1 ENTREVISTA SIN FILTRO y el CAOS POLÍTICO — ABELARDO ENFRENTA a IVÁN CEPEDA EN VIVO
Abelardo de la Espriella lleva 23 años siendo abogado. Defendió a gente inocente, defendió a gente culpable, ganó casos, perdió casos. Pero el 27 de enero de 2026 en los estudios de Caracol TV no está defendiendo a un cliente, se está defendiendo a sí mismo. Los periodistas le van a preguntar cosas que ningún candidato quiere responder.
¿Vas a bombardear campamentos aunque mueran niños? ¿Vas a perseguir periodistas que te critiquen? ¿De dónde vas a sacar 10 billones de pesos para salvarla? Salud. Son preguntas que pueden hundir una campaña. Abelardo sabe que si duda, si se pone nervioso, si dice algo equivocado, todo se acaba, pero él no es de los que se quedan callados.
Durante 60 minutos va a responder todo sin filtro, sin miedo, sin asesores que le digan qué decir. Esta es la historia de un hombre que decidió hablar con la verdad, aunque le costara la presidencia. La pregunta es, ¿cbia está lista para un presidente así? Bienvenidos a Historia oculta. Antes de comenzar, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves.
Para entender qué pasó ese día 27 de enero en los estudios de Caracol TV. Para entender por qué esa entrevista se convirtió en noticia nacional. Para entender por qué medio país aplaudió y la otra mitad se asustó. Primero hay que entender quién es Abelardo de la Espriella, de dónde viene, que lo llevó hasta ese estudio de televisión y por qué sus palabras dividen tanto a Colombia.
Abelardo nació hace 47 años en Barranquilla, en la costa Caribe de Colombia. En una familia de clase media, su papá era comerciante, su mamá ama de casa. Creció viendo como sus padres trabajaban duro para sacar adelante a la familia, para pagar el colegio, para poner comida en la mesa. Aprendió desde niño que en la vida hay que luchar, que nada es regalado.
Cuando terminó el colegio decidió estudiar derecho. Quería ser abogado. Siempre le gustó hablar, defender ideas, discutir. Entró a la Universidad del Norte en Barranquilla. Se graduó en el año 2003. Tenía 24 años. Era un muchacho flaco con muchas ganas de comerse el mundo. Empezó a trabajar en un bufete de abogados pequeño defendiendo casos de todo tipo.
Durante los siguientes 23 años, Abelardo se convirtió en uno de los abogados más conocidos de la costa. defendió gente acusada de corrupción, gente acusada de narcotráfico, gente acusada de asesinato. También defendió gente inocente que había sido acusada injustamente. Ganó casos que parecían imposibles.
Perdió casos que pensaba que iba a ganar, pero siempre fue un abogado que no se quedaba callado. Su estilo era agresivo, directo, sin filtros. Cuando creía que un juez estaba equivocado, lo decía. Cuando pensaba que un fiscal estaba mintiendo, lo denunciaba. Eso le ganó muchos enemigos, pero también muchos admiradores. La gente que lo conocía decía que Abelardo era un hombre de carácter, que no se dejaba mangonear de nadie, que decía lo que pensaba sin importarle las consecuencias.
Pero Abelardo no solo era abogado, también le gustaba la política. Desde joven era de derecha. Creía que Colombia necesitaba mano dura contra el crimen, que los criminales merecían castigo severo, que el Estado tenía que usar la fuerza para defender a los ciudadanos honestos. Esas ideas lo llevaron a acercarse a políticos como Álvaro Uribe y otros líderes de la derecha colombiana.
En el 2022, cuando Gustavo Petro ganó las elecciones presidenciales, Abelardo quedó devastado. No podía creer que Colombia hubiera elegido a un presidente de izquierda, a alguien que en su juventud había sido guerrillero del M19, a alguien que hablaba de paz con los grupos armados. Para Abelardo, eso era una traición a las víctimas del terrorismo.
Desde ese momento, decidió que él también iba a lanzarse a la política, que no podía quedarse de brazos cruzados viendo como la izquierda gobernaba Colombia, que tenía que hacer algo. Entonces empezó a prepararse, empezó a hacer vídeos en redes sociales criticando al gobierno de Petro. Empezó a construir una imagen de líder fuerte, de hombre que no se callaba nada.
Sus vídeos se volvieron virales. Millones de personas lo veían criticando a Petro con un lenguaje directo, sin rodeos, llamándolo corrupto, inútil, peligroso. La gente de derecha lo amaba, la gente de izquierda lo odiaba, pero todos lo conocían. En dos años, Abelardo se convirtió en una figura nacional sin haber ocupado nunca un cargo público.
Para finales del 2025 empezaron los rumores de que Abelardo iba a lanzarse como candidato presidencial para las elecciones del 2026. Algunos pensaban que era una locura, que un abogado sin experiencia política no tenía ninguna posibilidad, que la gente no iba a votar por alguien tan radical. Pero otros creían que justamente eso era lo que Colombia necesitaba, alguien sin ataduras políticas.
El 15 de diciembre de 2025, Abelardo hizo oficial su candidatura en un acto masivo en Barranquilla. Frente a 30,000 personas, gritó que iba a salvar a Colombia del gobierno de Petro, que iba a acabar con el narcotráfico, con la corrupción, con la inseguridad, que iba a devolver la dignidad al país. La multitud lo ovacionó.
Era claro que tenía seguidores, muchos seguidores, pero también era claro que sus propuestas eran polémicas, muy polémicas. Abelardo decía cosas que otros candidatos no se atrevían a decir. Hablaba de bombardear campamentos guerrilleros sin importar si había niños adentro, de fumigar todas las plantaciones de coca de Colombia, de despedir a 700,000 empleados públicos para reducir el tamaño del Estado, de dar mano dura contra los criminales.
Esas propuestas emocionaban a sus seguidores, pero aterraban a sus críticos. Organizaciones de derechos humanos lo acusaban de promover la violencia. Periodistas lo llamaban peligroso. Políticos de otros partidos decían que sus ideas eran irrealizables, pero Abelardo no retrocedía. Al contrario, cada vez que lo criticaban, él respondía más fuerte.
Durante enero de 2026, las encuestas empezaron a mostrar algo sorprendente. Abelardo estaba creciendo. Había pasado del 8% en diciembre al 18% a finales de enero. Todavía no era el favorito, pero ya era un candidato serio. Los medios de comunicación ya no podían ignorarlo. Tenían que entrevistarlo, tenían que preguntarle sobre sus propuestas.

Caracol TV, uno de los canales más importantes de Colombia, lo invitó a una entrevista extensa el lunes 27 de enero de 2026. La entrevista iba a ser en vivo en el programa de la mañana con dos periodistas haciendo preguntas. iba a durar una hora completa. Era una oportunidad enorme para Abelardo de llegar a millones de colombianos que no lo conocían bien.
Pero también era un riesgo gigante porque los periodistas de Caracol no iban a hacerle preguntas fáciles. Iban a preguntarle lo que todo el mundo quería saber, iban a ponerlo contra la pared. Iban a ver si realmente tenía respuestas o si solo era bueno para gritar en vídeos de redes sociales. Para Abelardo era el examen más importante de su vida política.
La noche del 26 de enero, un día antes de la entrevista, Abelardo no pudo dormir bien. Se la pasó dando vueltas en la cama pensando en las preguntas que le iban a hacer, repasando sus propuestas, preparando sus respuestas, pero decidió algo importante. No iba a llevar asesores que le dijeran qué decir. No iba a usar respuestas preparadas, iba a hablar con el corazón.
Esa decisión era valiente, pero también peligrosa. Porque cuando hablas sin filtro, puedes decir cosas de las que después te arrepientes, puedes meter la pata, puedes ofender a alguien. Pero Abelardo creía que los colombianos estaban cansados de políticos que hablaban bonito, pero no decían nada, que repetían frases armadas por sus equipos de campaña.
Él quería ser diferente. La mañana del 27 de enero, Abelardo se levantó temprano en su casa en Barranquilla, se bañó, se puso un traje azul oscuro con corbata roja, se miró al espejo y se dijo a sí mismo que tenía que estar calmado, que tenía que confiar en sus ideas, que si decía la verdad todo iba a salir bien.
Su esposa lo abrazó antes de que saliera y le dijo que creyera en él. Tomó un vuelo de Barranquilla a Bogotá que salió a las 7 de la mañana. Durante el vuelo no habló con nadie. Se quedó mirando por la ventana pensando. Algunos pasajeros lo reconocieron y le pidieron fotos. Él sonrió y se las tomó, pero se veía tenso.
Llegó a Bogotá a las 9 de la mañana. Una camioneta lo estaba esperando para llevarlo a los estudios de Caracol. En el camino hacia el canal le sonó el teléfono varias veces. Eran amigos y asesores dándole consejos de último minuto, diciéndole que tuviera cuidado con tal pregunta, que no cayera en tal trampa, que sonriera más, que no se pusiera agresivo.
Abelardo escuchaba, pero no decía mucho, solo agradecía y colgaba. A las 10 de la mañana llegó a los estudios de Caracol en Bogotá, un edificio grande y moderno en el norte de la ciudad. Lo recibió una productora del programa que lo llevó a un camerino, le ofreció café, le explicó cómo iba a ser la entrevista.
Dos periodistas, María Camila Orozco y Eduardo Hernández. Una hora en vivo. Pregunta sobre todos los temas. Abelardo solo asintió. Mientras esperaba en el camerino, Abelardo se miró de nuevo al espejo, se arregló la corbata, respiró profundo. Pensó en su familia, en sus padres que lo criaron para ser un hombre de bien, en sus hijos que estaban viendo desde Barranquilla, en los millones de colombianos que iban a estar pendientes de cada palabra que dijera.
Era el momento de la verdad. A las 10:30 lo llamaron al set. Entró al estudio y vio las cámaras, las luces, los técnicos moviéndose de un lado a otro. Se sentó en una silla frente a María Camila. La periodista le sonrió y le dijo que estuviera tranquilo, que iba a ser una conversación normal. Abelardo le devolvió la sonrisa, pero sabía que no iba a ser nada normal.
A las 10:45 empezó la transmisión en vivo. Millones de personas en toda Colombia prendieron sus televisores para ver qué iba a pasar en casas. Oficinas, tiendas. Todo el mundo quería escuchar a Abelardo. Los seguidores de Petro querían verlo equivocarse. Los seguidores de Abelardo querían verlo brillar.
Era el programa más esperado de la semana. María Camila empezó con una pregunta sobre la coyuntura del día. Los aranceles que Ecuador le había puesto a Colombia era una pregunta fácil para calentar motores. Abelardo respondió calmado diciendo que el problema no era el pueblo colombiano, sino el gobierno de Petro, que sus malas decisiones habían dañado las relaciones con los países vecinos, que él le pedía al presidente de Ecuador que reconsiderara.
Fue una respuesta diplomática, medida, sin ataques fuertes. María Camila asintió y pasó al siguiente tema: la salud. Ahí era donde empezaba lo difícil, porque la salud es el tema que más le duele a los colombianos. Millones de personas no tienen acceso a tratamientos, no consiguen medicinas, se mueren esperando cirugías.
Es una crisis humanitaria. Abelardo sabía que tenía que ser cuidadoso con este tema. No podía sonar frío, no podía sonar como un político más prometiendo cosas imposibles. Entonces empezó hablando de la gente, de las personas reales que están sufriendo. Dijo que esto no era solo un problema del sistema, sino un problema humano, que la gente se estaba muriendo y eso era lo que a él le preocupaba.
Después presentó su propuesta, un plan de choque de 90 días con 10 billones de pesos para darle oxígeno al sistema de salud, para reactivar los tratamientos críticos, para conseguir los medicamentos que faltan. María Camila inmediatamente le preguntó de dónde iba a sacar esa plata. 10 billones no es una cifra pequeña.
Es casi el presupuesto de varios ministerios juntos. Abelardo explicó que ese dinero podía salir de dos fuentes, primero de Ladres, que es la entidad del gobierno que administra la plata de la salud. Ahí hay fondos acumulados que no se están usando bien, segundo del presupuesto general de la nación, recortando gastos en otras áreas o emitiendo bonos del Estado, que es como pedirle prestado al país para pagar después.
Sonaba lógico, pero María Camila insistió. le preguntó si eso significaba que iba a recortar presupuesto de educación, de infraestructura, de otros sectores importantes. Abelardo dijo que no, que lo que iba a recortar era el Estado mismo, que Colombia tenía más de 700,000 funcionarios públicos que sobraban, que hacían lo mismo tres o cuatro personas, que era un desperdicio.
Esa respuesta hizo que muchos televidentes reaccionaran, porque 700,000 empleados públicos significa 700,000 familias que viven de esos salarios. Si Abelardo los despide, toda esa gente se queda sin trabajo, sin forma de pagar sus cuentas, de mantener a sus hijos. Era una propuesta que sonaba dura, muy dura, pero Abelardo la defendió diciendo que un país pobre como Colombia no puede tener al Estado como el primer empleador.
Después vino el tema de las EPS, que son las empresas que administran la salud en Colombia. El gobierno de Petro las había convertido en gestoras quitándoles poder. Muchas EPS habían cerrado o estaban quebradas. Abelardo dijo que las EPS que funcionaban bien había que protegerlas, que las que no servían había que cerrarlas, pero que no todas eran malas.
María Camila le preguntó si iba a reversar los decretos que Petro había hecho para cambiar el sistema de salud. Abelardo dijo que sí, que todo lo que se había hecho mal por decreto se iba a deshacer por decreto también, que iba a volver a un modelo donde las EPS tuvieran responsabilidad, pero con vigilancia estricta para que no robaran.
Hasta ahí la entrevista iba tranquila. Abelardo estaba respondiendo bien, con calma, con datos, pero todos sabían que venían las preguntas difíciles, las que realmente importaban, las que iban a definir si Abelardo era un candidato serio o solo un populista gritón. Y efectivamente, después de 20 minutos de entrevista llegó el tema que todo el mundo estaba esperando, la seguridad.
Abelardo llama a su plan de seguridad el milagro de la patría, un nombre que suena grandilocuente, pero que refleja su visión. Él cree que Colombia está en una crisis de criminalidad tan grave que solo medidas drásticas pueden salvarla. Y cuando María Camila le preguntó cuál era su propuesta, lo primero que dijo fue fumigar coca.
dijo que Colombia tiene 330,000 hectáreas de coca sembradas, que es un récord histórico, que nunca antes las mafias habían tenido tanto dinero, que toda la violencia en el país viene del narcotráfico. Entonces, lo primero es atacar la fuente, destruir esos cultivos, fumigar desde el aire con aviones, con drones, usar bioerbicidas para no violar la decisión de la Corte Constitucional que prohibió el glifosato.
También habló de bombardear los campamentos guerrilleros. Y ahí fue donde María Camila lo interrumpió con la pregunta que todos estaban esperando. La pregunta más incómoda de toda la entrevista. Le preguntó directamente qué opinaba sobre bombardear campamentos donde hay niños, porque ese había sido el gran escándalo en Colombia, bombardeos militares que habían matado a menores de edad.
El estudio se puso tenso. Las cámaras se acercaron a la cara de Abelardo. Millones de personas en sus casas se inclinaron hacia el televisor. Era el momento de la verdad. Si Abelardo decía que se a bombardear sabiendo que hay niños lo iban a crucificar en las redes sociales. Si decía que no sus seguidores de mano dura lo iban a acusar de cobarde, estaba en una encrucijada.
Abelardo respiró profundo, miró a la cámara y respondió. dijo que lo primero era tener buena inteligencia militar, que si se hacía bien el trabajo de espionaje, se podía ser muy preciso en los bombardeos, que por supuesto había que tratar de evitar perder vidas humanas, pero que no se le podía olvidar al país algo fundamental, que quien mete a los niños en la guerra son los grupos armados.
dijo que las guerrillas usan a los niños como escudo humano, que los ponen en los campamentos precisamente para que el Estado no los ataque, que eso es cobarde, que eso es criminal, pero que el estado no puede renunciar a usar la fuerza solo porque los terroristas esconden niños, que eso sería darles ventaja a los malos.
Fue una respuesta que muchos aplaudieron y muchos rechazaron. Los que están a favor de la mano dura dijeron que Abelardo tenía razón, que había que acabar con las guerrillas como fuera, que los niños eran víctimas de los grupos armados, no del Estado. Pero los defensores de derechos humanos dijeron que esa era una justificación para matar niños, que era inaceptable, que violaba el derecho internacional humanitario.
María Camila no lo dejó ahí. le preguntó directamente si él como presidente ordenaría un bombardeo sabiendo que hay menores en el campamento. Abelardo la miró a los ojos y dijo que sí, que si sus generales le confirmaban que en ese campamento están los cabecillas de una organización que ha matado a miles de colombianos, que ha secuestrado, que ha violado niñas, él ordenaría el bombardeo.
Fue una respuesta contundente que dejó claro que Abelardo no iba a cambiar de posición. No iba a suavizar su discurso para caer bien. Iba a defender lo que creía, aunque le costara votos. En las redes sociales explotó el debate. Unos lo llamaban valiente, otros asesino, pero nadie podía decir que no sabía quién era Abelardo.
Después de esa respuesta tan fuerte sobre los bombardeos, el ambiente en el estudio de Caracol TV cambió. Ya no era una entrevista cordial, ahora era un interrogatorio de verdad. María Camila y Eduardo Hernández. El otro periodista que se sumó, sabían que tenían enfrente a un candidato que no se iba a esconder, que iba a responder todo.
Entonces decidieron ir más a fondo, hacer las preguntas que ningún político quiere escuchar. Eduardo tomó el micrófono y le preguntó a Abelardo sobre el otro gran problema de seguridad en Colombia, la extorsión. Porque mientras todo el mundo habla del narcotráfico, hay un crimen silencioso que está destruyendo a miles de familias.
Comerciantes que tienen que pagar vacuna todas las semanas o les queman el negocio. Señoras que tienen tienditas y les cobran 5,000 pesos diarios. Taxistas que entregan parte de lo que ganan. Abelardo se animó con esta pregunta porque es un tema que conoce bien de su región Caribe en Barranquilla. En Soledad, en todos los municipios del Atlántico. La extorsión es terrible.
Él contó que hay concesionarios de motos donde apenas compras una moto ya te dan un código porque desde ese momento empiezas a pagar extorsión que los bandidos le cobran al vendedor y al comprador que si no pagas te matan. Dijo que para combatir la extorsión iba a crear un bloque de búsqueda especial. Explicó que en Colombia el crimen está organizado como una confederación.
Arriba está el narcotráfico, que es la base. Después sigue la minería ilegal. después la extorsión y que hay que atacar todo junto. No se puede combatir solo una parte. Entonces ese bloque de búsqueda iba a tener un solo objetivo, acabar con los extorsionistas. Eduardo le preguntó cómo iba a funcionar ese bloque, si iba a ser como los que había en los años 90 contra Pablo Escobar.
Abelardo dijo que sí, que iba a ser un grupo élite con los mejores policías, los mejores fiscales, con tecnología de punta, con apoyo internacional y que el mismo como presidente lo iba a liderar, que iba a estar pendiente personalmente de cada caso importante. Esa promesa de liderar personalmente el bloque anticorrupción y antiestorsión sonaba bien en teoría.
Pero María Camila le hizo una pregunta inteligente. Le dijo que un presidente tiene 1000 responsabilidades, que no puede estar persiguiendo criminales personalmente, que para eso están las instituciones. Abelardo respondió que precisamente el problema era que las instituciones no estaban funcionando. Dijo que en Colombia todo el mundo sabe dónde están los bandidos.
Todo el mundo sabe cuando un funcionario público entra pobre y en dos años tiene apartamentos, carros, que la esposa se pone siliconas, que aparecen fincas, pero que nadie hace nada porque los procesos se engavetan, porque los fiscales están comprados, porque los jueces tienen miedo, entonces se necesitaba que el presidente metiera las manos.
explicó que la Unidad de Información y Análisis Financiera del Ministerio de Hacienda, que se llama UIAF, tiene un software que puede rastrear exactamente cómo entra un funcionario al gobierno, cuánto tiene, qué tiene su familia, qué tienen sus amigos, que con esa tecnología es muy fácil detectar enriquecimiento ilícito, pero que este gobierno la tiene desmantelada, que nadie la usa.
Abelardo prometió que iba a reactivar esa unidad, que la iba a integrar con inteligencia de la policía, inteligencia del ejército, la procuraduría, la fiscalía, la contraloría y que todos juntos iban a ir tras los corruptos. Y no solo eso, dijo que iba a implementar un proceso de extinción de dominio exprés que permita quitarles los bienes a los corruptos en 25 días.
Cuando dijo 25 días, María Camila lo interrumpió. le dijo que eso era imposible, que los procesos judiciales en Colombia toman años, que la Constitución garantiza el debido proceso, que no se le puede quitar la propiedad a alguien sin un juicio largo. Abelardo respondió que se podían hacer reformas legales, que cuando hay voluntad política todo es posible, que otros países lo han hecho.
Eduardo intervino y le preguntó directamente si eso no era peligroso. Si un presidente con tanto poder para quitar bienes sin juicio largo no podía convertirse en un dictador, si no podía usar esa herramienta para perseguir a sus enemigos políticos. Abelardo se molestó un poco con esa pregunta. Dijo que él era un demócrata, que respetaba la Constitución, pero que la Constitución también decía que se puede castigar la corrupción.
Dijo que el país tenía que decidir qué quería, si quería seguir con un sistema donde los corruptos se robaban todo y nunca pasaba nada. o si quería un gobierno que actuara con firmeza, que usara todas las herramientas legales para recuperar lo robado. Fue una respuesta que no convenció a todos, porque muchos pensaron que Abelardo estaba prometiendo saltarse las reglas.
Después llegó el tema de la economía y aquí Eduardo tenía preguntas muy técnicas. le dijo a Abelardo que las finanzas del Estado estaban muy mal, que la Contraloría General había dicho hacía unos días que entre 2025 y 2033 el 93% del presupuesto ya estaba comprometido en gastos obligatorios, que apenas iba a haber margen de maniobra, que el próximo presidente iba a recibir una papa caliente.
Abelardo respondió con una analogía. dijo que cuando un paciente llega a urgencias con una falla multisistémica, con varios órganos fallando, lo primero es estabilizarlo. No se puede curar todo de una vez. Entonces, lo primero que él iba a hacer era estabilizar la seguridad, estabilizar la salud, estabilizar la economía y después venir con las reformas estructurales.
Eduardo insistió, le preguntó qué iba a hacer específicamente con la deuda pública, con el déficit fiscal, con los compromisos internacionales que Colombia ya tiene. Abelardo respondió que lo primero era recortar el estado, que Colombia tiene más de 700,000 funcionarios públicos que sobran, que hay contratos por prestación de servicios donde tres o cuatro personas hacen lo mismo, que eso es un desperdicio.
dijo que si se recorta el estado en un 40% se ahorran billones de pesos al año, que esa plata se puede usar para bajar los impuestos, que si se bajan los impuestos la economía crece, que si la economía crece hay más empleo, más consumo, más recaudo de impuestos, que es un círculo virtuoso. María Camila le preguntó si no le preocupaba que 700,000 personas se quedaran sin trabajo.
Abelardo respondió que esas personas iban a conseguir trabajo en el sector privado, que la economía iba a crecer tanto, que iba a absorber esa mano de obra, pero que no se podía seguir con un estado gigante que se come todos los recursos, que los países desarrollados no tienen al Estado como el primer empleador, que el primer empleador tiene que ser el sector privado.
Después Eduardo le hizo una pregunta que muchos estaban esperando. le preguntó qué iba a hacer con el escándalo de los bonos que el gobierno de Petro vendió en diciembre de 2025. Porque en medio de la Navidad, cuando todos estaban de fiesta, el gobierno había vendido bonos de deuda a un interés del 13% que era altísimo, que nunca se había visto algo así.
Abelardo se puso serio, dijo que esa venta de bonos era un crimen, que ahí había un delito, que alguien se había ganado una comisión gigante con esa operación, que normalmente los bonos se venden con intereses del 6 o 7%, pero que en este caso fue del 13%, que eso era un robo, que él había presentado una acción popular para que se anulara esa venta.
Dijo que cuando fuera presidente iba a investigar quién autorizó esa venta, quién se ganó las comisiones, quién recibió mordidas. que iba a meter a la cárcel a los responsables, que no iba a permitir que se siguiera robando la plata del pueblo colombiano. Fue una respuesta fuerte que sus seguidores aplaudieron, pero sus críticos dijeron que estaba prometiendo venganza política.
María Camila cambió de tema y le preguntó sobre su plan económico en general. Abelardo empezó a hablar de los dos sectores más importantes de la economía colombiana. El primero es el minero energético, petróleo, carbón, gas, que es el que más plata produce. Dijo que ese sector estaba abandonado por el gobierno de Petro, que no se estaban firmando contratos nuevos de exploración.
dijo que Colombia produce apenas 730,000 barriles de petróleo al día cuando podría producir un 1300,000, que esa diferencia son miles de millones de dólares que se están perdiendo. Que él iba a reactivar ese sector inmediatamente, firmando contratos nuevos, usando tecnología como el frakin, que es una forma de sacar petróleo de lugares difíciles.
María Camila lo interrumpió y le dijo que el frakin es muy polémico en Colombia. ¿Qué ambientalistas dicen que contamina el agua? que destruye el medio ambiente. Abelardo respondió que el frakin es simplemente una obra civil, que si se hace bien no pasa nada, que es como construir un edificio, si lo construyes bien, no se cae, si lo construyes mal, sí.
dijo que países como Estados Unidos usan el fracking desde hace décadas sin problemas, que Colombia no puede rechazar esa tecnología por miedo, que el país necesita esos recursos, que con la plata del petróleo se puede invertir en educación, en salud, en infraestructura, que no se puede dejar ese dinero bajo tierra por ideología.
Después habló del segundo sector más importante, la construcción y la infraestructura, que es el que más empleo genera. dijo que hay que reactivar las obras públicas, construir carreteras, puentes, colegios, hospitales, que cada obra genera cientos de empleos, que eso mueve toda la economía, que las familias que tienen trabajo pueden consumir y eso reactiva el comercio.
Eduardo le preguntó de dónde iba a sacar la plata para todo eso, para la salud, para la seguridad, para la infraestructura, porque todo lo que estaba prometiendo costaba billones y billones de pesos. Abelardo respondió que la mejor reforma tributaria para Colombia sería que llegara la democracia a Venezuela, que si Venezuela se liberaba de Maduro, Colombia se iba a convertir en el primer proveedor de ese país.
Explicó que Venezuela es un país de 30 millones de habitantes que el socialismo destruyó, que no tiene comida, que no tiene medicinas, que no tiene nada, que cuando haya democracia van a necesitar importar todo. Y Colombia es el vecino más cercano. Entonces, las empresas colombianas van a vender millones de dólares en productos.
Eso va a generar empleo, impuestos, crecimiento económico. María Camila le dijo que eso sonaba bien, pero que era especulación, que nadie sabe cuándo va a caer Maduro, que no se puede basar un plan económico en algo que no ha pasado. Abelardo respondió que Venezuela estaba en una transición, que María Corina Machado y Edmundo González estaban liderando un proceso de cambio que era cuestión de tiempo.
Después, Eduardo le hizo una pregunta sobre impuestos. le preguntó directamente si iba a hacer una reforma tributaria, si iba a subir impuestos como han hecho todos los gobiernos. Abelardo fue enfático, dijo que no, que no iba a haber reforma tributaria, que al contrario iba a bajar impuestos, especialmente dos que odia.
El 4 por 1000 que este gobierno subió a 5 por 1000 y el impuesto a la gasolina. explicó que el 4 por 1000 es un impuesto absurdo, que uno tiene que pagar por mover su propia plata, que eso no tiene sentido, que ese impuesto se lo inventaron hace años como algo temporal y nunca lo quitaron, que él lo iba a eliminar completamente.
Sus seguidores en redes sociales celebraron esa promesa porque ese impuesto molesta a todo el mundo. Después habló del impuesto a la gasolina. dijo que la gente no sabe que cuando compra un galón de gasolina, el 52% de lo que paga es impuesto, que más de la mitad del precio es para el gobierno, que eso hace que todo sea más caro.
Porque si el transporte es caro, entonces todo lo que se transporta es caro. La comida, la ropa, todo. Dijo que iba a bajar ese impuesto. María Camila le preguntó cómo iba a compensar esa pérdida de ingresos, porque esos impuestos le dan al gobierno billones de pesos al año. Abelardo repitió lo mismo de antes. Recortar el estado, explotar el petróleo, crecer la economía.
Dijo que no se puede seguir metiendo la mano en el bolsillo de la gente cuando el país tiene recursos naturales sin explotar. Eduardo cambió completamente de tema y le hizo una pregunta que sorprendió a todos. le preguntó sobre las relaciones con Estados Unidos, porque durante el gobierno de Petro esas relaciones se habían dañado mucho.
Petro había insultado a embajadores americanos, había peleado con el gobierno de Trump, había suspendido operativos antidrogas conjuntos. Abelardo sonrió y dijo que las relaciones con Estados Unidos se arreglan con una sola llamada telefónica, que el gobierno americano no tiene problema con Colombia, el problema es con Petro, que es como cuando tienes un novio malo que te trata mal, vives triste, el tipo se va, llega uno nuevo que te trata bien y todo cambia.
dijo que él iba a restablecer esa alianza inmediatamente. Habló del plan Colombia original, que fue un acuerdo entre Estados Unidos y Colombia en los años 2000 para combatir el narcotráfico, que funcionó muy bien, que redujo los cultivos de coca, que debilitó a las guerrillas, que mejoró la seguridad.
Dijo que se necesita un plan Colombia 2 con más inversión americana, más tecnología, más cooperación. También dijo que iba a fortalecer las relaciones con Israel, que es otro socio estratégico que el gobierno de Petro había peleado, que Israel tiene la mejor tecnología de inteligencia del mundo, los mejores sistemas de defensa. Que Colombia necesita esa experiencia para combatir el terrorismo.
María Camila le preguntó si no le preocupaba que lo acusaran de vender el país a potencias extranjeras. Abelardo respondió que eso era una tontería de la izquierda, que tener aliados no es vender el país, que es ser inteligente, que Colombia sola no puede ganar la guerra contra el narcotráfico, que se necesita ayuda internacional, que todos los países éxito sostienen aliados, que los únicos que están solos son países fracasados como Venezuela, Cuba, Nicaragua.
En ese momento, cuando llevaban casi 40 minutos de entrevista, María Camila decidió hacer la pregunta más incómoda de todas. La pregunta que había generado más polémica en las últimas semanas. Le preguntó directamente a Abelardo sobre su relación con la prensa, sobre las acusaciones de que él persigue periodistas, de que demanda a todo el que lo critica.
Abelardo se puso serio, dijo que eso era mentira, que él respeta el periodismo, que el periodismo es necesario para la democracia, pero que lo que no respeta es que digan mentiras. explicó que hay una diferencia entre crítica y mentira, que si un periodista dice que no le gusta a Abelardo, que le parece mal candidato, que no va a votar por él, perfecto, es su opinión.
Pero dijo que si un periodista dice que Abelardo hizo algo que no hizo, que estuvo en un lugar donde no estuvo, que está involucrado en un caso donde no está involucrado, eso es mentira. y que contra las mentiras él si va a responder con acciones legales. Dio un ejemplo específico.
Habló de una periodista que había escrito que él había hecho una fiesta en Cartagena con gente cuestionable. dijo que él le mandó un vídeo de su fiesta de 40 años que no fue en Cartagena, sino en Italia, que le probó que la persona que ella mencionaba no estaba en esa fiesta, que le mandó documentos judiciales que demostraban que otra acusación que había hecho era falsa y que simplemente le pidió que corrigiera, que dijera la verdad, que no pedía nada más.
María Camila insistió. Le dijo que muchos periodistas dicen que Abelardo los persigue, que usa sus recursos como abogado para intimidarlos, que eso es una forma de censura. Abelardo se molestó visiblemente, levantó un poco la voz y dijo que él había sido defensor de periodistas durante su carrera, que había representado medios de comunicación, que no tenía nada contra la prensa.
Dijo que lo que pasa es que hay un grupo de activistas disfrazados de periodistas que no son periodistas de verdad, sino que tienen una agenda política, que quieren hundir su campaña, que inventan cosas y que él no se va a dejar. dijo que cualquier ciudadano tiene derecho a defenderse cuando lo calumnian, que eso no es persecución, es justicia.
Eduardo le hizo una pregunta muy directa. Le dijo que si llegaba a ser presidente, ¿cómo iba a manejar la crítica? Si iba a seguir demandando. Abelardo respondió que como presidente iba a recibir críticas todos los días, que eso es normal, que lo que no va a permitir es que inventen cosas, que lo acusen de crímenes que no cometió, que digan mentiras sin consecuencias.
dijo que en su gobierno iba a haber libertad de prensa total, que los periodistas iban a poder investigar lo que quisieran, publicar lo que quisieran, pero que también iban a tener que responder si mienten, que no puede haber libertad sin responsabilidad. Fue una respuesta que no tranquilizó a sus críticos.
Muchos pensaron que Abelardo iba a ser un presidente autoritario con los medios. María Camila decidió cambiar de ritmo y le hizo una serie de preguntas rápidas de sí o no para conocer sus posiciones en temas específicos. La primera fue sobre si iba a reactivar las mesas de negociación con grupos armados como el ELN.
Abelardo fue contundente, dijo que no, que cero mesas de negociación, que los procesos de paz en Colombia siempre salen mal. dijo que hace 12 años muchos creyeron en el proceso de paz con las FAR, que él mismo tuvo esperanza, pero que la experiencia demostró que no funciona, que los guerrilleros firmaron paz y después muchos volvieron a las armas, que ahora hay disidencias más fuertes que las FARC originales, entonces no más procesos de paz, solo fuerza militar.
La siguiente pregunta fue sobre fumigación de coca. Abelardo dijo que sí, que iba a fumigar con todo, que ese es el combustible de toda la violencia, pero que también iba a hacer sustitución de cultivos, que a las familias que viven de la coca alternativas, programas para que siembren café, cacao, plátano, cualquier cosa legal, con mercados garantizados.
Le preguntaron si iba a firmar nuevos contratos de exploración de petróleo. Dijo que sí, sin dudarlo, que Colombia tiene que explotar su subsuelo, que hay petróleo, gas, carbón, que eso es riqueza, que no se puede desperdiciar, que con esa plata se financian todos los programas sociales.
Le preguntaron sobre el frakin específicamente. Dijo que sí, que iba a usar Frakin con todas las normas ambientales. Le preguntaron si iba a mantener el modelo de la CPS en la salud. dijo que sí, pero organizado, que no se puede destruir todo y empezar de cero, como quiere hacer la izquierda, que hay que arreglar lo que está malo y fortalecer lo que funciona.
Le preguntaron si iba a hacer una asamblea constituyente. Dijo que no, que Colombia ya tiene suficientes problemas como para meterse en eso. Le preguntaron sobre adopción de niños por parejas del mismo sexo. Abelardo dudó un poco. dijo que eso no depende de él, que ya está permitido por la Corte Constitucional, pero que su opinión personal es que los niños necesitan una figura materna y una paterna, que él respeta las inclinaciones sexuales de todo el mundo, pero que los niños son sagrados.
Le preguntaron si iba a subir el salario mínimo más del 16% como hizo Petro este año. Abelardo dijo que el salario mínimo tiene que subir de acuerdo a la realidad económica, que no se puede prometer aumentos irresponsables, que eso termina generando desempleo, que él quiere que la gente gane más, pero con bases sólidas, no con populismo.
Propuso algo interesante. dijo que el aumento del salario mínimo no debería ser una decisión política, que el presidente no debería decidir eso para quedar bien, que esa función se debería dar a la junta directiva del Banco de la República, que son técnicos, economistas, que ellos pueden definir cuánto debe subir basándose en inflación, productividad, datos reales.
La última pregunta rápida fue sobre si iba a legalizar el mercado de la marihuana. Abelardo dijo que no. De manera categórica dijo cero drogas, que no puede ser que el país que produce la cocaína que destruya al mundo ahora legalice más drogas, que su política es prohibir, no legalizar, que las drogas destruyen familias y sociedades.
Cuando terminaron esas preguntas rápidas, ya llevaban casi 60 minutos de entrevista, María Camila le hizo una última pregunta grande. Le preguntó sobre Venezuela porque eso es un tema que a todos los colombianos les importa. Hay casi 3 millones de venezolanos en Colombia y la situación política en Venezuela está crítica después de las elecciones del 2024, donde Maduro se robó las elecciones.
Abelardo dijo que él no va a tener relaciones con Delsy Rodríguez ni con ningún funcionario del régimen de Maduro, que solo va a hablar con gente decente, con María Corina Machado, con Edmundo González, con la oposición democrática que espera que cuando él llegue a la presidencia Venezuela ya sea libre, pero que si no lo es, va a apoyar la transición democrática.
dijo que Colombia no puede seguir con un vecino tirano, que eso afecta la seguridad, la economía, todo. Que mientras Maduro esté en el poder, las mafias tienen un refugio. Porque en Venezuela el gobierno trabaja con los narcos, con el ELLN, con las disidencias, que es un narcoestado. Entonces, hay que apoyar el cambio en Venezuela con todo.
María Camila le preguntó si eso significaba intervención militar. Abelardo dijo que no, que Colombia no va a invadir Venezuela, pero que sí va a apoyar a la oposición con recursos, con voz internacional, con presión diplomática, que junto con Estados Unidos y otros países se puede lograr que Maduro caiga sin disparar un solo tiro.
En ese momento, la productora le hizo una señal a María Camila de que el tiempo se había acabado. La entrevista tenía que terminar. María Camila le agradeció a Abelardo por haber venido, por haber respondido todas las preguntas inevasivas, Abelardo se paró, se quitó el micrófono, se despidió cordialmente y salió del estudio. Afuera lo esperaban sus asesores.
Querían saber cómo se sentía, si creía que había ido bien. Abelardo les dijo que había dicho lo que pensaba, que no se había guardado nada, que si eso le costaba a la presidencia, pues así iba a ser, pero que no iba a ser un candidato falso, que Colombia iba a saber exactamente quién era él antes de votar. Cuando Abelardo salió del edificio de Caracol TV a las 12 del mediodía de ese 27 de enero de 2026, el cielo de Bogotá estaba gris como siempre. Hacía frío.
La gente caminaba rápido por las calles del norte de la ciudad. Nadie sabía todavía que esa entrevista que acababan de verba a cambiar el rumbo de la campaña presidencial, que iba a dividir al país en dos bandos irreconciliables, que durante los próximos días no se iba a hablar de otra cosa. Abelardo se subió a la camioneta que lo esperaba, sacó su teléfono y vio que tenía 247 mensajes, llamadas perdidas de amigos, de políticos, de periodistas, todos queriendo saber qué pensaba de la entrevista, cómo se sentía, si creía que
había ganado o perdido. Pero él no contestó ninguno, solo le mandó un mensaje a su esposa diciéndole que ya había terminado, que todo había salido bien, que la amaba. En el camino al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Barranquilla, Abelardo prendió la radio para escuchar qué estaban diciendo los analistas políticos.
En todas las emisoras estaban hablando de su entrevista. Algunos decían que había sido valiente, que había respondido todo sin miedo, que Colombia necesitaba un presidente así de directo. Otros decían que había sido imprudente, que había dicho cosas que lo iban a hundir. En la emisora la W, un analista político decía que la respuesta sobre los bombardeos a campamentos con niños había sido un error grave, que eso le iba a costar muchos votos, especialmente entre las mujeres, entre las madres, que no pueden concebir que un presidente ordene
un ataque sabiendo que hay menores, que esa era una línea roja que no se podía cruzar, que Abelardo la había cruzado y ahora iba a pagar las consecuencias. Pero en otra emisora, Blue Radio, otro analista decía lo contrario. Decía que la respuesta de Abelardo había sido la correcta, que la gente estaba cansada de políticos que hablan con eufemismos, que dicen las cosas a medias, que Abelardo había tenido el valor de decir la verdad, aunque doliera, que los grupos armados usan niños como escudo y que el estado no puede rendirse por eso.
Mientras Abelardo escuchaba esos análisis contradictorios, en las redes sociales estaba explotando un debate masivo. en Twitter, que ahora se llama X. El hashag almohadilla en Caracol era tendencia número uno, no solo en Colombia, sino en toda América Latina. Millones de personas estaban comentando, había dos bandos completamente opuestos y no había término medio.
Los seguidores de Abelardo estaban eufóricos, compartían vídeos de los momentos más fuertes de la entrevista, hacían memes celebrando sus respuestas. Decían cosas como por fin un político que habla claro. Esto es lo que Colombia necesita. Abelardo, presidente 2026. Para ellos la entrevista había sido un triunfo total, la confirmación de que su candidato era diferente a todos los demás.
Pero los críticos de Abelardo estaban horrorizados. Compartían las mismas partes de la entrevista, pero con comentarios opuestos. Decían que Abelardo era un peligro para la democracia, que iba a convertirse en un dictador, que sus promesas eran fascistas, que iba a violar derechos humanos, que era un candidato de la guerra.
organizaciones de derechos humanos ya estaban preparando comunicados para rechazar sus declaraciones. En la cuenta de Twitter de Human Rights Watch Colombia apareció un mensaje a las 2 de la tarde diciendo que las declaraciones del candidato Abelardo de la Espriella sobre bombardear campamentos con presencia de niños violaban el derecho internacional humanitario que ningún fin justifica poner en riesgo la vida de menores.
Que Colombia tiene obligaciones internacionales que debe respetar. El tweet se volvió viral en minutos. Amnistía Internacional Colombia también sacó un comunicado expresando preocupación por las propuestas del candidato, especialmente sobre el uso de la fuerza militar, la extinción de dominio express y las declaraciones sobre la prensa.
Dijeron que un gobierno democrático debe respetar los procesos judiciales, las libertades civiles y el derecho a la crítica, que las propuestas de Abelardo representaban un retroceso. Pero otros sectores de la sociedad reaccionaron diferente. El gremio de los ganaderos sacó un comunicado expresando su apoyo a las propuestas de seguridad de Abelardo.
Dijeron que en el campo colombiano la extorsión y el secuestro están acabando con las familias campesinas, que se necesita mano dura, que ellos confiaban en que Abelardo iba a devolver la tranquilidad al campo. Los comerciantes de Barranquilla organizaron una rueda de prensa esa misma tarde para respaldar a Abelardo. El presidente de Fenalco Atlántico dijo que todos los días reciben denuncias de extorsión, que los pequeños comerciantes están desesperados, que tienen que cerrar sus negocios porque no pueden pagar la vacuna, que necesitan un
presidente que los defienda, que a Abelardo les daba esperanza. En las redes sociales empezaron a circular dos vídeos que se volvieron virales. El primero era de una señora de unos 65 años en Medellín. Ella había grabado un vídeo con su celular llorando. Contaba que tiene una tienda en un barrio popular, que todos los viernes llegan dos muchachos en moto a cobrarle 20,000 pesos, que si no paga le queman el negocio, que está cansada, que votaría por quién fuera que prometiera acabar con eso. El segundo vídeo era de
un médico joven en Cali. Él criticaba duramente a Abelardo. Decía que siendo profesional de la salud no podía apoyar a alguien que promueve la violencia, que los bombardeos matan civiles inocentes, que la guerra no es la solución, que Colombia ya probó esa estrategia durante décadas y solo trajo más muerte, que se necesitaba diálogo, educación, inversión social, no más balas.
Esos dos vídeos representaban perfectamente las dos queambies que estaban reaccionando a la entrevista. Una Colombia cansada de la inseguridad, que quiere mano dura, que está dispuesta a apoyar medidas extremas si eso trae paz. Y otra Colombia que cree en los derechos humanos, en el diálogo, en las soluciones pacíficas, que piensa que la violencia solo genera más violencia.
Abelardo llegó a Barranquilla a las 3 de la tarde. En el aeropuerto lo esperaba un grupo de sus seguidores con pancartas. Cuando lo vieron salir, empezaron a gritar, “¡Avelardo presidente! Abelardo presidente. Él se detuvo, los saludó, se tomó fotos con ellos, se veía cansado pero contento. Les agradeció el apoyo y les dijo que iban a ganar, que Colombia iba a cambiar.
Esa noche, Abelardo se reunió en su casa con su equipo de campaña. Eran 10 personas sentadas alrededor de la mesa del comedor. Tenían que analizar el impacto de la entrevista, ver las encuestas rápidas, decidir la estrategia para los próximos días. Uno de sus asesores prendió un computador y les mostró los números de las redes sociales.
La entrevista había sido vista en vivo por 4.2 millones de personas. Era un récord para un programa de caracol en la mañana. En YouTube ya tenía 8 millones de reproducciones en solo 6 horas. En Twitter había generado 2.3 millones de interacciones. En Instagram los clips más virales tenían 5 millones de vistas.
Eran números impresionantes. Significaba que todo el país había visto la entrevista. Pero el asesor también mostró algo preocupante, una encuesta rápida que habían hecho durante la tarde. Le preguntaron a 1000 personas que les había parecido la entrevista. 48% dijo que a Abelardo les había gustado más después de verlo, que confiaban en él.
Pero 52% dijo que les había gustado menos, que sus propuestas los asustaban. Técnicamente había perdido más apoyo del que había ganado. Uno de los asesores dijo que eso era un problema, que tenían que suavizar el mensaje, que Abelardo no podía seguir hablando de bombardear niños, que eso lo estaba hundiendo, que tenía que empezar a hablar más de propuestas sociales, de educación, de ayudas a las familias pobres, de cosas que sonaran menos agresivas.
El asesor estaba preocupado de verdad, pero Abelardo lo interrumpió, levantó la mano y dijo que no, que él no iba a cambiar su mensaje, que no iba a empezar a hablar como los otros candidatos, que su propuesta era clara, mano dura contra el crimen, que si la gente no estaba de acuerdo con eso, entonces no iban a votar por él y ya, que prefería perder siendo honesto que ganar siendo falso.
Otro asesor trató de convencerlo, le dijo que las elecciones se ganan en el centro con los votantes indecisos. No con los extremos, que sus seguidores más radicales ya lo iban a votar dijera lo que dijera, pero que necesitaba sumar gente nueva y que para eso tenía que moderar el tono. Abelardo lo escuchó, pero no cambió de opinión.
Dijo que él entendía la lógica política, que sabía que normalmente los candidatos ganan moviendo hacia el centro, pero que esta vez era diferente, que Colombia estaba harta de políticos del centro que prometen y no cumplen, que lo que la gente quería era alguien radical, alguien que rompiera el sistema.
y que él era esa persona que no iba a desperdiciar esa oportunidad. La reunión terminó tarde. Cerca de la medianoche. No habían llegado a un acuerdo claro sobre la estrategia. Algunos en el equipo pensaban que Abelardo debía suavizar el mensaje, otros pensaban que debía mantenerlo, pero al final todos sabían que Abelardo iba a hacer lo que él quisiera, porque ese era su estilo, no seguir consejos de asesores, sino seguir sus propias convicciones.
Al día siguiente, 28 de enero de 2026, los periódicos principales de Colombia dedicaron sus portadas a la entrevista. El tiempo tituló Abelardo defiende bombardeos a campamentos con menores. El espectador puso las polémicas propuestas del candidato de la espriella. La República se enfocó en la economía con el título: “Aelardo promete recortar 700,000 empleos públicos.
Cada medio enfatizaba lo que más le importaba. Las columnas de opinión estaban completamente divididas. En el tiempo, una columnista de izquierda escribió un texto durísimo titulado El peligro de Abelardo, donde decía que sus propuestas eran fascistas. ¿Qué recordaban a las dictaduras militares de América Latina en los años 70? Que si ganaba iba a perseguir opositores, a censurar medios, a convertir a Colombia en un estado policial.
Pero en la misma edición, otro columnista de derecha escribió un texto titulado Por fin alguien con pantalones, donde decía que Colombia necesitaba exactamente lo que Abelardo proponía, mano dura, autoridad, orden, que ya se había probado el camino del diálogo con los grupos armados y no funcionaba, que era hora de volver a la firmeza, que Abelardo representaba el rescate de la autoridad del Estado.

En las redes sociales el debate continuaba sin parar. Personalidades públicas, actores, cantantes, deportistas, todos estaban opinando sobre Abelardo, algunos a favor, otros en contra. El cantante J. Balvin publicó un tweet diciendo, “Colombia necesita paz, no guerra”, sin mencionar a Abelardo directamente, pero todos entendieron a quién se refería.
Pero Maluma, otro cantante muy popular, publicó una historia en Instagram mostrando un clip de la entrevista donde Abelardo hablaba de acabar con la extorsión. Con el mensaje, “Esto es lo que necesitamos.” Fue suficiente para que sus millones de seguidores empezaran a debatir. Algunos lo apoyaron, otros lo criticaron duramente por respaldar a un candidato de la guerra.
El 28 de enero en la noche, Gustavo Petro, el presidente en ejercicio, publicó un tweet largo criticando las propuestas de Abelardo sin nombrarlo. Escribió, “Hay candidatos que prometen volver a las políticas de muerte, al bombardeo indiscriminado, a la fumigación que envenena la Tierra, al Estado militarizado.
Colombia ya vivió eso y solo trajo dolor. No permitamos que nos devuelvan al pasado.” El tweet tuvo millones de interacciones. Los seguidores de Petro lo celebraron. Dijeron que era hora de que el presidente defendiera su legado, que no podía quedarse callado mientras Abelardo prometía deshacer todo lo que él había hecho.
Pero los seguidores de Abelardo dijeron que Petro estaba asustado, que sabía que su proyecto político estaba en peligro, que por eso atacaba a Abelardo en lugar de gobernar. Abelardo respondió el tweet de Petro a la mañana siguiente, 29 de enero. El mismo día que este vídeo se está publicando, escribió presidente, usted tuvo 4 años para demostrar que sus ideas funcionaban.
El resultado está a la vista. Más coca que nunca, más inseguridad, más pobreza, más corrupción. Los colombianos ya probaron su modelo y fracasó. Ahora van a probar el mío. El tweet se volvió viral instantáneamente. Ese intercambio entre el presidente y el candidato dominó las noticias todo el día de hoy, 30 de enero. En los programas de análisis político, todos los panelistas opinaban.
Algunos decían que Petro no debía meterse en la campaña presidencial, que eso le daba más visibilidad a Abelardo. Otros decían que tenía derecho a defender su gobierno, que no podía quedarse callado. Mientras ese debate ocurría en las redes y en los medios, algo interesante estaba pasando en las calles de Colombia, en los barrios populares, en las tiendas, en los buses.
La gente estaba hablando de Abelardo. Taxistas discutían si votarían por él o no. Señoras en los mercados comentaban la entrevista. Estudiantes en las universidades debatían sus propuestas en Bogotá, en el barrio Kennedy. Una señora de 58 años llamada Marta estaba en su tienda atendiendo clientes cuando dos vecinas entraron a comprar.
Una de ellas mencionó a Abelardo. Marta dijo que ella sí votaría por él, que estaba cansada de la inseguridad de que todos los días le robaran a alguien en el barrio, que necesitaban mano dura, pero su vecina no estaba de acuerdo. La vecina, que se llama Patricia y tiene 62 años, le respondió que la guerra no es la solución, que ella crió a sus hijos sola en los años 90 cuando la violencia en Colombia estaba en lo peor, que vio morir a muchos jóvenes por la guerra contra el narcotráfico, que no quería que sus nietos vivieran lo mismo,
que a Abelardo le daba miedo porque hablaba mucho de violencia y poco de paz. Marta le dijo que ella entendía, pero que la paz sin seguridad no sirve de nada. ¿Qué de qué sirve el diálogo con las guerrillas si ellos siguen extorsionando, secuestrando, matando? Que en su barrio todos los negocios pagan vacuna, que eso es insostenible, que algo tiene que cambiar.
Patricia respondió que sí, pero que no a costa de bombardear niños. Esa conversación entre Marta y Patricia, dos señoras en una tienda de un barrio popular de Bogotá, se estaba repitiendo en miles de lugares en toda Colombia, en Medellín, en Cali, en Cartagena, en pueblos pequeños, en todas partes la gente estaba dividida.
Algunos apoyaban a Abelardo, otros lo rechazaban, pero todos tenían una opinión, nadie era indiferente. En las universidades la reacción era mayormente negativa. Los estudiantes jóvenes, en su mayoría rechazaban las propuestas de Abelardo. En la Universidad Nacional en Bogotá, un grupo de estudiantes organizó un plantón el 29 de enero en la tarde para protestar contra los candidatos de la guerra.
No mencionaban a Abelardo específicamente, pero todos sabían de quién hablaban. Uno de los estudiantes, un muchacho de 21 años que estudia sociología, dio un discurso con un megáfono. Dijo que su generación estaba cansada de la violencia, que ellos habían crecido escuchando historias de la guerra, que querían un país diferente, que no iban a permitir que los llevaran de vuelta al pasado, que iban a resistir con su voto.
Unas 200 personas lo aplaudieron. Pero en otras universidades privadas la reacción era diferente. En la Universidad del Norte en Barranquilla, donde Abelardo estudió, muchos estudiantes lo apoyaban, especialmente los de carreras como administración, ingeniería, derecho. Decían que Colombia necesitaba orden, que sin seguridad no hay inversión, que sin inversión no hay empleo, que Abelardo entendía eso.
Los empresarios estaban divididos también. Los grandes empresarios, los que tienen compañías enormes, estaban preocupados. Algunos de ellos habían llamado a Abelardo para pedirle que moderara su discurso, que sus propuestas los asustaban, que los inversionistas internacionales no iban a traer plata a un país con un presidente tan radical que necesitaban estabilidad.
Pero los empresarios pequeños y medianos, los que tienen restaurantes, ferreterías, fábricas pequeñas, esos en su mayoría apoyaban a Abelardo porque ellos son los que más sufren la extorsión, los que tienen que pagar vacuna todas las semanas, los que ven como sus ganancias se las roban los bandidos.
Para ellos, Abelardo representaba una esperanza de que alguien los defendiera. El 29 de enero en la tarde salió una nueva encuesta. Esta vez no era una encuesta rápida, sino una seria, hecha por una firma reconocida, Imbamer. Habían encuestado a 3,000 personas en todo el país durante los últimos tr días, incluyendo después de la entrevista en Caracol, los resultados eran sorprendentes.
Abelardo había subido del 18% que tenía antes de la entrevista al 23%. Había crecido cinco puntos en tr días. Era un salto enorme para tan poco tiempo. Significaba que la entrevista, a pesar de toda la polémica, le había sumado votos. Sus asesores, que querían que moderara el mensaje, estaban equivocados.
La estrategia de hablar sin filtro estaba funcionando. Pero la encuesta también mostraba algo preocupante. El rechazo hacia Abelardo también había subido. Antes de la entrevista, el 35% de los colombianos decían que nunca votarían por él. Ahora era el 43%. significaba que mientras más lo conocían, más se polarizaba el país, más gente lo amaba, pero también más gente lo odiaba.
Los analistas políticos discutían qué significaban esos números. Algunos decían que Abelardo tenía un techo, que podía llegar al 25 o 30%, pero no más, porque su mensaje era muy radical, que en una segunda vuelta contra un candidato de centro iba a perder. Otros decían que en esta elección no aplicaban las reglas normales, que la gente quería cambio radical.
Mientras los políticos y analistas debatían, las familias colombianas en sus casas seguían teniendo conversaciones difíciles. En Cali, una familia estaba cenando el 29 de enero en la noche. El papá, un señor de 55 años que trabaja como contador, dijo que él iba a votar por Abelardo, que Colombia necesitaba orden.
Su hijo de 28 años casi se atraganta con la comida. El hijo le dijo que no podía creer que su papá fuera a votar por alguien así, que Abelardo era un peligro. que iba a violar derechos humanos, que iba a perseguir periodistas. El papá respondió que eso era exageración, que Abelardo solo iba a perseguir criminales, que si uno no hace nada malo no tiene por qué tener miedo.
El hijo sacudió la cabeza sin poder creerlo. La mamá trató de calmar la situación. Dijo que cada uno tenía derecho a votar por quien quisiera, que no podían pelearse por política. Pero el hijo insistió, dijo que esto no era solo política, que era una cuestión de valores, que él no podía respetar a alguien que votara por un candidato que hablaba de bombardear niños.
El ambiente se puso tenso. El papá se levantó de la mesa molesto. Esa escena también se estaba repitiendo en miles de hogares colombianos, familias divididas, amigos que dejaban de hablarse, parejas que discutían. Abelardo no generaba indiferencia, generaba pasión, amor u odio, pero no término medio.
Y eso era exactamente lo que él quería, porque él entendía algo que muchos políticos no entienden. Entendía que en una elección con muchos candidatos, donde los votos se dividen entre 10 o 12 opciones, no se gana convenciendo al 51%. se gana teniendo un núcleo duro de seguidores fanáticos que salgan a votar con lluvia, con sol, con lo que sea, que defiendan al candidato en redes sociales, que convenzan a sus familias.
Abelardo estaba construyendo exactamente eso. Sus seguidores no eran votantes tibios, eran gente convencida de que él era la salvación de Colombia, gente que compartía sus vídeos mil veces, que iba a sus eventos, que ponía su foto de perfil en redes sociales, que donaba plata para la campaña.
Ese tipo de apoyo no se compra con propuestas moderadas, se gana con pasión, con radicalidad, con diferenciación. El 29 de enero en la noche, Abelardo hizo una transmisión en vivo desde su cuenta de Instagram. Más de 300,000 personas se conectaron a verlo. Era un récord para él. Empezó agradeciendo todo el apoyo que había recibido después de la entrevista en Caracol.
Dijo que estaba emocionado por las muestras de cariño, por los mensajes, por la gente que lo paraba en la calle para darle ánimo. Después habló de las críticas. dijo que sabía que muchas personas no estaban de acuerdo con sus propuestas, que lo entendía, que respetaba eso, pero que él no iba a cambiar lo que pensaba para ganar votos, que prefería perder siendo honesto que ganar siendo mentiroso.
Dijo que Colombia ya había tenido muchos presidentes que prometían una cosa y hacían otra. dijo que él era diferente, que lo que prometía lo iba a cumplir, que si hablaba de bombardear campamentos guerrilleros era porque lo iba a hacer, que se hablaba de fumigar coca era porque lo iba a hacer, que se hablaba de despedir funcionarios públicos, era porque lo iba a hacer, que no eran promesas vacías, sino compromisos reales.
La gente en los comentarios del en vivo lo aplaudía con emojis. Después abrió un espacio para preguntas. La gente le mandaba preguntas por los comentarios y él respondía las que podía leer. Alguien le preguntó si no le daba miedo que lo mataran, porque en Colombia los candidatos que amenazan el poder establecido los matan. Pablo Escobar mató a varios. Las guerrillas también.
Es un riesgo real. Abelardo se puso serio, dijo que sí, que claro que le daba miedo, que él tiene familia, esposa, hijos, que no quiere morir, pero que hay cosas más importantes que el miedo, que Colombia se está muriendo, que todos los días mueren personas inocentes por el narcotráfico, por la extorsión, por la violencia, que si él puede hacer algo para cambiar, eso vale la pena el riesgo.
Otra persona le preguntó si realmente creía que podía ganar porque las encuestas lo ponían tercero o cuarto. Todavía lejos del favorito, Abelardo sonrió y dijo que sí, que él creía que iba a ganar, que las encuestas no capturan la rabia de la gente, el cansancio, las ganas de cambio real, que había un voto silencioso que no aparecía en las encuestas, pero que iba a salir el día de las elecciones.
Dijo que pasó lo mismo con Donald Trump en Estados Unidos, con Javier Miley en Argentina, con Nayib Bukele en El Salvador. Todos eran candidatos que los medios decían que no podían ganar, que eran muy radicales, que asustaban a la gente, pero ganaron porque había una mayoría silenciosa harta del sistema y que en Colombia iba a pasar lo mismo.
Sus seguidores en los comentarios gritaban virtualmente a Belardo presidente. La transmisión duró casi una hora. Cuando terminó, más de medio millón de personas la habían visto entre los que estuvieron en vivo y los que entraron después. Fue trending tapic en Colombia. Los medios tradicionales no podían ignorarlo.
Al día siguiente iban a tener que hablar de esa transmisión, Abelardo estaba controlando la conversación nacional. Pero mientras Abelardo celebraba el apoyo de sus seguidores, en otros sectores de la sociedad había preocupación genuina en organizaciones de derechos humanos, en medios de comunicación independientes, en la academia.
Muchas personas pensaban que Abelardo representaba un peligro real para la democracia colombiana, no porque fuera de derecha, sino por como hablaba del poder. Un profesor de ciencia política de la Universidad de los Andes escribió un artículo para un medio digital. Analizando las propuestas de Abelardo, señalaba varios puntos preocupantes.
Primero, la concentración de poder. Abelardo quería liderar personalmente los bloques de búsqueda. Quería tomar decisiones directas sobre bombardeos. quería reformar leyes por decreto. Eso era mucho poder en una sola persona. Segundo, el desprecio por los controles institucionales. Cuando le preguntaron en la entrevista sobre el debido proceso en la extinción de dominio, él había dicho que se podía hacer en 25 días, pero eso requeriría saltarse garantías constitucionales.
Significaba que Abelardo veía las instituciones como obstáculos y no como protecciones necesarias. Tercero, la relación con la prensa. Aunque Abelardo decía que respetaba la libertad de prensa, su historial de demandar periodistas y su discurso de que había activistas disfrazados de periodistas era preocupante. En regéímenes autoritarios siempre se empieza deslegitimando a la prensa crítica diciendo que no son periodistas reales, sino enemigos del pueblo.
Cuarto, la militarización de la seguridad. Todas las propuestas de Abelardo involucraban más fuerza militar. bombardeos, fumigación, ejército en las calles, pero casi nada de prevención, de trabajo social, de atender las causas de la violencia. Eso históricamente en Colombia había llevado a abusos, a falsos positivos, a violaciones de derechos humanos.
El artículo del profesor terminaba diciendo que Colombia tenía que pensar bien si quería elegir ese camino, que era entendible el cansancio con la inseguridad, pero que no se podía sacrificar la democracia por seguridad. que países como Venezuela habían empezado así con líderes fuertes que prometían orden y habían terminado en dictaduras donde no hay ni seguridad ni libertad.
Ese artículo se compartió mucho en círculos académicos y entre la clase media educada urbana, pero casi no llegó a los sectores populares, a los barrios donde la gente sufre la extorsión, donde los jóvenes no tienen oportunidades, donde la presencia del estado es solo policía.
Ahí el mensaje del profesor no resonaba. Ahí lo que resonaba era la promesa de Abelardo de acabar con los bandidos. Y esa es la gran división de Colombia que la entrevista del 27 de enero dejó al descubierto. No es una división entre izquierda y derecha solamente. Es una división entre los que tienen mucho que perder si viene un gobierno autoritario, profesionales, académicos, periodistas, empresarios grandes, clase media alta y los que sienten que no tienen nada que perder porque ya lo perdieron todo.
Para una familia en un barrio pobre que paga extorsión todas las semanas, que tiene un hijo muerto por el narcotráfico, que no consigue empleo, que no tiene acceso a salud. Las advertencias sobre autoritarismo suenan abstractas. Ellos piensan, “Democracia para que si no podemos vivir tranquilos. Libertades civiles para que si nos están matando debido proceso para quién si a nosotros nadie nos protege.
Abelardo entiende perfectamente esa división, por eso no moderá su mensaje, porque él sabe que su electorado no es la clase media educada que lee artículos académicos. Su electorado es la gente que sufre la violencia en carne propia, que está desesperada, que quiere soluciones, ya que no le importa si son soluciones perfectas o si respetan todos los protocolos, solo quiere que funcionen.
Hoy, 30 de enero de 2026, dos días después de esa entrevista histórica en Caracol TV, Colombia sigue dividida discutiendo sobre Abelardo de la Espriella. Las elecciones presidenciales son en mayo. Faltan todavía 4 meses. Pueden pasar muchas cosas. Pueden aparecer escándalos, pueden cambiar las alianzas.
Pueden surgir otros candidatos fuertes. Pero lo que ya es claro es que Abelardo logró algo que muy pocos candidatos logran. Logró que todo el país hable de él. Logró definirse claramente. Logró que cada colombiano sepa exactamente qué va a hacer si gana. No dejó dudas, no dejó ambigüedades, fue directo, crudo, honesto o imprudente dependiendo de quien lo vea.
La pregunta que cada colombiano tiene que hacerse en los próximos meses no es si Abelardo es simpático o antipático, no es si cae bien o mal, es una pregunta mucho más profunda. Es qué tipo de país quiere Colombia ser. Si quiere un país donde el Estado usa toda su fuerza contra el crimen, aunque eso signifique víctimas civiles, o si quiere un país donde se prioriza no hacer daño, aunque eso signifique que los criminales tengan más libertad.
Es una pregunta sobre seguridad versus libertad, sobre orden versus caos, sobre mano dura versus derechos humanos. Son preguntas que no tienen respuestas fáciles porque hay argumentos válidos en ambos lados. Los que quieren seguridad no están equivocados. La violencia en Colombia es real. La gente se está muriendo, pero los que advierten sobre autoritarismo tampoco están equivocados.
La historia muestra que los gobiernos de mano dura terminan abusando del poder. Lo que esa entrevista del 27 de enero dejó claro es que Abelardo eligió un lado. Eligió la seguridad sobre todo lo demás. Eligió el orden aunque cueste libertades. Eligió la fuerza aunque genere víctimas. Y hay millones de colombianos que están de acuerdo con esa elección.
¿Qué creen que es el precio que hay que pagar? que 50 años de conflicto demuestran que el camino suave no funciona. Pero también hay millones que no están de acuerdo, que creen que ese camino ya se probó en los años 2000 con la seguridad democrática de Uribe, que funcionó un tiempo, pero dejó heridas profundas, falsos positivos, desplazamientos para militares.
¿Qué creen que repetir eso sería un error histórico? Que la solución tiene que ser diferente aunque tome más tiempo? Entonces, la pregunta final, la que cada colombiano debe responder cuando llegue el día de las elecciones es esta: ¿Usted prefiere vivir en un país más seguro aunque sea menos libre? O en un país más libre aunque sea menos seguro, porque no se pueden tener las dos cosas al mismo tiempo.
Cualquier gobierno que prometa seguridad total respetando todos los derechos está mintiendo. Hay que elegir. Y esa elección la tiene que hacer cada persona mirando su propia situación. Si usted vive en un barrio donde todos los días matan a alguien, donde no puede salir de noche, donde sus hijos están en riesgo, probablemente va a elegir seguridad.
Si usted vive en un barrio tranquilo, tiene un buen trabajo, sus hijos estudian seguros, probablemente va a priorizar libertades porque la seguridad ya la tiene. La entrevista de Abelardo en Caracol TV el 27 de enero de 2026 no fue solo una entrevista política más, fue un espejo donde Colombia se vio reflejada y descubrió que es un país profundamente dividido, donde no hay consenso sobre lo más básico, sobre cómo combatir la violencia, sobre qué papel debe tener el Estado, sobre cuánta fuerza es demasiada fuerza.
y Abelardo de la Espriella, ese abogado de 47 años de Barranquilla que durante 23 años defendió clientes en los juzgados, que ganó casos y perdió casos, que nunca había ocupado un cargo público, logró con una hora de televisión lo que otros candidatos no logran en años de campaña. Logró que nadie sea indiferente.
Logró que todos tengan una opinión sobre él. Logró polarizar. Ahora falta ver si esa polarización lo lleva a la presidencia o lo hunde. Si los colombianos cuando llegue mayo deciden darle una oportunidad a sus ideas radicales o si deciden que es demasiado arriesgado. Pero lo que es seguro es que él ya cambió la conversación política en Colombia.
Ya puso sobre la mesa temas que otros no se atrevían a tocar. ya dijo en voz alta lo que muchos piensan en silencio. Y tal vez eso es lo más importante de todo, que independientemente de si Abelardo gana o pierde, Colombia ya tuvo una conversación honesta sobre qué tipo de país quiere ser una conversación incómoda, dolorosa, que divide familias y rompe amistades, pero una conversación necesaria, porque un país que no se atreve a hablar de sus problemas reales nunca los va a resolver.
Entonces, hoy mientras usted ve este vídeo, la pregunta no es si Abelardo tiene razón o está equivocado. La pregunta es, ¿qué tipo de Colombia quiere usted? Porque en 4 meses va a tener que decidir con su voto. Y esa decisión no solo va a afectar su vida, va a afectar la vida de sus hijos, de sus nietos, de las próximas generaciones de colombianos.
¿Usted qué elige? ¿La Colombia de la mano dura que promete a Abelardo o una Colombia diferente que todavía no sabemos bien cómo sería, pero que no pasa por la violencia? Esa es la pregunta que Colombia tiene que responder y no hay respuesta correcta. Solo hay consecuencias de cada elección y con esas consecuencias vamos a tener que vivir todos durante los próximos años. Hasta la próxima. M.