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La Maestra: El TERRIBLE Secreto por el que Mató a su Única Hija | Elba Esther Gordillo

Elva Ester Gordillo firmó en 1989 un secreto que terminó costándole la vida a su única hija. Durante los 24 años siguientes, Elva Ester fue la mujer más temida del país. Tenía línea directa con cuatro presidentes y decidía quién enseñaba en cada escuela pública de México, pero guardaba dentro de una caja fuerte de Polanco la única copia del documento donde estaba escrito ese secreto.

Antes de que termine este video, vas a saber qué decía exactamente esa hoja y cómo alcanzó a Mónica 30 años después. Pasé tres semanas revisando 800 páginas de expedientes judiciales y los testimonios de personas que estuvieron dentro del cene durante esos años. Quédate hasta el final porque vas a entender por qué Elva Ester está convencida hasta hoy de que la enfermedad que se llevó a Mónica en marzo de 2018 no llegó  por casualidad.

Y vas a saber lo que ella misma encontró dentro de su propia casa el día que salió de prisión.  Para millones de mexicanos, Elva Ester Gordillo fue la cara de la corrupción educativa del país. Pero los que la conocieron lejos de las cámaras la recuerdan como una mujer marcada por una pérdida tan brutal que cualquier zapato de 48,000 pesos era barato comparado con lo que ya le habían robado a los 7 años.

Pero antes de meterte en lo que pasó esa noche en el aeropuerto, hay algo que necesitas entender. Porque para comprender por qué Elva Ester Gordillos se aferró durante décadas al poder con las dos manos llenas, hay que volver a un pueblo del sur de México, a una casa con piso de tierra, a 1900, a una niña de 7 años que perdió en menos de una semana lo único que la sostenía.

Comitán Chiapas.  La casa de los Gordillo Morales estaba en una calle empinada cerca del centro del pueblo. El padre José Gordillo, comerciante de origen español, era el único adulto que Elbaester recordaba con afecto. Era el que la cargaba en hombros por las tardes, el que le compraba dulces los domingos, el que le decía, según contó una hermana mayor en una entrevista de los años 90, que iba a ser una mujer importante cuando creciera.

Una mañana de septiembre de 1952, José Gordillo se quejó de un dolor agudo en el pecho. Para la noche del mismo día, había muerto de un infarto sin que ningún médico del pueblo llegara a tiempo. Estela Morales, su esposa, quedó viuda a los 32 años con cuatro hijos a cargo y sin ahorros suficientes para mantener la casa.

Lo que vino después fue lo que terminó de moldear a la niña. Estela vendió los pocos muebles de la familia, abandonó Comitán y se mudó a la Ciudad de México con sus hijos a vivir de prestado en habitaciones de azotea de casas ajenas. Trabajó de empleada doméstica lavando ropa de mujeres más ricas que ella.

Y Elva Ester, con 7 años empezó a entender en silencio una regla que aplicaría sin culpa durante toda su vida adulta.  El dinero es lo único que evita que te traten como a un perro. Y antes de cumplir los 12, Elba Ester tomó una decisión que su madre nunca le perdonó del todo. Se metió en la cabeza la idea de que iba a ser maestra y no por vocación.

Entró a la Escuela Normal de Maestras de Comitán porque era la única institución que ofrecía a las hijas de mujeres pobres un título,  un sueldo del Estado y una posición social en un mismo paquete. La beca incluía alojamiento, comida y libro. Al graduarse, el gobierno mexicano garantizaba una plaza fija con sueldo de por vida.

Para una niña que había visto a su madre lavar ropa de otras mujeres para sobrevivir, ese sueldo era más que un trabajo. Era una promesa de que nunca más iba a vivir de prestado en la azotea de nadie. Se graduó a los 18 años. La asignaron a la primaria rural Benito Juárez de Berrio Zábal, un pueblo polvoriento del centro de Chiapas con menos de 3,000 habitantes y una sola calle pavimentada.

llegó con dos vestidos dentro de una maleta de cartón y un sueldo mensual de 1200 pesos mexicanos del año 1963. Lo que vio dentro de esa escuela durante su primer mes le cambió para siempre la manera de pensar el oficio.  La directora, una mujer llamada doña Aurelia Mendoza, le pidió un viernes por la tarde después de la última clase que se quedara una hora más para hablar en privado.

Y en esa hora, sentada en una silla de madera frente al escritorio de la directora,  Elva Ester escuchó una explicación que ya nadie da hoy en voz alta dentro del sistema educativo mexicano. Doña Aurelia le explicó que el sueldo del Estado era  apenas la base, que encima de ese sueldo había otras cosas, cuotas mensuales para el partido oficial y apoyos forzados para el delegado regional del PRI,  además de asistencia obligatoria a cada miting que convocara la sección sindical y que si Elva Baester quería pizarrón nuevo, Tisa

para todo el año y libros para los niños, tenía que entender desde el primer mes cómo funcionaba ese segundo sueldo. paralelo que el gobierno mexicano había construido durante medio siglo alrededor del magisterio. El Baester salió de esa oficina sin decir una palabra. Caminó las cuatro cuadras que separaban la escuela de su cuarto rentado.

Esa noche,  según contó muchos años después una compañera maestra de aquella escuela, no encendió la luz ni salió a cenar. se quedó sentada sobre la cama mirando la pared durante 6 horas y a las 5 de la mañana, antes de que saliera el sol, ya tenía clara la decisión que iba a marcar el resto de su vida adulta. Iba a aprender exactamente cómo funcionaba ese segundo sueldo y después iba a ser quien decidiera cuánto cobraba cada quien dentro de él.

A los 20 años se afilió al sindicato. Para los 25 había escalado hasta la dirigencia  local de Chiapas. Y a los 44, en abril de 1989, ocurrió la conversación que cambió por completo el resto de su vida. Esa conversación se mantuvo en secreto durante años. se hizo dentro de una habitación cerrada de Los Pinos y en esa habitación había tres personas, pero el contenido exacto de lo que se dijo ahí dentro está dentro de la misma caja fuerte de Polanco que mencioné al principio y sigue sin abrirse hoy, casi 40 años después, porque la persona que

entró a esa habitación, siendo una dirigente sindical de segundo nivel, salió convertida en la mujer más poderosa de México y nadie en tres décadas de cobertura periodística sobre Elva Baer Gordillo ha conseguido reconstruir exactamente lo que pasó esa tarde de abril. Pero antes de llegar a esa habitación de Los Pinos, hay otra cosa que necesita saber, porque a los 34 años, Elva Baer había dado a luz a una niña que iba a ser durante el resto de su vida la  única persona en el mundo por la que estaba dispuesta a

romper sus propias reglas.  Esa niña se llamó Mónica Riola Gordillo y 39 años después su muerte iba a doblar a la mujer más poderosa de México de una forma que ni 5co años de cárcel habían conseguido. Mónica nació un sábado de noviembre de 1974 dentro de un hospital del seguro social en la ciudad de México.

Su padre, Justo Lozano, era un compañero maestro con el que Elva Ester había vivido casada durante apenas 3 años. El matrimonio terminó casi al mismo tiempo que el embarazo  y cuando Elbava Ester salió del hospital con la niña en brazos, ya estaba sola. Para los compañeros de Elva Ester en la dirigencia del Cente, aquella maternidad fue una sorpresa incómoda.

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