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Julio Iglesias Fue Humillado Por Fidel Castro — ‘Marioneta Capitalista’ — Lo Que Respondió Lo Calló

La Habana. Marzo de 1987. Palacio de la revolución. El corazón del poder cubano. 300 personas en el gran salón. Ministros, generales, embajadores de países aliados, la élite del régimen comunista. Y en el centro de todo, Fidel Castro, el comandante, el hombre que había desafiado a Estados Unidos durante 30 años, el líder máximo.

Esa noche había un invitado especial, Julio Iglesias, el cantante español, el hombre que vendía millones de discos en el mundo capitalista, el hijo de un médico que había atendido a Franco. Castro lo había invitado personalmente. Un gesto de apertura cultural, habían dicho los periódicos, un puente entre dos mundos. Pero Castro tenía otros planes.

A mitad de la cena se levantó, tomó el micrófono y miró directamente a Julio. Compañeros, tenemos un invitado interesante esta noche. Su voz era tranquila, pero sus ojos no lo eran. Julio Iglesias, el cantante de las masas, el favorito de los burgueses, el hombre que canta sobre el amor mientras su pueblo sufre.

El salón quedó en silencio. Dime, Julio. Castro caminó hacia él lentamente, como un depredador. ¿Cómo se siente ser una marioneta del capitalismo? ¿Cómo se siente vender tu alma por dólares? ¿Cómo se siente cantar para los que explotan a los pobres? 300 personas miraban sin respirar, esperando que Julio se derrumbara, que pidiera perdón, que agachara la cabeza.

Pero Julio hizo algo que nadie esperaba. Se levantó, caminó hacia Castro hasta quedar a 1 metro de distancia. lo miró a los ojos y dijo, “Comandante, ¿puedo responderle con una pregunta?” Lo que preguntó dejó a Castro sin palabras por primera vez en 30 años. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender por qué Julio estaba en Cuba.

En 1987, Fidel Castro cumplía 30 años en el poder, 30 años de revolución, 30 años de embargo americano, 30 años de aislamiento. Pero algo estaba cambiando. La Unión Soviética se debilitaba. Gorbachev hablaba de apertura y Castro, siempre estratégico, buscaba nuevas alianzas. Europa, España especialmente el país que había sido madre de Cuba y que ahora tenía dinero, influencia, cultura. La idea surgió de un asesor.

Comandante, necesitamos un gesto cultural, algo que muestre que Cuba está abierta, que no somos los monstruos que pinta Washington. ¿Qué propones? Invitar a alguien famoso. Un artista, un símbolo. ¿Quién? Julio Iglesias. Castro frunció el seño. El cantante de baladas. El cantante más famoso del mundo, comandante, 300 millones de discos vendidos, llena estadios en todos los continentes y es español.

Si viene a Cuba, el mundo lo verá. Verán que somos civilizados, que amamos la cultura, que no somos lo que dicen que somos. Castro pensó largo rato. Hay un problema, dijo finalmente. Su padre era médico de Franco. Julio creció en la España fascista. Es un producto del capitalismo, todo lo que represento contra. Por eso es perfecto, comandante.

Si él viene, significa algo. Si él canta para Cuba es una victoria. Castro sonríó. Una sonrisa que sus asesores conocían bien. La sonrisa del estratega. Invítenlo. Pero no será solo un concierto, será una lección para él y para el mundo. Julio recibió la invitación en Miami a ironía de ironías. Miami, la ciudad llena de exiliados cubanos, la ciudad que odiaba a Castro más que ninguna otra.

Su manager estaba horrorizado. No puedes ir, Julio. ¿Por qué no? Porque Castro es un dictador. Porque los cubanos de Miami nunca te lo perdonarán. Porque es una trampa. Una trampa. Castro no te quiere allí para cantar, te quiere allí para usarte, para propaganda. Julio leyó la invitación de nuevo.

Un concierto benéfico para la cultura cubana. Tres días en La Habana. Alojamiento en el mejor hotel. Audiencia con el comandante. ¿Sabes qué veo aquí? Dijo Julio. ¿Qué? Una oportunidad. ¿Oportunidad de qué? ¿De cantar para los cubanos? No para Castro, para la gente. Gente que no puede comprar mis discos, que no puede salir de su isla, que solo escucha mi música en radios clandestinas.

Ellos merecen un concierto. Julio, no entiendes política. Tienes razón. No la entiendo. Solo entiendo música. Y la música no tiene banderas. Julio aceptó la invitación. La noticia causó escándalo. En Miami, los exiliados protestaron. Traidor, vendido, amigo de dictadores. Julio no respondió, solo preparó su equipaje y voló a La Habana sin saber lo que le esperaba.

Julio llegó a La Habana el 15 de marzo de 1987. El aeropuerto José Martín lo recibió con calor húmedo y con guardias armados. Un convoy lo llevó al hotel nacional, el hotel de los famosos, donde habían dormido Hemingway, Sinatra, Churchill, antes de la revolución. Ahora era un museo de lo que fue, elegante, pero deteriorado, hermoso, pero triste.

Como toda Cuba, Julio tuvo dos días libres antes del concierto. Caminó por la Habana con guardaespaldas, pero caminó. Vio los edificios coloniales derrumbándose lentamente. Vio los coches americanos de los años 50, todavía funcionando por milagros de mecánica. vio a la gente, gente que lo reconocía, que susurraba su nombre, que le sonreía desde lejos, pero que no se acercaba, porque había ojos vigilando.

Siempre había ojos vigilando. Una noche, en un bar del malecón, un hombre se sentó junto a él, viejo, rostro curtido por el sol, manos de trabajador. “Ustedes, Julio Iglesias”, dijo en voz baja. “Sí, mi esposa escucha sus canciones. Tenemos una radio. Cogemos Miami por las noches, cuando no hay interferencia. Es peligroso, pero lo hacemos porque su música nos hace olvidar.

Olvidar que el hombre miró alrededor verificando que nadie escuchaba. Olvidar que estamos presos en nuestra propia isla. Olvidar que nuestros hijos se fueron en balsas. Olvidar que no tenemos nada, solo música y esperanza de que algún día no terminó la frase, se levantó, desapareció. En la noche, Julio se quedó solo mirando el mar, pensando en lo que había escuchado y en lo que diría cuando viera a Castro.

La noche antes del concierto, Castro organizó una cena de gala, Palacio de la Revolución, 300 invitados, la élite del régimen. Julio fue colocado en la mesa de honor a 3 m de Castro. La cena comenzó cordial. Brindis por la cultura, brindis por la amistad hispanocubana, brindis por el arte.

Castro hablaba con todos, encantador, carismático, el seductor que había conquistado a medio mundo. Pero Julio notaba algo. Los ojos de Castro volvían a él una y otra vez, evaluando, calculando, esperando. A las 10 de la noche, Castro se levantó. El salón guardó silencio. Compañeros, esta noche tenemos un invitado especial. Aplausos educados.

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