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Lo que Salinas ocultó de Adela Noriega: El secreto bajo llave durante 30 años

La adoraban en 100 países y desapareció sin decir adiós. Nadie la buscó. Nadie exigió explicaciones. Nadie preguntó por qué la actriz más amada de América Latina se esfumó de golpe en la cima de su carrera porque todos sabían quién había detrás y ese nombre no se tocaba. El presidente de México, el hombre más poderoso de América Latina, el hombre que cuando quería algo no lo pedía, lo tomaba.

Hay una fotografía que ningún medio se atrevió a publicar, un hijo que creció en Europa con otro apellido y una condición que ella tuvo que aceptar para que todo quedara en silencio. Y hoy por primera vez alguien lo cuenta. El silencio tiene dueño. Y hoy te voy a contar cuatro cosas que casi nadie se ha atrevido a juntar en el mismo lugar.

La primera, una fotografía que circuló en Europa y que ningún medio mexicano quiso publicar. Una foto que muestra algo que si hubiera salido en México en ese momento habría destruido presidencias y carreras. La segunda, lo que le contó a una periodista, alguien que trabajó durante años dentro de Televisa, alguien que vio cosas, que oyó cosas y que habló con la condición de que nunca dijeran su nombre.

La tercera, lo que se sabe del niño, porque hay un niño en esta historia o un joven ya. Y hay detalles, hay nombres, hay una ciudad en Europa que se repite demasiadas veces para ser coincidencia. Y la cuarta, la última vez que alguien cercano a ella la vio en persona. Lo que dijo y lo que no dijo, que es lo que más duele. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una, pero antes necesito que entiendas quién era Adela Noriega, no la figura del escándalo, la mujer.

Porque si no entiendes quién era, no vas a entender lo que perdió. Y si no entiendes lo que perdió, no vas a entender por qué el silencio que la rodea no es tranquilidad, es otra cosa. Adela Noriega Méndez nació en La Habana, Cuba, el 25 de mayo de 1969. Llegó a México de niña con su familia en uno de esos movimientos silenciosos que hacen las familias cuando la vida en un lugar se vuelve imposible.

Creció en la ciudad de México, en la colonia Narbarte, en un departamento que no era grande y en una familia que no tenía dinero ni conexiones en la industria del entretenimiento. No había nadie que pudiera abrirle una puerta. No había un tío en Televisa. No había un apellido que significara algo en los pasillos del canal.

Lo que tenía era una cara y algo más, una certeza silenciosa desde los 12 o 13 años de que quería estar del otro lado de la pantalla, no por fama, no por dinero, sino por esa razón que no tiene nombre racional y que cuando la tienes no puedes ignorarla aunque quieras. A los 14 años fue a su primera audición en Televisa, la mandaron a casa.

A los 15 fue de nuevo, otra vez a casa con esa educación helada de las empresas grandes que te dicen, “Gracias, ya te contactamos.” Y nunca contactan. A los 16 fue de nuevo y esa vez alguien la vio diferente. Y eso en el México de los años 80 podía cambiarlo todo o no cambiar nada dependiendo de quién te viera primero y qué quisiera hacer contigo.

Hay una entrevista que Adela dio en 1992, cuando ya era famosa, donde el periodista le preguntó si había pensado en rendirse en esos primeros años. Ella tardó un segundo antes de responder. “Sí”, dijo, “Muchas veces.” Eso es todo lo que dijo. No elaboró. cambió el tema, pero ese segundo de pausa y ese sí dicho con la mirada hacia otro lugar decían algo que las palabras solas no transmitían.

Recuerda esa capacidad de callar lo que pesa más. La vamos a necesitar más adelante. La vieron primero en 1987. Tenía 17 años. La pusieron en quinceañera. No era la protagonista, pero la gente empezó a voltear a verla. Había algo en ella que no era actuación, una fragilidad que no parecía ensayada, que hacía que la gente quisiera protegerla aunque estuviera detrás de una pantalla.

Muchas actrices tienen talento, pocas tienen eso y ese eso fue exactamente lo que un hombre muy poderoso vio también. Al año siguiente, 1988 llegó a puesta por un amor 30 millones de personas, cuatro de cada 10 mexicanos. En algunos países la llamaban simplemente la Adela, de como si no hiciera falta apellido.

Ese mismo año, Carlos Salinas de Gortari ganó las elecciones presidenciales de México en una votación que todavía hoy es el episodio más cuestionado de la historia política del país. La noche del recuento de votos, los sistemas informáticos del gobierno se cayeron. Cuando volvieron a funcionar, Salinas había ganado.

Dos ascensos en el mismo año, los dos en la cima, los dos en el mismo país. No tardaron en cruzarse. La cumbre de Adela llegó en 1997 con Esmeralda, vendida a más de 100 países, doblada al árabe, al ruso, al indonesio. mujeres en Filipinas y en Egipto lloraban con ella sin entender una sola palabra. Hay un momento en Esmeralda que las mujeres que la vieron recuerdan todavía.

La cámara se queda en su cara durante 12 segundos sin corte, sin parpadear, sin gesticular. Solo ella, mucargando algo invisible que todo el mundo podía sentir. Esa capacidad de conmover a millones sin decir una palabra fue lo que la convirtió en el trofeo más deseado del sistema. El talento era el imán, el poder, la trampa.

Y mientras Esmeralda se transmitía en 100 países, había una cosa que nadie en los medios mexicanos tocaba, una relación que todo el mundo en el medio conocía y que por razones que pronto vas a entender, nadie ponía en papel. Carlos Salinas de Gortari, presidente de México, el hombre más poderoso de América Latina. Recuerda este nombre porque va a aparecer en cada parte de esta historia y cada vez que aparezca va a pesar más.

Cuando el hombre más poderoso de México quería algo de Televisa, Televisa lo daba. Y en algún momento entre 1988 y los primeros años de los 90, o el hombre más poderoso de México quiso conocer a Adela Noriega. Lo que pasó después lo sabemos por fragmentos, por personas que hablaron sin querer dar la cara, por periodistas que investigaron durante años y publicaron poco porque publicar todo habría sido peligroso por una cultura del silencio que en México, cuando se trata de presidentes, funciona como una segunda piel.

Lo que sí sabemos es esto. Adela Noriega en el momento de máxima fama, en el momento en que podría haber elegido cualquier camino, en el momento en que su carrera era tan grande que parecía invulnerable, empezó a estar cerca de Carlos Salinas. Y eso en el México de esa época no era una relación, era una condición.

Las personas que estuvieron cerca del entorno de Adela en ese periodo hablan de cambios que al principio eran pequeños o su agenda empezó a manejarse de forma diferente. Había eventos a los que antes asistía y a los que de repente dejó de ir. Había periodistas con quienes antes hablaba con facilidad y que de repente encontraban un muro de silencio donde antes había acceso.

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