las carreteras sin miedo a ser secuestrados y cumplió.
Durante sus 8 años de gobierno, las FARC fueron golpeadas duramente. Perdieron territorio, perdieron comandantes. El país empezó a respirar, la economía creció, la inversión extranjera llegó. Pero también hubo sombras, aparecieron los falsos positivos, esos jóvenes pobres asesinados por el ejército y presentados como guerrilleros muertos en combate.
Aparecieron las acusaciones de vínculos con paramilitares, apareció el escándalo de las chuzadas ilegales. Apareció la parapolítica donde congresistas aliados de Uribe habían hecho pactos con grupos paramilitares. Uribe negó todo. dijo que eran persecuciones políticas, que sus enemigos querían destruirlo porque él había tocado los intereses de la guerrilla y de los corruptos.
Cuando terminó su segundo periodo en 2010, Uribe intentó cambiar la Constitución para poder ser elegido una tercera vez, pero la Corte Constitucional le dijo que no, que ya había gobernado 8 años y que la democracia necesitaba alternancia. Uribe tuvo que dejar el poder, pero no se fue lejos.
creó su propio partido político, el Centro Democrático, y desde ahí siguió mandando. Juan Manuel Santos, que había sido su ministro de Defensa, ganó las elecciones de 2010 con el apoyo de Uribe, pero apenas llegó a la presidencia Santos traicionó a su mentor. Empezó un proceso de paz con las FART. Eso mismo que Uribe había jurado nunca hacer.
Santos decía que era el momento de acabar el conflicto por la vía del diálogo. Uribe decía que era una traición, que las FARC no merecían perdón, que estaban premiando a los terroristas. La guerra entre Uribe y Santos fue brutal. Uribe lideró la campaña del no en el plebiscito de paz de 2016 y ganó. El país votó en contra del acuerdo que Santos había firmado con las FARC.
Fue un golpe político gigante. Uribe demostró que seguía teniendo más poder que el presidente en ejercicio. Santos tuvo que modificar el acuerdo y firmarlo de todas formas, pero salió debilitado, humillado, destruido políticamente. En 2018 llegó la elección presidencial y Uribe puso toda su maquinaria a trabajar por Iván Duque, un joven senador sin mucha experiencia, pero totalmente leal a Uribe.
Duque ganó la presidencia con el discurso de hacer pedazos los acuerdos de paz, de recuperar la seguridad, de volver a los tiempos de Uribe. Pero cuando llegó al gobierno, Duque demostró que no tenía el carácter de Uribe, que era débil, que dejaba que lo manejaran. Su gobierno fue mediocre, sin grandes logros, sin grandes escándalos, simplemente gris.
Y entonces llegó 2022, las elecciones más importantes de la historia reciente de Colombia, porque por primera vez un candidato de izquierda, Gustavo Petro, tenía posibilidades reales de ganar. Petro era todo lo que Uribe odiaba. Esguerrillero del M19, socialista, crítico de Uribe, enemigo de la seguridad democrática, aliado de Venezuela.
Uribe movió cielo y tierra para que Petro no ganara. Apoyó a Federico Gutiérrez en primera vuelta, pero Fico perdió. En segunda vuelta quedaron Petro contra Rodolfo Hernández, un ingeniero outsider que no era de izquierda, pero tampoco era uribista. Uribe no tenía a quien apoyar. El país estaba partido en dos y Petro ganó.
Se convirtió en el primer presidente de izquierda de Colombia. Fue un terremoto político. Todo lo que Uribe había construido durante 20 años parecía derrumbarse. Los primeros 3 años del gobierno Petro fueron caóticos. Reformas que no pasaban en el Congreso, escándalos de corrupción en la ONRE, crisis económica, déficit fiscal, inseguridad creciendo.
Grupos armados tomando control de territorios, venezolanos llegando por miles. El país se sentía sin rumbo. Sin liderazgo dividido. Petro culpaba a las élites, a los medios, a Uribe. Decía que le estaban saboteando el gobierno. Y así llegamos a 2026, el año electoral, el año en que Colombia tiene que decidir si le da una segunda oportunidad a la izquierda o si vuelve a la derecha.

Petro no puede reelegirse. La Constitución no se lo permite. Entonces puso toda su maquinaria a trabajar por Iván Cepeda, su aliado más cercano, su defensor más leal, el hombre que durante años ha sido el enemigo número uno de Álvaro Uribe. Iván Cepeda no es un político común, es el hijo de Manuel Cepeda, un senador del Partido Comunista que fue asesinado en 1994.
Iván creció rodeado de violencia política, de persecución, de amenazas. se dedicó a investigar los vínculos entre políticos y paramilitares. Fue el quien destapó el escándalo de la parapolítica. Fue el quien acusó a Uribe de tener conexiones con grupos paramilitares. Fue el quien pidió que Uribe fuera investigado por la Corte Suprema.
Uribe le respondió acusándolo de ser el enlace político de las FARC, de ayudar a los terroristas, de montar falsos testimonios para hundirlo. La guerra entre Uribe y Cepeda no es política, es personal, es sangre. Es una venganza que lleva décadas cocinándose cuando Cepeda anunció su candidatura presidencial.
Uribe supo que esta elección no era una más, era la batalla final. Si Cepeda llegaba a la presidencia Uribe podía terminar en la cárcel, todas las investigaciones en su contrase reactivarían, todo su legado podría ser destruido. Del otro lado, el Centro Democrático, el partido de Uribe tenía un problema, no tenía un candidato claro.
Iván Duque había fracasado como presidente y nadie en el partido tenía su estatura. Había varios nombres sonando. Juan Carlos Pinzón, ex ministro de Defensa, Óscar Iván Zuluaga, el eterno candidato que nunca ganaba, Enrique Peñalosa, exalcalde de Bogotá. Pero ninguno convencía. Ninguno tenía el carisma necesario, ninguno le ganaba en las encuestas a Cepeda.
Entonces apareció Paloma Valencia, una senadora del centro democrático, abogada, politóloga, con maestría en Oxford, una mujer brillante, dura, sin pelos en la lengua, que había sido una de las voces más fuertes contra el acuerdo de paz, contra Petro, contra todo lo que oliera a izquierda. Paloma había peleado en el Congreso como Leona.
No se dejaba intimidar. No se callaba, enfrentaba a quien fuera. Y Uribe se fijó en ella. Empezó a decir públicamente que soñaba con ver a Paloma Valencia en la casa de Nariño, que sería la primera mujer presidenta de Colombia que representaba la renovación del uribismo, que tenía el carácter y la inteligencia para gobernar.
Paloma se emocionó. Creyó que Uribe la estaba ungiendo como su sucesora, que finalmente el uribismo iba a apostar por una mujer que su momento había llegado. Paloma empezó a hacer campaña con todo. Se recorrió el país de punta a punta, fue a las plazas de mercado, a los barrios populares, a las veredas olvidadas, hablaba con la gente, escuchaba sus problemas.
Prometía acabar con la corrupción de Petro. Prometía recuperar la seguridad. prometía defender a la familia tradicional, a la empresa privada, a los valores cristianos. Su discurso era fuerte, directo, sin matices, pero las encuestas no le favorecían. Paloma tenía un techo electoral, llegaba máximo al 15% de intención de voto.
Era la favorita entre los uribistas duros, entre los que odiaban a Petro, pero no lograba conectar con el resto del país. Muchos la veían como muy radical, muy extrema, demasiado uribista. Las mujeres no votaban por ella porque decían que defendía posiciones machistas. Los jóvenes no votaban por ella porque la veían como del pasado.
Y entonces apareció Abelardo de la Espriella, un abogado penalista de Barranquilla, famoso por defender casos mediáticos, por aparecer en todos los noticieros, por tener un estilo agresivo y confrontacional. Abelardo no era político de carrera, nunca había ocupado un cargo público, pero tenía algo que Paloma no tenía. Carisma popular.
La gente lo conocía, lo veía en televisión, sabían quién era. Abelardo anunció su candidatura con un discurso sencillo, pero efectivo, mano dura contra la delincuencia, cadena perpetua para violadores, pena de muerte para asesinos de niños, cárcel para corruptos. Nada de contemplaciones con los criminales, era un discurso que la gente quería escuchar.
Un discurso simple, directo, sin complicaciones ideológicas. Abelardo no hablaba de izquierda o derecha, hablaba de seguridad. de justicia, de castigar a los malos. Y las encuestas empezaron a moverse. Abelardo subía, llegó al 20%, luego al 25. De pronto estaba por encima de Paloma. Se había convertido en el candidato de la derecha con más opciones de llegar a segunda vuelta.
Paloma veía con rabia como Abelardo le robaba votos, como los uribistas empezaban a dudar, como su sueño de ser la primera presidenta se empezaba a desmoronar. Uribe veía todo esto y hacía cálculos. Él no es un hombre sentimental, es un estratega. Para él, lo importante no es quien llegue a la presidencia, lo importante es que no llegue Cepeda.
Si Paloma puede ganar, perfecto. Si no puede, hay que buscar otra opción. Uribe había dicho públicamente que soñaba con Paloma en la casa de Nariño, pero nunca dijo que solo apoyaría a Paloma. Dejó la puerta abierta. Abelardo lo sabía. Empezó a buscar acercamientos con Uribe, le mandó mensajes, le ofreció la vicepresidencia, le ofreció el Ministerio de Defensa, le dijo que respetaba su legado, que quería gobernar con su apoyo, que no era enemigo del uribismo.
Uribe escuchaba, pero no se comprometía. Quería ver quién llegaba más fuerte a la recta final. En el Centro Democrático había división. Unos eran leales a Paloma. Decían que ella había estado con el partido desde el principio, que había peleado todas las batallas, que merecía el apoyo total. Otros decían que Abelardo tenía más opciones de ganar, que Paloma no lograba crecer en las encuestas, que había que ser pragmáticos, que lo importante era ganar, no ser leales.
Paloma sentía la traición en el aire. veía como algunos de sus compañeros de partido empezaban a coquetear con Abelardo, como los recursos del partido no llegaban como antes, como Uribe ya no la mencionaba tanto en sus declaraciones, pero ella seguía adelante, seguía haciendo campaña, seguía creyendo que si trabajaba duro, si daba todo, Uribe no la iba a abandonar.
Pero Uribe es Uribe y el 12 de enero de 2026 tomó una decisión que cambiaría todo. Esa mañana entró en vivo al programa más escuchado del país, la FM Radio. Lo entrevistaban Juan Roberto Vargas y su equipo. Era una entrevista que todo Colombia esperaba porque Uribe hacía semanas que no hablaba públicamente había estado en silencio, dejando que los candidatos se movieran solos.
La entrevista empezó tranquila. Hablaron de la reforma tributaria de Petro, de la crisis de seguridad, del escándalo de corrupción de la UNG. Uribe atacaba al gobierno como siempre. Decía que Petro había quebrado el país, que había acabado con la inversión privada, que Colombia estaba camino a convertirse en Venezuela.
Era el discurso de siempre, el que sus seguidores querían escuchar. Pero entonces llegó la pregunta clave. El periodista le preguntó directamente, “Dr. Uribe, usted ha dicho que sueña con ver a Paloma Valencia en la casa de Nariño, pero Abelardo de la Espriella está subiendo en las encuestas. Si Abelardo llega a segunda vuelta, ¿el uribismo lo apoyaría?” Era la pregunta que todos querían saber la respuesta, la pregunta que definiría la elección.
Uribe no dudó ni un segundo, con esa voz tranquila, pero firme que lo caracteriza, dijo, “Si Abelardo de la Espriella es el que pasa a la segunda vuelta, estaremos con él. Como él ha dicho, si es Paloma le carga maletas.” Fue una frase devastadora. En menos de 20 segundos, Uribe había dejado claro que Paloma no era su única opción, que si Abelardo tenía más chances de ganar, él estaría con Abelardo.
Paloma escuchó esas palabras y algo se rompió por dentro. Ella estaba en ese momento en un evento de campaña en Boyacá. Alguien de su equipo le pasó el celular y le dijo, “Tiene que escuchar esto.” Paloma puso el audio y oyó la voz de Uribe diciendo que si Abelardo llegaba segunda vuelta estarían con él. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró.
No delante de su equipo, no delante de las cámaras. Se tragó el dolor y siguió con su discurso como si nada. Pero esa noche, sola en su habitación de hotel, Paloma lloró. Lloró de rabia. Lloró de frustración. Lloró porque había dado todo por ese partido. Había aguantado amenazas de muerte, había soportado ataques machistas, había renunciado a su vida privada y ahora Uribe la estaba dejando sola, la estaba poniendo a competir con Abelardo.
Le estaba diciendo que su lealtad no importaba, que solo importaba ganar. Abelardo, por otro lado, celebró, salió a dar declaraciones diciendo que agradecía el respeto de Uribe, que era un honor contar con su eventual apoyo, que juntos iban a derrotar a Cepeda, que Colombia iba a volver a la seguridad y al progreso.
Abelardo sabía que esas palabras de Uribe le acababan de dar un impulso gigante. Ahora era un candidato serio. Ahora los indecisos podían votar por el sin miedo. Iván Cepeda también escuchó las declaraciones de Uribe y supo que la pelea iba a ser brutal. Uribe acababa de unir a la derecha, había dejado claro que no importaba si era Paloma o Abelardo.
En segunda vuelta, todos los uribistas iban a votar en bloque contra él. Cepeda sabía que Uribe lo odiaba con toda el alma. Sabía que Uribe haría lo que fuera para que él no llegara a la presidencia. En las redes sociales explotó todo. Los seguidores de Paloma atacaban a Uribe. Decían que era un traidor, que había usado a Paloma.
que nunca tuvo intención real de apoyar a una mujer. Los seguidores de Abelardo celebraban, decían que Uribe era pragmático, que había tomado la decisión correcta, que Paloma no podía ganar. Los seguidores de Cepeda se burlaban, decían que la derecha estaba dividida, que se estaban matando entre ellos. Pero Uribe no se inmutaba.
Él había hecho este juego mil veces. Sabía que iba a recibir críticas. Sabía que algunos iban a decir que traicionó a Paloma, pero también sabía que al final lo único que importa es ganar. Uribe lleva 40 años en política y ha aprendido que la lealtad es bonita, pero el poder es lo que cuenta, que los sentimientos no ganan elecciones, que hay que ser frío, calculador, despiadado si es necesario.
Esa declaración del 12 de enero cambió toda la campaña. De pronto, Abelardo era el candidato favorito de la derecha. Paloma quedó herida, pero seguía en la pelea. Cepeda sabía que enfrentaba una maquinaria unificada, Yuribe. Desde su finca en Córdoba, desde su cuenta de Twitter, desde los micrófonos de radio, seguía gobernando Colombia sin necesidad de estar en el Palacio de Nariño.
Porque en Colombia las elecciones no se ganan en las urnas, se ganan en las sombras, se ganan en las negociaciones secretas, se ganan en las alianzas que nadie ve. Y Álvaro Uribe es el maestro absoluto de ese juego. Lleva 40 años moviéndose en esas sombras, 40 años tejiendo alianzas, 40 años destruyendo enemigos, 40 años siendo el hombre más poderoso del país, aunque no tenga ningún cargo oficial.
Y ahora, a sus 76 años, cuando muchos pensaban que ya estaba retirado, que ya no tenía el mismo poder, Uribe demostró una vez más que sigue siendo el amo y señor de la política colombiana, que con una frase puede hacer o deshacer candidatos, que su palabra vale más que 1000 encuestas, que Colombia todavía le pertenece aunque ya no sea presidente.
La pregunta que nadie puede responder es que está tramando Uribe. ¿Por qué movió esa ficha justo en ese momento? ¿Qué acuerdos secretos se cocinaron antes de esa entrevista? Porque Uribe nunca hace nada sin razón. Cada movimiento está calculado. Cada declaración tiene un propósito. Nada es casual, todo es estrategia.
Para entender por qué Álvaro Uribe tomó esa decisión el 12 de enero, hay que entender primero la historia de guerra que él tiene con Iván Cepeda. Porque esto no es política normal, esto es una venganza de décadas, esto es sangre. Esto es odio acumulado durante años que ahora explota en una campaña presidencial donde los dos bandos saben que esta vez es todo o nada.
Iván Cepeda nació en 1962, hijo de Manuel Cepeda Vargas, un reconocido senador del Partido Comunista Colombiano. En una familia donde la política de izquierda era el pan de cada día, donde se hablaba de Marx, de revolución, de lucha popular, Iván creció viendo como su papá peleaba en el Congreso contra los poderosos, como defendía a los campesinos, a los obreros, a los más pobres del país.
Pero la izquierda en Colombia siempre ha sido peligrosa. Decir que eres comunista en este país es firmar tu sentencia de muerte. Y el 9 de agosto de 1994, Manuel Cepeda fue asesinado cuando salía del Congreso. En su carro, unos sicarios en moto lo acribillaron a balazos en plena calle delante de todo el mundo.
Era un mensaje claro. En Colombia no se puede ser de izquierda sin pagar el precio. Iván tenía 32 años cuando mataron a su papá. Ese día su vida cambió para siempre. Podía haberse ido del país, podía haber abandonado la política, podía haberse dedicado a otra cosa, pero decidió lo contrario. Decidió investigar quién había ordenado el asesinato de su padre.
decidió convertirse en el cazador de paramilitares. Decidió que iba a dedicar su vida a desenmascarar a los políticos que se aliaban con grupos armados ilegales. Y ahí empezó su cruce de caminos con Álvaro Uribe, porque Iván Cepeda empezó a investigar los vínculos entre políticos de derecha y grupos paramilitares en Antioquia, en Córdoba, en Urabá, regiones donde los paramilitares habían masacrado campesinos, habían desplazado comunidades enteras, habían sembrado el terror y muchos de esos paramilitares tenían conexiones con políticos cercanos
a Uribe. Cepeda empezó a recoger testimonios de desmovilizados, de víctimas, de testigos. empezó a armar un rompecabezas que mostraba como algunos políticos colombianos habían hecho pactos con paramilitares para ganar elecciones, para controlar territorios, para eliminar enemigos. Ese trabajo de Cepeda fue clave para destapar el escándalo de la parapolítica que llevó a la cárcel a más de 60 congresistas.
Pero Cepeda no se quedó ahí. empezó a investigar directamente a Álvaro Uribe empezó a buscar testimonios de paramilitares que dijeran que Uribe había tenido vínculos con ellos y encontró algunos encontró desmovilizados que decían que Uribe había trabajado con ellos en Antioquia, que había facilitado operaciones, que había hecho la vista gorda con sus actividades.
Uribe se enfureció, dijo que todo era un montaje, que Cepeda estaba usando falsos testigos para hundirlo, qué estaba haciendo el trabajo sucio de Lasfart, que quería destruirlo políticamente porque no podían derrotarlo militarmente. La guerra entre Uribe y Cepeda se volvió personal, brutal, sin cuartel. Cepeda logró que la Corte Suprema de Justicia abriera una investigación contra Uribe por presuntos vínculos con paramilitares.
Fue un golpe durísimo, un expresidente de Colombia siendo investigado por la Corte Suprema. Algo sin precedentes, Uribe gritó persecución política. Dijo que la Corte estaba infiltrada por la izquierda, que querían vengarse de él por haber derrotado a las FARC. Pero Uribe es Uribe y contraatacó acusó a Cepeda ante la Fiscalía de Manipulación de Testigos.
dijo que Cepeda había pagado a desmovilizados para que mintieran contra él. Presentó pruebas, testimonios, documentos y logró que la fiscalía abriera una investigación contra Cepeda. De pronto, el cazador se convirtió en presa. La pelea entre Uribe y Cepeda se convirtió en un enredo judicial increíble.
Los dos tenían procesos abiertos. Los dos se acusaban mutuamente. Los dos decían que el otro era un criminal. Era como ver a dos gladiadores golpeándose sin parar, sabiendo que solo uno puede quedar vivo. Durante años esa pelea se quedó en los tribunales. Iban y venían acusaciones, testimonios, audiencias. Ninguno de los dos lograba tumbar al otro.
Y entonces llegó Gustavo Petro al poder en 2022 y todo cambió. Petro nombró un fiscal general afin a su gobierno, reorganizó la fiscalía y de pronto los procesos contra Uribe empezaron a reactivarse. Mientras que los procesos contra Cepeda empezaron a archivarse, Uribe gritó que era persecución política, que Petro lo quería meter preso, que estaban usando la justicia como arma política y no estaba del todo equivocado.
Petro, si quería ver a Uribe preso, lo había dicho en campaña. Lo había prometido a sus seguidores. Uribe representaba todo lo que Petro odiaba. el paramilitarismo, el neoliberalismo, la derecha que había gobernado Colombia durante décadas. Meter preso a Uribe sería el símbolo definitivo de que el cambio había llegado.
Pero Uribe es un político demasiado inteligente como para dejarse atrapar fácil. Tiene los mejores abogados. Conoce la ley mejor que nadie. sabe cómo moverse en los vericuetos judiciales. Ha logrado dilatar los procesos, presentar recursos, buscar salidas legales. Hasta ahora, ninguna acusación contra él ha prosperado definitivamente.
Sigue libre, sigue activo, sigue poderoso. Y cuando Iván Cepeda anunció su candidatura presidencial, Uribe supo que esta elección era su última batalla. Si Cepeda ganaba la presidencia, tendría 4 años más de gobierno de izquierda, 4 años más de fiscales que lo investigarían. 4 años más de acusaciones, de audiencias, de riesgo de terminar en la cárcel, no podía permitirlo.
Tenía que frenar a Cepeda como fuera. Por eso, cuando apareció Paloma Valencia como candidata del Centro Democrático, Uribe la apoyó con todo. Dijo públicamente que soñaba con verla en la casa de Nariño, que sería la primera mujer presidenta de Colombia, que tenía todo lo necesario para gobernar. Paloma se emocionó. creyó que finalmente el uribismo iba a romper el techo de cristal, que iba a demostrar que no era un movimiento machista.
Paloma Valencia no es una mujer cualquiera. Nació en 1973 en Bogotá. En una familia de clase media, estudió derecho en la Universidad Javeriana. Hizo una maestría en políticas públicas en la Universidad de Oxford en Inglaterra. es brillante, preparada, con una capacidad de trabajo impresionante. Entró a la política en 2010 como senadora del Centro Democrático.
Desde el principio, Paloma demostró que tenía carácter, no se dejaba amedrentar. Peleaba sus ideas sin importar contra quién. Fue una de las voces más fuertes en contra del proceso de paz con las FART. Decía que era un error perdonar a los terroristas, que la justicia no podía negociarse, que las víctimas estaban siendo traicionadas.
Su discurso era duro, pero conectaba con millones de colombianos que pensaban igual. Cuando Juan Manuel Santos ganó el Nobel de Paz por el acuerdo con las FARC, Paloma fue una de las pocas que se atrevió a criticarlo públicamente. Dijo que no merecía ese premio, que la paz no se podía comprar con impunidad, que Santos había traicionado a Colombia.
Esas declaraciones le costaron ataques brutales, la llamaron guerrerista, la acusaron de querer más guerra, pero ella no se cayó. Durante el gobierno de Petro, Paloma ha sido su crítica más feroz. No hay reforma de Petro que Paloma no haya atacado. No hay escándalo que Paloma no haya denunciado.
Ha sido implacable, incansable, obsesiva en su oposición. Algunos dicen que es su trabajo como senadora de oposición. Otros dicen que se le pasó la mano, que se volvió demasiado radical. Y cuando Paloma anunció su candidatura presidencial, lo hizo con un discurso que dejaba clara su posición. dijo que Colombia estaba en crisis por culpa de Petro, que el país necesitaba volver a la seguridad democrática de Uribe, que había que recuperar la inversión privada, que había que acabar con la corrupción del gobierno, que ella era la única que podía derrotar a Cepeda.
Paloma empezó su campaña con fuerza, se recorrió el país entero, fue a plazas de mercado, a barrios populares, a veredas olvidadas, hablaba con la gente, escuchaba sus quejas, tomaba nota de todo. Su equipo grababa cada evento, cada reunión, para mostrar en redes sociales que Paloma si estaba con el pueblo, que no era una candidata de élite encerrada en su burbuja.
Pero las encuestas no le favorecían. Paloma tenía un problema. Su imagen era muy polarizante. La gente que la amaba la amaba con pasión, pero la gente que la odiaba la odiaba con la misma intensidad. No lograba crecer más allá del 15% de intención de voto. Estaba atrapada en el núcleo duro del uribismo, pero no podía salir de ahí.
Y entonces apareció Abelardo de la Espriella, un abogado penalista de Barranquilla que se había hecho famoso defendiendo casos mediáticos. Aparecía en todos los noticieros. Tenía un programa de opinión. Era polémico, directo, sin filtros. Abelardo no venía de la política tradicional, nunca había sido concejal, ni diputado, ni congresista. Era un outsider total.
Abelardo anunció su candidatura con un discurso populista pero efectivo. Dijo que Colombia necesitaba mano dura contra los delincuentes, que había que aplicar cadena perpetua para violadores, pena de muerte para asesinos de niños. que los corruptos tenían que ir a la cárcel sin contemplaciones era un discurso simple, directo, que la gente de la calle entendía perfectamente.
No hablaba de reformas estructurales, no hablaba de modelos económicos, no hablaba de izquierda o derecha, hablaba de cosas concretas que la gente sentía en su vida diaria. El miedo a salir a la calle por la inseguridad, la rabia de ver políticos corruptos quedando impunes, la frustración de un sistema judicial que no funciona.
Abelardo conectaba con esa rabia popular y las encuestas empezaron a moverse a su favor. En dos meses, Abelardo pasó del 8% al 25% de intención de voto. De pronto estaba por encima de Paloma. Se había convertido en el candidato de derecha con más opciones reales de llegar a segunda vuelta. Los analistas políticos no lo podían creer.
Como un abogado sin experiencia política estaba arrasando. Paloma veía con impotencia como Abelardo le robaba votos. Como gente que antes decía que votaría por ella, ahora se pasaba a Abelardo. Como su sueño de ser la primera presidenta se empezaba a desvanecer. En las reuniones internas del Centro Democrático empezaron las divisiones.
Unos decían que había que seguir apoyando a Paloma, que ella representaba los valores del partido. Otros decían que había que ser pragmáticos, que Abelardo tenía más chances de ganar. Uribe observaba todo en silencio, hacía sus cálculos, hablaba con unos y con otros, escuchaba opiniones, revisaba encuestas. Uribe no es un hombre sentimental.
Para él la política es una guerra y en la guerra lo único que importa es ganar. No importan los sentimientos, no importan las promesas, no importa la lealtad si la lealtad te hace perder. Abelardo lo sabía. Empezó a buscar acercamientos con Uribe, le mandó mensajes a través de intermediarios, le ofreció cosas, le dijo que si llegaba a la presidencia Uribe tendría un lugar privilegiado en su gobierno, que respetaba su legado, que quería trabajar juntos.
Uribe escuchaba, pero no se comprometía. quería ver hasta dónde llegaba Abelardo. Mientras tanto, del otro lado, Iván Cepeda construía su campaña sobre las bases del petrismo. Su discurso era claro. Había que profundizar el cambio que Petro había iniciado. No retroceder a los tiempos de Uribe. Cepeda decía que Petro había cometido errores, pero que el rumbo era correcto, que Colombia necesitaba más reformas sociales, más inversión en educación y salud, más derechos para los trabajadores.
Cepeda sabía que enfrentaba una batalla difícil. El gobierno de Petro había dejado al país en crisis. La economía no crecía, la inseguridad había aumentado. Los escándalos de corrupción en la Ungra habían manchado la imagen del gobierno. Mucha gente que había votado por Petro en 2022 ahora estaba arrepentida, desilusionada, con ganas de volver a la derecha.
Pero Cepeda también sabía que tenía una base fiel. Los millones de colombianos que seguían creyendo en el cambio, que no querían volver al uribismo, que pensaban que darle más tiempo a la izquierda era la única forma de construir un país más justo. Cepeda apostaba por movilizar esa base, por convencerlos de que salieran a votar masivamente.
El problema de Cepeda es que cargaba con todos los errores de Petro. En cada entrevista le preguntaban por el escándalo de la Ungre, por la crisis económica, por el déficit fiscal, por el aumento de la inseguridad. Cepeda intentaba defenderse diciendo que esos problemas no eran solo culpa de Petro, que había factores externos, que la oposición había saboteado las reformas, pero la gente ya no le creía.
Uribe atacaba a Cepeda todos los días desde su cuenta de Twitter, desde entrevistas en radio. Desde sus intervenciones públicas, Uribe decía que Cepeda era un peligro para Colombia, que si ganaba convertiría al país en Venezuela, que acabaría con la propiedad privada, que alienaría a los inversionistas, que traería el caos comunista.
Era un discurso del miedo muy efectivo. Icepeda no se quedaba callado. Le respondía a Uribe con la misma dureza. le recordaba acusaciones de paramilitarismo, los falsos positivos de su gobierno, las chuzadas ilegales. La parapolítica Cepeda decía que Uribe representaba lo peor de Colombia, la violencia, la impunidad, la alianza entre políticos y criminales.
Decía que Colombia no podía volver a ese pasado oscuro. La campaña se convirtió en una guerra total, sin prisioneros, sin contemplaciones. Cada bando atacaba al otro con todo lo que tenía. Las redes sociales eran un campo de batalla. Los seguidores de Uribe atacaban a Cepeda llamándolo terrorista. Los seguidores de Cepeda atacaban a Uribe llamándolo paramilitar.
Era un enfrentamiento brutal donde ya no importaban los argumentos, sino solo destruir al enemigo. Y en medio de esa guerra, Paloma Valencia intentaba sobrevivir. Ella peleaba en dos frentes, contra Cepeda por un lado, pero también contra Abelardo, que le estaba quitando votos. Paloma hacía campaña el doble que los demás.
Dormía 4 horas, se levantaba a las 5 de la mañana. Terminaba la medianoche, daba 10 entrevistas al día, asistía a cinco eventos, grababa 20 vídeos para redes sociales, pero nada funcionaba. Las encuestas seguían mostrando que Abelardo estaba arriba, que Paloma no lograba despegar. Su equipo empezó a presionarla para que pidiera apoyo explícito de Uribe, para que le exigiera que dijera claramente que ella era la única candidata del uribismo. Paloma resistía.
No quería verse como una candidata que dependía de Uribe. Quería demostrar que tenía luz propia. Pero la realidad es que sin Uribe ningún candidato de derecha puede ganar en Colombia. Uribe sigue siendo el líder indiscutible de ese sector. Su palabra vale oro. Su apoyo puede hacer o deshacer candidaturas.
Paloma lo sabía, Abelardo lo sabía, todos lo sabían. Por eso la entrevista del 12 de enero en la FM era tan importante. Esa mañana, cuando el periodista le hizo la pregunta directa a Uribe, todo el país se detuvo a escuchar. Paloma estaba en Boyacá haciendo campaña, pero tenía el celular pegado al oído escuchando la transmisión en vivo.
Abelardo estaba en Barranquilla en su oficina con su equipo, rodeándolo esperando la respuesta. Cepeda estaba en Bogotá en una reunión con su equipo de campaña también escuchando. Y Uribe respondió sin dudar, “Si Abelardo de la Espriella es el que pasa a la segunda vuelta, estaremos con él.” Como él ha dicho, si es Paloma, le carga maletas.
Fueron 15 segundos que cambiaron toda la campaña. 15 segundos que destrozaron a Paloma. 15 segundos que coronaron a Abelardo como el candidato favorito. 15 segundos que le dijeron a Cepeda que enfrentaría una derecha unida y poderosa. Paloma sintió como si le hubieran clavado un puñal en la espalda. Ella había dado todo por Uribe.
Había defendido su legado cuando nadie más lo hacía. Había peleado batallas imposibles en el Congreso. Había aguantado amenazas de muerte. Había sacrificado su vida personal. Y ahora Uribe la estaba dejando sola, la estaba poniendo a competir con Abelardo. Le estaba diciendo que su lealtad no valía nada. Esa noche Paloma tuvo que tomar una decisión.
Podía renunciar a la candidatura, aceptar que había perdido la batalla interna, retirarse con dignidad o podía seguir peleando. Demostrar que no necesitaba la bendición total de Uribe para ganar, que ella tenía su propia base de apoyo, su propia identidad política. Paloma decidió seguir, pero algo se había roto en su relación con Uribe.
Abelardo, por su parte, celebró como si ya hubiera ganado las elecciones. Salió a dar declaraciones agradeciendo el eventual apoyo de Uribe, diciendo que juntos iban a salvar a Colombia del comunismo de Cepeda, que iban a recuperar la seguridad, que iban a devolver la confianza a los inversionistas.
Su campaña recibió un impulso enorme. Los indecisos empezaron a volcarse hacia él. Cepeda analizó la situación y supo que tenía un problema gigante. La derecha se estaba uniendo. Uribe había dado la señal. En segunda vuelta no importaría si era Paloma o Abelardo. Todos los votos de derecha se concentrarían en uno solo, mientras que él tendría que pelear solo.
Porque Petro no podía ayudarlo mucho. El gobierno estaba muy desgastado, muy impular. Los analistas políticos empezaron a hacer cálculos. Si en primera vuelta Cepeda sacaba 35%, Abelardo 28% y Paloma 15%. En segunda vuelta Abelardo sumaría los votos de Paloma y ganaría 43 a 37. Cepeda necesitaba ganar en primera vuelta o al menos llegar con tanta ventaja que fuera imposible de remontar.
Pero las encuestas mostraban que eso era difícil. La declaración de Uribe también provocó debates al interior del Centro Democrático. Muchos senadores y representantes leales a Paloma se sintieron traicionados. Dijeron que Uribe estaba siendo injusto, que Paloma merecía más respeto, que no podían abandonarla.
Así hubo reuniones tensas, discusiones acaloradas, amenazas de renuncia. El partido estaba al borde de una ruptura interna. Pero Uribe no se inmutaba. Él conoce este juego mejor que nadie. Sabe que al final todos vuelven. que las amenazas de renuncia casi nunca se cumplen, que la mayoría terminará apoyando al que tenga más opciones de ganar porque nadie quiere quedarse por fuera del poder.
Uribe había calculado todo, sabía exactamente lo que estaba haciendo. Lo que pasó después del 12 de enero fue un terremoto político que nadie esperaba, porque esas palabras de Uribe no eran simplemente una opinión más en medio de una campaña. eran una declaración de poder, una demostración de que en Colombia hay un hombre que sigue decidiendo quién sube y quién baja, un hombre que sin tener ningún cargo oficial puede cambiar el rumbo de una elección presidencial con una sola frase. Paloma Valencia intentó seguir
adelante como si nada hubiera pasado, pero quienes la conocían bien sabían que algo se había roto por dentro al día siguiente del bombazo de Uribe. El 13 de enero, Paloma estaba programada para un evento en Tunja, Boyacá. Llegó temprano como siempre. saludó a la gente con esa sonrisa que había practicado durante años de vida política.
Dio su discurso atacando al gobierno de Petro, prometiendo seguridad y empleo. Pero había algo diferente en su voz. Los periodistas que la seguían día a día lo notaron inmediatamente. Paloma hablaba más rápido de lo normal. Sus gestos eran más bruscos. Cuando alguien del público le preguntó qué opinaba de las declaraciones de Uribe, ella respondió con una sonrisa forzada. El Dr.
Uribe es el líder de nuestro partido y respeto sus opiniones. Lo importante es que la derecha esté unida para derrotar al petrismo fue una respuesta diplomática calculada, pero sus ojos decían otra cosa. Esa tarde, después del evento, Paloma se encerró en su habitación de hotel con su equipo más cercano.
Solo cinco personas de su absoluta confianza ahí, sin cámaras, sin micrófonos, sin necesidad de actuar. Paloma dejó salir su verdadero sentimiento. Después de todo lo que he dado, así me pagan. Le dijo a su jefe de campaña con la voz quebrada. Yo dejé todo por este partido. Aguanté que me llamaran guerrerista, que me amenazaran de muerte, que me trataran como si fuera la secretaria de Uribe y ahora resulta que no soy suficiente.
Su equipo intentó animarla. Le dijeron que todavía tenía opciones, que las encuestas podían cambiar, que Uribe al final terminaría apoyándola completamente. Pero Paloma no es tonta. Lleva suficientes años en política como para saber cuando alguien te está dejando de lado. No se trata de encuestas, les dijo.
Se trata de que Uribe acaba de decirle a todo el país que Abelardo es mejor opción que yo, que si Abelardo llega a segunda vuelta lo apoyarán. Eso es como decir, voten por Abelardo, no por Paloma. Pero Paloma Valencia no es de las que se rinden fácil. Al día siguiente, el 14 de enero, convocó una rueda de prensa en Bogotá.
Llegó vestida con un traje sastre azul oscuro. El cabello perfectamente arreglado, maquillaje impecable, la imagen de una mujer fuerte que no se deja quebrar. Delante de decenas de periodistas y cámaras de televisión, Paloma dio una de las declaraciones más valientes de su carrera política. “Yo no le cargo maletas a nadie”, dijo mirando directamente a las cámaras.
Yo no estoy aquí porque alguien me puso. Estoy aquí porque me gané este lugar con trabajo, con sacrificio, con años de pelear batallas que otros no se atrevieron a pelear. Yo respeto al Dr. Uribe, respeto su liderazgo, pero quiero que todos los colombianos sepan algo muy claro. Yo no soy la candidata de Uribe.
Soy la candidata de millones de mujeres que quieren ver por primera vez a una mujer en la casa de Nariño. Fue un momento extraordinario. Paloma acababa de hacer algo que muy pocos políticos colombianos se atreven a hacer. Desafiar públicamente a Álvaro Uribe, declararse independiente de él, marcar distancia del hombre más poderoso de su partido.
Los periodistas quedaron en SOC. Empezaron a hacer preguntas a gritos. Está rompiendo con Uribe. ¿Se va a salir del Centro Democrático? ¿Ya no quiere su apoyo? Paloma levantó la mano pidiendo silencio. No estoy rompiendo con nadie. Sigo siendo del Centro Democrático, sigo respetando al Dr. Uribe, pero quiero dejar claro que mi candidatura no depende de una sola persona.
Depende de los millones de colombianos que creen en mí, que quieren un cambio generacional, que quieren ver liderazgo femenino en este país. Terminó su declaración y salió sin responder más preguntas. Las redes sociales explotaron. El vídeo de Paloma diciendo, “Yo no le cargo maletas a nadie.” Se volvió viral en minutos.
tuvo millones de reproducciones, miles de comentarios, cientos de miles de compartidas. Las mujeres colombianas, incluso muchas que no eran de derecha, empezaron a expresar su apoyo. No soy uribista, pero admiro el valor de Paloma. Por fin una mujer que se planta frente a los hombres poderosos. Yo no le cargo maletas a nadie.
Debería ser el lema de todas las mujeres. Pero la reacción del uribismo duro fue brutal. Senadores y representantes cercanos a Uribe empezaron a atacar a Paloma en Twitter. está cometiendo un error político suicida. Sin Uribe no es nada. La ingratitud es el peor defecto en política. Algunos incluso pidieron que la sacaran de la candidatura, que el Centro Democrático buscara otro candidato.
La división interna del partido se profundizó. Álvaro Uribe no dijo nada públicamente durante dos días. Dejó que la tormenta creciera. dejó que todos especularan sobre qué iba a hacer, si iba a castigar a Paloma, si iba a retirarle el apoyo completamente, si iba a pedirle que renunciara. Uribe conoce perfectamente el valor del silencio en política.
Sabe que a veces no decir nada es más poderoso que decir algo. Finalmente, el 16 de enero, Uribe publicó un trino en su cuenta de Twitter. Paloma Valencia es una líder valiosa del Centro Democrático. Ha dado grandes luchas por Colombia. merece respeto. El partido la respalda. Fue un mensaje breve, medido, que no decía ni mucho ni poco.
Suficiente para calmar las aguas, pero sin comprometerse totalmente. Paloma leyó ese trino y entendió el mensaje. Uribe no la iba a destruir, pero tampoco la iba a defender con todo. La mantenía en el juego, pero sin darle ventaja. Era la estrategia perfecta de Uribe, mantener las opciones abiertas, no quemar a nadie, esperar a ver quién llegaba más fuerte a la recta final.
Mientras esto pasaba, Abelardo de la Esprilla aprovechaba cada segundo. Después de las declaraciones de Uribe del 12 de enero, su campaña había recibido un impulso gigantesco. Su equipo reportaba que las llamadas de apoyo no paraban. ¿Qué empresarios que antes no le ponían atención, ahora querían reunirse con él? ¿Qué políticos regionales que estaban indecisos ahora se declaraban abelardistas? Abelardo sabía que tenía una ventana de oportunidad, que el momento de atacar era ahora. Mientras Paloma estaba débil,
mientras el uribismo estaba dividido, dio una gira relámpago por toda la costa Caribe. Su región natural, fue a Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Montería, Sincelejo. En cada ciudad lo recibían multitudes. La gente gritaba su nombre, le pedían fotos, le decían que iba a ser el próximo presidente. En cada evento, Abelardo repetía el mismo mensaje.
Simple, directo, contundente. Colombia necesita mano dura contra los delincuentes, cadena perpetua para los violadores, cárcel sin beneficios para los corruptos y un presidente que no tenga miedo de tomar decisiones difíciles. No hablaba de Paloma, no hablaba de Uribe, solo hablaba de su agenda, de sus propuestas, de lo que iba a hacer si llegaba al poder.
Las nuevas encuestas que salieron la tercera semana de enero mostraban el impacto de todo lo que había pasado. Abelardo había subido dos puntos, ahora estaba en 27%. Paloma había bajado un punto, estaba en 14%, pero lo más importante es que Iván Cepeda también había caído. Ahora estaba en 33%. El escándalo de corrupción de la UNG le estaba pasando factura porque mientras la derecha peleaba sus guerras internas, el gobierno de Petro seguía hundiéndose en el escándalo.
Cada día aparecían nuevas revelaciones sobre como funcionarios de la UMA habían desviado miles de millones de pesos, como habían repartido contratos a amigos, como habían montado una red de corrupción que involucraba a ministros, congresistas, contratistas. Iván Cepeda intentaba desesperadamente distanciarse del escándalo.
En cada entrevista repetía que él no había tenido nada que ver con esos hechos, que si ganaba la presidencia investigaría y castigaría a todos los responsables sin importar de qué partido fueran, que su gobierno sería diferente al de Petro, que él sí lucharía contra la corrupción de verdad. Pero la gente ya no le creía.
Los comentarios en redes sociales eran devastadores. Todos los del pacto histórico son iguales. Cepeda es más de lo mismo. Ya tuvimos 4 años de izquierda corrupta. No queremos cuatro más. El lastre del gobierno de Petro era demasiado pesado. Cepeda lo cargaba sobre sus hombros y lo hundía cada día más.
Gustavo Petro, el presidente en ejercicio, tampoco ayudaba. En lugar de quedarse callado y dejar que Cepeda hiciera su campaña en paz, Petro seguía dando declaraciones polémicas. atacando a los medios, atacando a la oposición, defendiendo a sus ministros capturados. Cada vez que Petro abría la boca, Cepeda perdía votos. El 18 de enero, en una entrevista con Caracol Radio, le preguntaron a Petro si sentía responsabilidad por el escándalo de la Humbre.
Petro respondió con su estilo característico. Esto es una persecución política montada por la fiscalía uribista para destruir el gobierno del cambio. Los verdaderos corruptos están en la derecha, pero a esos no los investigan. Fue una respuesta que indignó a millones de colombianos. Cepeda tuvo que salir a matizar las palabras de Petro.
Yo respeto al presidente, pero no comparto esa opinión. Si hubo corrupción en la UN, debe ser investigada y castigada. No importa quién esté involucrado, pero el daño ya estaba hecho. La imagen del petrismo como un movimiento que no acepta responsabilidades se había reforzado. Uribe aprovechó ese momento para atacar. Publicó un hilo de 15 trinos explicando por qué Colombia no podía darse el lujo de 4 años más de petrismo.
El gobierno de Petro ha sido el más corrupto de la historia, ha quebrado la economía, ha entregado territorios al ELN, ha destruido la confianza inversionista. Si Cepeda gana, será más de lo mismo, porque Cepeda es Petro 2.0. Cada trino de Uribe recibía miles de retweets. Su influencia seguía siendo masiva. Mientras todo esto pasaba en la esfera nacional, en las regiones se cocinaban otros movimientos.
Alcaldes y gobernadores que habían sido neutrales empezaban a definir sus apoyos. Algunos se iban con Abelardo, otros con Paloma, otros decidían mantenerse neutrales hasta ver quién llegaba a segunda vuelta. Era el típico baile de las alianzas regionales que siempre define las elecciones en Colombia. En Antioquia, la región clave para cualquier candidato de derecha, había división.
Los alcaldes del Valle de Aburrá estaban con Paloma, los del Urabá con Abelardo, los del oriente antioqueño esperaban una señal más clara de Uribe. Era un mapa político complejo donde cada municipio, cada vereda, cada barrio tenía sus propias lealtades. En el Valle del Cauca pasaba algo similar. Cali y los municipios grandes estaban indecisos.
Las encuestas mostraban que Cepeda y Abelardo estaban prácticamente empatados. Paloma apenas llegaba al 10% en esa región. Para ella, el Valle del Cauca era un territorio perdido. No tenía estructura, no tenía líderes locales, no conectaba con el electorado vallecaucano. En la costa Caribe, el bastión natural de Abelardo, las cosas estaban más claras.
Barranquilla, Cartagena, Santa Marta. Las ciudades grandes eran territorio abelardista. La gente lo conocía, lo quería, lo veía como uno de los suyos. Paloma y Cepeda peleaban por el segundo lugar, pero era evidente que Abelardo arrasaría en esa región. En Bogotá, la ciudad más importante electoralmente, porque tiene casi 6 millones de votantes.
El panorama era diferente. Cepeda iba adelante con el 38%. Abelardo tenía 24%. Paloma apenas 13%. La capital seguía siendo de izquierda. Petro había ganado ahí en 2022 y Cepeda mantenía esa base, aunque reducida por el desgaste del gobierno. Los estrategas de campaña de los tres candidatos hacían sus cálculos, sumaban y restaban votos región por región, hacían proyecciones de primera y segunda vuelta.
Todos llegaban a la misma conclusión. Cepeda llegaría primero a segunda vuelta con aproximadamente 33 a 35%. La pelea por el segundo lugar estaba entre Abelardo y Paloma, y ahí la ventaja era de Abelardo. Pero Paloma no se rendía. Después de su declaración de independencia del 14 de enero, algo había cambiado. Había recibido un impulso inesperado de sectores que antes no la apoyaban.
Mujeres profesionales, empresarias, académicas, líderes sociales, incluso algunas de centro e izquierda, empezaron a expresar solidaridad con ella, no necesariamente porque compartieran sus ideas políticas. sino porque admiraban su valentía. Se creó un movimiento espontáneo en redes sociales, Almohadilla Mujeres con Paloma, miles de mujeres compartiendo historias de como ellas también habían sido dejadas de lado por hombres más poderosos.
En sus trabajos, en sus familias, en sus comunidades, Paloma se había convertido en un símbolo de algo más grande que una campaña presidencial. Era el símbolo de la lucha de las mujeres contra el machismo estructural. Paloma era inteligente y supo aprovechar ese momento. Cambió el tono de su campaña.
Empezó a hablar menos de Petro y más de las mujeres colombianas. Somos más de 25 millones de mujeres en este país. Somos más de la mitad de la población. Pero nunca hemos tenido una presidenta. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo ciudadanas de segunda categoría? Era un mensaje poderoso que resonaba. En un evento en Medellín el 20 de enero, Paloma llenó el teatro metropolitano con 2,500 mujeres.
Fue un evento solo para mujeres, sin hombres, sin prensa masculina, solo mujeres compartiendo sus historias, sus luchas, sus sueños. Paloma lloró en el escenario cuando una mujer campesina le contó cómo había sido desplazada por la violencia, como había levantado sola a sus cinco hijos, como soñaba con ver a una mujer presidente antes de morirse.
Ese evento no salió en los noticieros tradicionales porque no dejaron entrar cámaras, pero las mismas mujeres lo grabaron con sus celulares y lo subieron a redes sociales. Los vídeos se hicieron virales, millones de reproducciones. Paloma había encontrado su narrativa. Ya no era solo la candidata del uribismo, era la candidata de las mujeres que quieren romper el techo de cristal.
Las nuevas encuestas que salieron el 22 de enero mostraban un pequeño repunte de paloma. Había subido un punto y medio, ahora estaba en 15.5%. No era mucho, pero era suficiente para mantener viva la esperanza. Sus asesores le decían que si mantenía esa tendencia, si seguía movilizando el voto femenino, podía dar la sorpresa.
Abelardo veía ese repunte de paloma con preocupación. Sabía que no podía confiarse, que en política todo puede cambiar en 24 horas. Intensificó su campaña, empezó a hacer tres, cuatro eventos al día, dormía 4 horas, viajaba de ciudad en ciudad sin parar. Su equipo estaba agotado, pero él seguía con la misma energía.
Iván Cepeda también ajustó su estrategia. Dejó de hablar tanto del gobierno de Petro y empezó a hablar más de sus propias propuestas, de lo que él haría diferente, de cómo su gobierno no repetiría los errores de Petro. Intentaba construir una identidad propia, separarse de Petro sin traicionarlo.
Era un equilibrio difícil pero necesario. El 21 de enero pasó algo que cambió nuevamente el ambiente de la campaña. Paloma y Abelardo coincidieron en un foro empresarial en Bogotá organizado por la ANDI. Los dos estaban invitados a presentar sus propuestas económicas. Era la primera vez que se veían cara a cara desde las declaraciones de Uribe.
El ambiente era tenso. Los empresarios querían escuchar propuestas concretas, no peleas personales. Paloma habló primero. Presentó un plan de reducción de impuestos, de simplificación tributaria, de incentivos para la inversión extranjera. Fue una presentación técnica bien preparada que demostró que ella sí sabía de economía, que no era solo una política de discursos.
Cuando le tocó el turno a Abelardo, él fue más emocional, menos técnico. Habló de cómo iba a luchar contra la corrupción que ahuyenta inversionistas, de cómo iba a dar seguridad jurídica, de cómo iba a recuperar la confianza en Colombia. Los empresarios aplaudieron las dos presentaciones, no se decantaron por ninguno.
Dijeron que los dos tenían propuestas interesantes. Después del evento, en los pasillos, Paloma y Abelardo se encontraron frente a frente. Había cámaras, había periodistas. Todos esperaban un enfrentamiento, pero para sorpresa de todos, Abelardo extendió la mano y dijo, “Senadora Valencia, la admiro. Está haciendo una gran campaña.
” Paloma dudó un segundo, pero estrechó su mano. Gracias, Dr. Abelardo, usted también. Fue un momento breve, pero significativo. Los dos candidatos de derecha, demostrando que podían ser rivales sin ser enemigos, que podían competir con respeto, ese apretón de manos dio vuelta por todas las redes sociales.
Algunos lo interpretaron como una señal de que al final la derecha se uniría sin importar quién llegara a segunda vuelta, porque esa es la realidad que todos entienden en Colombia. No importa quién sea el candidato de derecha en segunda vuelta, Paloma o Abelardo, el otro lo apoyará. Porque el verdadero enemigo para la derecha no es interno, es externo.
Es Iván Cepeda, es el petrismo, es la izquierda. Esa es la línea roja que no se puede cruzar. Álvaro Uribe observaba todo desde su finca en Córdoba, hacía llamadas, recibía informes, analizaba encuestas, hablaba con políticos regionales, con empresarios, con militares retirados, con líderes religiosos.
Uribe mueve sus fichas en todos los tableros, no solo en el político, también en el económico, en el social, en el mediático. El 23 de enero, exactamente hoy, 11 días después de su bombazo en la FM, Uribe publicó un nuevo trino que volvió a mover el tablero. Tanto Paloma como Abelardo son opciones valiosas para Colombia.
Los dos representan los valores de la seguridad democrática. El que llegue a segunda vuelta tendrá todo mi apoyo. Lo importante es derrotar al castro chavismo de Cepeda. Fue una declaración calculada. Uribe estaba cerrando filas. Estaba diciendo que ya no importaba quién ganara la interna de la derecha, que lo importante era unirse en segunda vuelta.
Era una forma de calmar las aguas, de bajar la tensión entre Paloma y Abelardo, de preparar el terreno para la batalla final. Paloma leyó ese trino y sintió un pequeño alivio. Uribe no la había abandonado completamente. Seguía siendo una opción válida. Todavía tenía chance, pero también entendió que ya no era la favorita, que ahora era una competencia abierta, que tendría que pelear cada voto hasta el final.
Abelardo también leyó el trino y lo interpretó de otra manera. Para él era la confirmación de que Uribe lo veía como la mejor opción, pero no quería hundir a Paloma completamente, que estaba jugando a mantener las dos opciones vivas hasta ver quién demostraba más fuerza. Abelardo sabía que tenía ventaja, pero no podía confiarse.
Cepeda vio el trino de Uribe y supo que su verdadera pelea comenzaría en segunda vuelta, que no importaba si enfrentaba a Paloma o a Abelardo, enfrentaría a toda la maquinaria Uribista Unida, enfrentaría al establecimiento, a los medios tradicionales, a los grandes empresarios, a todo lo que el uribismo representa.
Porque esa es la realidad de las elecciones de 2026. No son solo unas elecciones presidenciales, son una batalla existencial entre dos visiones de país, entre la izquierda y la derecha, entre Petro y Uribe, entre el cambio y la continuidad, entre dos que quelambies que no se reconocen, que no se hablan, que están cada día más divididas.
Ahora, mientras escribo estas líneas el 23 de enero de 2026, faltan menos de 2 meses para las elecciones de Congreso del 8 de marzo. Faltan menos de 4 meses para la primera vuelta presidencial de mayo y el país está más tenso que nunca, más polarizado que nunca, más dividido que nunca. Las encuestas siguen mostrando que Cepeda llegaría a segunda vuelta, pero con una ventaja cada vez más pequeña.
La pelea por el segundo lugar está completamente abierta. Abelardo tiene ventaja, pero Paloma no se rinde y Uribe observa desde las sombras calculando su próximo movimiento. Lo que pasó el 12 de enero en la FM Radio no fue solo una declaración más, fue la demostración de que en Colombia hay un hombre que sigue mandando sin necesidad de estar en el gobierno.
Un hombre que con una sola frase puede cambiar el rumbo de una elección. Un hombre que a sus 76 años sigue siendo el político más poderoso del país. Paloma Valencia entendió ese día que en el uribismo no hay espacio para sentimientos, que la lealtad no garantiza nada, que lo único que importa es el poder.
Entendió que había dado todo por un partido, que la veía como una opción, no como la opción, pero en lugar de rendirse decidió pelear. Decidió construir su propia identidad. decidió ser más que la candidata de Uribe. Abelardo de la Espriella entendió ese día que tenía la bendición parcial de Uribe, que era el favorito, pero no el ungido, que todavía tenía que demostrar que podía ganar, que no podía confiarse, que en política todo puede cambiar en un segundo y por eso no ha parado de hacer campaña ni un solo día.
Iván Cepeda entendió ese día que enfrentaba una maquinaria unificada, que Uribe haría lo que fuera para que él no llegara a la presidencia, que la derecha se uniría en segunda vuelta sin importar quién fuera el candidato, que su pelea no era solo electoral, sino existencial, porque si Uribe lo ve como una amenaza, no descansará hasta destruirlo.
Y nosotros, los colombianos comunes y corrientes, los que no somos políticos ni analistas ni estrategas, nosotros también entendimos algo ese día. Entendimos que nuestro voto importa, pero que hay poderes que importan más, que votamos, pero no decidimos realmente. Que elegimos presidentes, pero hay alguien más que manda desde las sombras.
Entendimos que Colombia sigue siendo un país donde un expresidente sin cargo oficial tiene más poder que el presidente en ejercicio, donde las elecciones se deciden en fincas y en reuniones secretas antes de decidirse en las urnas, donde la democracia es un espectáculo bien montado, pero donde el libreto ya está escrito.
¿Podrá Paloma Valencia dar la sorpresa y llegar a segunda vuelta? Es posible, pero difícil. Necesitaría que su movimiento de mujeres se tradujera en votos masivos. que lograra movilizar a sectores que tradicionalmente no votan, que las encuestas estuvieran equivocadas. ¿Llegará a Abelardo de la Espriella a segunda vuelta como indican las encuestas? Es probable, pero no seguro.
Tiene ventaja ahora, pero faltan meses. En ese tiempo puede pasar cualquier cosa. Un escándalo, una declaración equivocada, un cambio en el ambiente político. ¿Ganará Iván Cepeda la presidencia? Es la gran pregunta. tiene una base fiel del 33 al 35%, pero en segunda vuelta necesita crecer al menos 15 puntos más.
Necesita que la gente que votó por el candidato de derecha que perdió en primera vuelta no vote en segunda vuelta o que vote por él. Algo muy difícil. Lo único seguro es que estas elecciones de 2026 pasarán a la historia porque son las elecciones donde por primera vez una mujer tiene posibilidades reales de ser presidenta, porque son las elecciones donde la izquierda intenta mantenerse en el poder después de un gobierno desastroso, porque son las elecciones donde Uribe juega su última carta para mantener su legado.
Son las elecciones donde Colombia tiene que decidir si quiere seguir siendo el mismo país de siempre o si quiere intentar algo diferente. Si quieres seguir en este ciclo infinito donde nos prometemos cambio y terminamos con más de lo mismo, donde votamos con esperanza y terminamos con desilusión, son las elecciones donde cada colombiano tiene que preguntarse, ¿para qué sirve mi voto si al final unos pocos deciden todo? ¿Para qué voy a las urnas si las decisiones importantes se toman en las sombras? ¿Es esta la democracia que queremos o
solo estamos jugando a tener democracia? Porque al final del día lo que pasó el 12 de enero en la FM Radio fue la confirmación de algo que todos sabíamos, pero no queríamos aceptar, que en Colombia seguimos viviendo en un sistema donde los caudillos mandan más que las instituciones, donde las personalidades importan más que los programas, donde la lealtad a un líder vale más que las ideas.
Álvaro Uribe Vélez lleva 40 años en la política colombiana. Ha sido concejal, alcalde, senador, gobernador, presidente dos veces y ahora, sin ningún cargo oficial. Sigue siendo el hombre más poderoso del país. Eso dice mucho de él, pero dice mucho más de nosotros, de nuestra incapacidad de construir instituciones que sean más fuertes que las personas.
Dice mucho de nuestra adicción a los caudillos, de nuestra necesidad de tener un líder fuerte que nos diga qué pensar, qué hacer, por quién votar. dice mucho de nuestra democracia en Madura, donde seguimos buscando padres políticos en lugar de construir ciudadanía. Paloma Valencia es una mujer brillante, preparada, con una carrera política sólida.
Pero su gran error fue creer que eso era suficiente, que el trabajo duro y la lealtad garantizaban algo en política. Ahora está aprendiendo la lección más dura. que en este juego no hay garantías, que puedes dar todo y no recibir nada, que la gratitud no existe. Abelardo de la Espriella es un político hábil que supo leer el momento, que entendió que Colombia quería un outsider, alguien que no viniera de la política tradicional, alguien que prometiera mano dura sin matices y construyó su candidatura sobre eso.
Pero su gran desafío será demostrar que es más que un fenómeno mediático que tiene la capacidad de gobernar. Iván Cepeda es un hombre de convicciones. Ha dedicado su vida a una causa, a luchar contra el paramilitarismo, a defender las víctimas, a investigar a los poderosos. Ha pagado un precio alto por eso, amenazas, persecuciones, ataques.
Pero su gran problema es que carga con el lastre de Petro, con los errores de un gobierno que decepcionó a millones. Y mientras estos tres candidatos pelean por la presidencia, Colombia sigue hundiéndose en sus problemas de siempre. La inseguridad que no para. La economía que no crece, la corrupción que nunca se acaba, la desigualdad que sigue siendo obscena, los jóvenes que se van del país porque no ven futuro, las madres que lloran a sus hijos asesinados por las balas perdidas.
Esos problemas no los va a resolver Paloma, ni Abelardo, ni Cepeda, porque los problemas de Colombia son estructurales. Vienen de décadas, de siglos, de una sociedad construida sobre la desigualdad, sobre la violencia, sobre la impunidad. Ningún presidente puede cambiar eso en 4 años y menos cuando tiene que gobernar un país tan dividido.
Pero igual votamos porque es lo único que nos queda, porque queremos creer que esta vez sí será diferente, que el candidato que elijamos sí cumplirá, que las promesas esta vez sí serán realidad. Votamos con esperanza, aunque la experiencia nos haya enseñado que la esperanza en política casi siempre termina en desilusión.
Si esta historia te impactó, si te hizo pensar, si te ayudó a entender mejor lo que está pasando en Colombia, dale like a este vídeo, suscríbete a nuestro canal Historia Oculta para más historias como esta y déjanos en los comentarios tu respuesta a estas preguntas. ¿Crees que Paloma Valencia tiene posibilidades reales de llegar a segunda vuelta o Uribe ya decidió que Abelardo es su candidato? ¿Piensas que Iván Cepeda puede ganar la presidencia cargando con el peso del gobierno de Petro? ¿Crees que Colombia está lista para
tener su primera presidenta mujer o el machismo todavía es muy fuerte? Y la pregunta más importante, ¿piensas que estas elecciones cambiarán algo en Colombia o seguiremos atrapados en el mismo ciclo de promesas incumplidas y desilusiones? ¿Crees que algún día tendremos una democracia donde los votos de la gente importen más que las decisiones de los caudillos? Queremos saber qué piensas.
Queremos saber si tú también sientes que en Colombia votamos, pero no decidimos realmente. Si tú también estás cansado de este sistema donde unos pocos manejan todo, escríbelo en los comentarios aquí abajo. Dinos qué opinas de Uribe, de Paloma, de Abelardo, de Cepeda, de estas elecciones que definirán el futuro del país.
Porque esta historia no termina aquí, apenas está comenzando. El 12 de enero de 2026 fue solo el primer acto. Faltan muchos capítulos por escribirse. Muchas sorpresas por venir, muchos giros inesperados y nosotros en historia oculta estaremos aquí para contártelos todos, para que entiendas lo que realmente está pasando detrás de las cámaras, en las sombras donde se toman las decisiones que afectan nuestras vidas. Hasta la próxima. M.