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Un Desconocido DESAFIÓ a Nino Bravo en Pleno Concierto — Lo Que Pasó Después SILENCIÓ el Teatro

La actuación en el Festival de Viña fue en los primeros días de febrero, pero la gira chilena se extendió varios días más con presentaciones en distintas ciudades y fue en una de esas presentaciones adicionales en Santiago en el teatro Caupolicán, donde ocurrió lo que esta historia cuenta.

Ninobravo tenía en ese febrero de 1971 27 años recién cumplidos. Llevaba exactamente 18 meses de fama real. 18 meses desde que Te quiero, Te quiero explotó en todas las radios de España en el verano de 1969 y lo convirtió de la noche a la mañana en el cantante del que todo el mundo hablaba. 18 meses de entrevistas, de portadas, de contratos, de giras, de aeropuertos y hoteles y escenarios que cada vez eran más grandes y más llenos.

Y sin embargo, el hombre que subía a esos escenarios seguía siendo en lo más profundo el mismo Manolito, que había aprendido a cantar subiéndose a una peña durante una excursión con sus amigos Vicente y Paquito cuando tenía 14 años en alguna sierra valenciana cantando libero de Doménico Modugno a pleno pulmón, sin que hubiera nadie escuchando, excepto las montañas.

El personaje secundario de esta historia se llamaba Rodrigo Fuentes Vidal. Tenía 42 años. Era periodista. trabajaba para un semanario político de Santiago que en esos meses de 1971 publicaba artículos encendidos sobre el nuevo gobierno de Allende, sobre la soberanía cultural de Chile, sobre la peligrosa influencia de la cultura extranjera en los gustos populares del país.

Era un hombre que creía en lo que escribía, que eso hay que reconocérselo. No era un provocador vacío, era alguien que había construido durante años una postura intelectual sobre la identidad cultural latinoamericana y que esa noche en la fila 12 del teatro Caupolicán había decidido que el escenario era el lugar adecuado para defenderla. Lo que no había calculado era la respuesta que iba a recibir.

Espera, porque lo más importante todavía no ha llegado. Rodrigo Fuentes Vidal había publicado esa misma semana en el semanario donde trabajaba un artículo de media página que llevaba por título algo parecido a esto. ¿Por qué Chile llora con un cantante español mientras ignora a sus propios artistas? El argumento no era completamente absurdo.

Era el argumento de alguien que había visto con preocupación genuina como las radios chilenas, las televisiones chilenas, las salas de conciertos chilenas llenaban sus programaciones con artistas extranjeros, mientras los cantantes nacionales luchaban por conseguir un contrato decente. Era el argumento de alguien que amaba la cultura de su país con esa clase de amor que a veces se convierte en rabia cuando siente que ese país no se quiere a sí mismo lo suficiente.

Pero había en ese artículo algo más que argumento cultural. Había también algo personal, algo que Fuentes Vidal nunca hubiera admitido en voz alta, pero que sus colegas del semanario reconocían cuando leían entre líneas. La irritación específica del intelectual que ve al pueblo llorar con cosas que él considera menores.

Esa irritación que no es desprecio exactamente, pero que se le parece demasiado cuando la ves desde fuera. La noche del teatro Caupolicán, Rodrigo Fuentes Vidal había ido con la intención de escribir una crónica. Entró con su libreta y su pluma y tomó asiento en la fila 12 con la actitud del observador que está por encima de lo que va a observar.

miró a su alrededor familias enteras, parejas de mediana edad, grupos de mujeres jóvenes, hombres con corbata y hombres sin corbata, y niños que sus padres habían traído, porque esa voz había que escucharla, aunque fueran las 11 de la noche de un miércoles. ¿Puedes imaginar lo que sentía ese hombre mientras Nino cantaba y 2000 personas a su alrededor olvidaban todo lo que no fuera esa voz? Fuentes Vidal tomaba notas, anotaba los gritos de las mujeres, anotaba los aplausos, anotaba la duración de las ovaciones con el cronómetro de su reloj

de pulsera, como si fuera un experimento sociológico en lugar de un concierto. Y a medida que la noche avanzaba, a medida que la respuesta del público se hacía más intensa, algo fue creciendo dentro de él. No exactamente rabia, algo más complicado que la rabia. La sensación de que lo que estaba viendo era una demostración de todo lo que había escrito esa semana y que esa demostración le resultaba insoportablemente exacta.

Cuando Nino terminó la tercera canción y bajó el micrófono para hablarle al público, cuando el aplauso empezó a convertirse en silencio expectante, Rodrigo Fuentes Vidal tomó una decisión que llevaba media hora postergando. Se puso de pie y dijo con una voz suficientemente alta para que las filas cercanas lo oyeran con claridad.

que cante algo chileno si es que sabe. 2000 personas contuvieron la respiración al mismo tiempo. No fue el insulto lo que paralizó la sala, fue la precisión del reto, la incomodidad específica de quien ha dicho algo que todos en la sala saben que no tiene respuesta posible. Nino Bravo era español.

Llevaba tres semanas en Chile. Era razonablemente imposible que supiera de memoria una canción popular chilena lo suficientemente conocida para cantarla sin partitura delante de 2000 personas. Era el reto perfecto diseñado para no tener respuesta. Los músicos de los super se miraron. Pepe Juas, el guitarrista, frunció el ceño levemente.

El baterista Salvador Pelejero apretó las vaquetas. Desde los bastidores, el representante de Nino en Chile ese viaje, un hombre llamado Jorge Espinoza, que llevaba semanas organizando los detalles de la gira, dio un paso hacia la cortina con la expresión de quien está evaluando si hay que intervenir. Nino miró hacia los bastidores, no buscó a su representante, no consultó a sus músicos, miró directamente a la fila 12 y entonces sonrió.

Y aquí es donde la historia cambia todo. No fue una sonrisa de desafío. No fue la sonrisa nerviosa de quien está comprando tiempo para pensar. Fue la sonrisa quieta y segura de alguien que acaba de reconocer algo. Como cuando ves en la cara de un desconocido una expresión que ya conoces de antes. Como cuando reconoces en un problema una solución que siempre estuvo ahí.

Nino Bravo llevaba tres semanas en Chile, pero llevaba toda su vida siendo el tipo de persona que escucha, que observa, que guarda. Y en esas tres semanas en Chile había escuchado muchas cosas. En los hoteles, en los camerinos, en los programas de televisión. En las noches después de las actuaciones, cuando los músicos locales se sentaban con él y le mostraban lo que tocaban, y él los escuchaba con esa atención total que era su manera de estar en cualquier lugar.

Lo que Rodrigo Fuentes Vidal no sabía, lo que nadie en esa sala sabía, lo que constituía el secreto exacto que Nino Bravo estaba a punto de revelar con una voz que podía sostener un dó de pecho durante 8 segundos sin que le temblara un solo músculo del cuerpo. Era que sí sabía. Sí, sabía una canción chilena, una, pero era suficiente. Era más que suficiente.

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