La noche del lunes 1 de junio de 2026 pasará a la historia de Sinaloa, pero no de la forma aséptica y heroica que los comunicados oficiales intentan vender. A las 20:15 horas, cuando el sol comenzaba a esconderse sobre el Pacífico y el sur del estado olía a sal, a diésel y, sobre todo, a miedo, la línea de sucesión de la organización criminal más temida del continente sufrió un golpe devastador. En una operación silenciosa, sin helicópteros sobrevolando ni el estridente sonido de las sirenas, un todoterreno frenó en seco. De él sacaron a un hombre que durante cinco años enteros existió únicamente en los altavoces de los narcocorridos, en los informes clasificados de inteligencia militar y en el silencio sepulcral de los ciudadanos que sabían perfectamente quién mandaba, pero no se atrevían a pronunciar su nombre.
Esa noche cayó Gabriel Nicolás Martínez Larios, mundialmente conocido en el inframundo como “El Gabito” o “El 80”, el jefe regional absoluto en la zona sur de Sinaloa y compadre directo de Iván Archivaldo Guzmán Salazar. Su detención no es una simple anécdota policial; es el desmoronamiento de una dinastía de sangre, el fin de una era de extorsiones y el comienzo de una serie de preguntas incómodas que el Estado mexicano se niega a responder con transparencia. Y la primera gran incógnita surge apenas minutos después de su arresto: ni siquiera las propias autoridades lograron ponerse de acuerdo sobre el lugar exacto de la captura.
Por un lado, el Registro Nacional de Detenciones apuntaba a la exclusiva colonia Real del Valle, en pleno corazón turístico de Mazatlán, a escasos metros de los lujosos hoteles y los cruceros repletos de turistas ajenos a la guerra que se libra a sus pies. Por otro lado, el comunicado emitido por el Gabinete de Seguridad Federal situaba la acción en El Rosario, un municipio rural fronterizo con Nayarit, tierra donde la familia Martínez Larios hundió sus raíces criminales décadas atrás. Dos versiones oficiales contradictorias publicadas la misma noche para un solo detenido. Este pequeño pero gravísimo detalle nos advierte sobre cómo se construye y se manipula la narrativa de esta historia antes de llegar a los grandes titulares de la televisión en abierto.

Pero para comprender verdaderamente la magnitud de quién es “El Gabito” y por qué su captura abre una caja de Pandora, es fundamental retroceder en el tiempo. Gabriel no heredó un imperio pacífico; lo arrebató a balazos. Nacido en Guadalajara en 1989, su familia se mudó al sur de Sinaloa, donde el apellido Martínez Larios comenzó a forjar una leyenda teñida de rojo. Eran cuatro hermanos. El mayor, José Luis, alias “El Monstruo”, fue quien abrió el sangriento camino abriéndose paso en Mazatlán hasta ser asesinado en 2015. Lejos de suponer el fin del negocio familiar, el luto se convirtió en oportunidad. Gabriel construyó su propio reinado sobre la tumba de su hermano mayor, demostrando una frialdad táctica aterradora y librando guerras encarnizadas, incluso en el vecino estado de Sonora, contra los restos del cártel de los Beltrán Leyva y el cártel de Caborca.
Lo verdaderamente escandaloso de esta historia no es el ascenso de un criminal, sino la cómplice parsimonia del Estado. En octubre de 2020, documentos militares filtrados por el grupo “Guacamaya Leaks” demostraron irrefutablemente que la Secretaría de la Defensa Nacional ya tenía plenamente identificado a Gabriel. Sabían que operaba activamente en cuatro municipios clave: Mazatlán, Concordia, El Rosario y Escuinapa. El gobierno lo sabía hace seis años. Y sin embargo, durante más de media década, permitieron que se consolidara como el dueño absoluto de la noche. Mientras los cantantes populares, como Luis R. Conriquez o Gerardo Ortiz, coreaban su nombre en las discotecas y fiestas privadas a la vista de todos, los expedientes oficiales permanecían sospechosamente en blanco. Esa incomprensible distancia temporal entre el conocimiento del Estado y la acción policial se pagó con un precio incalculable: la sangre de ciudadanos inocentes.
El vertiginoso ascenso final de “El Gabito” ocurrió apenas unos meses antes de su captura. En diciembre de 2025, el jefe de seguridad de la cúpula, Óscar Noé Medina González, alias “El Panu”, fue asesinado a plena luz del día en la exclusiva Zona Rosa de la Ciudad de México. Ese vacío de poder lo ocupó inmediatamente Gabriel. Al detenerlo en junio, las autoridades no desarticularon a un simple sicario, sino a un alto mando recién ascendido en el contexto de una brutal guerra de sucesión que, desde septiembre de 2024, tiene a todo Sinaloa envuelto en llamas, con carreteras cortadas, negocios calcinados y familias enteras huyendo con lo puesto. Además, este arresto se produce bajo la pesada sombra internacional: en febrero de 2025, Estados Unidos designó a esta organización como terrorista extranjera, lo que eleva exponencialmente el riesgo y las repercusiones de cualquier movimiento en el tablero.
No obstante, existe un capítulo en el oscuro expediente de “El Gabito” que genera una profunda indignación social y que los noticieros prefieren pasar por alto: la masacre de los 10 mineros de Concordia. En esta región montañosa, la extorsión del cártel llega hasta lo más profundo de las galerías subterráneas. Según las investigaciones, Gabriel y su hermano Óscar Luciano —alias “El Casco”, quien aún continúa libre y prófugo— impusieron una asfixiante cuota mensual a la empresa minera canadiense Visla Silver. Cuando alguien de la compañía o de sus proveedores se negó valientemente a aumentar el pago en enero de 2026, la respuesta fue implacable. Seis trabajadores y cuatro proveedores fueron secuestrados y posteriormente asesinados. Diez padres de familia, diez hombres honrados masacrados por decir que no.

Frente a esta atrocidad, la respuesta del Estado fue, cuando menos, insultante. La versión oficial filtrada desde las altas esferas de seguridad insinuó que los trabajadores habían sido “confundidos” con miembros de un grupo rival. ¿Confundidos? Reducir la ejecución calculada de diez inocentes por negarse a pagar una extorsión a un mero “malentendido” es una bofetada directa a las familias de las víctimas y una muestra de cómo las instituciones prefieren minimizar el terror antes que admitir su propia inoperancia. Y por si esto no fuera suficientemente alarmante, la noche de la detención de Gabriel, el documento del Registro Nacional de Detenciones fue rellenado dejando la casilla correspondiente a su famoso alias con la etiqueta “sin dato”. El criminal más cantado, temido y buscado del sur de Sinaloa, capturado con un arsenal propio de un ejército privado, registrado como si fuera un total desconocido.
Hoy, “El Gabito” se encuentra fuertemente custodiado en la Ciudad de México, alejado de su red de influencia. El gobierno se anota un triunfo mediático emitiendo comunicados asépticos que hablan de “los menores” y celebran la caída de un cabecilla. Pero la realidad en las calles de Sinaloa es muy distinta. Las casillas vacías en los informes, los silencios oficiales sobre los motivos exactos por los que será procesado y, sobre todo, la libertad operativa de su hermano “El Casco”, nos obligan a ser escépticos.
Si el hermano que cobraba las cuotas manchadas de sangre sigue en paradero desconocido, operando libremente entre las montañas y los pueblos, el imperio del terror no ha caído, simplemente está cambiando de rostro. Mientras observas las noticias y lees los comunicados de victoria, es inevitable plantearse una pregunta escalofriante: en un sistema capaz de ocultar durante años a un líder criminal y justificar el asesinato de trabajadores inocentes como una simple confusión, ¿quién está cobrando realmente el precio de la seguridad en nuestras calles hoy mismo? Las verdaderas respuestas continúan ocultas bajo el mismo manto de silencio que, durante años, protegió a los intocables.