La historia de la Iglesia católica ha quedado marcada para siempre tras los acontecimientos que rodearon la salud y los momentos definitivos del Papa Francisco. A lo largo del año dos mil veinticuatro, el pontífice argentino enfrentó un evidente deterioro físico que encendió las alarmas en todo el mundo. La preocupación se transformó en una realidad inminente cuando el catorce de febrero del año dos mil veinticinco, a la edad de ochenta y ocho años, Jorge Mario Bergoglio fue ingresado de urgencia en el Hospital Gemelli de Roma debido a una infección respiratoria compleja de origen viral, bacteriano y fúngico. Aquella frágil condición médica conectaba de manera directa con un episodio de su juventud que había marcado su destino para siempre.
En el año mil novecientos cincuenta y seis, cuando apenas era un joven con una vigorosa fe interior, una neumonía severa puso su vida en un riesgo extremo. Los médicos lograron salvarlo mediante una compleja cirugía en la que le extirparon la parte superior del pulmón derecho. El pronóstico fue excelente para las décadas posteriores, pero los especialistas de la época dejaron una advertencia clara: el único peligro real para su capacidad respiratoria ocurriría si alguna vez se topaba con una enfermedad que comprometiera ambos pulmones de manera simultánea. Décadas más tarde, ese temor se materializó en
una neumonía bilateral. El cuadro clínico se complicó con una bronquitis asmática, crisis respiratorias prolongadas que requirieron oxígeno de alto flujo, anemia y transfusiones sanguíneas. En medio de la tensión general y las oraciones de millones de fieles, se dio a conocer que el Papa ya había dejado firmada una carta de renuncia previniendo que la enfermedad le impidiera continuar, un desenlace que finalmente abrió paso al recuerdo de un legado inmenso y profundamente debatido el veintiuno de abril del año dos mil veinticinco.
Para comprender el impacto de Francisco en la historia moderna es necesario volver a las calles del barrio porteño de Flores, en Buenos Aires, donde nació el diecisiete de diciembre de mil novecientos treinta y seis. Hijo de inmigrantes italianos que escapaban del avance del fascismo en Europa, Bergoglio creció en un hogar de clase trabajadora educado bajo los valores tradicionales del catolicismo. Aunque inicialmente se graduó como técnico químico y trabajó en un laboratorio realizando análisis bromatológicos, la noción de la fragilidad de la vida tras su operación pulmonar lo impulsó a ingresar en el seminario de Villa Devoto y al noviciado de la Compañía de Jesús a los veintiún años. Su camino intelectual y pastoral lo llevó incluso a interactuar con grandes figuras de la cultura como Jorge Luis Borges, con quien compartió espacios académicos a pesar de mantener ideales políticos en las antípodas.

El ascenso de Bergoglio dentro de la estructura religiosa coincidió con las etapas más oscuras y convulsas de la historia argentina. Durante la dictadura de la Revolución Argentina en el año mil novecientos del sesenta y seis, el joven jesuita ejerció influencia como director espiritual de jóvenes que se sumaban a agrupaciones de militancia nacionalista y católica como la Guardia de Hierro. Sin embargo, el periodo más complejo llegó con el golpe de Estado del año mil novecientos setenta y seis. Como provincial de los jesuitas, Bergoglio tuvo que navegar en un terreno minado de persecución y violencia estatal. El secuestro y las torturas sufridas por los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics en la Escuela de Mecánica de la Armada se convirtieron en una sombra que sus detractores utilizaron años después, acusándolo de realizar gestiones burocráticas solo para guardar las apariencias. No obstante, investigaciones posteriores revelaron que el futuro pontífice había coordinado una red clandestina para ayudar a perseguidos políticos a escapar hacia Brasil, salvando la vida de numerosos intelectuales y religiosos.
Su camino hacia Roma se consolidó tras ser consagrado obispo en el año mil novecientos noventa y dos y, posteriormente, arzobispo primado de la Argentina. Nombrado cardenal por Juan Pablo Segundo en el año dos mil uno, Bergoglio destacó por su estilo de vida austero y su firmeza doctrinal, lo que provocó fuertes tensiones con los gobiernos democráticos de su país debido a temas como el matrimonio igualitario. Aunque estuvo cerca de ser elegido en el cónclave del año dos mil cinco, donde finalmente se impuso Joseph Ratzinger como Benedicto dieciséis, su momento llegó el trece de marzo del año dos mil trece. Tras la histórica renuncia del papa alemán, Bergoglio fue elegido en la quinta votación, asumiendo el nombre de Francisco y convirtiéndose en el primer pontífice americano y jesuita de la historia.
El pontificado de Francisco se caracterizó por un inquietante tono gris, donde las reformas pastorales coexistieron con una férrea resistencia a modificar los cimientos de la doctrina tradicional. Para los sectores progresistas, su frase histórica sobre la comunidad homosexual, expresando la idea de no ser quién para juzgar, abrió una puerta a la inclusión, apoyando leyes de unión civil pero manteniendo el rechazo eclesiástico a la bendición de dichas uniones por considerarlas un pecado dentro del magisterio católico. En temas de alta sensibilidad social como el aborto y el control de la natalidad, el Papa buscó suavizar el enfoque pastoral sin alterar las normas fundamentales, lo que generó críticas de ambos lados del espectro eclesiástico. Uno de sus pasos más audaces y controvertidos ocurrió con la exhortación apostólica Amoris Laetitia del año dos mil dieciséis, donde abrió la posibilidad de que las personas divorciadas y vueltas a casar pudieran recibir el sacramento de la comunión, desatando una fuerte resistencia entre los cardenales más conservadores.
En el ámbito de la gestión institucional, Francisco asumió el compromiso de ordenar las finanzas vaticanas y combatir la corrupción interna, un esfuerzo que culminó en procesos judiciales históricos como el juicio al cardenal Angelo Becciu por malversación de fondos. Asimismo, abolió el secreto pontificio en casos de abusos cometidos por miembros del clero y creó la Comisión para la Protección de Menores, aunque la efectividad real de estas medidas siempre estuvo bajo el escrutinio público debido a las demandas de las víctimas por respuestas más contundentes. En la arena internacional, su liderazgo no estuvo exento de polémicas extremas, como la firma de un acuerdo con China para el nombramiento de obispos, criticado por interpretarse como una concesión al régimen comunista, o su postura ambigua frente a la invasión rusa en Ucrania, donde evitó condenar directamente a los líderes políticos involucrados.
Las batallas libradas en múltiples frentes terminaron por agotar las fuerzas del incansable pontífice, quien pasó sus últimos años realizando sus funciones en silla de ruedas, demostrando una devoción inquebrantable hacia su rebaño. El paso de Francisco por la cátedra de San Pedro deja una institución transformada que se enfrenta al dilema de la modernización o la desaparición en el siglo veintiuno. Mientras sus defensores ensalzan su figura como un faro de esperanza y renovación pastoral que acercó la Iglesia a los marginados, sus críticos lamentan el debilitamiento de la tradición milenaria. Lo único incuestionable es que, tras su partida, la Iglesia católica y el escenario geopolítico mundial jamás volverán a ser los mismos.