de durante 27 años hubo una voz que entraba a tu casa cada noche sin pedir permiso. Tú la dejabas pasar, apagabas la estufa, te sentabas, le bajabas el volumen a los niños y esperabas a que ese hombre de lentes y traje oscuro te dijera qué había pasado en México ese día. Si él lo decía, era verdad. Si él no lo mencionaba, para muchos era como si no hubiera ocurrido.
En tu sala, en tu cocina, en tu recámara, esa voz grave decidía cuál era la realidad del país. Y aquí está la parte que casi nadie se atreve a contar. El hombre que durante casi tres décadas decidió lo que México podía ver, lo que México podía llorar y lo que México debía olvidar, no pudo decidir lo que le pasó a su propio hijo.
El 22 de septiembre de 2018, un mensaje empezó a correr de teléfono en teléfono por toda la Ciudad de México. Pedían donadores de sangre con carácter de urgente, sangre o negativo o b negativo en el banco del hospital ABC de Santa Fe. El nombre del enfermo era Abraham Sabludowski Nerubay, el hijo del hombre más poderoso de la televisión mexicana, el heredero de un apellido que durante décadas abrió todas las puertas del país.
Ahora necesitaba la sangre de desconocidos para seguir vivo. ¿Cómo llega el hijo de Jacobo Sabludowski a una cama de hospital pidiendo sangre prestada? ¿Cómo se derrumba una dinastía que parecía intocable? ¿Y por qué nadie en aquella poderosa Televisa que los crió movió un dedo para defenderlos? Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre el rostro más poderoso de la televisión mexicana.
Primero, como un hijo de inmigrantes que creció entre los puestos del mercado de la merced terminó convertido en el guardián de la versión oficial durante los años más duros del poder en México y a quién tuvo que aplastar para llegar ahí. Segundo, la verdad sobre la frase que lo persiguió hasta la tumba, esa de hoy fue un día soleado.
¿Quién la dijo? ¿Quién jura que nunca la dijo? y por qué se volvió la condena de toda una época. Tercero, como el apellido Sabludowski, que parecía blindado por la empresa más grande de habla hispana, empezó a romperse con un escándalo de millones, el nombre de un Salinas de por medio y una traición que vino de la misma casa que lo había levantado.
Y cuarto, ¿qué fue de ese hijo? ¿Qué quedó del imperio? ¿Y por qué el hombre que controló la realidad de un país entero murió sin poder controlar la suya? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que todo esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a este hombre.
Porque esta historia no empieza el día que el apellido se quebró, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Ciudad de México, 24 de mayo de 1928. En una casa de la calle del doctor Barragán, en la colonia Doctores, nació un niño al que pusieron por nombre Jacobo.
Sus padres, David Sabludowski y Raquel Kraveski, habían llegado de Polonia apenas dos años antes, huyendo de una Europa donde ya se sentía el olor del odio que después incendiaría al mundo. Cuenta la historia familiar que David eligió México casi por azar por un folleto que encontró en el barco entre dos destinos posibles, Nueva York o Buenos Aires.
Pudo ser otro país. Fue México. Desde sus primeros meses, el pequeño Jacobo vivió en el barrio de la Merced. Imagínate ese lugar, el mercado más grande y más bravo de la ciudad. puestos, gritos, polvo, frutas pudriéndose al sol, costales, regateos, idiomas mezclados, el olor a comida y a sudor desde el amanecer.
Un hijo de inmigrantes con un apellido impronunciable, creciendo entre comerciantes que entendían una sola ley. El que no sube lo aplastan. Ahí, entre esa marea de gente, un niño aprendió algo que le serviría toda la vida, que las palabras pueden abrir lo que el dinero no compra, que una voz firme hace que los demás se callen y escuchen, y que en México quien controla el relato controla algo mucho más peligroso que una fortuna.

Controla lo que la gente cree que es verdad. Hay algo que entienden muy pronto los hijos de quienes llegaron de lejos sin nada. David y Raquel cruzaron el océano huyendo de una Europa que pronto iba a convertirse en una tumba para millones de personas como ellos. Llegaron a un país extraño, con otro idioma, otras costumbres, otra comida y se pusieron a trabajar en el comercio, en las telas, en lo que cayera, para echar raíces donde nadie los esperaba.
Un niño que crece viendo a sus padres empezar de cero, que escucha de fondo la historia de la persecución, aprende algo en los huesos, que la seguridad no dura para siempre, que hay que construir una posición tan alta, tan sólida, que nadie pueda volver a quitártela. Jacobo construyó esa posición y la construyó tan grande que terminó creyendo quizá que su familia ya estaba a salvo para siempre.
Ese fue su gran logro y sin que él lo supiera, también la semilla de la tragedia. Porque a su hijo le heredó esa misma necesidad de estar arriba, de ser indispensable, de no caer nunca, sin enseñarle qué hacer el día que el suelo se abriera bajo sus pies. En esa misma familia había otro Abraham, no el hijo que años después cargaría con la sombra.
El hermano mayor de Jacobo, Abraham Sabludowski, nacido en 1924, también en una familia marcada por el destierro, él eligió un camino distinto, el concreto, los planos, la piedra. se volvió uno de los grandes arquitectos de México, el hombre que levantó, entre muchas otras obras, el museo Rufino Tamayo, edificios que todavía puedes tocar con las manos, que siguen de pie, aunque hayan pasado los gobiernos y los presidentes.
Mientras este Abraham levantaba muros para que la gente entrara, su hermano Jacobo empezaba a levantar otra clase de muros, muros invisibles dentro de la cabeza de un país entero. Guarda ese nombre, Abraham, porque va a volver y cuando vuelva ya no va a ser un arquitecto, va a ser un hijo y el peso que va a cargar será insoportable.
Jacobo entró al periodismo muy joven en 1946 como ayudante de redactor en una cadena de radio. Se hizo abogado en la Universidad Nacional y cuando la televisión mexicana apenas nacía hacia 1950, ahí estaba él metiendo las manos en una bestia recién parida que todavía no sabía lo que iba a hacer. Otros vieron una novedad.
Jacobo vio un trono. Entendió antes que casi nadie que la televisión no servía solo para informar. Servía para decidir qué entraba al cuadro y qué se quedaba fuera, golpeando el vidrio sin permiso para existir. Y él estuvo ahí desde el primer día. Jacobo había empezado en la radio en 1946. como ayudante de redactor, ganándose la vida con la voz mientras estudiaba leyes.
Cuando la televisión llegó a México en 1950, él ya estaba adentro entre los que la estaban inventando. Produjo y dirigió uno de los primeros noticieros profesionales del país, el llamado noticiero General Motors, en aquellos años en que la pantalla era una novedad mágica que poquísimas familias tenían en casa. Piénsalo bien.
Mientras la mayoría de los mexicanos todavía se enteraban de las cosas por el periódico o por la radio, ya había un joven abogado entendiendo que esa cajita iba a cambiar para siempre la forma en que un país se miraba a sí mismo. Para cuando se graduó de abogado en la Universidad Nacional en 1967, ya llevaba dos décadas formándose en el oficio que lo haría inmortal.
No improvisó su poder, lo construyó ladrillo por ladrillo durante años, hasta que una noche de 1970 se sentó frente a la cámara de 24 horas y el país entero, sin saberlo, le entregó las llaves de la realidad. El 7 de septiembre de 1970 salió al aire por primera vez un noticiero que iba a cambiarlo todo. Se llamaba 24 horas.
Y con él, Jacobo Sabludowski dejó de ser un periodista más. Se convirtió en una costumbre nacional, una presencia que se sentaba todas las noches frente a millones de familias mexicanas. Durante 27 años hasta el 19 de enero de 1998, 24 horas fue el noticiero más visto de México. Las cenas se enfriaban, las pláticas se cortaban y en miles de casas empezó a circular una frase que valía más que cualquier titular de periódico.
Lo dijo Jacobo. Esas tres palabras eran una sentencia. Si Jacobo lo dijo, era cierto. No había nada más que discutir. Detente y recuerda ese ritual por un segundo. Quizá tú llegabas cansada de trabajar, de la casa, de los hijos. Quizá ponías la mesa, calentabas la cena y a cierta hora todo en la casa se acomodaba alrededor de la televisión.
Primero en blanco y negro, después a color. Ese aparato era el corazón de la sala. Y cuando aparecía la cara de Jacobo con sus lentes, su traje impecable, esa forma tan suya de mirar a la cámara, en muchas casas se hacía un silencio especial, como si entrara a una visita importante. Para millones de familias mexicanas, ese hombre era casi de la familia, el señor serio que llegaba todas las noches a contarte cómo estaba el mundo antes de ir a dormir.
Y esa cercanía, esa confianza era justamente su arma más poderosa. Porque Jacobo no solo daba noticias, Jacobo hacía carreras, decidía quién subía y quién se quedaba en la banca, apostaba por reporteros jóvenes sin mañas y los lanzaba al estrellato. Hay una historia que lo retrata entero. La mamá de una jovencita llamada Valentina Alasraki tocó a su puerta para ver si tenía algún empleo para su hija.
¿Con qué armas llegaba la muchacha? Hablaba tres idiomas. Jacobo le ofreció nada menos que la corresponsalía en el Vaticano, el premio mayor para cualquier periodista. Valentina, aterrada, le preguntó qué iba a hacer y él le respondió con una sola frase: “Tú escribe lo que veas. Así de grande era su poder.
Con una palabra podía mandar a una desconocida al otro lado del mundo a cubrir al Papa y con un silencio podía borrar a quien quisiera. Y mientras Jacobo decidía la realidad de un país desde un escritorio, su hermano mayor seguía levantando otra cosa en el otro extremo de la familia. El arquitecto Abraham Sabludowski construyó algunas de las obras más reconocidas de México del siglo XX.
Trabajó de la mano del también arquitecto Teodoro González de León en proyectos que todavía hoy puedes visitar. El museo rufino Tamayo en el bosque de Chapultepec es suyo. Concreto, líneas duras, espacios pensados para que la gente entrara y se quedara durante generaciones. Mientras un Sabludowski moldeaba lo que la gente creía, el otro Sabludowski moldeaba la piedra.
Uno trabajaba con algo que se borra en segundos, una transmisión que se apaga. El otro con algo que dura 100 años. Esa diferencia que ahora parece un detalle lo va a explicar todo al final de esta historia. Recuérdala. Pero detrás de esa voz tranquila había una maquinaria y para entenderla tienes que entender el México de aquellos años.
Un país gobernado durante más de 70 años por un solo partido, el revolucionario institucional, el PRI, que manejaba la nación casi como si fuera de su propiedad. En ese México, Televisa funcionaba casi como una catedral, mucho más arriba de cualquier empresa de entretenimiento, una extensión del palacio presidencial con antenas.
Y Jacobo, con su voz grave, con su rostro inmóvil, con esa manera de hablar, como si cada palabra ya hubiera sido revisada por la historia, se convirtió en el sacerdote de esa catedral. No era ningún ignorante. Ese es justo el punto más incómodo de toda esta historia. Jacobo era culto, brillante, con una memoria temible.
Entrevistó a los hombres más poderosos e inalcanzables del siglo XX. fue el único reportero mexicano que estaba en La Habana el primero de enero de 1959, cuando Fidel Castro entró triunfante en la ciudad y desde ahí entrevistó al Cheeguevara y a los revolucionarios. Años después, en 1976, una entrevista suya con Fidel Castro le valió el premio nacional de periodismo.
Conversó con Salvador Dalí, con el chelista Pablo Casals, con María Félix, con Cantinflas. Se movía entre genios, divas y presidentes, como si hubiera nacido para sentarse en su misma mesa. Y no era pose. Cuando se sentó frente a Salvador Dalí, el pintor más extravagante del siglo, Jacobo lo dejó hablar, lo siguió en sus locuras, le sacó frases que dieron la vuelta al mundo.
Cuando entrevistó a Pablo Casals, el chelista catalán exiliado, fue el único periodista que lo logró. Conversó con María Félix, la diva indomable del cine mexicano y con Cantinflas, el cómico más querido del país. Incluso tuvo un guiño con el cine. Apareció en una película junto a Cantinflas, interrogando muy serio sobre un cuerpo desaparecido, como si la realidad y la ficción se mezclaran en su propia figura.
Esa era la paradoja de Jacobo, un hombre genuinamente culto, capaz de dialogar de igual a igual con los grandes espíritus de su tiempo y al mismo tiempo el rostro de un sistema que le pedía guardar silencio sobre las heridas de su propio país. Talento de sobra y una línea que aprendió a no cruzar.
Esa combinación es justo la que lo vuelve tan difícil de juzgar. Y cuando el terremoto de 1985 partió en dos a la ciudad de México, su voz volvió a aparecer como un refugio. Narró las ruinas, el polvo, los edificios caídos, los cuerpos buscados entre los escombros. Por un momento, hasta sus críticos tuvieron que reconocerlo.
Jacobo sabía estar en medio de la tragedia. Ahí parecía humano, ahí parecía necesario, ahí parecía estar del lado del dolor. Y esa es la parte más difícil de digerir de toda esta historia, porque los hombres más peligrosos casi nunca parecen monstruos. A veces son profesionales impecables. A veces aman los libros y coleccionan tangos de Carlos Gardel.
A veces saben consolar a un país después de un temblor y al mismo tiempo saben callar frente a las heridas que el poder prefiere que nadie mire. Y este es el corazón de todo lo que te voy a contar. Es muy fácil pintar a Jacobo como un villano de caricatura. Sería cómodo, pero sería mentira. El hombre que ayudó a sostener el silencio del poder es el mismo que se sabía de memoria, la literatura, que coleccionaba tangos, que formó a periodistas que después serían leyenda, que estuvo en La Habana cuando entró la revolución y en las calles cuando se
cayó la ciudad en el 85. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo y eso es lo que vuelve a esta historia tan humana y tan inquietante. Porque si los hombres que hacen daño fueran siempre monstruos evidentes, sería fácil cuidarse de ellos. El problema es cuando vienen con corbata, con buena adicción, con una voz que te tranquiliza antes de dormir.
El problema es cuando aprendes a quererlos y entonces dejas de hacerte preguntas. Y aquí, antes de seguir, necesito que conozcas a alguien, porque en esta historia hay una primera persona que pagó el precio del silencio de Jacobo y tiene nombre y apellido. Se llamaba Julio Sherer García. Era el director del periódico Excelsior, el diario más independiente y respetado de México en aquellos años.
Un hombre que se atrevía a publicar lo que otros se tragaban. Recuerda ese nombre, Julius Herer, porque lo que le pasó a él te va a explicar cómo funcionaba de verdad la maquinaria que Jacobo ayudó a proteger. Lo dijo Jacobo, decían en las casas. Pero lo que Jacobo callaba también se volvía verdad por la fuerza del silencio.
Y eso lo vas a entender en un momento. Para entender lo que le pasó después al hijo, primero hay que ver la maquinaria funcionando. No en una clase de historia de los medios, en carne y hueso. Estamos en 1976. Julio Sherer García dirige Excelsior y bajo su mando el periódico se ha vuelto incómodo para el gobierno del presidente Luis Echeverría.
publica críticas, da espacio a voces que el poder quería en silencio. Y entonces, ese verano ocurre lo que en México se conoce como el golpe a Excelsior. A través de presiones y maniobras orquestadas desde el poder, Sherer es expulsado de la dirección del periódico que había levantado. Lo sacan.
Con él se van decenas de los mejores periodistas del país y Sher, en lugar de rendirse funda meses después una revista que se volvería leyenda. proceso. La publicación que durante medio siglo le clavaría las uñas al poder mexicano y cómo se sacó a un director del periódico que él mismo había levantado. Y no hizo falta un solo tanque, bastó con un truco mucho más mexicano.
Celsiure funcionaba como cooperativa y desde el gobierno de Echeverría se movieron los hilos para fabricarle a Sherer una rebelión interna, una asamblea amañada, presiones, dinero, promesas a unos cuantos cooperativistas. El 8 de julio de 1976, Sherer fue obligado a salir y se fue con la cabeza en alto, llevándose con él a lo mejor del periodismo mexicano.
Mientras eso pasaba a plena luz del día, en la televisión esa noche, nadie te contó la verdad completa de lo que le estaban haciendo al periódico más valiente del país. ¿Te suena el patrón? Quítale la voz al que incomoda y deja que la pantalla diga otra cosa. ¿Y qué tiene que ver Jacobo Sabludowski con esto? Mucho.
En aquel entonces, Jacobo era el director de noticias de Televisa, el hombre más influyente de la información en el país. Y el propio Vicente Leñero, escritor y fundador de Proceso junto a Sher, lo señaló sin medias tintas. Según el relato que dejó Leñero, Sabludowski fue uno de los grandes orquestadores de la campaña mediática contra el Excelor de Sherer.
Esta es una versión que viene del bando de Sher periodistas, de los que vivieron el golpe desde adentro. No fue probada en un tribunal, pero quedó escrita con nombre y firma en la historia del periodismo mexicano y dibuja con una claridad escalofriante cómo funcionaba el sistema. Piénsalo un momento. Mientras una voz amable entraba a tu sala a darte las buenas noches, ese mismo aparato podía estar ayudando a destruir al periodista que se atrevía a contar la verdad.
Por fuera la corbata, la calma, la elegancia. Por dentro la maquinaria moliendo a quien se saliera de la línea. Esa era la catedral y Jacobo era su voz. Los periodistas de aquella empresa describían a Jacobo de una manera que lo resume todo. Decían que era el alfil perfecto del poder, un hombre que saltaba cuando olía una noticia, pero que al reportarla jamás cruzaba la línea que su empresa y el gobierno le habían trazado.
Ese poder no apareció de un día para otro. Antes de 24 horas, Jacobo había conducido un programa llamado Café Matutino y antes El diario en Escafé, Ensayos de lo que vendría. Y después de 24 horas, su imperio creció todavía más. En 1988 nació Eco, un canal de noticias las 24 horas del día.
Una idea adelantada a su tiempo, pensada para llevar la información de Televisa a todo el mundo de habla hispana. Jacobo hacía mucho más que conducir. Dirigía toda la maquinaria de noticias de la empresa más grande en español del planeta y desde esa silla se decidían cosas que tú nunca veías. Porque el verdadero poder de Jacobo vivía en lo que decidía callar.
En los silencios pesaba más que en las palabras frente a la cámara. No siempre hacía falta mentir de frente. Bastaba con cambiar el orden de las noticias. Bastaba con bajar el tono de una y subir el de otra. Bastaba con no repetir cierto nombre, con convertir una herida nacional en un comentario breve, limpio, fácil de tragar y pasar de inmediato al clima o al fútbol.
piénsalo. Una madre que perdió a su hijo en una manifestación necesitaba que el país lo supiera y bastaba con que ese dolor durara 15 segundos en pantalla, sin nombres, sin rostros, para que al día siguiente fuera como si no hubiera pasado nada. Esa era la verdadera maquinaria, silenciosa, elegante, imposible de demandar.
Durante años ese modelo funcionó casi sin grietas. Televisa y el partido en el poder caminaban tan juntos que costaba saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Los analistas lo llamaron la presidencia imperial, un país manejado desde arriba, donde la televisión era el altavoz oficial y Jacobo su voz más confiable.
Pero todo imperio empieza a agrietarse. Hacia el final de 24 horas, la audiencia comenzó a bajar. La gente ya intuía lo que pasaba. Sentía que ese noticiero estaba demasiado cerca del gobierno como para contarle toda la verdad. Y entonces, en 1993, nació la competencia de verdad, una nueva televisora con noticieros que se atrevían a usar.
un tono más directo, más crítico, que le hablaban distinto a un país que estaba cambiando. Por primera vez en décadas, los mexicanos tenían a quien cambiarle y muchos le cambiaron. El monopolio de la voz ese que Jacobo había encarnado durante toda su vida empezaba a romperse. Lo que él no sabía es que esa misma grieta terminaría tragándose a su propio hijo.
Y aquí viene lo primero que te prometí. Te prometí contarte cómo un niño de la Merced. ¿Y a quién tuvo que aplastar para llegar ahí? La respuesta es esta. Jacobo no llegó a la cima solo por talento, aunque lo tenía de sobra. Llegó porque entendió mejor que nadie que en el México de aquellos años la información no se reportaba, se administraba.
Y el precio de esa administración lo pagaron hombres como Julio Sher, que prefirieron perder su periódico antes que perder su voz. Por cada Jacobo que subía obedeciendo había un sheder que caía por no callar. Esa era la regla no escrita del oficio en aquel México y la entendió también que la convirtió en su forma de vivir.
Quizá tú conoces a alguien que dio todo por hacer las cosas bien, por decir la verdad, por no agachar la cabeza. Y quizá viste como a ese alguien lo hicieron a un lado mientras los que se quedaron callados subían. Quizá esa persona fuiste tú. Eso fue exactamente lo que pasó en el periodismo mexicano de aquellos años, pero multiplicado por un país entero que veía la televisión todas las noches y no sabía lo que estaba ocurriendo detrás del vidrio.
Hubo un momento en que las cosas pudieron ser distintas. A mediados de los años 80, la cadena Univisión en Estados Unidos anunció que su nuevo director de noticias iba a ser Jacobo Sabludowski. Parecía un salto enorme, la voz de México conquistando la televisión hispana del norte. Pero ocurrió algo que Jacobo no esperaba.
Los periodistas cubanos y latinoamericanos que trabajaban ahí se revelaron. Lo rechazaron de frente. Lo acusaron de representar justo el tipo de periodismo solemne, oficial y siempre alineado con el gobierno que ellos habían huído de sus propios países. El conflicto escaló tanto que casi toda la redacción amenazó con renunciar y la candidatura de Jacobo se cayó.
regresó a México y volvió a sentarse en la silla de 24 horas otros 12 años. Vale la pena detenerse en eso porque es revelador. Aquellos periodistas que lo rechazaron en Estados Unidos eran muchos de ellos exiliados. Gente que había huído de gobiernos que controlaban la prensa, que sabía oler de lejos a un periodista demasiado cómodo con el poder.
Y lo olieron en Jacobo de inmediato. Vieron en él justo lo que habían dejado atrás. Para ellos, ese hombre encarnaba justo el ejemplo de lo que un periodista no debía ser. Dentro de México, protegido por el sistema, Jacobo era una institución. Afuera, donde nadie le debía nada era otra cosa. Esa doble imagen, venerado en casa y desconfiado fuera, lo acompañó toda la vida y le enseñó una lección que aplicó sin darse cuenta a su propia familia, que el poder solo vale dentro del castillo que lo sostiene.
El día que ese castillo decide soltarte, no hay apellido que te salve. El mensaje era claro. Afuera del paraguas del poder mexicano, aquella voz pesaba menos. Dentro era intocable. Y un hombre que ha sido intocable durante tanto tiempo cría a sus hijos creyendo que ellos también lo serán. Ese fue el error más grande de Jacobo Sabludowski y lo iba a pagar alguien más.
Ahora tenemos que hablar de la frase, la que lo persiguió toda la vida, la que todavía hoy, cada 2 de octubre, vuelve a aparecer como una mancha imposible de quitar. Hoy fue un día soleado. Para entenderla hay que volver a la noche más oscura de México. 2 de octubre de 1968, Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.
Faltaban 10 días para que México le mostrara al mundo la cara limpia de los Juegos Olímpicos. Y esa tarde, en una plaza llena de estudiantes que se manifestaban, el ejército y un grupo paramilitar conocido como el batallón o limpia abrieron fuego. En el suelo quedaron cuerpos, zapatos perdidos, vidrios rotos, gritos apagados por las botas.
El número exacto de muertos sigue sin conocerse. Hasta hoy hubo desaparecidos. Hubo madres que salieron esa noche a buscar a sus hijos y nunca volvieron a verlos. Para entender el tamaño de lo que se cayó, hay que recordar qué eran esos jóvenes. Durante meses de 1968, miles de estudiantes habían salido a las calles a pedir cosas tan simples como libertad, diálogo, el fin de la represión.
Eran muchachos de preparatoria y universidad. Hijos de familias como la tuya y como la mía, jóvenes que salieron a pedir ser escuchados nada más. Y el gobierno, obsesionado con que nada empañara los Juegos Olímpicos que estaban a la vuelta de la esquina, decidió aplastarlos. Esa tarde del 2 de octubre, francotiradores apostados en los edificios dispararon.
El ejército respondió y la plaza se convirtió en una trampa. Hubo personas detenidas, torturadas, desaparecidas en los días siguientes. La prensa extranjera publicó imágenes que le dieron la vuelta al mundo. Y aquí, en México, en la pantalla a la que millones de familias le creían, la versión oficial habló apenas de unos disturbios.
Una palabra, disturbios para tapar una de las heridas más profundas de la historia del país. Imagínate la escena porque pudo ser la de tu propia familia. Es de noche. En una casa cualquiera de la Ciudad de México, una madre prende la televisión con el corazón en la garganta. sabe que algo pasó en Tlatelolco. Lo escuchó en la calle, en susurros, entre vecinas asustadas.
Su hijo estudiante no ha llegado y ella espera frente al aparato que alguien le diga qué ocurrió, dónde están los muchachos, qué hacer. La pantalla se enciende, aparece la voz de siempre, tranquila, profesional y esa voz le habla del clima, de la ciudad, de cualquier cosa, menos de lo único que esa madre necesita saber.
Multiplica esa escena por miles de hogares. Esa fue la función real de aquella televisión, mandar a esa madre a dormir tranquila mientras el país se tragaba a sus hijos. Y por eso dijera o no dijera Jacobo aquella frase del día soleado, el daño ya estaba hecho. Porque el verdadero crimen estaba en todo lo que es noche y tantas otras se decidió callar.
Una oración sobre el clima era apenas la punta de algo mucho más grande. Y mientras eso pasaba, ¿qué dijo la televisión? ¿Dónde estaban las cámaras? ¿Quién le contó a México lo que de verdad había ocurrido en esa plaza? La respuesta durante muchos años fue un nombre, Jacobo Sabludowski, y una frase que se le pegó como una etiqueta de por vida.
Hoy fue un día soleado. La leyenda cuenta que Jacobo abrió su noticiero después de la masacre diciendo eso, hablando del clima, como quien habla del sol para no hablar de los muertos. Pero aquí es donde este canal hace algo distinto a los demás, porque tú mereces la verdad completa, no la versión fácil. Y la verdad es más complicada y por eso más interesante.
Aquí viene lo segundo que te prometí, la verdad sobre esa frase. Esto es lo que la investigación seria ha encontrado. En 1968, Jacobo todavía no conducía 24 horas. Ese noticiero no existía, no nacería hasta 1970, 2 años después. En octubre del 68, Jacobo conducía un programa matutino llamado Diario Nescafé y un boletín breve.
La académica Celeste González de Bustamante de la Universidad de Arizona, tuvo acceso a los guiones de aquellos noticieros de octubre del 68 y en su investigación publicada en un libro en 2015 sostiene que Sabludowski no dijo esa frase para describirlo de Tlatelolco. Más aún, en 2024, el periodista Joaquín López Dóriga, que conoció de cerca aquella época, declaró que la frase es una leyenda urbana, una invención y la llamó textualmente una infamia.
Según esa investigación, lo que Jacobo sí hizo al día siguiente fue dedicarle tres páginas de su guion a lo ocurrido, leyendo lo que publicaban los principales diarios, sin dar ninguna opinión propia. Es decir, no negó la masacre, pero tampoco la nombró con todas sus letras. Se escondió detrás de la prudencia y prudencia era la palabra favorita de aquel sistema.
Sonaba bien, sonaba responsable, seria, hasta sabia. Pero del otro lado de esa prudencia había madres sin respuestas, jóvenes desaparecidos, familias enteras que necesitaban que alguien con un micrófono se atreviera a nombrar lo que todos sabían. Ser prudente en aquel México casi siempre significaba estar del lado del que tenía el poder y no del que tenía el dolor.
Significaba leer los boletines oficiales con voz grave y dejar el resto en la sombra. Jacobo fue prudente toda su vida y por esa prudencia lo premiaron con décadas de fama y cercanía con el poder. Pero la historia que tarda pero no perdona, le cobró esa misma prudencia convertida en una sola frase sobre un día soleado, como si todo lo que cayó durante años se hubiera juntado en esas cinco palabras para perseguirlo hasta el final.
Entonces, dijo o no dijo, “Hoy fue un día soleado.” Hay quienes aseguran que sí la pronunció, pero años después, ya en 24 horas, como una forma habitual de abrir sus transmisiones cuando el día había estado despejado, no como burla a los muertos de Tlatelolco. Y aquí está lo importante, lo que de verdad debes guardar.
A veces una frase no necesita ser comprobada para convertirse en condena. A veces basta con que un país entero sienta que esa frase representa algo más grande. Y para millones de mexicanos esa frase representaba la costumbre de mirar hacia otro lado, la costumbre de una televisión que sabía hablar con elegancia mientras el país sangraba por debajo.
La frase quizá fue inventada. Lo que representaba era completamente real. ¿Y por qué una frase que probablemente nunca dijo se le pegó con tanta fuerza durante tanto tiempo? Porque la gente no inventa leyendas de la nada, las inventa cuando siente en lo más hondo que algo encaja con la verdad. Millones de mexicanos habían visto noche tras noche como su televisión hablaba bonito mientras el país sufría por debajo.
Así que cuando alguien resumió toda esa sensación en cinco palabras sobre un día soleado, el país las adoptó como si fueran ciertas, porque eran ciertas en el espíritu, aunque no lo fueran en la letra. Y aquí hay una lección incómoda. Un hombre puede defenderse de una acusación falsa, pero es casi imposible defenderse de una leyenda que la gente necesita creer porque expresa algo más grande que él.
Jacobo pasó el resto de su vida cargando esa frase y la cargó en buena medida por todo lo que sí cayó durante décadas. La leyenda le cobró de golpe una factura que en realidad debía toda una televisión. Hay un detalle además que dice más que 1000 discursos. Años después, Jacobo contó en una entrevista que el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz le reclamó por teléfono.
¿Sabes por qué? Por la corbata. Díazá se quejó de que Jacobo había salido al aire con corbata negra como de luto después de lo de Tlatelolco. Jacobo le explicó que usaba corbata negra desde hacía tiempo. Piénsalo. En un país donde acababan de morir decenas de personas, el presidente tenía tiempo de llamar a un conductor de televisión para reclamarle el color de su corbata.
Eso te dice todo sobre el control que el poder tenía sobre lo que entraba a tu pantalla. Con los años algo empezó a cambiar. Llegó una generación nueva que ya no veía a Jacobo como una autoridad incuestionable, sino como el símbolo de una televisión vieja que les había mentido. Y esa rabia se convirtió en canción.
En 1997, una banda de rock llamada Molotov sacó su primer disco y sabes cómo lo abría con un tema dedicado a él. Se llamaba, sin ningún disimulo, que no te haga bobo Jacobo. La canción lo retrataba como un periodista parcial, al servicio del poder, en quien no se podía confiar. Era toda una juventud diciéndole a la televisión de sus papás que ya no le creía nada.
Y Jacobo respondió con la frialdad de siempre. dijo que no había escuchado la canción y que si lo insultaba estaban en su derecho, elegante, distante, como un hombre demasiado acostumbrado a sobrevivir sin tener que explicarse. Antes de seguir, quiero detenerme contigo un segundo, porque si has llegado hasta aquí es porque estas historias te importan de verdad, porque tú, como yo, creciste con esta televisión y mereces saber qué había detrás de las caras que veías cada noche.
Si te late que esta historia se está contando con respeto, con la verdad por delante y sin inventar nada, suscríbete y quédate con nosotros. Aquí no contamos chismes, aquí honramos la memoria de los que fueron silenciados y le devolvemos el nombre a los que el sistema borró. Eso solo lo logramos si seguimos siendo una comunidad que no deja que estas historias se olviden.
Y créeme, lo que falta es todavía más fuerte, porque hasta aquí te he contado del Padre. Ahora viene lo que le pasó al Hijo y ahí el apellido que parecía de oro empezó a pesar como una condena. Año 1996. El imperio Sabludowski parecía más sólido que nunca. Jacobo seguía siendo la voz del país y su hijo Abraham Sabludowski Erubay conducía un noticiero.
Había ganado reconocimiento propio y caminaba por los pasillos de Televisa como lo que todos creían que era, el príncipe heredero. Y conviene que sepas quién era de verdad ese hijo, porque es fácil reducirlo a una sombra. Abraham Sabludowski Nerubay había nacido en 1956 y desde joven entró al oficio de su padre.
Ya en los años 80 conducía un noticiero llamado 24 horas de la tarde. Tenía talento, tenía oficio, tenía un tono más relajado, hasta bromista, distinto al de su padre y lo demostró. En 1997 ganó el Premio Nacional de Periodismo, el mismo reconocimiento que su padre había recibido dos décadas antes. Cualquiera que lo viera trabajar lo sabía. Tenía méritos propios.
Estaba muy lejos del cliché del Hijo Rico jugando a ser periodista, pero cargaba una condena invisible. Cada vez que abría la boca frente a una cámara, medio país no veía a Abraham. veía a Jacobo en versión más joven intentando llenar unos zapatos que le quedaban enormes. Y esa, créeme, es una de las soledades más difíciles que existen, la de hacerlo bien y que aún así nadie te ve a ti.
Pero ese año una bomba estalló muy lejos de los estudios de televisión en Suiza. Para entenderlo, hay que recordar quién era Raúl Salinas de Gortari, el hermano mayor del entonces expresidente Carlos Salinas de Gortari, un hombre que en 1995 había sido detenido acusado de ser el autor intelectual del asesinato de su excuñado, José Francisco Ruiz Maieux.
En enero de 1999 sería condenado primero a 50 años de prisión, después reducidos. Las autoridades suizas, mientras tanto, investigaban más de 100 millones de dólares en cuentas a su nombre. Raúl Salinas de Gortari era en aquellos años uno de los nombres más tóxicos de México y de pronto ese nombre apareció ligado al hijo de Jacobo.
Resulta que años antes un grupo de inversionistas había comprado una empresa llamada Mexicana de Autobuses conocida como Masa. Y dentro de ese grupo estaban Raúl Salinas de Gortari, el banquero José Madariaga y otros socios. Uno de esos socios era Abraham Sabludowski. Cuando Raúl Salinas desde la cárcel y ante las autoridades suizas empezó a soltar nombres de sus relaciones de negocios, mencionó vínculos con periodistas y la guerra entre Televisa y la naciente televisión Azteca convirtió esos nombres en munición.
El apellido Sabludowski, que durante décadas había sido sinónimo de autoridad, de pronto aparecía en las primeras planas por las razones equivocadas. Y aquí hay algo que tienes que entender porque explica por qué el escándalo fue tan brutal. Para mediados de los años 90, Televisa ya no era la única reina.
Había nacido un competidor feroz, la televisión azteca. Y entre las dos empresas estalló una guerra sin cuartel por el rating y por el poder. En esa guerra, los escándalos del rival eran oro puro. Cuando Raúl Salinas mencionó sus relaciones de negocios con gente de ambas televisoras, cada empresa usó esos nombres como munición contra la otra en sus propios noticieros.
Y el apellido Sabludowski, tan ligado a Televisa, quedó en el centro del fuego cruzado. Lo que durante décadas había sido un escudo, ahora era un blanco. El mismo aparato que había protegido a la familia se convirtió en el lugar donde la familia quedó expuesta. Imagínate la escena. El hijo del hombre que durante toda su vida le hizo preguntas al país, ahora estaba del otro lado, ya no preguntando, respondiendo.
En julio de 1996, Abraham Sabludowski se sentó frente a las cámaras en el mismo universo de noticieros que su padre había construido para defenderse. Lo entrevistó su colega Ricardo Rocha. Y ahí, frente a millones de personas, Abraham reconoció su amistad y su sociedad con Raúl Salinas de Gortari, pero negó haberse beneficiado.
Explicó que Masa se había comprado a un particular, no al gobierno, que Salinas había sido un socio distante y pasivo y entonces dijo la frase que lo marcaría. les pidió a los millones de televidentes que le creyeran que no era, en sus propias palabras, ni un pillo ni un delincuente. Detente en esa imagen. Un periodista, hijo del periodista más poderoso de México, teniendo que salir a la pantalla a rogarle al país que le crea que no es un delincuente.
Lo describieron así los que lo vieron esa noche, nervioso, las manos inquietas. Parecía sudar. Su voz estaba muy lejos de aquel tono seguro, casi bromista, que usaba cuando conducía su noticiero de la tarde. Métete en esa escena por un momento. El estudio está caliente por las luces. Abraham se acomoda en la silla donde tantas veces se sentó como dueño, como heredero, como hijo del hombre más poderoso de la televisión.
Solo que esta noche no manda a él, esta noche es el que responde. Frente a él, su colega Ricardo Rocha abre con la pregunta que todo México quiere oír, que explique si fue socio de Raúl Salinas de Gortari y cómo se dio esa relación. Abraham traga saliva. Habla de una sociedad de amigos, de la compra de una empresa de autobuses.
Insiste en que se le compró a un particular y no al gobierno, en que Salinas fue un socio distante y pasivo, pero las manos lo delatan. Y entonces mirando a la cámara le pide a millones de personas que le crean que no es un pillo ni un delincuente. En ese instante algo se rompe para siempre, porque su padre nunca tuvo que pedirle al país que le creyera.
Al padre el país le creía y punto. Y ahora el hijo con el mismo apellido, en el mismo aparato, tenía que rogar por su credibilidad como cualquier acusado. Ese fue el momento exacto en que la corona se transformó en jaula a plena luz frente a todos. Lo dijo Jacobo decían los mexicanos cuando el padre hablaba y le creían. Pero esa noche, cuando habló el hijo, México ya no creyó con la misma inocencia de antes, porque el hijo llevaba el apellido, pero no tenía la voz y no bastaba con llevar el apellido.
El golpe fue inmediato. Televisa decidió cesarlo. Abraham dejó de conducir su noticiero y fue relevado de toda responsabilidad en la dirección de noticias para que se dedicara, dijeron, a sus negocios personales. La empresa, que lo había criado como parte de la familia mostró así su desacuerdo con que un comunicador fuera al mismo tiempo una figura de los negocios turbios.
Y aquí empieza la parte más solitaria, porque cuando caes desde tan alto, descubres muy rápido quiénes eran amigos del hombre y quiénes eran amigos del puesto. Los pasillos que antes los saludaban con sonrisas de pronto se vaciaban a su paso. Las llamadas dejaban de contestarse. Los que se sentaban a su mesa cuando el apellido brillaba, ahora preferían no salir en la foto.
Imagínate el peso de eso. Crecer creyendo que el mundo te pertenece, que tu nombre abre cualquier puerta y descubrir de golpe que esas puertas solo estaban abiertas mientras le servías a alguien. Quizá tú también has vivido ese momento, el día en que dejas de ser útil para alguien y descubres quién te quería de verdad y quién solo quería lo que podías darle.
Es una de las lecciones más duras de la vida y Abraham la aprendió con el país entero mirando. Pero Masa no era el único frente abierto, porque Abraham tenía otro proyecto, uno con el que había soñado tener voz propia. lejos de la sombra de su padre y ese proyecto también se estaba hundiendo. En 1991, Abraham había fundado un semanario llamado Época, una revista política ambiciosa, hecha para marcar conversación, para construir un nombre que no fuera solamente el reflejo del de Jacobo.
En el papel sonaba enorme, en la práctica terminó hundida. La revista que él dirigió hasta 1998 se llenó de deudas, de conflictos, de problemas que la dejaron sin aire. Piénsalo. El heredero de una dinastía que parecía invencible, atrapado entre acreedores, expedientes y reclamos. El hombre que quería demostrar que podía sostener un imperio propio reducido a una palabra fría y cruel, deudor.
Había soñado en grande con esa revista. Época nació en 1990 y uno como un semanario político serio de los que marcan agenda, de los que se citan en los pasillos del poder. Abraham la dirigió durante 7 años hasta 1998. Y mientras él escribía editoriales y mandaba imprimir portadas, por debajo se acumulaba lo que termina hundiendo cualquier sueño.
Las cuentas que no cuadran, los pagos que se atrasan, los acreedores que primero llaman con amabilidad y después dejan de ser amables. Para alguien con su apellido, el golpe era doble. No solo se le caía un negocio, se le caía la prueba de que podía existir sin la sombra de su padre. Después intentó refugiarse en la radio, donde en 1999 arrancó un noticiero al que llamó De la A la Z.
un hombre aferrado al micrófono buscando un lugar propio en un mundo que ya solo lo medía contra Jacobo. Y entonces, cuando parecía que nada podía empeorar, llegó el año 2000. Y con ese año llegó el golpe que ningún Sabludowski vio venir. Aquí viene lo tercero que te prometí. Te prometí contarte cómo el apellido que parecía blindado terminó de romperse y la traición vino de la misma casa.
Marzo de 2000. Para entonces, 24 horas ya había desaparecido y en su lugar estaba un noticiero estelar conducido por Guillermo Ortega Ruiz. Abraham, después de todo lo vivido, había vuelto a la pantalla y conducía el noticiero de la tarde. De pronto, Guillermo Ortega salió. Su salida fue repentina y dejó vacante la silla más codiciada de la televisión mexicana, el noticiero estelar de la noche.
Para Abraham ese era el momento el que había esperado toda su vida. Se postuló para el puesto y tenía sentido, ¿verdad? ¿Quién mejor para heredar el trono de la noche que el hijo del hombre que había inventado ese trono? Así habían funcionado siempre los imperios en México. Los lugares no siempre se ganaban.
Muchas veces se heredaban, se negociaban entre familias que conocían los pasillos correctos. Pero el dueño de Televisa ya no era el mismo. Emilio Azcárraga Milmo, el viejo tigre que había protegido ese modelo, había muerto y su hijo Emilio Azcarra Gallayin, joven con prisa por modernizar la empresa y sacudirle el polvo del pasado, pensaba distinto.
Para entender esa decisión hay que ver el cuadro completo. Azcarra Gayin había tomado las riendas de Televisa en 1997, todavía muy joven, con la misión de transformar una empresa pesada, llena de viejas glorias y viejos pactos. Quería una televisora nueva para un México nuevo y en esa limpieza, los nombres que durante décadas habían sido sagrados de pronto se volvieron recuerdos del pasado.
El apellido Sabludowski era exactamente eso, glorioso, sí, pero atado a una era que la empresa quería dejar atrás. Para el nuevo dueño, elegir a Abraham habría sido mirar hacia atrás. hacia el viejo modelo de las dinastías y los favores heredados. Y él quería mirar hacia delante. Así que la decisión vista desde arriba era casi de negocios, pero vista desde una familia fue un cuchillo.
Porque ningún número en una hoja de cálculo siente lo que siente un hijo cuando le dicen frente al país entero que ya no es indispensable. El 30 de marzo de 2000 por la mañana se hizo el anuncio. El elegido para el noticiero estelar de la noche llevaba otro nombre, Joaquín López Dóriga. Para el país fue apenas un cambio de conductor, una noticia de espectáculos más.
Para esa familia fue el final de un sueño de décadas. Imagínate haber crecido sabiendo que algún día te tocaría a ti, haberlo dado todo por estar listo y que una mañana en una oficina otros decidan que ese día nunca va a llegar. Tres palabras bastaron para derrumbar décadas de expectativa, no para Abraham. Ese fue el mensaje real, el que nadie dijo en voz alta, pero todos entendieron.
No eres el heredero, no eres indispensable. Tu apellido ya no compra el futuro. Abraham, herido, presentó su renuncia. Se sintió menospreciado por la misma empresa que lo había visto crecer. Y aquí ocurrió el gesto más conmovedor de toda la historia. Esa misma tarde, a las 5, Jacobo Sabludowski entró a la oficina de Emilio Azcarragay y presentó su renuncia irrevocable a Televisa.
Después de 50 años en esa empresa, después de haber sido su rostro más poderoso, contó él mismo años después que esa mañana no tenía pensado renunciar, pero al enterarse de lo que le habían hecho a su hijo, sintió que tenía que acompañarlo. Lo hizo por solidaridad, por amor de padre. Se cuenta que cuando Jacobo presentó su renuncia, el propio Azcarragín lloró y que le pidió que recapacitara, que no hubo manera.
Los detalles de esos días son tan humanos que duelen. El lugar que dejó Abraham en el noticiero de la tarde lo ocupó Lolita Ayala, que aceptó regresar al canal estrella, sorprendida y apenada por la salida de los Sabludowski. El propio Joaquín López Dorga contó que él se sintió sorprendido por aquellas renuncias, porque había sido Jacobo la primera persona en felicitarlo por su nuevo puesto y reconoció algo que pocos esperaban, que al principio ni siquiera le atraía la idea de estar en la noche, que aceptó porque Azcarra Gallay le
propuso un cambio de horario, es decir, el trono que Abraham había soñado toda su vida. Otro lo recibió casi sin desearlo. Esa es la parte más cruel del azar. La última vez que Jacobo Sabludowski condujo un noticiero en televisión fue el 29 de marzo de 2000 en un canal de cable sin despedidas grandilocuentes, sin homenajes en cadena nacional.
50 años de carrera terminaron casi en silencio, un día antes de la renuncia. Piénsalo bien. El hombre más frío de la televisión mexicana, el que durante décadas había narrado tragedia sin que se le moviera un músculo de la cara, renunció a todo lo que había construido en 50 años por su hijo. Y aquí está lo más amargo.
Jacobo creyó que estaba construyendo un legado para Abraham. Creyó que le estaba heredando una corona. Pero hay padres que sin darse cuenta no les heredan una corona a sus hijos, les heredan una jaula. Por fuera esa jaula brillaba como el oro. Por dentro asfixiaba y la llave la tenía siempre alguien más. Quizá tú también sabes lo que es crecer a la sombra de alguien, un padre, una madre, un hermano tan grande que hagas lo que hagas.
siempre te miden con esa vara. Quizá tú también diste todo por estar a la altura de un nombre que no elegiste. Y quizá tú también has sentido ese vacío de querer que alguien te vea por lo que eres y no por de quién vienes. Eso fue durante toda su vida Abraham Sabludowski Nerubai, un hombre brillante con oficio, ganador del Premio Nacional de Periodismo en 1997.
Y aún así, cada vez que aparecía en pantalla, el país se hacía la misma pregunta cruel. ¿Es Abraham o es la sombra de Jacobo intentando hablar otra vez? Desde aquel año 2000, Abraham dejó de ser el príncipe heredero. Se volvió un hombre obligado a sobrevivir fuera de la sombra que lo había formado y envenenado al mismo tiempo.
Intentó seguir. En 1999 ya había empezado un noticiero en la radio, en radio 13, llamado de la A la Z, como quien se aferra a un micrófono porque soltarlo sería aceptar la derrota. Pero ya no había palacio, ya no había blindaje, ya no había una noche nacional esperándolo en su sala. Lo dijo Jacobo.
Seguía resonando en la memoria del país cuando se hablaba del Padre, pero el Hijo aprendió de la forma más dura que su voz nunca tendría ese peso. ¿Y qué quedó de todo aquello? ¿Dónde estaba la empresa que lo crió cuando se hundía? ¿Dónde estaban los poderosos que se sentaban a la mesa de su padre? ¿Dónde estaban los amigos del apellido cuando el apellido empezó a pesar como una losa? La respuesta es tan mexicana como dolorosa.
No estaban. El sistema que eleva también expulsa. Y cuando dejó de necesitar a los abludowski, simplemente lo soltó. Pero faltaba el golpe final, el que convirtió la caída pública en una caída de carne y hueso. Y para eso hay que avanzar 18 años hasta una cama de hospital. Aquí viene lo cuarto que te prometí.
¿Qué fue del hijo? ¿Qué quedó del imperio? ¿Y por qué el hombre que controló la realidad de un país no pudo controlar la suya? Empecemos por el Padre. porque su final llegó primero. Pero antes de morir, Jacobo tuvo algo que su hijo nunca tendría, una segunda vida con dignidad. Fuera de Televisa no se apagó.
Siguió en la radio, primero con un noticiero llamado De una a tres en Radio Red, después en una estación de Radio Centro. Escribió todos los lunes una columna en el periódico El Universal que tituló Bucarelli desde 2007 hasta el final de su vida. Su lema era casi un guiño. Aparece los lunes, solo los lunes, pero todos los lunes.
Caminaba por el centro histórico de la ciudad, encabezó el fideicomiso para su restauración. se volvió cronista de las calles, voz antigua, hombre de cultura. El mismo país que lo había cuestionado durante décadas, ahora también lo escuchaba con cariño y nostalgia. Y sin embargo, la sombra de Tlatelolco nunca lo soltó.
En 2015, su último año de vida, la Universidad Veracruzana decidió otorgarle el título de Dr. Honoris Causa, pero las protestas de quienes no olvidaban su papel en aquella época obligaron a suspender la entrega. Ni en sus últimos meses pudo escapar de la frase que quizá nunca pronunció. Ese reconocimiento pendiente fue lo último que el sistema le negó.
2 de julio de 2015. Hospital ABC, Ciudad de México. El mismo país que durante décadas había esperado que Jacobo le anunciara las tragedias, ahora esperaba una noticia sobre él. Ya no había escritorio, ya no había luz de estudio, había una cama, médicos y un cuerpo de 87 años agotado. Había estado hospitalizado por una deshidratación de la que parecía recuperarse, pero un derrame cerebral terminó apagando la voz más reconocible de la televisión mexicana.
Su coordinador de información contó algo que retrata al personaje, que Jacobo años antes había vencido al cáncer, que nunca lo vieron quejarse, que fue una persona saludable y disciplinada hasta el último momento. Llegaba a la oficina antes que nadie con todos los periódicos ya leídos. Lo velaron en el panteón israelita de la Ciudad de México.
Acudieron políticos, periodistas, empresarios, viejos rostros del poder. El presidente en turno lamentó su muerte en un mensaje público. Era el funeral de un hombre, sí, pero también era el funeral de una época, la época en que una sola voz podía entrar a millones de casas y decidir el tono de la realidad. La época en que el silencio podía vestirse de noticia, la época en que México escuchaba, obedecía y muchas veces callaba.
Y entonces, 3 años después, la historia regresó al mismo lugar. Hospital ABC, septiembre de 2018. Esta vez el nombre en los mensajes urgentes era el del hijo Abraham. Aquel mensaje que corrió por toda la ciudad pidiendo donadores de sangre o negativo o b negativo era por él. El hijo, 62 años.
Para entonces se dedicaba al cine, lejos de los reflectores. El heredero de una dinastía, que alguna vez pareció intocable, necesitaba la sangre de extraños para seguir con vida. Quédate un momento con esa imagen porque lo dice todo. El mensaje corre por los teléfonos de una ciudad entera. Se urge sangre o negativo o B negativo en el banco del hospital ABC de Santa Fe.
Lo comparten desconocidos, gente común, personas que quizá ni siquiera recordaban su cara, pero que reconocían el apellido. Y ahí, en algún piso de ese hospital, está el hombre que pudo haber heredado el trono de la noche en México, el que ganó un premio nacional de periodismo, el hijo de la voz más poderosa del país, dependiendo literalmente de la generosidad de extraños.
Cuando su padre necesitaba algo, levantaba el teléfono y movía al país. Cuando el hijo necesitó algo tan básico como sangre, hubo que pedirla por redes sociales como cualquier mortal. Esa es la distancia exacta entre el Padre y el Hijo, entre el hombre que mandaba y el que terminó esperando. ¿Te das cuenta de la crueldad casi perfecta de esta historia? El hombre que había visto sangrar su prestigio con masa, con época, con las deudas, con la salida de Televisa, ahora sangraba de verdad.
La caída pública se había vuelto caída física. El cuerpo cobraba lo que durante años se había acumulado en silencio. El estrés, la humillación, el peso de querer ser otro mientras todos seguían viendo en él solamente al hijo de Jacobo. Y la imagen es imposible de olvidar. El apellido más poderoso de la televisión mexicana reducido a una petición de sangre que la gente común compartía por redes sociales.
Y ahora detente conmigo en la comparación más dura de todas. ¿Te acuerdas del otro Abraham? El tío, el arquitecto. Te pedía al principio que guardaras ese nombre. Mira lo que dejó cada uno. El tío Abraham levantó museos, edificios, estructuras de concreto que siguen de pie hoy, que la gente todavía visita, que sobrevivieron a los gobiernos y a los presidentes.
Dejó obras que se pueden tocar con las manos. El otro Abraham, el hijo de Jacobo, heredó una sombra, el mismo nombre, la misma sangre, dos destinos en las antípodas. Uno construyó espacios para que la gente entrara y se quedara. El otro quedó atrapado en una memoria que no podía limpiar.
Uno dejó muros, el otro recibió expedientes, deudas y una cama de hospital. Y aquí tengo que ser honesta contigo, porque este canal no se trata de pegarle a nadie cuando está caído. Jacobo Sabludowski fue grande, eso nadie puede negarlo. Entrevistó a líderes que cambiaron el mundo, narró tragedias, marcó una época entera, se convirtió en una voz imposible de borrar de la historia de México.
Pero la grandeza no siempre salva. A veces condena, a veces crece tanto que ya no deja respirar a los que vienen detrás. Y la pregunta que de verdad importa va mucho más allá de lo que le pasó a este hombre. Es otra y es incómoda. ¿Cómo fue posible que toda una industria, todo un país viera durante décadas a este hombre cada noche, le creyera todo y nadie se preguntara qué estaba quedando fuera del cuadro? Y el sistema cambió en algo, algo sí.
Ese mismo año 2000, por primera vez en más de 70 años, el PRI perdió la presidencia de México. El viejo modelo en el que la televisión y el poder caminaban abrazados empezó a resquebrajarse. No por casualidad, fue justo entonces cuando el apellido Sabludowski dejó de ser intocable. El sistema que Jacobo ayudó a proteger durante 27 años terminó haciendo con su hijo lo mismo que había hecho con tantos otros.
Lo usó mientras le sirvió y lo soltó cuando dejó de necesitarlo. Hoy Abraham Sabludowski Nerubai casi no aparece. No ocupa portadas. No llena estudios, no camina por los pasillos de Televisa como heredero de nada. Su figura se volvió discreta, silenciosa. Y en una historia construida sobre voces y cámaras, ese silencio dice más que cualquier entrevista.
Piensa en la ironía. La voz de Jacobo sigue sonando. Está en los archivos, en los documentales, en los aniversarios. En cada 2 de octubre, cuando alguien vuelve a sacar la vieja frase del día soleado, el padre muerto desde 2015 sigue hablándole al país y el hijo vivo casi no habla. El apellido Sabludowski hoy pertenece más a la historia que a una persona de carne y hueso caminando por la calle.
Es una marca, un capítulo de los libros de periodismo, un nombre que la gente reconoce sin saber muy bien qué fue del último que lo llevó en la pantalla. Y tú que has llegado hasta aquí ya sabes algo que muchos ignoran. Que detrás de ese apellido tan grande hubo un hombre que solo quería que lo vieran a él y que pasó buena parte de su vida descubriendo que el nombre que le iba a abrir todas las puertas era el mismo que no lo dejaba entrar a ninguna como él mismo.
Porque hay dos formas de mirar esa desaparición. La primera es la fácil, la cruel. decir que fue el heredero fallido, el hijo que no pudo ser Jacobo. Pero hay otra forma más triste y más humana. Quizá Abraham entendió demasiado tarde que nunca hubo un trono que heredar, que lo que su padre le dejó no era una corona, sino una factura.
una factura hecha de silencios, de pactos, de cámaras encendidas en el momento conveniente y apagadas cuando el dolor del país no convenía. ¿Dónde estaban las madres de Tlatelolco cuando una voz en la televisión hablaba apenas de unos disturbios? ¿Dónde estaba Julio Sher cuando lo expulsaron del periódico que levantó y la versión cómoda se quedó en pantalla? ¿Y dónde estábamos todos nosotros sentados en nuestra sala creyéndole cada noche a una sola voz? Esas son las preguntas que esta historia deja sobre la mesa y ninguna tiene una
respuesta cómoda porque mira la otra cara de la moneda. Julio Sherer, el hombre al que le quitaron su periódico, murió en 2015, el mismo año que Jacobo, pero murió convertido en algo que el dinero y el poder no pueden comprar. en una referencia moral. La revista que fundó después del golpe Proceso sigue viva, sigue incomodando, sigue publicando lo que otros callan.
Dos periodistas, la misma época, dos formas opuestas de entender el oficio. Uno tuvo el poder, las cámaras, los presidentes, la fama y aún así la historia le cuelga una frase y una sombra. El otro perdió su periódico, su comodidad, su lugar en el sistema y la historia le dejó la dignidad. Tú decide cuál de los dos legados pesa más y piensa en las madres de aquella plaza, las que salieron a buscar a sus hijos el 2 de octubre y nunca los encontraron.
Durante años, lo único que pidieron fue que alguien dijera la verdad de lo que pasó esa noche. Un nombre, una cifra, un reconocimiento. Y la voz más escuchada del país, la que entraba a tu casa cada noche, fue precisamente la que ayudó a que ese silencio durara décadas. Esa es la herencia más pesada de toda esta historia, no la de una familia, la de un país que aprendió a creerle a una sola voz y a no preguntar por los que faltaban en el cuadro.
Y quizá esa sea la enseñanza más grande que nos deja toda esta historia. Jacobo Sabludowski construyó el poder más raro que existe. No el del dinero que se hereda y se gasta, no el de un cargo que se pierde en una elección. construyó el poder de decidir lo que un país entero creía que era verdad y resultó ser el poder más frágil de todos porque dependía de que la gente siguiera creyendo.
El día que los mexicanos empezaron a dudar con la competencia, con las canciones, con una generación nueva que ya no se tragaba la versión oficial, ese poder se fue desinflando como un globo y dejó a la vista lo que siempre estuvo debajo. Un hombre, una familia, un hijo que cargaba un apellido demasiado pesado.
Las cámaras se apagan, los aplausos se acaban. Los presidentes se mueren o caen en desgracia y al final lo único que de verdad queda de un hombre es lo que dejó en los suyos. Jacobo dejó una voz que el país nunca olvidó y una sombra que su propio hijo nunca pudo quitarse de encima. Volvamos a donde empezamos, a esa voz que entraba a tu casa cada noche durante 27 años.
a esa frase que circulaba en tu colonia. Lo dijo Jacobo. Durante décadas, cuando Jacobo lo decía, era verdad. Él autorizaba la realidad de un país entero desde un escritorio iluminado. Pero hubo una verdad que ni Jacobo pudo autorizar, la de su propio final y la de su hijo en una cama de hospital pidiendo sangre mientras la dinastía se apagaba en silencio.
El hombre que decidió que podía ver México cada noche, no pudo decidir cómo lo recordaría México al final, ni pudo salvar al único heredero al que de verdad quiso proteger. Lo dijo Jacobo, sí, pero lo que de verdad importaba, lo que el país necesitaba escuchar, eso nunca lo dijo. Y ese silencio al final también se volvió su herencia.

Porque el verdadero legado de un hombre se mide en lo que deja dentro de quienes llevan su sangre, más que en las cámaras que lo enfocaron, más que en los presidentes que le estrecharon la mano, más que en las noches en que su voz entró a tu casa. Y Jacobo dejó una sombra, una sombra enorme, una sombra que primero cubrió a México entero y al final terminó cubriendo a su propio hijo.
Hasta aquí llegamos hoy, mi gente querida. Gracias por quedarte conmigo hasta el final, por escuchar esta historia completa, sin prisas, como se cuentan las cosas que de verdad importan. A ti que me escuchas desde México, desde algún rincón de Estados Unidos, desde Colombia, desde Argentina, desde donde sea que estés con tu cafecito o haciendo tus cosas mientras esta voz te acompaña.
Muchas de nosotras crecimos con esta televisión, crecimos viendo a estos rostros entrar a nuestra sala cada noche y merecemos conocer la verdad completa de lo que había detrás. Ahora quiero leerte en los comentarios. Cuéntame cuál es el primer recuerdo que tienes de Jacobo Sabludowski. ¿En qué casa estabas? ¿Con quién veías el noticiero? ¿Qué se sentía cuando esa voz decía, “Buenas noches?” Escríbelo, porque tu recuerdo también es parte de esta historia.
Y antes de irnos, déjame decirte una cosa. Hubo otra voz, otro rostro de esa misma época dorada que guardó un secreto durante toda su vida y se lo llevó casi hasta la tumba, pero casi. Y esa historia, la que sigue, te va a quitar el sueño. Nos vemos muy pronto. cuídate mucho.