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EL día que Humillaron a Pedro Infante en la Cantina Tenampa… Un mesero de 60 años sacó su pistola

 

voltearan. Entraron cuatro hombres y desde el primer momento se notó que venían buscando problemas. Iban vestidos con trajes caros, sombreros de ala ancha, botas de piel fina. Tenían esa actitud prepotente de quien está acostumbrado a que todos le cuadren. El que iba al frente era un tipo corpulento de bigote grueso y mirada dura.

Caminaron hacia la barra empujando sillas a su paso y el cantinero y un señor mayor de nombre Don Refugio, los atendió con la cortesía que le caracterizaba, aunque se le notaba la incomodidad. Pidieron tequila del bueno y se quedaron ahí recargados en la barra echando miradas retadoras a los parroquianos.

 La gente bajó la voz, el ambiente se puso tenso. En esa época todos sabían que había personajes así, hombres con poder, con conexiones, [música] que se sentían dueños de la ciudad y abusaban de los demás. Nadie quería meterse en problemas con gente así. Pedro y sus amigos siguieron platicando, tratando de no prestar atención a los recién llegados, pero el tipo del bigote grueso, el líder del grupo, no tardó en fijarse en Pedro.

 lo reconoció de inmediato y en lugar de mostrar admiración o respeto como hacía la mayoría, en su rostro se dibujó una sonrisa burlona despectiva y le dijo algo en voz baja a sus acompañantes y todos soltaron una carcajada seca de esas que se escuchan llenas de mala intención. Quédate hasta el final porque lo que descubrirás no está en ningún libro y menos el papel que jugó ese desconocido que estaba ahí silencioso observando todo desde una mesa en la esquina.

 El tipo del bigote se acercó a la mesa de Pedro con pasos firmes sin que nadie lo invitara. Se plantó [música] ahí con una copa en la mano y con voz alta para que todos escucharan, le dijo. [música] Así que este es el famosito Pedro Infante, el que hace llorar a las viejas en el cine. Lo dijo con un tono de burla que no dejaba lugar a dudas. Era una provocación directa.

Los amigos de Pedro se pusieron tensos, pero él con esa tranquilidad que lo caracterizaba, sonrió y le dijo, “Para servirle, amigo, siéntese si gusta. Hay lugar. Pedro siempre trataba de evitar los problemas, de calmar las aguas con amabilidad, pero el tipo no buscaba paz, buscaba problemas.

 [música] Se rió más fuerte y dijo, “No, yo no me siento con payasos de circo. No más vine a ver si es cierto que eres tan bonito como dicen, o si no más es maquillaje de esos que te ponen en el cine.” La cantina entera se quedó en silencio. La gente volteaba, pero nadie se atrevía a intervenir. El tipo siguió. Dicen que cantas bonito porque no nos cantas algo.

Total, para eso te pagan, no para entretener a la pleve. Lo dijo con un desprecio que dolía escuchar. Pedro sintió la sangre subirle a la cara, pero se contuvo. Respiró hondo y le dijo con voz tranquila, pero firme, “Mire, Señor, vine a descansar un rato con mis amigos. No busco problemas con nadie.

 Si le hice algo que lo ofendiera, le ofrezco una disculpa. Eh, pero le pido de favor que nos deje en paz. Era la respuesta de un hombre educado, de alguien que no necesitaba demostrar nada con violencia. Pero el tipo se sintió retado. En su mente retorcida, la humildad de Pedro era debilidad. Se acercó más hasta quedar a centímetros de su rostro y le aventó el tequila de su copa en la cara.

El líquido le escurrió por la frente, por las mejillas le empapó la camisa. La cantina entera contuvo el aliento. Los amigos de Pedro se levantaron de inmediato, listos para defender a su compañero, pero Pedro los detuvo con un gesto de la mano. Se limpió la cara con la manga de su camisa despacio, sin perder la compostura, aunque por dentro estaba hirviendo de rabia e impotencia.

El tipo soltó una carcajada y les gritó a sus amigos, “¿Vieron? El galán de México es un cobarde. Oh, ni siquiera es capaz de defender su honor. Y ahí fue cuando pasó algo que nadie esperaba. Desde una mesa en la esquina cerca de la puerta se levantó un hombre. Era un tipo delgado, de estatura mediana, vestido con ropa sencilla, una camisa de manta y pantalón de mezclilla gastado.

 Tenía la piel curtida por el sol, manos de trabajador y en su rostro se veían los años de una vida dura. Nadie lo conocía. era uno más de los parroquianos que había llegado ahí a tomarse su cerveza después de la chamba. Caminó hacia la mesa con paso firme, pero sin prisa y cuando llegó frente al tipo del bigote, le dijo con voz calmada, pero con una autoridad que hacía temblar, ya estuvo bueno de faltas de respeto.

 Pedro Infante es más hombre que tú y que todos tus amigotes juntos. Él nos responde porque es una persona decente [música] de, “Pero yo no tengo su paciencia.” El tipo del bigote lo miró de arriba a abajo con desprecio y le dijo, “¿Y tú quién eres, muerto de hambre? Vete de aquí antes de que te vaya mal.” El desconocido no se inmutó, le sostuvo la mirada y le respondió, “Yo soy alguien que conoce a tipos como tú.

 Te crees muy valiente porque traes a tus perros contigo y porque traes dinero en la bolsa, [música] pero en el fondo no eres más que un cobarde que necesita humillar a otros para sentirse grande. El tipo del bigote se puso rojo de rabia. Levantó el puño para golpear al desconocido, pero este, con un movimiento rápido y preciso, le torció el brazo y lo dejó doblado sobre la mesa.

 Los amigos del tipo quisieron intervenir, pero el desconocido les gritó. El que se mueva se las ve conmigo y les juro que no les va a ir bien. Había algo en su voz, en su mirada y que los hizo detenerse. No era un hombre grande ni imponente, [música] pero había una determinación en él que daba miedo. Con el tipo del bigote inmovilizado sobre la mesa, el desconocido le dijo, “Ahora vas a seguir algo.

 Le vas a pedir perdón a don Pedro, le vas a limpiar la camisa que le ensuciaste y te vas a largar de aquí con tus amigos. Y si vuelves a faltarle al respeto a alguien en esta cantina, te juro que yo mismo voy a buscarte y te voy a enseñar lo que es el respeto a las malas. Lo soltó y el tipo, humillado, con la cara roja de vergüenza y rabia, no tuvo más opción.

Se acercó a Pedro, bajó la mirada y murmuró entre dientes. [música] Disculpe. Tomó una servilleta y con manos temblorosas limpió torpemente la camisa de Pedro. Luego, sin decir nada más, salió de la cantina, seguido por sus amigos que caminaban cabisbajos. Ah, la cantina explotó en aplausos y gritos de júbilo.

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