Posted in

PEDRO FERNÁNDEZ: 50 Años Bajo CONTROL. Primero Su Padre. Después Su Esposa. Jamás Fue Libre

Es abril de 2024. Un hombre de 70 y tantos años en una casa modesta de Jalisco prende la cámara de su teléfono. Tiene los ojos rojos, le tiembla la voz, empieza a hablarle a su hijo, no lo llama por teléfono, no lo busca, no le manda un mensaje privado, sube el vídeo a TikTok donde su hijo no lo va a ver, donde lo van a ver millones de desconocidos y dice esto.

Hijo, me siento muy mal por haberte hecho sentir abandonado. Fue un error que llevó en el corazón. El hijo al que le habla ese hombre tiene 54 años. Lleva casi cuatro décadas sin hablar con su padre. Y cuando un periodista le pregunta a las pocas semanas si va a aceptar la disculpa, el hijo contesta una sola frase: “El pasado, pasado está.

Tú a ese hijo lo conoces, lo viste en tu televisión. Compraste sus discos, cantaste sus canciones en las bodas de tus hijas. Se llama Pedro Fernández, aunque ese no es su nombre. Su nombre verdadero es José Martín Cuevascobos. Pero tú nunca le dijiste así. Tú le dijiste Pedrito, como casi todo México. Y lo que voy a contarte hoy es lo que pasó detrás de cámara durante 50 años.

50 años en los que ese niño con sombrero de charro que cantaba en tu sala todas las noches, el de la mochila azul, el que te hizo llorar en los palenques, el galán de telenovelas, el cantante consentido de tres generaciones de mujeres mexicanas, jamás fue libre. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron.

Primero, ¿vas a saber cuánto dinero ganaba Pedrito Fernández cuando tenía 7 años? ¿Y por qué él jamás supo cuánto era ese dinero ni dónde fue a parar? Segundo, vas a conocer al único hombre que de verdad lo amó como a un hijo y no fue su padre. Tercero, vas a entender lo que pasó en Reinosa, Tamaulipas  en 1987, cuando un muchacho de 17 años se fijó en una muchacha de 17 años y la decisión que tomó esa noche le iba a costar el resto de su vida.

Y cuarto, vas a saber por qué a su propio hermano no lo dejaron entrar a su boda. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que un hombre llegara a los 56 años sin haber decidido jamás sobre su propia vida, tenemos que empezar por el principio. Y el principio no está en un escenario brillante, no está en un foro de Televisa, no está en un palenque de tlaquepaque.

El principio está en un pueblo polvoriento de Jalisco en 1975, donde una familia entera no tenía para comer tres veces al día. Villa Corona, Jalisco, un pueblo a una hora de Guadalajara, de los que tienen una plaza, una iglesia, un mercado y poca cosa más. Ahí vivía la familia Cuevas Cobos. El padre se llamaba José Luis Cuevas, al que todos le decían Pepe.

Era un hombre de orígenes humildes que, según el propio Pedro contaría décadas después en una entrevista con Patti Chapoy, no tenía un trabajo fijo. A veces ayudaba en talleres mecánicos,  a veces no hacía nada. La familia tenía cinco hijos varones y una niña. Pedro era el mayor. Detrás venían José Eduardo, José Luis Junior, Juan Francisco al que le decían Paquito, Gerardo y la pequeña Laura.

Imagínatelo. Una casa con ocho personas, un padre que no trabajaba de nada fijo, una madre en la cocina, seis niños pequeños pidiendo comida. Esa era la realidad de los Cuevas en 1975, una pobreza ranchera del México de aquellos años, donde la cena era frijoles si había suerte y nada si no la había. Y entonces pasó algo que cambió todo.

El padre,  don Pepe, descubrió que el hijo mayor cantaba bien. Cantaba muy bien. Cantaba demasiado bien para un niño de 5 años. Pedrito interpretaba el rey volver, volver, corriente y canelo. Canciones de hombres adultos con un sentimiento que hacía llorar a los vecinos. Y don Pepe, que no tenía con qué darle de comer a sus hijos, vio en ese niño una salida.

Esto es importante que lo entiendas. Don Pepe no le descubrió el talento a su hijo para ayudarlo a soñar. se lo descubrió para comer y esa diferencia es la que va a marcar toda la vida de Pedro Fernández, porque Pedro no eligió ser cantante. Pedro fue empujado a ser cantante por una familia que necesitaba que él fuera el sostén.

A los 6 años, don Pepe se hizo amigo del señor Luis Ramírez, el presidente de la Sociedad de Compositores de Guadalajara. Lo movió. Le abrió puertas, lo metió en programas de radio locales, lo llevó a los palenques y un día de 1976,  en un palenque en Tlaquepaque, Jalisco, lo paró delante del hombre que iba a cambiar la historia de la música ranchera mexicana.

Vicente Fernández, el charro de Wen Titán, en aquel momento, el cantante más importante de México. Don Pepe se acercó con su hijo de la mano, le pidió permiso a Vicente para que el niño cantara una o dos canciones antes del show. Vicente aceptó. Pedrito se subió. Cantó mi terruño cantó el palenque. Y cuando terminó, Vicente Fernández, el hombre que había escuchado a miles de cantantes en su carrera, se quedó con la boca abierta.

Esa misma noche, Vicente le dijo a don Pepe que el niño tenía que grabar, que él lo iba a recomendar a la disquera CBS, que de él se iba a hacer cargo. Pocas semanas después, los Cuevas viajaron a Ciudad de México. El niño hizo pruebas en CBS. Le firmaron un contrato discográfico, le inventaron el nombre artístico.

Pedro por Pedro Infante, Fernández por Vicente Fernández. Tú a lo mejor en ese momento eras una niña o eras una mujer joven que acababa de casarse o eras mamá de un niño pequeño como él. y prendiste la radio en 1977-1978 y empezaste a escuchar esa voz, esa voz aguda, dulce, perfectamente afinada, cantando rancheras como si fuera Pedro Infante chiquito.

Y dijiste lo mismo que dijo todo México. Dijiste, “¿Quién es ese niño?” En 1978 salió la de la mochila azul, el disco, El sencillo, el golpe. Vendió un millón de copias en México, 200,000 copias en España. El niño de 8 años se convirtió en el cantante más vendido del momento. Al año siguiente, en 1979, salió la película La niña de la mochila azul.

Pedrito de protagonista, una niña llamada María Rebeca a su lado y todo México llorando. Tú llegabas a tu casa después del trabajo, prendías la televisión. Ahí estaba ese niño con sombrero de charro cantando con la voz limpia, mirando a la cámara con esos ojos enormes y sentías que era de la familia, que era ese sobrino lejano que no veías mucho, que era ese hijo que tu hermana acababa de tener.

Pedrito Fernández era todo México en una persona pequeñita. Pero escucha bien esto que te voy a decir ahora, porque es la primera grieta de la historia. Mientras tú llorabas viendo a Pedrito cantar en la película, ese niño no estaba en su casa. Ese niño no estaba con su mamá. Ese niño no estaba en la cama de su cuarto, ese niño estaba en un avión solo con una manager que se llamaba La Chucha Rodríguez volando hacia España con 8 años cumplidos.

Read More