Es la madrugada del 11 de enero de 2007. En una casa de la Ciudad de México, en la zona de las lomas, las luces están encendidas a una hora en la que nadie debería estar despierto. Una mujer de 44 años acaba de ser llevada de urgencia a un hospital privado. Se llama Mónica Pretelini Sa. Es la esposa del gobernador del Estado de México, el hombre del que ya se habla en voz baja como el próximo presidente del país y en cuestión de horas va a estar muerta.
Pero esto es lo que casi nadie te contó. Mientras los médicos del hospital luchaban por reanimarla, en las redacciones de los periódicos de Toluca y de la capital ya estaban sonando los teléfonos y cada llamada traía una versión distinta. Una decía que había sido un accidente de helicóptero en el que viajaban el gobernador y ella.
Otra hablaba de una enfermedad que casi nadie le conocía. Y una tercera, la que publicaría la revista Proceso esa misma semana, hablaba de algo mucho más oscuro. Tres versiones, la misma noche sobre la misma mujer para que dimensiones lo que esto significa. Cuando muere alguien importante, lo normal es que haya una sola historia, un comunicado, una causa, un duelo.
La familia llora, el país se entera y todos saben qué pasó. Aquí pasó lo contrario. Aquí, sobre la muerte de la esposa del hombre más poderoso del Estado de México, hubo varias historias compitiendo en la misma madrugada. Y eso solo ocurre cuando alguien en alguna parte todavía está decidiendo cuál va a ser la versión que el público debe creer.
Esa noche, en el principal noticiero de Televisa se dio una explicación con un nivel de detalle que sorprendió a Media República. contaron cosas del dormitorio, del momento exacto de lo que supuestamente había pasado, como si el narrador hubiera estado parado junto a la cama. Al día siguiente, esa versión ya había cambiado y al otro día había vuelto a cambiar.
Tú quizá recuerdas ese enero. Quizá estabas en tu cocina con la televisión prendida y escuchaste que se había muerto la esposposa de ese gobernador guapo que salía en las revistas. Lo que no sabías es que lo que te estaban contando ya era una versión armada. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Mónica Pretelini.
Primero, las tres versiones que circularon la misma madrugada de su muerte y por qué ninguna terminó de cerrar. Segundo, el hijo que su esposo tuvo con otra mujer mientras ella seguía casada y lo que ella supo y tuvo que tragarse. Tercero, la versión que publicó la prensa sería sobre los meses anteriores a su muerte, lo que de verdad estaba pasando en esa casa y que los programas de espectáculos jamás te contaron.
Y cuarto, los años de silencio que vinieron después. hasta que su esposo, ya rumbo a Los Pinos, tuvo que sentarse frente a una cámara a explicar de qué había muerto su mujer y no pudo. Te voy a avisar cuando llegue cada una y te pido una cosa nada más, que te quedes hasta el final, porque esta historia solo tiene sentido completa.
Si te vas a la mitad, te quedas con un pedazo y un pedazo es justo lo que el sistema quiso que la gente tuviera. Yo te voy a dar el cuadro entero con sus fechas, con sus nombres, con lo confirmado y con lo que solo es una versión. Todo bien separado para que tú no te confundas y puedas sacar tus propias conclusiones.
Ese es el trato. Yo investigo y te lo cuento todo. Tú escuchas hasta el final y decides por ti misma. Pero para entender cómo fue posible que la muerte de una mujer se contara de tres formas distintas en una sola noche y que nadie en el poder tuviera que responder por ello, necesitas conocer el mundo que hizo posible todo esto, porque esta historia no empieza esa madrugada de enero, empieza mucho antes y empieza con una maquinaria que Tú probablemente viste funcionar en tu propia televisión sin darte cuenta de lo
que era. Había una forma de hacer política en el Estado de México que durante décadas fue casi una dinastía. un grupo de familias de compadres de apellidos que se repetían sexenio tras sexenio. Le decían el grupo Atlacomulco por el pueblo del que salieron varios de sus hombres fuertes. No vamos a entrar aquí en si ese grupo existía con ese nombre o no, porque eso se ha discutido mil veces.
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Lo que sí existía, y eso no lo discute nadie, era una manera de heredar el poder. El gobernador en turno señalaba al que venía y el que venía le debía todo al que se iba. En ese mundo creció políticamente un joven abogado de Atlacomulco, sobrino de un exgobernador, con cara de galán de telenovela y una ambición que no enseñaba. pero que tenía clarísima.
Se llamaba Enrique Peña Nieto y aquí entra la otra mitad de la maquinaria, porque en México durante muchos años política y la televisión trabajaron pegadas. Una le servía a la otra. La imagen de un político se fabricaba igual que se fabricaba la de un protagonista de telenovela. La sonrisa, el copete, la esposa bonita, los hijos, las apariciones en las revistas del corazón.
Tú las leíste. Tú viste esas portadas en la sala de espera del doctor, en la estética, en el puesto de periódicos de la esquina. Lo que no sabías era quién pagaba para que esas portadas existieran. Acuérdate de cómo era. Tú creciste con una televisión que entraba a tu casa todas las noches y se quedaba a cenar contigo.

Las telenovelas que veías con tu mamá, los domingos largos frente a la pantalla, los noticieros con sus conductores de voz grave que parecían dueños de la verdad. En ese México, una sola empresa decidía buena parte de lo que el país veía, escuchaba y creía. Y esa empresa entendía algo que los políticos pagaban muy caro por aprovechar, que quien controla la pantalla controla la historia.
Un político inteligente no peleaba contra esa pantalla, se subía a ella, salía guapo, salía sonriente, salía con su familia bonita y dejaba que la máquina lo convirtiera en personaje casi en galán. Y eso es justo lo que pasó con Enrique Peña Nieto. Lo construyeron como se construye a un protagonista de telenovela con su historia de amor, su tragedia, su superación.
Y para que una telenovela funcione hace falta una protagonista femenina. Primero esa protagonista fue Mónica. Después, cuando ella se fue, le tocó el papel a otra. Pero eso es adelantarnos. A ese hombre, a ese aparato, le hacía falta una sola cosa para estar completo, una familia que se viera bien en cámara.
Y ahí es donde tenemos que hablar de Mónica, porque antes de ser la esposa del gobernador, antes de ser la mujer de las tres versiones, Mónica Pretelini fue una persona, una mujer con su propia historia y esa historia merece contarse completa por una vez. Mónica Pretelini Science nació el 29 de noviembre de 1962 en la ciudad de México.
Hija de Hugo Pretelini y de Olga Saentz. No venía del mundo de la política ni del espectáculo. Estudió historia del arte y filosofía. Detente un segundo en ese dato. Historia del arte. Filosofía. Una mujer a la que le interesaban los cuadros, los libros, las preguntas grandes sobre la vida. Guarda ese detalle.
Lo vas a necesitar más adelante cuando entiendas en qué se convirtió su vida, porque hay algo muy triste en ese contraste. Una joven que eligió estudiar historia del arte y filosofía es una joven con un mundo interior. Alguien que se hace preguntas, alguien que mira un cuadro y ve cosas que otros no ven. Alguien con sensibilidad, con curiosidad, con vida propia.
Y a esa joven el destino y la política la fueron empujando hacia un papel mucho más chico que ella. El papel de acompañante, el de la esposa que adorna, el de la sonrisa al lado del hombre que importa. Piensa en cuántas mujeres brillantes terminaron así, reducidas a un papel secundario en su propia vida. Porque la época, la familia o el marido no les dejaron ser otra cosa.
A lo mejor tú conociste a una, a lo mejor tú fuiste una. Se cuenta que Enrique y Mónica se conocieron en 1993 en un restaurante de la capital, El Mesón del Caballo Ballo. Él tenía 30 años y trabajaba en las finanzas de una campaña política en el Estado de México. Ella tenía 27. Se casaron el 12 de febrero de 1994.
Tuvieron tres hijos, Paulina, Alejandro y Nicole. Tres niños que iban a crecer delante de las cámaras en eventos oficiales tomados de la mano de un papá que subía y subía en la política. Recuerda esos tres nombres. Paulina, Alejandro, Nicole, porque ellos son los que se quedaron con las preguntas que nadie les quiso responder.
Quiero que te imagines cómo era la vida de Mónica en esos primeros años. Estamos a mediados de los 90. Una mujer joven, culta, casada con un político que apenas empezaba a escalar. Al principio él era un nombre más entre los muchos jóvenes ambiciosos del primeique. Y ella hacía lo que se esperaba de la esposa de un político en ascenso.
Acompañar, sonreír, recibir, estar siempre impecable, siempre disponible, siempre un paso detrás. Mientras él pasaba de un cargo a otro, ella criaba a Paulina, a Alejandro, a Nicole y sostenía la casa que él casi no pisaba. Porque la política mexicana se hace de noche, en cenas, en reuniones, en giras. Y aquí hay que entender el mundo en el que él iba subiendo, porque ese mundo lo explica todo.
El Estado de México era en esos años una de las piezas más codiciadas del poder en el país. estado con más habitantes, el de los presupuestos más grandes, el trampolín perfecto hacia la presidencia y mandaba ahí un hombre que sería clave en la historia de Peña Nieto, Arturo Montiel, gobernador, jefe político, padrino.
dentro de su equipo, el joven Enrique era, según se ha publicado en los libros sobre su vida, el cachorro consentido, el protegido, el que tenía futuro, el que iba a heredar. Y aquí es donde tú, que has vivido lo suficiente, ya sabes cómo termina esta clase de historias. En ese mundo de padrinos y ahijados, de compadres y favores, el hombre importaba y la mujer adornaba.
A él le construían una carrera, a ella le asignaban un papel. Y el papel de Mónica, gustárra o no, era ser la prueba viviente de que ese Segalán era un hombre de familia. Llegó 2005. Montiel se iba y el delfín tomaba su lugar. Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México. Y de la noche a la mañana, Mónica dejó de ser la esposa de un político en ascenso y se convirtió en primera dama estatal, la señora del gobernador, la que cortaba listones, la que presidía el DIF, la que aparecía en las páginas de sociales.
Durante años, Mónica fue exactamente lo que la maquinaria necesitaba. La esposa elegante, la madre de familia, la mujer que sonreía a un lado del hombre que ascendía. En septiembre de 2005, cuando Enrique Peña Nieto tomó posesión como gobernador del Estado de México, Mónica se convirtió en la presidenta del DIF estatal, el sistema que se ocupa de la familia, de la niñez, de la gente más pobre.
Y hay una imagen de esa época que quiero que te grabes. Diciembre de 2005. Un evento del DIF que se llamaba Un kilómetro de regalos, un millón de sonrisas. Mónica ahí repartiendo juguetes para que los niños pobres del Estado de México tuvieran algo el día de Reyes. Piensa en eso. Una mujer asegurándose de que los niños de los demás tuvieran un juguete en enero y poco más de un año después, enero también ella ya no iba a estar.
Ese mismo mes de noviembre de 2005, a Mónica le entregaron un reconocimiento, el micrófono de oro, por parte de una asociación de locutores. La veían como una primera dama estatal, con presencia, con voz propia, con causa. Por fuera todo funcionaba. La familia perfecta, el gobernador joven y guapo, la esposa con causa social, los tres niños bien peinados.
Era la fotografía ideal para una revista y era también exactamente eso, una fotografía. Mira cómo fue su último año completo de vida, 2006. Porque parte el alma cuando lo conoces entero. Mónica seguía con sus causas. En septiembre de ese año estuvo en la presentación de un festival que se llamaba Don Amor, que apoyaba a una fundación de trasplantes de órganos.
Detente en la ironía de eso. Una mujer dando la cara por una causa sobre donar vida, sobre salvar a otros, sobre dar para que otro siga adelante. Mientras en su propia vida ella daba y daba sin recibir nada de vuelta. La veían en los eventos y todos comentaban lo mismo. Qué elegante, qué fina, qué bien acompaña al gobernador.
Y nadie, ni los reporteros que la fotografiaban, ni la gente que la saludaba, ni las cámaras que la seguían, alcanzaba a ver lo que esa mujer cargaba por dentro, porque eso es lo que hace una mujer de esa generación. Aprende a llevar el peso por dentro y a poner la cara correcta por fuera. Tú sabes de qué te hablo.
Tú has sonreído para una foto familiar el mismo día en que te estabas muriendo por dentro. Mónica lo hacía para todo un estado todas las semanas. Lo que casi nadie sabía es que esa mujer impecable de las fotos, esa primera dama de causas nobles, llevaba ya adentro una grieta que venía de tiempo atrás, una grieta con nombre.
Y para entender esa grieta, tenemos que hablar de algo que pasó dos años antes de que ella se convirtiera en primera dama. Algo que cambió su matrimonio para siempre. Porque mientras esa fotografía se publicaba una y otra vez, debajo estaba pasando otra cosa, algo que Mónica sí sabía, algo que, según las propias palabras que su esposo diría años después en cámara, la hizo entrar en crisis.
Pero a eso vamos a llegar. Por ahora, quédate con la imagen de la familia perfecta y quédate sobre todo con dos palabras que vas a escuchar muchas veces en esta historia porque son la llave de todo. La versión oficial. Cada vez que en esta historia algo no cuadre, cada vez que un dato choque con otro, va a aparecer la versión oficial para ordenarlo todo, para cerrarlo, para que nadie pregunte más.
La versión oficial sobre cómo se conocieron. La versión oficial sobre por qué él tuvo un hijo con otra. La versión oficial sobre cómo murió ella. Quédate con esas dos palabras porque al final de este video vas a entender que la versión oficial terminó siendo lo único que le dejaron a Mónica Pretelini, lo único escrito, lo único permitido.
Y todo empieza a complicarse en un punto exacto. Un día de 2004, mientras Mónica criaba a sus tres hijos y acompañaba a su esposo en su carrera, en otra parte de esa misma historia nacía un niño. Un niño que llevaba la sangre de su esposo, un niño del que ella no era la madre. Y aquí es donde tengo que pedirte que no te vayas, porque esto no lo vas a encontrar en las revistas de esa época.
Aquí empieza todo lo que le pasó a esta mujer. Antes de contarte lo del niño, tengo que mostrarte cómo funcionaba la máquina por dentro, porque sin entender eso, lo demás no se entiende. Imagínate que tienes en tus manos a un hombre joven, guapo, con apellido pesado, gobernador del estado más poblado del país.
Un producto perfecto y tienes la maquinaria mediática más grande de México lista para venderlo. Lo único que necesitas es que la historia de ese hombre sea siempre limpia. Que nada manche la portada. Y cuando algo amenaza con manchar la portada, lo que haces no es desmentirlo a gritos, lo que haces es ofrecer otra historia mejor contada, más ordenada, más fácil de creer.
Le llaman a administrar la información y a ti como espectadora te la sirvieron durante años sin que te dieras cuenta. Esa máquina funcionó a toda potencia la madrugada del 11 de enero de 2007. Y aquí viene lo primero que te prometí, las tres versiones de esa noche. Préstame mucha atención porque esto es de lo más importante que vas a escuchar hoy.
La primera versión que corrió antes incluso de que se confirmara la muerte. Fue un disparate. En algunas redacciones empezó a sonar que había habido un accidente de helicóptero y que en ese helicóptero viajaban el gobernador Peña Nieto y su esposa. Reporteros llamando a sus jefes, jefes llamando a otros jefes.
Un accidente aéreo del gobernador del Estado de México habría sido la noticia del año. En cuestión de horas, esa versión se cayó sola. No hubo ningún helicóptero, pero quédate con un detalle. En las primeras horas nadie sabía con certeza qué había pasado, ni siquiera los periodistas. Eso es lo que pasa cuando la información la controla una sola oficina.
Todos hablan, nadie sabe. Y fíjate en lo que eso significa, que en las primeras horas la persona que tenía el control no era ningún periodista, ni ningún juez, ni ningún médico independiente. El control lo tenía el entorno del gobernador. Ellos decidían que se decía cuándo y cómo. Los reporteros esperaban la línea y mientras esa línea se afinaba, soltaban al aire lo primero que les llegaba, aunque fuera un disparate como lo del helicóptero.
Por eso las versiones se contradecían, porque la verdad todavía se estaba cocinando en otro lado. La segunda versión fue la que se quedó, la versión oficial. Mónica Pretelini había sufrido una crisis convulsiva de origen epiléptico que le provocó un paro cardiorrespiratorio. Su esposo, según se contó, llegó a la casa, la encontró en estado de shock, sin respiración y ya no se pudo hacer nada.
Más adelante se sabría que el reporte médico hablaba de muerte cerebral por falta de oxígeno, de inflamación severa en el cerebro y de que ella llevaba 18 meses en tratamiento por convulsiones. El mismo reporte descartaba la presencia de drogas o sustancias tóxicas en su cuerpo. es la columna de toda la defensa de lo que pasó esa noche y es muy importante que la tengas clara.
Es la versión que cierra el caso. años después, cuando ese reporte médico se hizo público, se conocieron más detalles, que Mónica había sido llevada al centro médico ABC, uno de los hospitales privados más reconocidos de la capital, que a su llegada le hicieron estudios, entre ellos una resonancia del cráneo, que esa resonancia mostró un edema generalizado, es decir, una inflamación severa del tejido del cerebro, que le hicieron un perfil toxicológico en sangre y en orina y que ese perfil descartó la presencia de drogas o
sustancias tóxicas y que según ese mismo documento, ella llevaba 18 meses en tratamiento por convulsiones. 18 meses. O sea, que según ese reporte médico, desde mediados de 2005, justo cuando se convertía en primera dama del estado, Mónica ya estaba en tratamiento médico, justo en los meses en que repartía juguetes, en que recibía el micrófono de oro, en que sonreía en cada evento, por fuera la primera dama radiante.
Por dentro, según el propio documento de la defensa, una mujer enferma, medicada, frágil. Otra vez la misma historia. La foto perfecta por fuera, el derrumbe por dentro. Pero hubo una tercera versión y esa la publicó la revista Proceso, una de las más serias y más temidas del periodismo mexicano. El reportero Ricardo Rabelo firmó una crónica.
Según los datos que Proceso dijo haber consultado, Mónica llevaba varios meses separada del gobernador. Según esa misma versión, sufría severas alteraciones nerviosas y emotivas. Y por esas alteraciones, dijo Proceso, consumía desde hacía tiempo medicamentos para poder dormir. Y había algo más en esa crónica.
una versión extraoficial que la propia revista recogió, según la cual ella habría fallecido desde la noche anterior y según datos de autopsia que ahí se mencionaban por una sobredosis de esos somníferos. Para que me entiendas bien y para que no me malinterpretes, esto que te acabo de decir es lo que publicó Proceso en enero de 2007.
Es una versión periodística de una revista con peso. No es una sentencia, no es una verdad probada. El reporte médico oficial, el que su esposo mostró años después decía otra cosa. Hablaba de epilepsia, de convulsiones y descartaba sustancias tóxicas. Te estoy dando las dos versiones para que tú decidas, porque eso es lo que nunca hicieron contigo en la televisión.
Ahí te dieron una sola, bien peinada y te pidieron que no preguntaras más. Y ojo, que esto es lo que hace honesta una historia. Hay canales que agarrarían la versión más escandalosa, la de Proceso, y te la venderían como verdad absoluta para arrancarte el coraje. Aquí no se hace eso. Aquí te pongo el parte oficial y la versión de la prensa seria, uno junto al otro, con su fecha y su fuente.
Y te trato como a una adulta que puede pensar por su cuenta, porque te respeto y porque Mónica merece que su historia se cuente con la verdad por delante, no con el morvo. Y ahora viene la parte que más se me quedó grabada cuando investigué esto. Esa misma noche, en el principal noticiero de Televisa, el conductor estrella dio la noticia con una cantidad de detalles que dejó a mucha gente con la boca abierta.
Habló del momento, de la casa, de cómo había sucedido con una precisión que parecía imposible, como si hubiera estado parado dentro de esa recámara. ¿Cómo sabía todo eso? Con esa exactitud a esa hora, alguien que estaba sentado en un estudio de televisión. Esa es la pregunta que nadie se hizo en voz alta esa noche.
Y al día siguiente los detalles ya eran otros y al siguiente otra vez distintos. Hubo gente que esa noche prendió la televisión y escuchó en el enlace de un reportero una versión y al rato en el mismo canal la versión había cambiado por completo. Se habló de un hospital, luego de otro. Se mencionó un lugar, luego se corrigió.
Los reporteros en la calle repetían lo que les iban soplando desde arriba y desde arriba el mensaje se afinaba hora con hora hasta que quedó perfecto. Una mujer murió. Una mujer de 44 años madre de tres hijos. Y lo que el país recibió no fue una noticia, fue un guion que se reescribía cada pocas horas hasta que sonó coherente.
¿Y sabes qué es lo que más cuesta tragar de todo esto? que la maquinaria que afinaba esa versión era la misma que llevaba años vendiendo al gobernador como el galán perfecto. Los mismos que ponían su cara en las portadas eran los que ahora explicaban su tragedia con el mismo cuidado, con la misma mano, con el mismo objetivo de siempre, cuidar la imagen, porque eso era lo único que de verdad importaba esa noche, no la verdad sobre Mónica, la imagen de Enrique.
Y para cuidar esa imagen había que ofrecer una historia limpia, ordenada, sin aristas, antes de que las preguntas se multiplicaran. Y vaya que se ofreció. Tan bien armada que 19 años después sigue siendo la versión que cierra el caso en cualquier biografía oficial. Déjame hacerte una pregunta de mujer a mujer.
¿Tú alguna vez sentiste que te estaban contando algo que no terminaba de cuadrar? ¿Que las piezas no embonaban, pero que nadie quería que lo dijeras en voz alta? Así se sintió medio México esa semana de enero. Y la que no podía dar su versión, la única que de verdad sabía lo que había pasado en esa casa, ya no estaba para contarlo.
Quiero que te detengas en esa idea, porque es el corazón de toda esta historia. La única persona que sabía exactamente qué pasó la noche de su muerte era Mónica. Y Mónica estaba muerta. Todos los demás contaban su versión. El esposo, los voceros, los noticieros, las revistas, cada quien con su pedazo, cada quien acomodándolo a su conveniencia.
Y en el centro de todas esas versiones había un silencio, el de ella. Piensa en cómo te tratan a ti cuando muere alguien de tu familia. Llega la confusión, llegan las preguntas, llega el dolor. Pero al menos tú tienes derecho a saber qué pasó. Tienes derecho a un certificado claro, a una explicación, a mirar a los ojos al doctor y preguntarle a la familia demónica, a sus papás, a sus hijos pequeños, lo que les llegó fue una nube de versiones.
Y por encima de esa nube, la maquinaria diciendo, “Tranquilos, el relato oficial ya está listo. No hay nada más que ver aquí. Y esto que parece un detalle es en realidad lo más grave de todo. Porque cuando muere una persona, su familia tiene un derecho. El derecho a la verdad, el derecho a saber con claridad qué le pasó a su ser querido.
A los papás de Mónica, a Hugo y a Olga, ese derecho se lo administraron. A sus hijos ese derecho se lo entregaron empaquetado en un relato oficial que cerraba la puerta a cualquier pregunta. Y cuando una familia recibe una versión en lugar de una verdad, esa familia carga con algo que no se cura, una duda que no la deja en paz, una herida que no termina de cerrar porque nunca le dieron los puntos completos.
Esto que te estoy contando explica por qué hasta el día de hoy, casi 20 años después, si tú escribes el nombre de ese expresidente en un buscador de internet, una de las primeras cosas que te sugiere la máquina es una frase terrible sobre la muerte de su esposa. No te voy a repetir esa frase porque sería injusto darla por cierta.
El propio Peña Nieto la negó frente con todas sus letras y mostró un documento médico para desmentirla. Pero el hecho de que esa frase exista, de que se haya quedado pegada a su nombre durante casi dos décadas, te dice algo. Te dice que ese relato, por más que se repitió, nunca terminó de convencer a la gente.
Y cuando una versión no convence, no es porque la gente sea morbosa, es porque algo en algún lado se contó mal desde el principio. Pero aquí no hemos terminado con esa noche. Falta lo que estaba pasando antes de esa noche. Falta entender qué llevaba meses o años cocinándose dentro de esa familia perfecta de revista.
Y para eso tenemos que retroceder a un día de 2004, al día en que en otra casa, lejos de las cámaras, nació un niño. Un niño que iba a cambiar la vida de Mónica para siempre, aunque ella tardó en enterarse. Su esposo, el gobernador, el galán de las portadas, tenía un secreto con nombre y apellido. Se llamaba Diego y había nacido el 25 de junio de 2004.
Para contarte bien esto, tengo que llevarte unos años atrás de esa madrugada de enero, a los pasillos del poder en el Estado de México, a finales de los años 90 y principios de los 2000. En esa época un gobernador mandaba en el estado, se llamaba Arturo Montiel y entre sus funcionarios de confianza estaba el joven Enrique Peña Nieto, que iba subiendo escalón por escalón, primero en finanzas, después como secretario.
En ese mismo gobierno trabajaba una mujer, una licenciada en administración de empresas. Se llamaba Mariza Díaz Hernández. Para que entiendas cómo era ese mundo. El poder en México durante esos años se movía en un terreno donde las reglas de la casa no aplicaban. Cenas de trabajo que terminaban de madrugada, giras de días enteros lejos de la familia, viajes, hoteles, equipos que convivían a todas horas.
Un funcionario joven, con poder, con dinero, con futuro, rodeado de gente que le reía las gracias, era un hombre al que pocas puertas se le cerraban. Y en ese terreno, lejos de las cámaras y de las portadas familiares, nació una relación paralela que iba a durar años. No fue una aventura de una noche, fue una segunda vida.
una mujer, una relación sostenida y después un hijo. Todo mientras en la otra casa, la oficial Mónica criaba a Paulina, a Alejandro y a Nicole y sostenía la imagen del matrimonio modelo. dos mundos, el mismo hombre y una sola de las dos mujeres tenía permiso de existir en público. Lo que pasó entre Enrique y Marizza no fue un encuentro de una noche, según se ha publicado en varios libros y reportajes, entre ellos el libro Las mujeres de Peña Nieto del periodista Alberto Tavira, editado en 2012.
Lo de ellos duró años. Algunas versiones hablan de hasta 9 años de relación. 9 años. Detente en ese número. 9 años de una relación paralela mientras en las portadas se vendía la familia perfecta. 9 años no es un desliz. 9 años es una vida construida. Es aniversarios, es rutinas, es planes, es un hijo. Y todo eso ocurría en paralelo a la otra vida.
La oficial, la de las fotos, la de Mónica y los niños. Dos calendarios, dos rutinas, el mismo hombre repartiéndose entre las dos y cuidando que ninguna de las dos supiera demasiado de la otra. Eso requiere un nivel de cálculo, de frialdad, de organización que dice mucho de quién era ese hombre mucho antes de llegar a la política nacional.
Porque así como administró dos vidas durante años, después administraría una versión oficial. El que aprende a sostener una mentira en casa, aprende a sostenerla también delante de un país. Y aquí viene lo segundo que te prometí. Pero antes de soltártelo, quiero que pienses en algo. Quizá tú conoces a una mujer que descubrió después de años de matrimonio que el hombre con el que compartía la cama tenía otra vida, otra casa, otra mujer, a lo mejor hasta otro hijo.
Quizá esa mujer fue tu vecina, tu hermana, tu amiga de toda la vida. Quizá esa mujer fuiste tu. Lo que le pasó a Mónica Pretelini es exactamente eso, solo que a ella le tocó vivirlo siendo la esposa del hombre más poderoso del estado, con la obligación de seguir sonriendo en cada foto. El 25 de junio de 2004 nació Diego Alejandro Peña Díaz, hijo de Enrique Peña Nieto y de Mariza Díaz.
En ese momento, Enrique seguía casado con Mónica. En ese momento, Mónica tenía tres hijos pequeños en casa, Paulina, Alejandro y Nicole. Y ahora, fíjate en un detalle que pone la piel chinita. Al niño que tuvo con Marizza le pusieron Diego Alejandro. Alejandro, el mismo nombre que ya llevaba a uno de sus hijos con Mónica.
Dos niños de dos mujeres distintas cargando el mismo nombre. Piensa en lo que eso significa. Piensa en lo que tuvo que sentir Mónica el día que se enteró. Y se enteró. Sí. Y esto no es un rumor de revista. Esto lo dijo el propio Enrique Peña Nieto con su voz frente a las cámaras durante su campaña a la presidencia.
Cuando le preguntaron por el hijo que tuvo fuera del matrimonio, él contestó, “Y te lo voy a citar lo más fiel que se publicó. Como gobernador del Estado de México le platiqué el tema. Mónica conoció muy bien el asunto, lo que había ocurrido fuera del matrimonio. Cuando lo planteó, no fue fácil, hizo crisis y luego nos generó, yo creo también, un momento de reencuentro.
Léelo otra vez conmigo despacio, porque cada palabra y pesa. Hizo crisis. Esas son las palabras de él. El hombre que le confesó a su esposa que había tenido un hijo con otra, lo describe diciendo que ella hizo crisis, como si la crisis fuera de ella, como si el problema lo hubiera puesto ella sobre la mesa y no él en la cama de otra.
A una mujer le dicen que su marido tuvo un hijo con otra y cuando ella se derrumba el mundo lo llama. su crisis, como si llorar por eso fuera un defecto y no una herida. Imagínate el momento. No sabemos los detalles y no te los voy a inventar, pero sí sabemos por sus propias palabras que él se lo contó siendo ya gobernador y que ella hizo crisis.
Así que imagina a esa mujer en algún cuarto de esa casa escuchando de la boca de su esposo que existe un niño, un niño de otra mujer, un niño que ya tenía nombre, que ya tenía edad, que llevaba años existiendo mientras a ella le sostenían la mentira. Imagina el piso abriéndose bajo sus pies. Imagina las preguntas agolpándose.
¿Desde cuándo? ¿Cuántas veces? ¿Quién más lo sabía? ¿De quién me reía yo sin saber en las cenas, en las fiestas, mientras todos a mi alrededor sí sabían? Ese tipo de traición no duele solo por el engaño, duele por el ridículo, por darte cuenta de que fuiste la última en enterarte de tu propia vida. Y eso, mi gente, es una humillación que muchas de ustedes conocen demasiado bien.
La de ser la última en saber en tu propia casa lo que todos ya sabían. Y hay algo todavía más fuerte en esa frase. Él dice que después de la crisis vino un momento de reencuentro. O sea, ella lo perdonó. Ella se quedó. Ella aguantó. Como aguantaron tantas mujeres de su generación y de la generación de tu mamá y a lo mejor de la tuya, porque irse no era tan fácil, porque estaban los hijos, porque estaba el que dirán, porque estaba el apellido, la posición, la casa, la vida entera construida alrededor de ese hombre.
Ella hizo lo que millones de mujeres hicieron. Se tragó el dolor y se quedó. Y siguió repartiendo juguetes a los niños pobres y siguió sonriendo en las fotos con ese secreto adentro. Y quiero hablarte directo aquí porque sé que muchas de las que me escuchan vivieron algo parecido. A lo mejor tú te quedaste también por los hijos.
A lo mejor tú callaste también por no romper la familia. A lo mejor tú sonreíste en una posada, en una boda, en un bautizo, sabiendo cosas que te dolían en lo más hondo. Si fue así, escúchame bien. No fuiste débil. Aguantar también es una forma de fuerza, aunque el mundo no te la aplauda. Y Mónica, como tú, aguantó con una dignidad que nadie le reconoció en vida.
Hoy, al menos aquí entre nosotras se lo vamos a reconocer. Te quiero contar lo que pasó con ese niño, con Diego, porque cierra el cuadro. Durante años su existencia se mantuvo en secreto. Peña Nieto lo reconoció legalmente apenas en 2010, ya como gobernador y ya como aspirante a la presidencia. Y de manera pública su nombre salió hasta 2012, según se ha reportado, por la presión de la propia Marizza.
Es decir, el secreto se administró. Igual que se administró la versión de la muerte demónica, se administró durante años la existencia de ese hijo. Se soltó cuando combino, se cayó cuando estorbaba. Y la historia de ese niño, de Diego tiene su propio dolor, que también vale la pena que conozcas. Mientras los hijos de Mónica crecían en eventos públicos, fotografiados, conocidos por todos, Diego creció escondido en el silencio, lejos de las cámaras, su mamá, Maritza, ha contado en entrevistas que el político le había
prometido separarse de su esposa. Esa separación, según ella, nunca llegó. Y el reconocimiento del niño tampoco llegó cuando debía. Tuvo que pelearlo. Tuvo que presionar durante años para que el padre de su hijo le diera al menos un apellido en un papel. Y mira la fecha porque la fecha lo dice todo. Peña Nieto reconoció legalmente a Diego en 2010.
El mismo año en que se casó con todos los reflectores encima con una estrella de telenovela en la catedral de Toluca, el mismo periodo en que se preparaba para ser candidato a la presidencia. Todo en la vida de este hombre ocurría cuando le convenía a su carrer. El reconocimiento de un hijo, la aparición de una esposa nueva, la explicación de una muerte.
Cada cosa salía a la luz en el momento exacto en que no le hacía daño al proyecto. Y en medio de todos esos cálculos, esos tiempos, esas estrategias, había habido una mujer que cargó la peor parte sin que nadie le ofreciera nada a cambio. la que supo del niño, la que hizo crisis en las propias palabras de su esposo, la que perdonó, la que se quedó, la que siguió sonriendo en las fotos.
Y aquí está lo más cruel de toda esta parte. Mónica murió en enero de 2007. Diego había nacido en junio de 2004. Eso significa que Mónica vivió sus últimos años cargando ese conocimiento, sabiendo que existía ese niño, sabiendo que su esposo tenía una vida que ella no había elegido compartir y al mismo tiempo parándose todos los días frente a las cámaras como la primera dama del estado, la señora del DIF, la madre ejemplar.
Imagínate el peso de eso. Sonreír en público con esa piedra en el pecho todos los días sin poder decirle a nadie lo que de verdad sentías. Voy a hacer una pausa aquí porque necesito decirte algo de frente. Si has llegado hasta este punto del video es porque algo de esta historia te está tocando de verdad. Porque entendiste que detrás del nombre famoso hay una mujer real con un dolor real a la que el tiempo y el poder convirtieron en una nota de pie de página.
Hay mucha gente que prefiere que mujeres como Mónica se olviden, que su nombre desaparezca, que solo quede el del hombre que llegó a presidente. Y tú crees, como yo, que estas mujeres merecen que alguien cuente su historia completa, con respeto y con verdad, entonces quédate, acompáñame y suscríbete para que sigamos rescatando del olvido a las que el sistema quiso borrar.
Esto lo hacemos entre tú y yo. Sin ti estas historias se apagan. Y ahora déjame mostrarte lo que estaba pasando en esa casa en los meses finales. Porque lo del hijo de Marizza, por más duro que sea, fue solo una parte. Lo que vino después en el último año de vida de Mónica es lo que de verdad nadie te contó y tiene que ver con la versión que publicó Proceso, con los medicamentos para dormir y con una palabra que aparece una y otra vez cuando uno lee sobre sus últimos meses.
Soledad. Vamos a entrar a la parte más difícil de toda esta historia y te pido que me acompañes con el corazón abierto porque aquí Mónica deja de ser la primera dama de las fotos y se convierte en algo que tú vas a reconocer. Una mujer cansada, una mujer sola dentro de su propia casa. Recuerda la crónica que te mencioné, la de la revista Proceso, firmada por Ricardo Rabelo, publicada en aquellos días de enero de 2007.
Según esa versión periodística, Mónica llevaba varios meses separada del gobernador. Según esa misma versión, arrastraba severas alteraciones nerviosas y emotivas. Y por eso decía la revista, tomaba desde hacía tiempo medicamentos para poder dormir. Yo te lo doy como lo que es la versión que publicó una de las revistas más serias del país, no como una verdad cerrada, pero entra a esta historia porque pinta un cuadro que el relato oficial nunca quiso pintar.
Imagínate ese cuadro. Una mujer de 43 44 años. Por fuera la señora del gobernador, la presidenta del DIF, la del micrófono de oro. Por dentro, una persona que carga el peso de un matrimonio que ya supo de una traición con nombre y apellido, que ya supo de un hijo nacido en otra cama. Una mujer que, si la versión de proceso es cierta, dormía con ayuda de pastillas, porque sin ellas no podía.
Y sabes qué es lo más triste? Que nada de eso se podía decir. En el mundo de las portadas, una primera dama no tiene permiso de de estar rota. Una primera dama sonríe. Piensa en lo que significa eso en concreto en el día a día. Despertarte en una casa enorme, con personal, con seguridad, con todo el lujo que puedas imaginar y sentirte completamente sola.
Porque el lujo no abraza, porque la casa grande cuando estás triste solo se siente más vacía. Tener que arreglarte, maquillarte, ponerte el vestido correcto y salir a sonreírle a las cámaras, a los reporteros, a la gente, mientras por dentro llevas el peso de un matrimonio herido y regresar a esa casa al final del día, quitarte los zapatos y quedarte otra vez sola con tus pensamientos.
Si la versión de la prensa seria es cierta y Mónica tomaba medicamentos para poder dormir, piensa también en eso, en lo que significa no poder dormir. En esas noches en las que el cuerpo está agotado, pero la cabeza no se apaga. En esas horas largas, en la oscuridad dándole vueltas a todo. Tú has tenido noches así, noches en que el techo se te vino encima y nadie supo que no pena pegaste el ojo.
Ahora imagínate esas noches, pero sabiendo que a la mañana siguiente tienes que salir a fingir que todo está perfecto porque eres la señora del gobernador. Esa mujer cansada, esa mujer que no dormía, esa mujer que cargaba en silencio, es la que el país perdió la madrugada del 11 de enero. Y a esa mujer, la prensa amable, la despidió como a una santa intachable, sin una sola pregunta.
Le pusieron flores, le pusieron la versión oficial y pasaron a la siguiente nota. Déjame detenerme aquí porque necesito hablarte directo. Tú sabes lo que es poner buena cara cuando por dentro te estás cayendo a pedazos. Tú lo hiciste en una Navidad en la que nadie supo que estabas. llorando en la cocina. Tú lo hiciste en una fiesta familiar, en un velorio, en un trabajo donde nadie podía enterarse de lo que pasaba en tu casa.
Lo que te estoy contando de Mónica no es la vida de una extraña, rica y famosa. Es algo que tú conoces en carne propia, solo que a ella le tocó hacerlo delante de un estado entero. Y aquí viene lo tercero que te prometí, lo más duro. Y tiene que ver con lo que la prensa amable, la prensa del corazón, la que vivía de las portadas del gobernador guapo, eligió no contarte.
Cuando Mónica murió, la mayoría de los medios de espectáculos hicieron exactamente lo que se esperaba de ellos. La despidieron como a una santa, con respeto, con flores, con la historia oficial bien planchada. Crisis convulsiva, paro cardiorespiratorio, una tragedia repentina. Fin de la historia. Lo que se guardaron fue el año anterior.
Ahí estaban la traición, el niño nacido en la otra casa, la versión de la separación, las pastillas para dormir. Y estaba la pregunta más incómoda de todas. ¿Por qué una mujer relativamente joven en tratamiento médico terminó muerta una madrugada sin que nadie pudiera dar una explicación firme? ¿Por qué no lo contaron? Porque contarlo era pelearse con el hombre más poderoso del estado, el que iba derecho a la presidencia, porque las revistas que vivían de sus portadas no iban a morder la mano que las alimentaba.
Porque en este país, durante mucho tiempo, la verdad sobre los poderosos se medía según lo que convenía. publicar. A eso le llamo yo el silencio institucional y es más cruel que cualquier grito. Y aquí hay que ser justas con una cosa. La prensa del corazón no es mala por contar bodas y bautizos. El problema es cuando esa misma prensa que se hizo rica vendiendo la imagen de un político, se hace de la vista gorda cuando esa imagen esconde un dolor real.
Vendieron la familia feliz, vendieron la boda, vendieron al galán. Y cuando la mujer de esa familia feliz murió entre versiones contradictorias, esas mismas revistas eligieron el camino fácil, la nota respetuosa, la despedida con flores, cero preguntas. Déjame que te lo explique con una comparación que vas a entender de inmediato.
Cuando en un pueblo muere una mujer en circunstancias raras y el marido es un hombre con poder, ¿qué pasa muchas veces? que nadie investiga a fondo, que el médico firma rápido, que las autoridades miran para otro lado, que los vecinos murmuran en voz baja, pero nadie se atreve a decirlo fuerte y la vida sigue como si nada.
Tú has visto eso en tu propia comunidad. La diferencia es que en el caso de Mónica, ese hombre con poder no era el cacique del pueblo, era el gobernador del estado más grande del país rumbo a la presidencia. Cuando el poder es así de grande, el silencio también lo es. No hace falta que nadie ordene callar. El miedo, la conveniencia y la costumbre hacen el trabajo solos.
Los periodistas saben que no conviene tocar. Las autoridades saben que no conviene revisar. Y el público, alimentado con una versión limpia aprende a no preguntar. Así se entierra una duda, no con violencia, con costumbre. Porque un grito al menos se escucha. El silencio no. El silencio se siente como normalidad.
Te acostumbras a él. Crees que así son las cosas que así tienen que ser. Y entonces una mujer puede morir entre versiones contradictorias. Su esposo puede no poder explicar de que murió. Pueden quedar preguntas enormes en el aire. Y aún así, la maquinaria sigue, el hombre sube, las portadas continúan y nadie, absolutamente nadie con poder, tiene que responder por nada.
Y la versión oficial, mientras tanto, sigue ahí. Firme, inamovible. repetida cada aniversario. La versión oficial dice epilepsia, dice convulsiones, dice que no había nada que hacer. Y a lo mejor es verdad, a lo mejor esa es exactamente la verdad, pero cuando una versión se construye con tanto cuidado, con voceros, con noticieros que dan detalles imposibles, con secretos administrados durante años, uno tiene derecho a preguntarse por qué hizo falta tanto trabajo para sostener una muerte natural.
A la verdad no hay que empujarla tanto. La verdad se sostiene sola. Piensa en la familia de Mónica, en sus papás, Hugo y Olga, enterrando a su hija de 44 años. Piensa en Paulina, en Alejandro, en Nicole. Niños y adolescentes que de la noche a la mañana se quedaron sin mamá. y que después, conforme crecieron, fueron escuchando en la escuela, en internet, en los pasillos, las versiones sobre la muerte de su madre.
Imagínate ser hijo de Mónica y abrir el teléfono y encontrar que el nombre de tu papá está pegado en los buscadores a la frase más terrible que un hijo pueda leer. Eso también es parte de lo que el silencio les hizo. Los dejó solos con las preguntas mientras la máquina se ocupaba de proteger una imagen. Y mientras todo esto pasaba en el lado de Mónica, del lado de su esposo, la vida avanzaba en otra dirección, muy distinta, porque a los pocos meses de enviudar, el gobernador ya empezaba a ser visto en público con otra mujer,
una conductora de televisión Regio Montana, Rebeca de Alba. fue la primera mujer con la que se le relacionó públicamente después de la muerte de Mónica. Se dejaron ver en eventos. Se habló de una relación formal y según se ha publicado, esa relación terminó en 2008 por una infidelidad de él. Léelo otra vez. El hombre que enviudó a Zaya un año en una relación nueva y esa relación se acaba por una infidelidad suya, el mismo patrón otra vez.
Y poco después aparecería en su vida la mujer que de verdad iba a completar la fotografía que el poder necesitaba. Una estrella de telenovela, una cara que México entero conocía de la pantalla. Y aquí es donde la historia se vuelve todavía más dura para Mónica, porque el lugar que ella ocupó durante 13 años, el de la esposa, se llenó muy rápido y se llenó con alguien que brillaba tanto que terminó de borrarla de la memoria del país.
Pero antes de llegar a esa boda de cuento, a esa nueva esposa, a esa segunda fotografía perfecta, falta la última promesa. La cuarta, la que tiene que ver con un día en que ese hombre, ya convertido en candidato a la presidencia se sentó frente a un periodista, frente a una cámara, frente a todo el país.
Y le hicieron la pregunta más simple del mundo, ¿de qué murió su esposa? Y no pudo contestar. Pasaron los años. Mónica quedó atrás en el 2007 en una tumba en la memoria de sus hijos y de sus papás y Enrique Peña Nieto siguió subiendo. Gobernador hasta 2011. candidato del PRI a la presidencia, favorito en las encuestas. La maquinaria que lo había construido funcionaba mejor que nunca.
Era joven, era guapo, salía en las revistas y ahora tenía a su lado a una mujer que el país entero conocía. Pero por más que la máquina trabajara, había una mancha que no se quitaba. Una pregunta que volvía cada cierto tiempo como una gotera que nadie puede tapar. ¿De qué murió Mónica Pretelini? Y aquí viene lo cuarto que te prometí.
El día en que esa pregunta lo alcanzó delante de todo el país y se quedó sin palabras. Era mayo de 2009. Faltaban todavía 3 años para la elección presidencial, pero Peña Nieto ya sonaba como el hombre a vencer. El periodista Jorge Ramos de Univisión, una de las voces más respetadas y más temidas del periodismo en español, lo sentó frente a la cámara y en algún momento le preguntó sin rodeos por la muerte de su esposa.
Lo que pasó ahí quedó grabado para siempre. Está en internet, cualquiera lo puede ver. Y tienes que verlo con calma para entender el peso de ese momento. Este es un hombre que se ganaba la vida hablando bien. Un político que daba discursos, que concedía entrevistas, que tenía respuesta para todo. Un hombre entrenado para no titubear nunca delante de una cámara.
Y de repente le hacen la pregunta más humana, más simple, más esperable que se le puede hacer a un viudo. ¿De qué murió su esposa? Y ese hombre, el de la palabra fácil, se queda en blanco. Busca, tropieza, se enreda y termina diciendo que se le fue el nombre de la enfermedad. Hay quien dice que fueron los nervios.
Hay quien dice que cualquiera se puede trabar. Y es cierto, cualquiera se traba, pero piensa en lo que tú recuerdas de las pérdidas de tu vida. El día, la hora, lo que estabas haciendo, lo que dijo el doctor, la palabra exacta que te dieron como causa. Eso se queda tatuado. No se borra con los años, se hace más nítido.
Por eso tanta gente al ver ese vídeo sintió algo raro en el estómago, no por morvo, por instinto, porque hay respuestas que no se olvidan y cuando alguien las olvida, algo adentro de ti se pregunta por qué. Peña Nieto, el comunicador, el galán de las portadas, el hombre que medía cada gesto, se trabó. empezó a hablar y no encontraba las palabras.
Te voy a citar lo que dijo, tal como se publicó, para que lo escuches con tus propios oídos. Bueno, pues en su momento se dio la explicación. Fue algo intempestivamente. Ella llevaba dos años de tener alguna enfermedad parecida a lo que era estos estertores. Este se me fue el nombre de la enfermedad puntual. Léelo otra vez.
Se me fue el nombre de la enfermedad, el esposo, el hombre que estaba en la casa esa noche, el que la encontró según su propia versión, sin respiración. No podía recordar el nombre de la enfermedad que mató a su esposa, la madre de sus tres hijos. Piensa en eso, de verdad, piénsalo. Si a ti se te muere tu esposo, tu hermana, tu hijo, se te olvida de que murió.
Se te va el nombre así frente a una cámara. Hay cosas que no se olvidan nunca y la causa de la muerte de la persona que amaste es una de ellas. Ese video, esa duda, esa cara de no saber qué decir le costó carísimo en imagen. Tanto que casi dos años después, ya entrado 2011, Peña Nieto regresó al programa de Jorge Ramos y esta vez fue preparado.
Esta vez llevó un documento, el reporte médico. Ahí estaba escrito. Ahora sí, con todas sus letras, paro cardiorrespiratorio tras una crisis convulsiva. El reporte hablaba de muerte cerebral por falta de oxígeno, de inflamación severa del cerebro, de 18 meses de tratamiento por convulsiones y descartaba de forma expresa la presencia de drogas o sustancias tóxicas.
Y Jorge Ramos le hizo la pregunta que medio México quería hacerle. Le preguntó directo si él había tenido algo que ver con la muerte de su esposa. Peña Nieto contestó que no. dijo, y te lo cito, que cuando llegó a la casa la encontró prácticamente en estado de shock, sin respiración, que la trasladaron de inmediato al hospital, que la reanimaron con todos los medios disponibles, pero que al final había tenido muerte cerebral.
Quiero ser muy clara contigo en este punto, porque tu canal, este lugar al que tú llegas, se construye sobre la verdad y no sobre la calumnia. Enrique Peña Nieto negó cualquier anticipación en la muerte de su esposa. Presentó un documento médico que respalda la versión de la crisis convulsiva. Negó el suicidio, negó estar involucrado.
Eso también es parte de la historia y tiene que quedar dicho con la misma fuerza que todo lo demás. Yo no te voy a decir que pasó algo que no está probado. Eso lo hacen otros canales, los que inventan para ganarse tu click. Aquí no. Pero hay algo que sí te puedo decir porque es un hecho, que un hombre que aspiraba a ser presidente en de México tardó dos años en poder explicar frente a una cámara de qué murió su esposa, que la primera vez que se lo preguntaron no supo, que hizo falta una segunda entrevista, un documento, una estrategia para
ordenar esa versión. y que a pesar de todo ese esfuerzo, la duda se quedó pegada a su nombre hasta el día de hoy. Eso te dice algo sobre el poder. El poder puede controlar lo que se publica, pero no puede controlar lo que la gente siente en el estómago cuando algo no le cuadra. Y mientras esa duda quedaba flotando, la vida del viudo siguió su curso de cuento.
El 27 de noviembre de 2010, en la catedral de Toluca, Enrique Peña Nieto se casó con Angélica Rivera, la gaviota, una de las estrellas más queridas de las telenovelas de Televisa. Una cara que tu viste mil veces en tu pantalla, en tu sala, en las tardes y en las noches. Imagínate el contraste. Mónica, la mujer de historia del arte y filosofía, la que repartía juguetes a los niños pobres, la que cargó en silencio la traición y el hijo de la otra, descansaba en una tumba desde hacía menos de 4 años y su lugar lo ocupaba en una catedral
con vestido de novia, una protagonista de telenovela. Esa boda fue un acontecimiento nacional. Las revistas que durante años habían vendido a la familia perfecta con Mónica, ahora vendían la nueva familia perfecta con la gaviota. Las mismas portadas, el mismo formato, solo cambiaba la mujer. El país, encantado, siguió la boda como si fuera el final feliz de una telenovela de verdad.
El gobernador viudo encontraba el amor en una estrella de la pantalla y casi nadie, en medio de ese cuento de hadas se acordó de preguntar por la mujer anterior, por la que había muerto sola, medicada, con un matrimonio herido, por la que apenas llevaba unos años bajo tierra. Así de rápido se olvida a una mujer, mi gente.
Lo que a ti te toma años de llorar a un ser querido, el espectáculo lo borra en una portada. A Mónica la sustituyeron en la foto antes de que el país terminara de preguntarse cómo había muerto. Esto es lo que quiero que entiendas, mi gente. La máquina necesitaba una esposa que se viera bien en cámara. Mónica lo fue durante 13 años hasta que se rompió por dentro y se murió.
Y cuando se fue, la máquina simplemente puso a otra en su lugar, una que brillaba más, que vendía más portadas, que completaba mejor la fotografía. Así de reemplazable era para el sistema la mujer que le dio tres hijos. En 2012, Enrique Peña Nieto ganó la presidencia de México. Gobernó hasta 2018. Y en 2019 su matrimonio con Angélica Rivera terminó en divorcio.
La segunda fotografía perfecta también se rompió. Pero esa, mi gente, es otra historia para otro día. Y aquí quiero que nos detengamos juntas a pensar en algo más grande que Mónica, más grande que Enrique, más grande que cualquier nombre. Porque la historia demónica plantea una pregunta que va mucho más allá de cómo murió.
La pregunta verdadera es esta. ¿Cómo fue posible que la muerte de una mujer rodeada de versiones contradictorias con preguntas enormes sin responder no le costara absolutamente nada al hombre que estaba en esa casa esa noche? No. ¿Cómo fue posible que en lugar de frenarlo todo aquello se acomodara, se planchara, se administrara y él siguiera subiendo hasta la silla más alta del país? La respuesta es el sistema.
Un sistema donde el hombre poderoso es el activo que hay que proteger y la mujer a su lado es la pieza que se puede reemplazar. Mónica fue útil mientras sostuvo la fotografía. Cuando se rompió, la maquinaria no se detuvo a llorarla. buscó a la siguiente y la encontró rápido, brillante, perfecta para la pantalla.
Así de frío es el cálculo. Así de barata resulta una mujer cuando lo único que importa es la carrera de un hombre. Y eso, mi gente, no es una cosa solo de famosos. Tú has visto ese mismo sistema en tu propio pueblo, en tu propia famíl. La mujer que dio la vida por un hombre y terminó olvidada, la que lo sostuvo todo y no aparece en ninguna foto de los logros.
la que cayó para no hacer olas y cuando se fue como si nunca hubiera existido. Mónica Pretelini es esa mujer, pero contada en grande delante de todo un país. Y mira la vuelta que dio todo. El hombre que parecía tenerlo resuelto, el galán de las dos fotografías perfectas, terminó con sus dos matrimonios rotos.
El primero por una muerte llena de preguntas, el segundo en un divorcio. Llegó a presidente, sí, pero su nombre quedó marcado para siempre por las dudas, por los señalamientos, por una imagen que se desgastó hasta quedar irreconocible. Hoy vive lejos, fuera de México, lejos de los reflectores que tanto cuidó.
Mientras tanto, Mónica, la borrada, la olvidada, la del relato oficial, sigue siendo recordada con ternura por sus hijos cada aniversario. Y ahora también por ti que llegaste hasta aquí. Resulta que al final la dignidad callada de una mujer pesa más en la memoria que toda la maquinaria que se construyó para taparla.
A lo mejor eso es lo más parecido a la justicia que va a haber en esta historia, que nosotras nos acordemos de ella y que la recordemos completa, porque la memoria también es una forma de defender a alguien. A Mónica nadie la defendió cuando estaba viva, ni cuando murió, ni en los años en que su historia se contó a medias.
Pero hoy, en este ratito que pasamos juntas, le devolvimos algo que el poder le quitó. su nombre completo, su dolor reconocido, su dignidad puesta por delante. Y eso, aunque parezca poco, es más de lo que le dieron en vida casi todos los que la rodeaban. Hoy cuando uno se pregunta qué quedó de Mónica Pretelini, la respuesta duele.
Quedaron sus tres hijos, Paulina, Alejandro y Nicole, que de vez en cuando en redes le dedican un recuerdo a su mamá. Quedó su nombre en un lugar que tiene una ironía tremenda. En Toluca hay un hospital materno perinatal que lleva su nombre. El hospital Mónica Pretelini Sa. Un lugar donde nacen bebés, donde llegan al mundo niños mexiquenses, hijos de mujeres pobres, las mismas mujeres a las que ella les repartía juguetes.
Su nombre grabado en un hospital de maternidad. Y al mismo tiempo su historia, la verdadera, la completa, borrada de la memoria del país. Cada año en el hospital que lleva su nombre nacen bebés. El primero del año, el primer mexiquense de cada enero, suele nacer ahí. Y casi nadie de esas familias sabe quién fue la mujer cuyo nombre está en la fachada.
saben que es un hospital. No saben que detrás de ese nombre hay una historia de traición, de silencio, de versiones que nunca cerraron. Así funciona el olvido. Convierte a una persona de carne y hueso en una placa de bronce que nadie lee. De Mónica también quedaron Paulina, Alejandro y Nicole. Tres hijos que se quedaron sin mamá siendo muy jóvenes, que crecieron con un papá que llegó a presidente con todo lo que eso significa, la exposición, los reflectores, los escándalos, las críticas y que cada cierto tiempo en sus redes
dedican un recuerdo a su madre, una foto, unas palabras. Un te extraño, mamá, porque para el país Mónica es la versión oficial en un papel. Pero para ellos tres, Mónica es la mamá que los arropaba, la que los llevaba a la escuela, la que olía a un perfume que todavía recuerdan. Y esa Mónica, la de ellos, es la que ninguna versión oficial va a poder borrarles jamás.
Esa es la última crueldad de esta historia, que de Mónica quedó un nombre en una pared y una versión oficial en un papel. Eso fue lo que el poder le permitió dejar, un nombre y la versión oficial. Y ahora déjame regresar contigo a donde empezamos a esa madrugada del 11 de enero de 2007, a esa casa con las luces encendidas a una hora en que nadie debería estar despierto.
¿Te acuerdas? Al principio de este video, esa imagen era un misterio. Una mujer llevada de urgencia, tres versiones corriendo por las redacciones, un país recibiendo una noticia que se reescribía cada pocas horas. Ahora vuelve a mirar esa imagen, pero mírala bien con todo lo que ya sabes. Ahora sabes que dentro de esa casa había una mujer que cargó en silencio la traición de su esposo, que supo de un niño nacido en otra cama y se quedó, que según la prensa seria dormía con pastillas porque el dolor no la dejaba.
que era presidenta del DIF, que repartía juguetes, que tenía un micrófono de oro y que por dentro estaba sola. Ahora sabes que cuando murió no le dieron una explicación a su familia, le dieron una versión y que esa versión hubo que sostenerla durante años con entrevistas, con documentos, con silencios bien pagados.
Esa madrugada, mientras las luces de la casa seguían encendidas, ya se estaba escribiendo la versión oficial. La versión oficial que ordenaría el caos, la versión oficial que cerraría las preguntas, la versión oficial que casi 20 años después sigue siendo lo único que el poder permitió que quedara de ella. Mónica Pretelini fue una mujer de carne y hueso, con sueños, con dolor, con tres hijos a los que amó.

Y el sistema la convirtió en un papel, en una versión oficial. Pero tú y yo esta noche hicimos algo distinto. Le devolvimos su historia, la contamos completa con sus heridas, con su silencio, con su dignidad. Y mientras alguien la cuente así, Mónica no estará del todo borrada. Esa madrugada del 11 de enero, las luces de aquella casa se quedaron encendidas hasta el amanecer.
Y cuando salió el sol, el país despertó con una versión ya lista, ya peinada, ya repartida. Casi 20 años después, esa sigue siendo la versión que aparece en cualquier biografía, pero tú ya sabes que detrás de ese papel hubo una mujer. Una mujer que estudió historia del arte porque le gustaba la belleza. Una mujer que repartía juguetes a los niños pobres.
Una mujer que perdonó, que aguantó, que sonrió con el corazón roto. Y una mujer a la que hasta el último día le tocó cargar con la versión oficial de los demás, sin que nadie le preguntara nunca cuál era la suya. Mi gente, esta familia que se junta aquí noche a noche, desde México, desde Estados Unidos, desde Colombia, desde Argentina, desde donde quiera que me estés escuchando.
Gracias por llegar hasta el final, por no dejar que estas mujeres se olviden. Dime una cosa en los comentarios. ¿Tú dónde estabas aquel enero? de 2007, cuando se supo la noticia. ¿La recuerdas? ¿Qué pensaste en aquel momento? Cuéntame, porque aquí nos leemos, aquí nos acompañamos. Y antes de irme te dejo algo para que te quedes pensando.
Hubo otra mujer en otra residencia oficial, en otro sexenio, que también lo vio todo, que también cayó durante años y que guardó un secreto que cuando salió a la luz cimbró al país entero. Esa historia te la voy a contar muy pronto. Cuídate mucho. Nos vemos en la próxima.