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Un empresario humilló a un músico pobre delante de Nino Bravo; lo que dijo el cantante se convirtió en…

El restaurante tenía en la planta de abajo el comedor principal con manteles  blancos de hilo y sillas tapizadas en burdeos. Y en la planta de arriba, cuatro reservados separados por mamparas de madera oscura, donde los negocios del espectáculo se cerraban con una informalidad aparente que ocultaba contratos de cifras considerables.

Esa noche, en el reservado del primer piso, había seis personas alrededor de una mesa ovalada. Adolfo Merino, empresario del espectáculo con una agenda de salas en Madrid, Barcelona y Bilbao,  que en conjunto programaban más de 300 actuaciones al año. Presidía informalmente la mesa desde la silla de la cabecera con la chaqueta Sport de Twed que usaba en todas las reuniones que no eran lo suficientemente importantes para el traje oscuro.

A su izquierda, el productor Alfredo Garrido García, artífice del contrato de Nino con Fonogram y persona de una discreción sostenida que los que lo conocían bien interpretaban como una forma de poder más sutil que el de los hombres que necesitan hablar alto. Frente a Garrido, un abogado de la industria cuyo nombre nunca llegó a ser importante en esta historia, pero cuya presencia aquella noche lo convirtió en testigo involuntario de algo que no esperaba presenciar.

In Nino Bravo a la derecha de Merino con el traje oscuro que reservaba para Madrid y el café que había pedido al llegar y que ya estaba frío porque la reunión llevaba casi 2 horas. En la silla del extremo opuesto de la mesa, junto a la mampara de madera oscura, estaba la sexta persona. Era la persona que Nino Bravo todavía no había mirado directamente, pero estaba a punto de cambiar eso de una manera que nadie en esa mesa podría haber anticipado.

Se llamaba Tomás. Tomás Berdú, 22 años recién cumplidos en octubre de ese año, nacido en Shiribella, un municipio que lindaba con Valencia por el sur, donde las huertas terminaban y los bloques de pisos de ladrillo visto empezaban a sustituir los naranjos con la urgencia anárquica de los años del desarrollo económico español.

Su padre, Ramón trabajaba en la fábrica de azulejos por selanato de Aldaya. Su madre, consuelo, cosía a destajo en casa para una fábrica de confección de paterna que pagaba por pieza y nunca por hora. Tomás había aprendido a tocar la guitarra solo con una guitarra española de caja pequeña que su padre había comprado de segunda mano en el rastro de Valencia por 120 pesetas cuando Tomás tenía 12 años.

Porque el chico llevaba meses diciendo que quería una y porque 120 pesetas era una cantidad que se podía conseguir sin que la semana siguiente fuera de menos. La guitarra tenía la clavija del migrave rota y había que afinarla con alicates. Y la acción era tan alta que los primeros meses Tomás se dejó los dedos de la mano izquierda en las cuerdas hasta que los callos los volvieron insensibles.

Pero tocaba tocaba 3 horas al día mínimo con un método autodidacta que consistía en escuchar canciones de la radio hasta que el oído encontraba los acordes por deducción y los dedos aprendían a buscarlos antes de que la cabeza terminara de procesarlos. A los 16 había formado un trío con dos amigos del barrio, Mikel y Rafa, que tocaban respectivamente el bajo y la batería, con una energía más entusiasta que depurada, pero que en conjunto producía un sonido que las verbenas de Shiribella y los municipios de alrededor empezaron a contratar con regularidad los fines de

semana. No pagaban bien. A veces pagaban en especie, con comida y con la promesa vaga de futuros contratos que a veces se materializaban y a veces no, pero tocaban. A los 18, con el servicio militar en el horizonte, Tomás tomó una decisión que su padre escuchó en silencio durante la cena y que su madre escuchó con las manos quietas sobre la costura.

No iba a volver al taller ni a la fábrica después del servicio militar. Iba a hacer de la música su modo de vida. No lo dijo con arrogancia, lo dijo con la misma naturalidad callada con que Ramón decía que iría a trabajar al día siguiente, aunque tuviera fiebre, como algo que no admitía negociación porque era simplemente lo que había.

Ramón no respondió. Siguió comiendo. Consuelo siguió cociendo. Tomás cumplió con el servicio militar en Teruel, en un regimiento de infantería donde los 18 meses los pasó en parte limpiando fusiles y en parte tocando la guitarra en el barracón por las noches para los compañeros de la litera que le pedían canciones de Nino Bravo porque eran las que sabían la letra y porque había algo en aquellas canciones que, cantadas en voz baja a las 11 de la noche en un barracón de Teruel adquirían una dimensión  diferente a la de la radio. Salió del

servicio militar en mayo de 1971. Volvió a Shiriya. Rafa se había casado y Mikel trabajaba en una obra. El trío había terminado sin que nadie lo dijera formalmente, de la manera en que terminan los proyectos que nunca tuvieron un comienzo formal tampoco. Tomás pasó el verano de 1971 tocando solo en actuaciones pequeñas que le conseguía un representante de Burjasot que manejaba 10 o 12 artistas de la zona y que operaba desde una oficina en el primer piso de un edificio de la avenida de Buljasot, donde el ascensor no

funcionaba y las reuniones se hacían en un despacho con una ventana que daba a un muro medianero. El representante se llamaba Leopoldo y tenía la costumbre de hablar de los artistas en tercera persona. Incluso cuando el artista estaba sentado delante de él, lo que producía conversaciones de una ambigüedad irritante que Tomás aprendió a navegar sin reaccionar porque necesitaba los contratos más de lo que necesitaba, la dignidad de ser tratado como alguien presente.

Leopoldo le consiguió a Tomás una audición en Madrid en noviembre de 1971. No especificó bien para quién ni con quién. dijo que había una reunión con gente de la industria que buscaba artistas jóvenes para contratos de sala. Dijo que fuera con ropa decente. Tomás tomó el tren de Valencia a Madrid el 14 de noviembre. Tardó 4 horas y media.

Cuando llegó a la estación de Atocha llovía. Caminó desde Atocha hasta la calle Núñez de Balboa porque no tenía dinero para el taxi y porque el metro requería transbordo y no conocía bien los transbordos de Madrid. Llegó al restaurante Casa Benigna con los zapatos empapados y la chaqueta de pana marrón con el hombro izquierdo más oscuro que el derecho, porque había llevado la bolsa de viaje colgada de ese lado bajo la lluvia.

El objeto que llevaba dentro de la bolsa de viaje era su guitarra, no la guitarra de la clavija rota de 120 pesetas del rastro. Esa la había sustituido hacía 2 años por una guitarra Alambra modelo 13, la más barata de la gama Alambra, que había comprado a plazos en una tienda de instrumentos de la calle de la Paz de Valencia y por la que todavía debía cuatro cuotas de 280 pesetas mensuales.

La guitarra viajaba en una funda de tela negra con una correa de lona, no en estuche rígido, porque el estuche rígido costaba más que la guitarra. Cuando Tomás Skrig entró en el reservado del primer piso del restaurante Casa Benigna y vio a los seis hombres alrededor de la mesa con sus trajes oscuros y su botella de rioja abierta y sus platos de jamón ibérico a medio terminar, bajó la vista hacia sus propios zapatos mojados y supo exactamente qué tipo de noche iba a hacer.

Leopoldo no había avisado que iba a llegar tarde. Avisó desde un teléfono público a las 9:15, cuando la reunión llevaba ya 40 minutos y Tomás había estado sentado en el extremo de la mesa durante todo ese tiempo, escuchando una conversación sobre porcentajes y fechas de disponibilidad en la que nadie lo había incluido ni presentado de manera formal.

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