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Pedro Infante llegó al remate de una viuda en Sinaloa 1953 — y superó al banco

Esa era su vida y no quería otra. Pero la Tierra en Sinaloa en los años 50 no perdonaba los años malos y hubo dos años muy malos seguidos. El primero fue la sequía de 1950 cuando el canal se redujo a la mitad y la cosecha de maíz salió a menos de la mitad de lo esperado. El segundo fue el granizo de 1951 que llegó en agosto cuando el maíz ya estaba hecho y en dos horas lo dejó todo tendido en el suelo como si alguien hubiera pasado una mano enorme y barrido la milpa.

 Aurelio sacó el crédito que pudo con el banco de Culiacán para no perder la siembra del siguiente año. Firmó el papel sin leer demasiado la letra chica, porque la letra chica en esos papeles siempre decía lo mismo y él lo sabía de memoria, que si no pagaba en tiempo, la tierra respondía por la deuda. Pagó lo que pudo, no alcanzó para todo.

 En 1952 llegó la enfermedad, un catarro que no se fue, que se metió al pecho y se quedó ahí. La tos llegó en enero y ya no se fue. Para junio, el médico de Guamuchil dijo la palabra que nadie quería escuchar, tuberculosis. Aurelio Valenzuela murió en febrero de 1953 a los 42 años, con los pulmones gastados y la deuda del banco sin terminar de pagar, con la pluma en la mano y el papel de la cosecha sobre la mesa de la cocina, calculando si alcanzaba. No alcanzó.

El banco de Culiacán mandó la carta en abril. Doña Refugio la leyó tres veces porque la primera no entendió, la segunda no quiso entender, la tercera no tuvo más remedio. Decía que el rancho saldría a remate público en octubre si la deuda de 9,500es no quedaba cubierta antes de esa fecha.

 Doña Refugio tenía 40 años, tres hijos, 120 haáreas de tierra y 9,500 pesos que no existían en ningún lado. Intentó todo lo que se puede intentar. habló con el presidente municipal, fue a ver al párroco, escribió una carta al Banco Nacional de Crédito Agrícola que nunca tuvo respuesta. Su hermano de Culiacán le prestó lo que pudo, que eran 1,200es, y con eso no era ni el primer pago.

 Los vecinos le ayudaron a terminar la cosecha de ese año trabajando sin cobrar, porque en los pueblos de Sinaloa todavía existía esa costumbre de ayudar a los que la necesitan sin que nadie tenga que pedirlo. Pero la cosecha tampoco alcanzó. La tierra había dado lo que podía dar. El banco no esperaba más. La mañana del remate amaneció despejada.

Doña Refugio se levantó antes que el sol, como toda su vida, puso el café, salió al patio a ver sus geránios. Estaba de pie junto al árbol de guayaba cuando llegaron los primeros coches. Se quedó parada ahí, no entró a la casa. Carmen, su hija mayor, salió a buscarla con un reboso en la mano porque el aire de la mañana cortaba.

 Tenía 16 años Carmen, la edad en que todavía no se sabe cómo consolarse a uno mismo ni consolar a otros. Le puso el reboso en los hombros a su madre sin decir nada y las dos se quedaron paradas juntas junto al árbol de guayaba mirando como la gente llenaba el patio de su rancho. Don Lucio Bernal era el rematador.

 Llevaba 22 años haciendo ese trabajo en el valle del Ébora y ya había visto más de 60 remates de tierras en los últimos 4 años solos. Desde que los créditos de posguerra empezaron a vencer y los bancos empezaron a cobrar, no le gustaba el trabajo. Nunca le había gustado esa parte. Llegó en su camioneta roja, bajó con su libro de registro y se paró sobre el estribo del vehículo, porque no traía tarima y desde ahí tenía la altura suficiente para que todos lo vieran.

 Al lado de don Lucio estaba el hombre del banco, un licenciado joven de Culiacán con traje café y portafolio de cuero, el tipo de hombre que en esa época llevaba los papeles de los remates como si llevara cualquier otra carpeta de trabajo sin que se le notara nada por fuera. Y había un tercer hombre que llegó en un coche negro con placas de Nuevo León, un hombre gordo de unos 50 años con sombrero de fieltro fino y botas que brillaban demasiado para ser de rancho.

 Ese hombre había comprado ya 16 propiedades en el valle ese mismo año. Llegaba a los remates cuando ya estaban a punto de empezar. No saludaba a nadie. Se paraba a un lado, esperaba. Los vecinos lo conocían de vista, no lo miraban. Don Lucio abrió el libro, leyó la descripción legal del predio en voz alta, 120 haáreas en el municipio de Salvador Alvarado, con casa, habitación, bodega, pozo de agua, canal de riego.

 Lo leyó parejo, sin entonación, la manera en que se lee algo que se ha leído demasiadas veces. Luego levantó la vista sobre la gente. Vamos a comenzar, dijo. El precio base es de 9,500es para cubrir el adeudo. ¿Hay alguna oferta? El patio quedó en silencio. No era un silencio de sorpresa, era el silencio que conocen bien los que han vivido en pueblos chicos.

 Ese silencio que tiene forma y tiene nombre, aunque nadie lo diga. Había 80 personas en ese patio. Hombres que habían trabajado tierra toda su vida, que sabían lo que valían 120 haáreas de Sinaloa con canal de riego, que habrían dado cualquier cosa por tener esa tierra. Pero ninguno levantó la mano. Ninguno iba a levantar la mano porque doña refugio estaba parada junto al árbol de guayaba con el reboso en los hombros y su hija al lado.

 Y en ese patio todos habían comido alguna vez en esa mesa. Todos habían visto a Aurelio manejar su tractor en la madrugada. Todos habían escuchado la tos que se lo fue llevando poco a poco. No se puja en contra de la viuda de un vecino en su propio patio. Esa regla no estaba escrita en ningún lado porque no hacía falta escribirla. Don Lucio esperó.

Tenía que esperar. Así era el procedimiento. 9,500es. Repitió, alguna oferta. El mequite movió una rama. Un perro ladró lejos. Fue entonces cuando el hombre de Nuevo León levantó un dedo del cinturón. 9500 dijo. Su voz era plana, sin emoción. La voz de alguien que ha hecho eso muchas veces y ya sabe cómo termina.

 Don Lucio lo anotó. Tengo 9,500″, dijo el licenciado del banco. Bajó la vista a su carpeta. Doña Refugio no se movió. Su mano encontró la mano de Carmen y la apretó. Carmen no soltó. “9,500 una vez”, dijo don Lucio. Su voz había perdido algo, algún registro, como cuando un radio pierde la señal a la mitad de una canción.

 ¿Desde dónde nos escuchas hoy? En ese momento, desde el camino de terracería, llegó el ruido de un motor. No fue el ruido lo que hizo voltear a todos, fue que paró de golpe, como quien frena cuando ve algo que no esperaba. Luego silencio, luego pasos en la tierra seca, pasos tranquilos, el tipo de pasos que no tienen prisa porque la persona que los da ya decidió a dónde va.

 El hombre que entró al patio traía una camisa de trabajo sin planchar, pantalón de mezclilla, botas de campo con tierra encima. sombrero tejano de ala ancha. Ese que en Sinaloa usan los que de verdad trabajan en campo y no los que van a los festejos. No venía con nadie. Caminó hasta la mitad del patio y se paró. Nadie lo reconoció al principio.

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