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 Sacerdote es Atacado Durante la Misa en Oración a Carlo Acutis… Y Algo IMPOSIBLE Ocurrió

Ella me registró para la cita. Me sonrió. Esa sonrisa cambió mi vida. Era hermosa. No solo físicamente, aunque sí era hermosa. 165 de altura, cabello negro largo que le llegaba hasta la mitad de la espalda, ojos color café oscuro, piel morena clara, pero su belleza real venía de adentro. Era bondadosa, paciente, siempre encontraba el lado bueno de todo.

 Le pedí su número ese día. Me dio su tarjeta de la clínica con su número personal escrito en el reverso. Salimos en nuestra primera cita tres días después. Cena en restaurante mexicano en Witier. Hablamos durante 4 horas. Descubrimos que teníamos tanto en común. Ambos de México. Ambos vinimos a Estados Unidos buscando mejor vida.

 Ambos trabajadores, honestos, con valores familiares fuertes. Nos casamos 8 meses después, ceremonia pequeña en el Ayuntamiento de Los Ángeles, solo con algunos amigos cercanos como testigos. No teníamos dinero para boda grande. No nos importaba. Lo único que importaba era estar juntos. Durante 11 años fuimos felices, trabajábamos duro, ahorrábamos dinero, compramos casa pequeña en el monte.

 Nada lujoso, solo dos habitaciones, un baño, pero era nuestra. Hablábamos sobre el futuro, sobre eventualmente regresar a México cuando nos retiráramos, sobre viajar. Lo único que faltaba eran hijos. Lucía quería hijos desesperadamente. Yo también, pero año tras año no pasaba. Fuimos a doctores, hicimos pruebas, descubrimos que Lucía tenía problemas de fertilidad.

Baja reserva ovárica, dijeron los doctores. Sería difícil concebir naturalmente. Consideramos tratamientos de fertilidad y VF, pero costaba miles de dólares que no teníamos. Nuestro seguro no lo cubría, así que aceptamos que tal vez no tendríamos hijos biológicos. Hablamos sobre adopción eventualmente. Y entonces, milagrosamente, en marzo de este año, Lucía quedó embarazada, naturalmente, sin tratamientos.

Los doctores dijeron que era extremadamente raro, pero posible. Lucía tenía 38 años. Era embarazo de alto riesgo debido a su edad y su historial de fertilidad, pero los primeros meses fueron perfectos. Sin complicaciones, el bebé se desarrollaba normalmente. Descubrimos que era niña en el ultrasonido de las 20 semanas. Lucía lloró de alegría.

Escogimos el nombre juntos, María. Por la Virgen María, porque Lucía era católica devota. Yo no era particularmente religioso, pero respetaba la fe de Lucía. Durante el embarazo, Lucía estaba radiante. Incluso con las náuseas matutinas, incluso con el cansancio, estaba más feliz de lo que la había visto jamás.

Hablaba con su vientre, le cantaba a María. Preparamos la segunda habitación de nuestra casa como cuarto del bebé. Pintamos las paredes de rosa claro, compramos cuna, ropa, pañales. La fecha de parto estimada era el 30 de septiembre, pero María tenía otros planes. El 5 de septiembre, Lucía comenzó a tener contracciones.

Eran las 6 de la mañana. Yo estaba preparándome para ir al trabajo. Lucía me llamó desde el baño. Miguel, creo que algo está pasando. Entré en pánico. Era demasiado temprano. Ella tenía solo 36 semanas. Los doctores habían dicho que el bebé necesitaba llegar a término completo, especialmente dado el embarazo de alto riesgo.

Llamé al consultorio del obstetra. La recepcionista me dijo que llevara a Lucía al hospital inmediatamente. Conduje más rápido de lo que debería. Lucía trataba de mantener la calma, pero podía ver el miedo en sus ojos. Llegamos al hospital general del condado de Los Ángeles a las 7:15. La llevaron directamente a sala de parto. Los doctores la examinaron.

Dijeron que estaba en trabajo de parto activo, que el bebé venía, nos gustara o no, que 36 semanas era prematuro pero viable, que María debería estar bien. Debería estar bien. Esas fueron las palabras que usaron. Debería. Las siguientes horas fueron borrosas. lucía en dolor. Yo sosteniendo su mano, enfermeras entrando y saliendo, monitores pitando, el obstetra, el doctor Chen, verificando regularmente la dilatación.

A las 2 de la tarde, Lucía estaba completamente dilatada. Era hora de pujar. Ella estaba exhausta, pero determinada. Pujó con toda su fuerza. Yo estaba junto a ella diciéndole que lo estaba haciendo maravillosamente, que pronto tendríamos a nuestra María. Y entonces algo salió mal. Los monitores comenzaron a pitar diferente. Alarmas.

El Dr. Chen frunció el ceño mirando los monitores. La frecuencia cardíaca del bebé está bajando dijo. Necesitamos sacarla ahora. Más enfermeras entraron. Todo se movió muy rápido. Alguien me empujó hacia atrás. Señor, necesita quedarse aquí. Vi al doctor Chen trabajando. Vi su expresión cambiando de preocupación a alarma.

 Vi enfermeras corriendo, trayendo equipo. Lucía seguía pujando. ¿Qué pasa?, preguntaba. ¿Qué le pasa a mi bebé? Señora Herrera, necesito que puje una vez más muy fuerte”, decía el doctor Chen. Ella pujó. Vi al doctor sacando a María. La bebé estaba azul. No lloraba, completamente silenciosa. Las enfermeras la tomaron inmediatamente.

 La llevaron a mesa en la esquina de la habitación. Equipo pediátrico estaba esperando. Comenzaron reanimación. Yo miraba paralizado. Lucía preguntaba, “¿Por qué no llora? ¿Por qué mi bebé no llora? Y entonces sucedió la segunda cosa. Lucía comenzó a sangrar. No sangrado normal del parto. Hemorragia, demasiada, mucha. El doctor Chen gritaba órdenes.

Hemorragia postparto. Necesito pitocina. Masaje uterino. Preparen transfusión. Las enfermeras trabajaban frenéticamente. Algunas en Lucía, otras en María. Miguel Lucía me miraba. Sus ojos estaban asustados. Tengo frío. Tengo mucho frío. Vas a estar bien, le decía, aunque no creía mis propias palabras.

 Tú y María van a estar bien. El caos continuó. Minutos que se sentían como horas. El drctor Chen trabajando para detener el sangrado. El equipo pediátrico trabajando en María. A las 2:37, uno de los pediatras se acercó al Dr. Chen. Habló en voz baja, pero lo escuché. No respondió a reanimación. Tiempo de muerte. 14:37. María estaba muerta.

 Mi hija había nacido muerta. Me quedé de pie, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Lucía estaba consciente. ¿Qué dijo?, preguntaba. ¿Qué dijo sobre mi bebé? El Dr. Chen miraba entre Lucía y yo. Tenía que elegir continuar intentando salvar a Lucía o explicarle que su hija acababa de morir. Eligió continuar luchando por Lucía.

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