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Rocío Dúrcal: El Amigo Que La Volvió Leyenda La ABANDONÓ Cuando Agonizaba

El teléfono no sonó. 25 de marzo de 2006. Una casa en Torrelodones, a las afueras de Madrid. Dentro, una mujer de 61 años se apaga después de 5 años peleando contra un cáncer que ya no le da tregua. A su alrededor están sus hijos, su esposo, la gente que la quiso de verdad. Y afuera en México, a 9,000 km de esa habitación, está el hombre que la convirtió en leyenda.

El hombre que escribió la canción con la que millones de personas todavía lloran a sus muertos. El hombre que la llamó durante años su amiga del alma. Ese hombre no llamó. ni ese día, ni el anterior, ni en los 10 largos años que llevaban sin dirigirse la palabra. Se llamaba Rocío Durcal. Y tú la conociste. Tú la escuchaste cantar Amor eterno en la radio de tu cocina.

Tú la viste en la pantalla de tu sala con esa voz que parecía hecha para el dolor bonito, ese que se canta con los ojos cerrados. La llamaron la española más mexicana. Nació en Madrid y terminó siendo más de Guadalajara y de Monterrey que muchas que nacieron aquí. Pero hoy no vengo a contarte la Rocío que ya conoces. Vengo a contarte lo que pasaba cuando se apagaban las luces.

La historia del amigo que la hizo eterna y que cuando ella se estaba muriendo eligió el silencio. Lo que vas a escuchar hoy no está en ninguna biografía oficial de esas que se escriben para quedar bien. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas. Primero, ¿por qué el hombre que la volvió leyenda dejó de hablarle de un día para otro y las versiones que la industria prefirió dejar en la sombra? Segundo, el sacrificio del esposo que renunció a su propia carrera para que ella brillara y al que después quisieron

manchar. Tercero, la versión que un hombre muy cercano al divo de Juárez publicó en un libro y que la propia familia salió a desmentir. Y cuarto, lo que de verdad pasó el día que ella murió y dónde terminaron descansando sus cenizas. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero si te vas antes del final, te vas a perder la cuarta.

Y la cuarta es la que explica todo lo demás. Para entender cómo fue posible que esa habitación en Torrelodones se quedara sin la llamada que la habría cerrado en paz, hay que volver atrás, porque esta historia no empieza el día que ella se muere. Empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión.

4 de octubre de 1944, Madrid. En una España gris de posguerra, de racionamiento y de misa obligatoria nace una niña a la que ponen por nombre María de los Ángeles de las Seras Ortiz. Casa humilde, padres trabajadores, una infancia sin lujos, de esas en las que cantar es lo único que no cuesta dinero. Y esta niña canta, canta en la cocina, canta en la calle, canta en los concursos de la radio a los que se presenta con nombres que se inventa sobre la marcha.

Primero se hace llamar Rocío Benamejí, después Rocío Fiestas. El nombre Rocío se lo puso su abuelo, que decía que su voz era fresca como el rocío de la mañana. El apellido llegó de la forma más rara que te puedas imaginar. Le vendaron los ojos, le pusieron un mapa de España delante y le dijeron que señalara.

Su dedo cayó sobre un pueblo de Granada llamado Durcal. Y así, con los ojos tapados y el dedo en un mapa, quedó bautizada para siempre la mujer que México iba a adorar. Rocío Durcal, guarda ese detalle. Una mujer que ni siquiera eligió su propio nombre. Otros lo eligieron por ella. Y esa, aunque todavía no lo parezca, va a ser la historia de toda su vida.

Quiero que te imagines de dónde venía esta niña. La España de su infancia era un país roto. Acababa de salir de una guerra civil que dejó heridas que todavía no cerraban. Había hambre de verdad de la que aprieta el estómago, cartillas de racionamiento, familias enteras sobreviviendo con lo justo y en medio de esa pobreza, una niña que cantaba, porque cantar era lo único que no costaba dinero.

con 10 años se presentaba a los concursos de la radio temblando delante de un micrófono, con la esperanza de que su voz le abriera una puerta que en su casa no existía. Y esa voz, esa vocecita que sorprendía a todos terminó siendo su boleto para salir de la pobreza. Pero fíjate en el precio. Para salir de la pobreza tuvo que entregarse muy pronto a un mundo de adultos que decidían todo por ella.

Una niña convertida en producto antes de ser mujer. Otra vez otros mandando sobre su vida. A los 15 años, un productor de cine llamado Luis Sans la descubre. Y aquí quiero que te detengas un segundo porque esto es importante. En aquella España, una niña de 15 años no decidía nada sobre su carrera. Lo decidían los hombres del negocio.

El productor decía qué películas hacía, qué canciones cantaba, cómo se peinaba, con quién se dejaba ver. La niña ponía la cara, la voz y la ilusión. El hombre ponía las reglas. Ese fue el primer molde en el que la metieron y funcionó. En 1960 y uno debuta en el cine con una película que se llama Canción de juventud y de la noche a la mañana se convierte en la novia de España entera.

La niña buena, la jovencita dulce, la cara limpia que las madres querían para sus hijos y que las hijas querían ser. Más bonita que ninguna. Acompáñame. Buenos días, concita. Una tras otra, las películas la fueron convirtiendo en la estrella juvenil más grande de su país. Tú a lo mejor las viste, a lo mejor tu mamá te llevó al cine a ver a esa muchachita española que cantaba como los ángeles.

A lo mejor tú querías vestirte como ella. Déjame que te reconstruya esa época porque muchas de ustedes la vivieron. Era el final de los años 60. No había teléfonos en el bolsillo, no había 1000 canales. Había una pantalla en blanco y negro, o si acaso a colores para las familias con suerte. Y en esa pantalla o en la sala del cine del barrio aparecía ella.

Tú te sentabas con tu mamá o con tus hermanas y ahí estaba esa muchachita española de ojos grandes que cantaba y actuaba y sonreía como si el mundo fuera un lugar bonito. Era la ilusión hecha persona. Era lo que una niña de aquellos años quería llegar a ser. Rocío de la Mancha. Marianela, la novicia rebelde. Película tras película, se metió en el corazón de dos generaciones sin pedir permiso.

Y aquí hay algo que quiero que entiendas bien, porque es la raíz de todo. A Rocío la amaban por una imagen, la imagen de la muchacha perfecta, dulce, obediente, sin problemas. una imagen que otros habían construido para ella. Y detrás de esa imagen había una mujer de verdad con hambre de cantar cosas más ondas que casi nadie se molestó en conocer.

Pero había algo que Rocío quería y que el molde no le dejaba ser del todo. Ella quería cantar en serio, no las cancioncitas dulces de las películas para señoritas. Quería algo más hondo, más adulto, algo que le doliera al que lo escuchara. Y ese algo lo encontró en el lugar más inesperado. Lo encontró aquí en México, del otro lado del mar.

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