Posted in

El caso que horrorizó a México:Niña desapareció en un centro comercial—7 años después, teléfono se..

La tarde del 14 de marzo de 2016 comenzó, como cualquier otro domingo, en el centro comercial Perisur, uno de los más grandes y concurridos del sur de la Ciudad de México. Las familias llenaban los pasillos, los niños corrían entre las tiendas de juguetes y el aroma a comida rápida se mezclaba con el aire acondicionado que apenas lograba combatir el calor de la primavera capitalina.

Afuera, el cielo mostraba ese tono gris característico de la contaminación urbana, mientras el tráfico denso de la avenida insurgente sur rugía sin pausa. Sofía Ramírez Gutiérrez tenía 11 años. Era una niña delgada, de cabello castaño oscuro hasta los hombros y ojos negros curiosos que siempre buscaban algo interesante. Ese día vestía una playera rosa con un unicornio estampado, jeans azules y tenis blancos.

que su madre le había comprado apenas dos semanas atrás. En su mochila pequeña de color morado llevaba su teléfono celular, un modelo básico que sus padres le habían regalado hacía seis meses para poder contactarla en todo momento. Patricia Gutiérrez, su madre, había llevado a Sofía al centro comercial para comprar útiles escolares y aprovechar una oferta en ropa.

Después de dos horas recorriendo tiendas, ambas estaban cansadas. Patricia cargaba tres bolsas pesadas y Sofía arrastraba los pies, quejándose del calor y pidiendo un helado. La madre se dio, como siempre hacía los domingos, y se dirigieron hacia la zona de comidas en el tercer piso. El centro comercial estaba repleto.

Familias enteras ocupaban las mesas. Adolescentes formaban grupos ruidosos cerca de las máquinas de videojuegos y los empleados de los restaurantes gritaban números de pedidos. Patricia y Sofía esperaron 15 minutos en la fila de una heladería artesanal. La niña eligió dos bolas de fresa con chispas de colores. Comieron en silencio, observando a la gente pasar mientras el sonido ambiente creaba una especie de murmullo constante y adormecedor.

Eran las 6:15 de la tarde cuando decidieron marcharse. Patricia revisó su reloj y calculó que llegarían a casa antes de las 8 si evitaban el tráfico de periférico. tomaron el elevador hasta el estacionamiento del sótano 2, donde habían dejado su onda civic gris. Las puertas del elevador se abrieron con un chirrido metálico y ambas salieron hacia el pasillo amplio y mal iluminado del estacionamiento.

El aire allí abajo era pesado, impregnado con olor a gasolina y aceite quemado. Las luces fluorescentes parpadeaban de vez en cuando, creando sombras irregulares entre los pilares de concreto. El estacionamiento estaba lleno, pero había pocos peatones caminando. El sonido de sus pasos resonaba contra el piso de cemento pulido.

Patricia buscó en su bolso las llaves del auto mientras caminaban por el pasillo C. Sofía iba dos pasos atrás, arrastrando su mochila morada por una de las correas. La niña miraba su teléfono revisando mensajes de sus amigas del colegio. Patricia volteó hacia atrás y le pidió que guardara el aparato, pero Sofía hizo un gesto de fastidio y siguió tecleando.

Fue en ese momento, según Patricia recordaría después con horror obsesivo, cuando perdió de vista a su hija por primera vez. La madre había encontrado las llaves y caminó unos metros más rápido hacia el auto, asumiendo que Sofía la seguía. Cuando llegó al Civic y abrió la cajuela para guardar las bolsas, volteó para llamar a su hija.

Sofía no estaba. Patricia sintió un vacío en el estómago. Miró hacia ambos lados del pasillo. Vacío gritó el nombre de su hija. El eco rebotó entre los autos estacionados, pero no hubo respuesta. Corrió de regreso por donde habían venido, gritando cada vez más fuerte. revisó detrás de las camionetas, entre los pilares, incluso dentro de algunos vehículos con ventanas abiertas.

Nada. Marcó el número de Sofía. El teléfono sonó seis veces antes de irse al buzón de voz. Volvió a marcar. Mismo resultado. El pánico comenzó a trepar por su garganta como una mano invisible que le impedía respirar bien. Subió corriendo las escaleras hasta el área de seguridad del centro comercial. tropezando dos veces por la desesperación.

Los guardias de seguridad reaccionaron con rapidez profesional. A las 6:32 minutos activaron el protocolo de búsqueda de menores, cerraron todas las salidas del estacionamiento y comenzaron a revisar cada nivel metódicamente. Dos docenas de guardias se desplegaron por los sótanos. Patricia corría entre ellos gritando el nombre de su hija, hasta que la voz se le quebró en soyozos incontrolables.

A las 7 de la noche llamaron a la policía. Las autoridades de la alcaldía Tlalpan enviaron cuatro patrullas. Los agentes interrogaron a Patricia mientras otros revisaban las cámaras de seguridad. La madre respondía entre lágrimas, repitiendo los mismos detalles una y otra vez. Sofía llevaba una playera rosa, jeans azules, una mochila morada, su teléfono celular.

Revisaron las grabaciones de seguridad del estacionamiento. Las cámaras mostraban a Patricia y Sofía saliendo del elevador a las 6:16. Se veía claramente cómo caminaban por el pasillo C. La madre avanzaba mientras buscaba sus llaves. Sofía iba detrás mirando su teléfono, pero entonces ocurrió algo inexplicable que congeló la sangre de todos los presentes en la sala de monitoreo.

En un parpadeo de la cámara, literalmente entre un cuadro y otro de la grabación, Sofía desapareció. Un segundo estaba ahí caminando 2 metros detrás de su madre. Al siguiente segundo, el pasillo estaba vacío. No hubo nadie que se acercara, no hubo forcejeo, no hubo vehículos en movimiento, simplemente dejó de estar. Los técnicos revisaron la grabación cuadro por cuadro.

El momento exacto de la desaparición coincidía con un fallo técnico de 3 segundos en esa cámara específica. Cuando la imagen se restableció, Sofía ya no aparecía en ninguna parte. Las otras cámaras del estacionamiento no la captaron. Ninguna cámara de las salidas la registró. Era como si se hubiera desvanecido en el aire.

Para la medianoche, medio centenar de policías peinaban el centro comercial completo. Revisaron cada tienda cerrada, cada baño, cada rincón del estacionamiento de seis niveles. Trajeron perros rastreadores que siguieron el olor de Sofía hasta el pasillo C del sótano 2, exactamente donde la cámara había fallado, y ahí perdieron el rastro por completo.

Los animales giraban en círculos confundidos, como si el olor simplemente terminara en ese punto. Los padres de Sofía, Patricia y Roberto Ramírez dieron entrevistas desesperadas en los noticieros de la madrugada. Las imágenes de la niña se difundieron por todas las redes sociales. La alerta Amber se activó en toda la zona metropolitana.

Read More