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La Primera Audición de Cantinflas Duró 6 Minutos y Dejó a Tin Tan Sin Palabras

No era la primera vez que ensayaba así, en silencio y en la oscuridad, con el techo como único testigo. Se levantó antes de que amaneciera del todo. Se puso el saco prestado con cuidado de no jalar las costuras que ya amenazaban conceder y salió a la calle con la certeza tranquila de quien ha ensayado tanto que ya no puede ensayar más.

 y lo único que queda es hacerlo. Lo que Mario no sabía cuando empujó esa puerta era que en el estudio del fondo del edificio, Germán Valdés llevaba ya una hora y media grabando secuencias para una película que se estrenaría antes de fin de año y que en menos de 30 minutos ese hombre iba a dejar de reír por primera vez en toda la mañana.

La recepción de los estudios clasa era una sala de techo alto con piso de madera oscura y olor a pintura fresca y cigarro apagado. Había un mostrador largo detrás del cual un hombre de bigote entre cano revisaba una agenda con la concentración de quien administra un orden que no admite interrupciones no programadas.

Mario se acercó y dijo que quería una audición, que había preparado tres números, que no necesitaba más tiempo del que fuera razonable. El hombre no levantó los ojos cuando respondió. dijo que el director de casting no llegaba hasta las 11, que había una lista con nombres de la semana anterior y que si quería podía dejar el suyo, pero que no había certeza de que lo atendieran ese día.

 Mario dejó su nombre. El hombre abrió un cuaderno sin ningún gesto particular, escribió Mario Moreno con la misma presión con que habría escrito cualquier otro nombre y volvió a la agenda. El intercambio había durado menos de un minuto y al final de ese minuto Mario estaba exactamente donde había estado antes de entrar. Solo que ahora con un nombre anotado en un cuaderno que nadie consultaría con ninguna urgencia, fue a sentarse en la única silla libre que quedaba.

 Puso el sombrero sobre las rodillas y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador por donde entraban y salían personas con el paso de quien tiene un destino concreto dentro de ese edificio. Desde el fondo llegaba de vez en cuando un sonido que podía ser una carcajada o podía ser una instrucción dada en voz muy alta.

 Era difícil saberlo desde la sala de espera, pero era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo ocurrían cosas reales a las que todavía no tenía acceso, pero que existían a menos de 40 m de donde estaba sentado. Esperó dos horas largas. En ese tiempo escuchó desde algún punto profundo del edificio una carcajada que no era de una sola persona, sino de varias al mismo tiempo.

 El tipo de carcajada que estalla de golpe cuando algo supera lo que el cuerpo puede contener en silencio. Y luego una voz que decía algo que desde la sala de espera no llegaba completo, pero que tenía un ritmo particular. La cadencia de alguien que sabe exactamente cuándo hacer reír y exactamente cuándo callarse para que la risa tenga más espacio.

 Era Germán Valdés trabajando en el estudio del fondo y el sonido llegaba por las paredes de ese edificio con la naturalidad de algo que pertenecía ahí completamente. Mario escuchó esa voz desde su silla y no sintió admiración. Solamente sintió también la claridad específica de quien mira lo que quiere ser y entiende de un solo golpe la distancia exacta que lo separa de ahí.

Cuando el director de Casting finalmente dijo su nombre, ya eran casi las 11:30. Mario se levantó, dejó el sombrero en la silla porque llevárselo le pareció la señal equivocada y siguió al director por el pasillo hasta una sala pequeña con una silla de madera en el centro, una mesa lateral con un vaso de agua y una ventana alta que dejaba entrar una franja de luz que caía exactamente sobre la silla.

 El director dijo que tenía 10 minutos y se sentó a esperar. Mario se quedó parado bajo la franja de luz. respiró y comenzó. El primer número era un monólogo, un hombre que intenta explicarle a una autoridad por qué llegó tarde a un lugar al que en realidad nunca prometió llegar. Una premisa mínima que en las carpas había funcionado siempre porque la gente del barrio conocía esa situación desde adentro.

 Conocía al hombre que habla y habla, y cada palabra que agrega complica más lo que intenta aclarar hasta que la explicación se convierte en un problema mayor que el problema original. En la sala pequeña de los estudios Clasa, sin público, sin los golpes de tambor que en las carpas subrayaban los momentos, sin la carcajada colectiva que le decía cuando había funcionado algo, el número tenía que sostenerse solo.

Mario lo sabía y había decidido que podía. Las primeras palabras salieron con una contención que no era timidez, sino control, el tipo de control que viene de saber exactamente lo que se tiene y elegir no entregarlo todo al mismo tiempo. El director no se movió, pero algo en su postura cambió levemente, una inclinación casi imperceptible hacia delante, el cuerpo respondiendo a algo que la cabeza todavía no había terminado de procesar.

Hacia la mitad del monólogo, la voz de Mario hizo algo que el director no esperaba. No subió ni aceleró, ni buscó el efecto obvio. Se quedó en el mismo tono bajo y confundido del principio, pero las palabras empezaron a construir una arquitectura que solo se veía completa desde adentro, una lógica interna perfectamente cerrada que era absurda por fuera y absolutamente coherente por dentro.

 El director soltó un sonido involuntario, el tipo de sonido que escapa antes de que uno decida si quiere dejarlo salir. Se lo cortó casi de inmediato, pero el sonido había salido y Mario lo escuchó sin cambiar el ritmo ni celebrar nada porque el personaje no sabía que era gracioso y eso era precisamente lo que lo volvía insoportablemente gracioso.

 Fue en ese momento cuando Mario llegaba al punto más enredado de la explicación, cuando en el pasillo se escucharon pasos que venían del fondo del edificio, pasos irregulares y rápidos. El tipo de pasos de alguien que camina con la energía de quien acaba de terminar algo y el cuerpo todavía no ha bajado de esa velocidad.

Se detuvieron frente a la puerta de la sala. Germán Valdés llevaba desde las 8 de la mañana grabando secuencias de comedia física con la electricidad específica que se produce cuando el trabajo avanza con una fluidez que no siempre ocurre. Había pedido 10 minutos para tomar agua antes de la siguiente secuencia.

 Iba caminando por el pasillo cuando la voz lo detuvo. No fue una decisión, fue algo más inmediato que eso. La voz salió por la puerta entreabierta y algo en Germán Valdés se paró sin que él lo ordenara. se quedó en el pasillo con el vaso de agua en la mano escuchando. La voz estaba haciendo algo que Germán, que llevaba años construyendo comedia en escenarios y estudios de todo el país, no supo categorizar de inmediato.

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